Huida de Innsmouth(11): Depredadora Literaria

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

—¿No tiene nada sobre Innsmouth?—preguntó Annie O’Carolan al viejo carcamal que habitaba en esa lóbrega ratonera que llamaba librería.

Las que más le gustaban a Annie. Solían ser las que tenían tesoros escondidos que ni el viejo carcamal sabía que existían. Sin embargo, Annie tenía un objetivo más complejo: “El Innsmouth Courier” Sobre todo los tres últimos números.

Lo había estado pensando desde que leyó Innsmouth en la noticia del Arkham Adversiter. La depredadora literaria en la que se había convertido mostró los colmillos al pensar en ese viejo periódico, descatalogado, extinto, casi una leyenda.

Una muy bien pagada.

—Si quiere ver cosas de Innsmouth vaya al museo —gruñó la decrépita momia que regentaba ese antro—. Lo único que tengo es un viejo mapa quemado que no tiro porque no me gusta tirar nada. Pero de todas formas, aquí no tratamos con nada que tenga que ver con esa gentuza… ni siquiera con su viejo diario.

Annie le lanzó una sibilina mirada al librero, el cual la estudiaba con la fijeza de un halcón. Sería un viejo carcamal, pero el anciano era del gremio, vaya que sí. Seguramente la habría fichado nada más atravesar la puerta.

Con una estudiada sonrisa dibujada en sus perfilados labios, Annie cogió lo único de valor que había encontrado entre tomos enciclopédicos de antropología y compendios de biología marina.

—¿Qué me puede contar de este libro? —preguntó haciéndose la tonta.

—Es un tomo muy bien cuidado de la “Rama Dorada”, de Frazer. Una de las obras de mitología y antropología más influyentes. En cartoné, folio a una octava… y es una segunda edición, algo bastante raro.

—Veo que es el tercero… no está completo, ¿verdad?

—No —gruñó el librero mirándola a través de sus sucios cristales—. La obra completa dispone de 11 tomos.

—Solo dispone de este, ¿verdad? —continuó Annie, con su papel de estudiante tontorrona, aunque ella sabía, que el librero sabía que de estudiante tontorrona no tenía ni un pelo—. ¿Y cuánto pide por este en concreto?

—Cien dólares —siseó el viejo carcamal.

Annie achinó los ojillos. Pensó en soltar una réplica cortante. Cómo por ejemplo que se había subastado la colección completa hacía dos meses en el metropolitano de Nueva York y el precio había terminado en 321$, por los once tomos. La tercera edición, bien es verdad, pero ese tomo no superaría, ni de lejos, los 50$.

—Oh —se lamentó dibujando un divertido mohín de pena en sus labios y le devolvió el tomo—, es demasiado para mí bolsillo ¿A qué museo se ha referido antes? ¿Al de la universidad Miskatonic?

El librero, cuya avaricia estaba devorándose a si misma en sus entrañas en ese preciso instante, asintió con un chasquido acartonado. Annie se despidió educadamente y comprobó que aún disponía de tiempo suficiente para una visita rápida al museo antes de reunirse con el resto de los Finns.

En una polvorienta estantería, de un oscuro rincón de la sección de arte tribal americano del museo, había varias piezas de artesanía de Innsmouth. Brazaletes de oro argentífero, de clara influencia polinesia, en los que se admiraban extraños grabados geométricos y figuras de peces y… grandes batracios.

Annie sintió un escalofrío cuando percibió que eran unos brazaletes muy grandes para un brazo humano. El vigilante de esa parte del museo, un muchacho imberbe con cara de aburrido, no pudo ofrecerle mayo información que la que rezaba la placa: “Vendidos al museo en 1844 por un marinero del Sumatra Queen, propiedad de Obed Marsh”

Salió del museo, caminó desenfada por las calles de Arkham y sus pasos la dirigieron ante la lóbrega ratonera que el viejo carcamal llamaba librería. Se plantó ante el apergaminado librero y sacó dos billetes de su bolso.

—Cuarenta dólares —dijo con una gran sonrisa—. E incluya el viejo mapa quemado. Y me lo envuelve todo, por favor.

Annie O’Carolan llegó al punto de reunión con los Finns a las 11h59´59” y un paquete envuelto bajo el brazo.

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