Huida de Innsmouth(17): New Town Square

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

La plaza estaba bastante cuidada, había varios comercios allí ubicados: una farmacia, una cafetería, un bazar, varias oficinas y unos ultramarinos de aspecto deslumbrante… El First National Grocery, en los que trabajaba Brian Burnham.

Pero todos los edificios estaban subyugados a la imponente figura del Hotel Gilman, una mole de cinco pisos de altura, ladrillo, madera y pintura amarilla descascarillada.

Una docena de personas miraban fijamente, con ojos inexpresivos y gesto hosco, a los Finns que aparecieron en la plaza. El farmacéutico y el obeso dueño de la cafetería, ambos llamativos por sus enormes ojos estrábicos, murmuraban a la entrada de la farmacia. Un grupo de jóvenes jugaban a lanzar la moneda contra la pared  del hotel.

―Esa es la tienda de Brian―informó Thomas Connery.

―Parece cerrada―comentó Annie O’Carolan sintiendo las afiladas miradas de los habitantes de Innsmouth sobre ellos.

―Nada está cerrado del todo―contestó Patry O’Connel caminando con paso resuelto hacia la tienda. Thomas apretó el paso para seguirla pero Annie se quedó atrás. Analizó la plaza con una larga mirada y sus ojos fueron a parar hasta una sórdida tiendecita que se asomaba a la plaza y cuyo deslucido escaparate contenía las letras medio borradas que rezaban: Bazar Waite.

Annie recordó la factura que había encontrado Greg. Una factura del bazar Waite con una nota.

“Esta noche es la noche. Te quiero. R.”

Se acercó en solitario hasta la tiendecita, un sucio laberinto de pasillos atiborrados de tornillos, clavos, herramientas, artículos domésticos, comida enlatada, papelería… la lóbrega ratonera que había en Arkham le parecía un palacio al lado de ese agujero infecto.

El dueño de la tienda, un tipo larguirucho, de largo y quebradizo cabello blanco, con enormes bolsas bajo los ojos y que vestía con una camisa gris que hace muchos años fue blanca, ni la miró, tenía la vista caída, perdida en el sucio mostrador frente al que se sentaba.

Annie se paseó por los pasillos con aire despistado, curioseó por su lamentable librería, llena de revistas viejas y pequeños librillos pulp y románticos. Una basura. Tomó uno de los tomos menos despreciables y lo llevó ante el tendero.

―Buenos días ―comenzó Annie, luciendo una gran sonrisa―.Querría llevarme esto y… ¿No había una chica atendiendo aquí la semana pasada?

El dueño de la tienda, Thomas Waite, alzó la vista y contempló a Annie por primera vez. Annie supo de inmediato que Waite no tenía la marca de Innsmouth, sus ojos apagados, su boca crispada, era un tipo normal, triste y siniestro, pero normal.

―Imposible. Aquí sólo atiendo yo. No hay nadie más. Son 20 centavos.

Annie dejó caer la moneda y tomó el libro con presteza sin dejar de sonreír.

―Me habré equivocado de tienda, entonces ―se disculpó―. Buenos días.

Thomas Waite no contestó. La miró con fijeza mientras se iba de la tienda, y luego volvió a clavar su vista en el mostrador, en el vacío, en la nada.

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