Huida de Innsmouth(19): El Despacho de Ralsa Marsh

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

La sala de espera era muy pequeña y la mesita de la secretaria estaba entre dos puertas de madera oscura. Toda la habitación apestaba a humedad. La Señorita Marsh Gilman, una cuarentona muy fea, de grandes y tristes ojos negros y boca ancha, sintió una antipatía automática hacia Colin O’Bannon según le vio entrar por la puerta.

—Espere a que informe al Señor Marsh de su visita —dijo con voz grave.

Ruth Marsh Gilman se acercó a la puerta de la derecha, la del despacho de Ralsa. Llamó pidiendo permiso antes de entrar, asomó la cabeza y pasó.

Colin se sentó en un cómodo silloncito mientras esperaba. Instantes después escuchó una voz grave y masculina dirigirse en malos modos a la secretaria. La puerta amortiguaba los sonidos pero Colin escuchó una corta discusión. La voz grave de Ralsa, seguida de la risa entrecortada de Ruth. Entonces, alguien golpeó la puerta de Ralsa desde el interior del despacho. Tras ese primer empelló hubo tres golpes más contra la puerta… y luego cinco muy rápidos.

Y un ahogado gemido masculino.

Cuando Colin comprendió que estaba asistiendo a un breve e intenso encuentro sexual entre Ralsa Marsh y la secretaria, salió, del otro despacho, el Doctor Rowley Marsh. Era un hombre bajo, achaparrado, cargado de espaldas y de andar tambaleante. Necesitaba de un bastón para caminar y vestía un largo abrigo de piel de tejón. Su mandíbula se tensó, remarcando las profundas arrugas que había en los laterales de su cuello, al recabar en Colin. Clavó sobre él una mirada penetrante bajo sus pobladas cejas. Lo poco que le quedaba de pelo estaba cepillado hacia delante formando un flequillo en punta.

Y tenía los dedos palmeados.

—Buenas tardes —dijo y sin esperar contestación por parte del forastero, se caló hasta los ojos un sombrero de copa y ladró.- ¡Ruth! ¡Hija! ¡Me voy a casa!

—¡Sí, papá! – contestó Ruth.

Mientras el doctor salía, Colin encajó las piezas. Ruth Marsh Gilman era hija del Doctor Rowley Marsh. Ralsa Marsh era hijo del Doctor Rowley Marsh. Y Colin acababa de asistir a…

—Oh, Dios mío —dijo estremecido.

Ruth Marsh Gilman salió del despacho de su hermano con el cabello algo despeinado y la falda arrugada. Mirando al suelo se sentó en su silla, se aclaró la garganta de manera muy femenina y, sin mirar a Colin, le informó que podía pasar al despacho de Ralsa.

—Señora Marsh —se despidió Colin antes de pasar al despacho.

Sentado en su cómodo sillón, tras un gran escritorio de madera oscura, estaba Ralsa Marsh, un tipo alto, de aspecto fuerte que vestía un sombrero de copa, camisa oscura y pañuelo alrededor del cuello. Sus ojos y su boca eran un poco grandes para tener la Marca de Innsmouth pero, al igual que su padre, tenía los dedos palmeados.

Colin no encontró ningún diploma del colegio de abogados o de alguna universidad, enmarcado y colgado en alguna pared.

—Señor Babson.

—En realidad, me llamo Colin O’Bannon —contestó Colin tomando el asiento que Ralsa le ofreció con un gesto.

—Qué detalle tan curioso. ¿Y cómo ha llegado a ser el dueño de la Mansión Babson, señor O’Bannon?

—Oh, su anterior dueño, Phil Babson, creyó que su full de reinas y ases era la jugada más alta en la mesa.

—Y en realidad fue su…

—Full de ases y reinas.

—Que de vueltas da la vida. En fin —Colin detectó muchísima apatía por parte del asesor jurídico que le arrojó con cierto desprecio unos cuantos papeles—, si me firma esos documentos que le he preparado ahí, será oficialmente el propietario de la Mansión Babson sita al final de Maine Street, junto a la playa, en la ciudad de Innsmouth, a día de nuestro señor y blablablabá… firme donde está indicado, por favor.

Mientras Colin leía los papeles y los firmaba, Ralsa Marsh rebuscó y sacó otra pareja de documentos. Se aclaró la garganta y con voz aburrida explicó lo siguiente:

—El Tasador de la Propiedad de Innsmouth, Noah Elliot, ha tasado el precio del inmueble en 699’99$, impuestos incluidos. La Compañía Marsh, le ofrece 750$, al contado y en este momento, por el documento de propiedad sobre la mansión.

Ralsa Marsh depositó ante Colin un fajo de billetes y los avaricioso ojillos de O’Bannon los miraron con avidez. A Colin le venía muy, muy bien esos setecientos cincuenta pavos… pero daba la casualidad que Phil Babson había apostado los papeles de su mansión contra dos mil dólares.

—Es una oferta muy… tentadora, señor Marsh pero… antes de tomar una decisión me gustaría visitar la residencia.

—Hay muy poco que visitar, señor O’Bannon. El caserón está cayéndose pedazo a pedazo y lo mejor que podría hacer es coger el dinero y largar…

—Cómo ya he dicho —le cortó Colin—, es una oferta muy… muy tentadora. Y es muy probable que la acepte pero, de veras que querría visitar la casa antes.

Ralsa le miraba y soltó un resoplido aburrido mientras sacaba un juego de llaves de otro cajón.

—Aquí tiene. Estaré en mi despacho hasta las cinco de la tarde. Le aconsejo venir antes porque mañana puede que la oferta haya… disminuido.

—Descuide señor Marsh, no estaré aquí tanto tiempo.

Ralsa Marsh le ofreció la mano, Colin miró las membranas interdigitales, tragó saliva y la estrechó con profesionalidad.

—Eso está bien. Espero verle dentro de poco, señor O’Bannon.

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