Huida de Innsmouth(7): Intuición de Hermana Pequeña

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

—¿Qué os parece si traigo algo de beber? –preguntó Margie, intentando calmar los ánimos y que la situación no se saliera de madre.

Todo había comenzado bastante bien. Los Finns se habían reunido, se habían abrazado, sonreían, bromeaban y recordaban los buenos tiempos, mientras Margie cerraba puertas y bajaba cortinas, dándoles intimidad.

Hasta que alguien dijo:

—¿Quién falta? ¿Angus Lancaster?

—Siempre he pensado que Angus perdía aceite —espetó Patry O’Connell sin venir a cuento.

—Muy sutil, querida —dijo Annie riendo.

—Es capaz de no venir—comentó Jacob O’Neal con cierta tristeza—. Angus jugaba a ser un Finn pero… no lo sentía. No podías confiar en él.

—Y en el sargento O’Neal, siempre puedes confiar, ¿verdad?—espetó Colin O’Bannon con un sarcasmo lleno de veneno— ¿Toda la vida corriendo de los polis y de repente te vuelves uno de ellos, Jacob? ¿En serio? ¿EN SERIO?

—Se llama madurar, O’Bannon.

—¡Se llama una mierda! —Colin no sería ni el más alto, ni el más fuerte, pero sus palabras estaban cargadas de una rabia agresiva, hirviente. Una rabia contagiosa—. ¡La bofia nos enchironó! ¿Detuvieron a los chicos de la Universidad? ¡No! ¡Detuvieron a los irlandeses de mierda! ¡Y luego hicieron que alguno de nosotros cantara su canción! ¡Que mintiera y dijera que Cillian O’Connel comenzó la pelea!

—Ya, ¿y a mí que me cuentas, Colin?

—Bueno —comenzó Greg Pendergast con voz sibilina—. Te largaste de Arkham con el rabo entre las piernas según saliste del reformatorio y… ocho años después vuelves convertido en policía.

—Y tú eres periodista.  Annie es bibliotecaria, Thomas es infante de marina…

—Una beca en baseball, una carrera universitaria y un patriota —respondió Greg rápidamente—. ¿Tú a quién se la chupaste para entrar en la poli, Jacob? Porque con tus antecedentes…

—Y comprometido con una chica guapa—apostilló Colin—. Parece que te ha ido bastante bien, Jacob.

—Qué os jodan —espetó Jacob congestionado—. ¡A los dos! No sabéis toda la mierda que he tragado para llegar hasta donde he llegado… ¡Todo lo que he trabajado…!

—¿A quién has vendido por el camino, O’Neal? —gruño Colin.

—¿O a quién has abandonado? —siseó Greg.

—Tampoco te las des de listo, Pendergast —terció Colin—. Siempre fuiste un bocazas, así que bien que pudiste largar algo a la bofia.

—¡Yo nunca dije nada!

—Ná, que va… nadie dijo nada… nunca… Pero acabamos en la trena y Cillian…

—Cillian era mi hermano —sentenció Patry con la mirada perdida en la mesa y los dientes apretados—. Y está muerto. Así que dejad de usarlo como un arma arrojadiza.

—¡Lo que pasó ese día…! —comenzó Colin.

—¿Qué os parece si traigo algo de beber? –preguntó Margie, intentando calmar los ánimos y que la situación no se saliera de madre.

Todos la miraron. Había sonrisas en todas esas miradas. Incluso en la de Colin, cuya rabia pareció evaporarse.

—Yo querría un té, por favor —pidió Annie O’Carolan.

—Yo un vaso de leche —pidió Liam McMurdo que se había mantenido silencioso durante toda la discusión, pero con la mirada fija en Patry O’Connell.

—Por supuesto, paga la casa, chicos —informó Margie.

—Coño, pues pon un batido de chocolate.

—Que arriesgado, Liam —se burló Patry—. Café, cariño. Con mucho azúcar.

—Yo me apunto al café —dijo Jacob.

—Tráenos una cafetera y nos serviremos, Margie.

—¿Tienes algo más fuerte que el café, Margie? —preguntó Colin.

—¿Zarzaparrilla?

—Me apañaré. Soñaba con buen whisky irlandés, pero… —miró de reojo a Jacob que resopló indignado.

Margie se internó en la cocina y Thomas se decidió a tomar la palabra.

—El Incidente pasó hace ocho años. A todos nos marcó de una forma u otra —Thomas les dio un segundo para pensar e incluso se lo concedió a si mismo. Un segundo para reflexionar. No necesitaba mucho más—. Pero hemos venido aquí. Por Brian. Porque está en peligro. Y pasara lo que pasase, aún somos amigos. Aún somos Finns. Porque si no… no habríamos venido… así que, ¿qué os parece si hacemos las paces? ¿O una tregua? Por Brian.

Nadie llegó a contestar. Margie apareció con una gran bandeja atiborrada de las bebidas y el Incidente pareció quedar atrás, sobre todo ante la nueva noticia que traía Margie.

La muchacha traía un periódico. El Arkham Adversiter de ese día. Annie O’Carolan lo leyó con voz clara y serena.

Innsmouth Noticia 2

Un pesado silencio invadió la cafetería Pickman. Margie se levantó, cogió un par de servilletas y se enjugó las lágrimas.

—¿Pero alguno se cree esta mierda? —espetó Colin.

—Esto demuestra la veracidad de las fuerzas de la ley y orden—comenzó Greg, mirando de reojo a Jacob.

—Brian no robaría en su propia tienda —dijo Liam McMurdo.

—¿Y cómo estás tan seguro? —siseó Annie—. Hace ocho años Brian y tú jugabais a ver quien le hacía el puente a un coche antes.

—No cagues en tu cocina —espetó Liam—. Era uno de los consejos del padre de Colin. ¡Brian no es tan tonto como para robar en su propia tienda!

—Margie —cortó Jacob con voz profunda—, ¿Brian había vuelto a las andadas? ¿A robar coches, tiendas…?

—¡No! —espetó Margie.— Desde… el Incidente, Brian se volvió… legal. Estuvo trabajando duro. De mozo de almacén en el Colmado de Benson a de vendedor en Woolworth. Y luego en el First National Grocery de Arkham. Su jefe, el señor Anderson, le tenía en mucha estima y cuando los jefazo del FNG le informaron que iban a abrir una tienda en Innsmouth, Anderson pidió voluntarios… y Brian se ofreció.

—Pero… ¿cómo se le ocurre ir a Innsmouth? —preguntó Patry—. Todos sabemos que esa ciudad está… mal.

—Le propusieron ser jefe de tienda… con veinticuatro años —continuó Margie—. Somos ocho hermanos y mis padres llevan toda la vida trabajando. Brian nos ayudaba con su sueldo. Mucho. Además, unos amigos de la iglesia de mis padres tenían una habitación libre en Ipswich… como a media hora de Innsmouth en bicicleta… Brian no tendría ni que dormir en esa ciudad, solo ir allí a trabajar.

—¿Le daba igual todo lo referente a la Marca de Innsmouth? —preguntó Patry.

Cualquiera que viviera cerca de Innsmouth sabía lo de la Marca. No era extraño encontrarse con algún tipo de Innsmouth en el valle del Miskatonic. Los Finns recordaban a un chico que se apellidaba Marsh (todos los Marsh son de Innsmouths, eso lo sabe cualquiera) que era feucho, con los ojos saltones, la boca muy grande y que olía como a pescado. La leyenda hablaba de una epidemia traída por los marineros que confraternizaron con nativas de unas islas en los mares del sur, y que dejó a todo el pueblo marcado.

—Brian decía que era un cuento —contestó Margie—. Que había gente fea, sí, pero que no todos estaban marcados. Y no todos eran mala gente como se dice. Hablaba muy bien de sus compañeros de trabajo.

—¿Cómo se llamaban? —preguntó Jacob sacando una libre y un lápiz. Annie O’Carolan y Greg Pendergast también apuntaban.

—Sangra Mowry… y un chico, el mozo de almacén. Ezra, creo que se llamaba. Ezra Blank.

—¿Habías notado algo raro en Brian estas últimas semanas?

—¿Qué profesional, Sargento O’Neal?

—Greg, por favor —pidió Thomas.

Margie abrió la boca, pero negó con la cabeza. Thomas se acercó a ella.

—Margie…

—Es una tontería.

—Puede que sí, puede que no.

—Había una chica, ¿verdad? —preguntó Annie O’Carolan. Sus ojos oscuros penetraban a Margie. Todos la miraron, preocupados, pero Annie sonreía beatíficamente, tranquila, sosegada, ajena.

Margie la miró. Se encogió de hombros.

—No lo sé. Nunca lo dijo. Llamadlo intuición de hermana pequeña pero, la última vez que hablamos, tenía ese tono de voz… ñoño y soñador… Ya sabéis como era… Un romántico incurable –Margie se mordisqueó nerviosa una uña—. ¡Ha pasado algo con la gente de Innsmouth! ¡Seguro! Esa gente no es de fiar y Brian ha debido de ver algo, hacer algo o… ligar con quien no debía. Pero no lo que dicen los periódicos. Eso no me lo creo. No se iría, así, sin avisar, sin llamar.

Margie tragó la espesa y amarga saliva que se le atoraba en la garganta, pero el nudo no se deshacía. Miró fijamente a los adultos que hace años eran los chicos mayores de su instituto, la pandilla que aterrorizaba a Arkham y a la que adoraba como se adoran a las estrellas de cine. Los amigos de su hermano. Contuvo las lágrimas, pero sus enormes ojos azules brillaron con intensidad.

— Sé, que hace mucho que no os veis… que el Incidente os… hizo daño. Pero por favor, por favor, por vuestra vieja amistad. Encontrad a Brian. Por favor.

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