Huida de Innsmouth(6): Cafetería Pickman

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Marjorie Burnham, a quien todos llamaban Margie para diferenciarla de su madre, era como todos los Burnham rubia, esbelta y risueña. Sonreía como su hermano Brian, una sonrisa brillante y llena de simpáticos hoyuelos, pero lo cierto es que en su trabajo no la sacaba a relucir mucho.

La cafetería Pickman solía estar abarrotada de estudiantes de la Universidad de Miskatonic, sobre todo a última hora que era cuando los jugadores de los Krakens terminaban su entrenamiento de rugby y corrían a la cafetería para atiborrarse de café y tortitas con jarabe de arce. Estudiantes exigentes, llenos de testosterona y con la mano larga.

Y para colmo, el jefe de Margie la dejaba sola durante esas últimas horas. Margie sabía defenderse y por norma controlaba a esos montones de músculos. Para ello empleaba un tono de voz autoritario, maternal, y que generaba, cuando les chillaba o amenazaba con la espátula, algo primario e infantil que invadía las entrañas de los muchachotes que volvían la vista hacia sus platos, avergonzados.

Margie estaba en plena retahíla de improperios sobre uno de los defensas cuando entró Thomas Connery, vestido con el uniforme de la marina. Margie se quedó muda pues, aunque sabía por sus padres que Thomas había ingresado en la marina, una cosa era saberlo y otra, muy distinta, era ver al mejor amigo de su hermano, a ese muchacho que había conocido hace media vida, convertido en el perfecto soldado norteamericano, alto, atractivo, con esa cara que generaba simpatía con solo mirarla.

Dejó a los chavales con la palabra en la boca y se pegó una carrera para abrazarle con fuerza.

—¡Cuanto me alegro de que hayas venido!—le susurró al oído, haciendo un esfuerzo por controlar las lágrimas.

Sí, los Finns habían tenido un final trágico y cuando Margie lanzó esos telegramas en su busca no las tenía todas consigo para volver a reunirlos, pero la sola aparición de Thomas insufló de esperanzas su corazón.

—¡La pequeña Margie Burnham!—espetó Thomas, devolviéndole el abrazo—. Por favor, si eres toda una mujer.

—¿Qué esperabas? Han pasado ocho años. ¡Tú eres un soldado! ¡Y no ese adolescente delgaducho que siempre iba con mi hermano!

—Siempre seré un Finn, Margie. Siempre.

Alguien exigió café. Otro un batido de chocolate. Más jarabe de arce. Margie se volvió y contestó con un ronco “¡Ya voy, demonios!”, pero luego su mirada y su voz se dulcificaron, e invitó a Thomas a sentarse al fondo del café, en un reservado que la camarera les había dispuesto.

Según se sentó Thomas, otro Finn entró en el local. Alto, fuerte, con el oscuro y engominado cabello peinado hacia atrás y luciendo un perfecto afeitado, el tipo se acercó hasta uno de los jugadores de rugby que más jaleo estaba montando y le aferró el brazo.

—Te propongo un trato, chaval —le ofertó, con un tono de voz que indicaba que de trato había poco, si no que más bien se trataba de una orden—. ¿Qué tal si pagáis la cuenta, dejáis una buena propina a la chica y os largáis de aquí?

—¿Y si no queremos, chaval? —contestó el universitario, consiguiendo que un par de sus amigos se levantaran amenazadoramente de las sillas.

Jacob O’Neal suspiró. Hace años le habría estampado la cabeza de ese gallito contra la mesa y habría comenzado una pelea de mil demonios. Ahora, se limitó a sacar la placa que llevaba en la chaqueta.

—Si no quieres, tengo el privilegio de meterte en el calabozo esta noche, como escarmiento. ¿Te suenan el sargento Harrigan y el Teniente Bullock? Son unos viejos conocidos míos. ¿Qué te parece?

Hubo unos cuantos murmullos hasta que el capitán del equipo soltó un par de dólares sobre la mesa y el resto de sus compañeros le imitaron y salieron corriendo de la cafetería ante la perpleja y hermosa mirada azul celeste de Patry O’Connell. La muchacha le dedicó a Jacob O’Neil una deliciosa sonrisa con la que derretía corazones.

—Jacob O’Neil —espetó remarcando el nombre de su compañero—. Conoces a Harrigan y a Bullock porque se pasaron seis años intentando enchironarte. Y dime que esa placa que acabas de enseñar a estos musculitos es una falsificación que has comprado a algún chino de los muelles.

—Lo lamento mucho, Patry, pero no puedo. Soy un madero.

Patry, envuelta en un caro abrigo de zorro y con los andares de una actriz de cine, se plantó ante Jacob y con la velocidad de una cobra, le afanó la placa de policía.

—Sargento Jacob O’Neil. Departamento de Policía de la ciudad de Bangor —Patry alzó una pícara ceja—. ¿Saben en Bangor que traficabas con alcohol, tabaco y drogas durante el instituto?

—Creo que no.

—¿Y qué me invitaste a mi primer cigarrillo? ¿Mi primer sorbo de whiskey? ¿Mi primera raya de coc…?

—Me he hecho mayor, Patry —cortó Jacob ligeramente avergonzado—. Soy un adulto responsable, un policía honesto… y en breve un amante esposo.

Patry abrió mucho los ojos, le golpeó con la placa de policía en el antebrazo mientras soltaba una escandalosa risita.

—¿¡De qué vas!? ¿Te vas a convertir en un honrado hombre de familia?

—Algunos tienen esa suerte —contestó con sorna un nuevo invitado.

Thomas continuaba sentado en el reservado y Margie les miraba desde la barra, con una amable sonrisa dibujada en los labios. Hasta que vio al recién llegado.

Con sus grandes ojos iluminados e ignorando los rostros contritos de sus camaradas, Patry se volteó.

—¿Liam?

Liam McMurdo estaba acostumbrado a esos cambios de expresión. A esos rostros desencajados por la sorpresa, al asco y la repulsión.

Es lo que causaba tener la mitad del rostro cubierto por quemaduras.

—Otros… bueno…—continuó Liam—, no somos tan afortunados.

Thomas se levantó, Jacob se acarició su lampiña barbilla y Margie se tapó la boca. Patry se acercó hasta su antiguo amor, extendió con delicadeza una mano de piel nívea y deslizó sus dedos por la mejilla cicatrizada de Liam.

—Liam, mi guapo granuja, pero ¿qué te han hecho?

—La envidia, preciosa. Qué es una mala pécora.

Liam sonrió, una sonrisa triste y deforme a la que Patry contestó tomando su rostro con ambas manos y dedicándole un apasionado beso. Todos los presentes hincharon el pecho, orgullosos, felices. Thomas apartó la vista, avergonzado. Jacob dio la espalda a la pareja, se acercó hasta el militar para darle un amistoso apretón de manos. Margie no dejó de mirarlos, impresionada. Entonces se fijó en la pareja que charlaban animosos en la puerta de la cafetería.

—Tenemos compañía —informó.

Patry y Liam se separaron y la buscavidas miró por encima de su hombro.

—¡¡¡Annieeeeeeeeee!!!

Annie O’Carolan y Greg Pendergast, que se había encontrado en la entrada de la cafetería Pickman a las 19:59 y se había intercambiado unos cordiales saludos, se sobresaltaron ante la exagerada muestra de afecto que surgió de Patry. A Greg se le cayó el sombrero al suelo, y todo. Patry, había recorrido la distancia que les separaba y se había arrojado sobre Annie, envolviéndola en un ávido abrazo.

—¡Mi pequeña y adorable, Annie!

Annie sonreía e intentaba devolverle el abrazo, consiguiendo dar unas insulsas palmaditas en la atlética espalda de su vieja amiga. Se la veía incómoda, encogida ante tanta muestra de afecto. Greg se había agachado para recoger su sombrero y fusilaba a Patry con la mirada.

—Yo también me alegro de verte, Annie —siseó Greg y entró en la cafetería.

Patry intentó hablar con el fotorreportero, pero este había entrado hasta el fondo de la cafetería saludando al resto de los Finns.

—¿Y a este que le pasa? —preguntó Patry sorprendida —. Media vida sintiendo como desliza sus ojillos por mis piernas y ahora ni me mira.

Annie palmeó maternalmente la mejilla de su vieja amiga.

—Estas muy guapa, Patry.

—Y tu también, Annie. Y pareces tan lista. Tienes que contarme todo lo que has hecho desde que me fui de esta cloaca.

—Puede… luego… Ahora pasemos dentro y reunámonos con el resto.

Patry se internó en la cafetería cogida del brazo de Annie. Fueron acogidas por el resto de la cuadrilla mientras Margie servía vasos de leche, café, batidos y zarzaparrillas.

Afuera, oculto en las sombras de los terrenos verdes del campus, Colin O’Bannon apuró un cigarrillo hasta que la brasa le chamuscó los labios. Dejó caer la abrasadora colilla y la pisoteó. Miró a la izquierda y luego a la derecha. Colin siempre iba con cuidado, pero en Arkham debía estar mucho más atento. Además, esperaba que Angus Lancaster llegase a la cafetería, pero el hijo de los Lancaster no daba señales de vida.

Lo cual, por cierto, no le sorprendía en absoluto.

Tras esperar unos minutos más, Colin se subió las solapas de la gabardina y hundió su sombrero hasta las cejas. Comprobó de nuevo que no había nadie observándole, siguiéndole, esperándole… Y atravesó la distancia que le separaba hasta la cafetería.

Cuando entró, le recibió un denso silencio.

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