Huida de Innsmouth(9): Arthur Anderson

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Abandonó el cuartucho que había alquilado cuando la gobernanta aún no se había levantado. Antes de salir de la casa miró a derecha y a izquierda. Comprobó que no hubiera nadie sospechoso en la calle. Estaba lejos de  la zona que controlaba su padre, pero Danny O’Bannon tenía contactos en todas partes y no se podía fiar de nada.

Ni de nadie.

Colin recorrió las calles de una vespertina Arkham hasta llegar al First National Grocery, la tienda de ultramarinos en la que había trabajado Brian. Desde las sombras, contempló como los mozos de almacén la abrían, esperaban la llegada de camiones y furgonetas de reparto, barrían, limpiaban y comenzaban a reponer el género.

Colin esperó pacientemente. Esa era una de sus virtudes a la hora de jugar al póker. La paciencia. La gente nerviosa perdía el norte, la jugada, la apuesta y el dinero. Lo perdía todo. Lo mejor era esperar y aprovechar tu oportunidad.

Aprovechar hasta que aparecía la jota de tréboles.

El dueño de la tienda First National Grocery, y gerente de todo el área del valle de Miskatonic, incluyendo la tienda de Innsmouth, era Arthur Anderson, un tipo moreno, cetrino y ojeroso, que apareció una hora antes de la apertura, caminando con pasos crispados.

Colin lanzó unas rápidas miradas a derecha e izquierda e interceptó al gerente antes de llegar a la tienda.

—Señor Anderson.

—Eeh, sí, eeh… ¿le conozco?

—No —dijo Colin con voz grave, pero le tendió la mano y sonrió—.Soy un buen amigo de Brian Burnham.

Anderson miró la mano de Colin como si estrechar manos fuera algo ajeno de este mundo. O cómo si la mano de Colin tuviera sarna. Al final, le dio un apretón débil y rápido, aunque el gerente parecía un poco, sólo un poco, más tranquilo.

—Eeh… Lamento las noticias que he leído —comenzó Anderson.

—¿Y las cree? Porque yo no.

Anderson se quedó un poco perplejo ante la dureza de Colin. Paladeó sus palabras con cuidado.

—Para ser sincero, eeh… tampoco me las termino de creer, aunque… son las palabras de un policía contra…

—Contra las de mi amigo, que no está aquí para defenderse —atajó Colin rápidamente—. Dígame, conocía bastante a Brian, ¿no? Lo suficiente para confiarle el cargo de esa nueva tienda en Innsmouth ¿Le parecía Brian alguien capaz de robar en su propia tienda?

—En absoluto —contestó Anderson con presteza—. Brian era… eeh… es un chico magnífico. Trabajador y responsable. Para ser sinceros no me gustan las respuestas que han dado las fuerzas policiales de Innsmouth. No me… eeh… convencen.

—Al menos en eso estamos de acuerdo —Colin lanzó unas rápidas mirada a su alrededor—. ¿Percibió algo raro en Brian la última vez que le vio?

—En absoluto —repitió Anderson—. La tienda estaba razonablemente bien, teniendo en cuenta su… eeh… ubicación. Innsmouth es… eeh… un pueblo extraño. Sus habitantes no son unos grandes anfitriones, pero Brian había conseguido una buena clientela y el negocio prosperaba… eeeh… razonablemente.

—Usted descubrió su desaparición.

—Sí… Eeh… Fue algo extraño y es por lo que no termino de creerme la versión oficial —Anderson miró a su alrededor, parecía que la paranoia de Colin se le había transmitido. Se inclinó un poco hacia Colin y habló en susurros—. ¿Por qué robar la misma noche en la que había quedado conmigo? Es algo estúpido, ¿verdad? Además, cuando llegué a la tienda, esta estaba… eeh… abierta, con las luces encendidas aunque Brian no estaba. Pensé que estaría en la trastienda, pero no. Dentro olía a pescado, mucho. En Innsmouth es un olor habitual, por sus fábricas de conservas, pero aún así era un olor… eeh… terriblemente fuerte. Con todas las cosas que se cuenta de esa ciudad la imaginación no tardó en jugarme una mala pasada y me… ee… asusté. Salí de allí casi a la carrera.

«Pero lo que más me extraña de todo es… ¿por qué forzó la caja registradora? Quiero decir, Brian tenía la llave. ¿Para qué necesitaba romperla?

Colin confirmó los nombres de los empleados de Brian en Innsmouth (Sandra Mowry y Ezra Blank), le dio las gracias al gerente, que caminó apesadumbrado hasta su local. No hacía falta ser un lince para entrever que el tipo estaba desolado por la desgracia de Brian Burnham. El Señor Anderson debía de sentirse responsable por haber permitido que fuera hasta Innsmouth.

Pero si algo malo le había ocurrido al bueno de Brian en Innsmouth, Colin iba a hacerse cargo de los responsables. Apretó el revólver del calibre 32 que llevaba en el bolsillo de la gabardina para reafirmarse, mientras acudía al punto de encuentro de los Finns.

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