Huida de Innsmouth(20): El Comisario Martin, San Sapo y el Acólito Marsh

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

La comisaría estaba cerrada. Jacob O’Neil y Greg Pendergast se miraron sorprendidos.

—¿Esto es habitual?

—En mi comisaría tienen la puerta abierta siempre —contestó Jacob mientras llamaba.

Tardaron unos segundos en contestar, la puerta se abrió y un hombre fino cabello rubio, ojos saltones, nariz chata y mejillas caídas abrió la puerta.

—¿Qué desean?

Jacob le enseñó la placa de policía de Baltimore.

—Soy el sargento de policía Jacob O’Neal y este es mi colega, el señor Pendergast. Querríamos hablar con quien esté al mando.

—Entonces quieren hablar conmigo —respondió el individuo saliendo a la calle. Era un hombre fuerte, alto, imponente. No les tendió la mano cuando se presentó—. Soy el comisario Martin.

—Buenos días, comisario. Veníamos para informarnos de primera mano sobre el reciente incidente que tuvo con Brian Burnham.

—¿Y por qué requieren esa información?

Jacob tardó un poco en contestar, y Greg le tomó el relevo.

—Soy periodista, estoy desarrollando un artículo sobre desaparecidos y hace poco leí sobre la desaparición de Brian Burnham en Innsmouth.

—Burnham no desapareció —comenzó Martin con un tono aséptico—. Burnham fue sorprendido asaltando un comercio local y se le detuvo. Luego se confirmó que acababa de robar en su propio establecimiento. Sin embargo, el detenido agredió a uno de mis oficiales y se dio a la fuga en un vehículo robado. Es un tipo muy peligroso.

—Podría dejarnos leer el informe del robo y… —comenzó Jacob.

—Vuelva a mostrarme su placa, por favor —el comisario contempló la placa y apuntó el número en una libreta—. Departamento de Policía de Bangor… Está muy lejos de su jurisdicción, sargento O’Neil, me temo que no podré darle esa información.

—¿Qué hay de la camaradería entre agentes de la ley, comisario Martin?

—Que no es legal… y yo acato las leyes.

—Quizá podría orientarnos sobre otras desapariciones, comisario —siguió Greg intentando desviar la atención—. ¿Le suena el nombre de Allen Zadoshki?

—No, ¿debería? —contestó el comisario Martin apuntando el nombre en su libreta.

—Era periodista. Desapareció en Innsmouth hace cosa de un año.

—Esta es una zona pantanosa y traicionera. Es habitual que ocurran accidentes —dijo el comisario con voz monocorde.

—¿Y el nombre de Bill Forbes le dice algo, comisario Martin? —preguntó Jacob. Martin negó con la cabeza—. Es un agente del tesoro que estaba investigando a una posible banda de contrabandistas que operaba en Innsmouth.

—Aquí no hay contrabandistas, sargento O’Neal.

—¿No?

—No.

—Ya veo.

—Lamento no poder serles de mucha más ayuda, señores —dijo el comisario con tono seco—. Ahora, si no les importa, tengo trabajo que hacer. Acudan a la policía estatal, tienen su sede en Boston. Quizá les puedan dar más información sobre los desaparecidos. Buenos días.

El comisario entró en la comisaria y ambos escucharon como echaba el cerrojo. Según volvían hacia el coche, Jacob se volvió hacia Greg.

—¿Allen Zadoshki?

—Un colega —contestó Greg—. Le gustaban los casos extraños. Hablaba mucho de Innsmouth, de Marca… Quería escribir un libro sobre la ciudad y vino para documentarse… y nunca volvió. ¿Bill Forbes?

—Mi mentor en la policía de Bangor. Mi amigo. Desaparecido en Acción.

Greg se fijó en la estrecha iglesia cuyo afilado campanario apuntaba al cielo. La puerta principal estaba abierta, dos pares de grandes ojos les observaban desde el interior, dos tipos vestidos con túnicas azul agua marina.

—Nos están observando —informó Greg.

Jacob miró por encima de su hombro y los individuos que les espiaban se percataron que habían sido descubiertos, cerraron la puerta, al tiempo que Jacob se acercaba a paso veloz hacia la iglesia.

—¡Eh! —llamó Jacob—. Les hemos visto. Disculpen. ¡Eh! Pueden abrir la puerta. ¿Padre? ¿Oiga?

Nadie contestó y nadie abrió las puertas de la iglesia. Una placa deslustrada de bronce informaba que se trataba de la Iglesia Congregacionalista de Innsmouth, pero alguien había grabado con un cuchillo otro nombre.

—San Sapo —leyó Greg—. Que sugerente.

—Una comisaría, cerrada a cal y canto, y una iglesia que te cierra las puertas en las narices ¿Qué cuernos le pasa a este pueblo?

Jacob lanzó una mirada hacia el gran edificio que dominaba la plaza con sus cuatro columnas ante la entrada.

—Vamos.

—¿Al templo masónico? ¿Estás de broma?

Pero Jacob recorrió decidido la distancia que les separaba. Greg se quedó unos metros detrás, percatándose de que varios habitantes de la ciudad comenzaban a observarles desde diferentes puntos de la plaza.

Un gran cartel de letras doradas coronaba la entrada del edificio.

ORDEN ESOTÉRICA DE DAGON

Jacob lanzó una rápida mirada al cartel y llamó a la puerta. Al segundo golpe la doble hoja de madera se apartó para dejar salir a un hombre alto, delgado, pálido, de oscuros y profundos ojos de mapache, que lucía una amplia y siniestra sonrisa. Jacob se percató que el desconocido vestía una túnica azul marino, con bordados dorados en los que se apreciaban animales marinos tales como ballenas, peces, delfines y tiburones.

—¿Qué se le ofrece, forastero?

—Hola. Soy nuevo en el pueblo y este edificio me ha llamado la atención. Y como los de la iglesia de al lado son un poco tímidos…

—Me complacería informarle de los muchos misterios que esconde la orden esotérica, forastero, pero tales deberes sólo pueden ser dictados por el Sumo Sacerdote y no está disponible en este momento.

—Que lástima.

—Mas, si nos indica donde va a alojarse, yo mismo le concertaría una visita con el Sumo Sacerdote, señor…

—Jacob O’Neil.

Jacob se percató de que acababa de darle una información bastante valiosa a un monje siniestro de una secta que desconocida en el pueblo maldito de la zona. Greg se palmeó la frente tras él.

—Encantado, Jacob. Yo soy el acólito Alaric Marsh. Va a hospedarse en el Hotel Gilman esta noche.

—Sí… eh… puede, yo…

—Pues cuando el Sumo Sacerdote esté disponible iré a buscarle ¿Le parece bien?

—Yo… sí, claro. ¿Por qué no?

—Estupendo.

Jacob no sabía por qué, pero ese tipo le producía escalofríos. No quería seguir manteniendo una conversación con él. No quería seguir soportando su mirada de reptil. Se llevó dos dedos a la sien y se despidió.

—Hasta más ver, acólito Marsh.

—Hasta otra, agente O’Neil.

El acólito Marsh cerró las puertas y Jacob se acercó hasta Greg con paso tembloroso.

—¿Cómo sabía que eras poli? —preguntó Greg.

—No lo se, pero quiero salir echando pistos de este pueblo.

Colin O’Bannon salió de  las oficinas del Dr Rowley Marsh e hijos, y los tres Finns se reunieron dentro del coche de Jacob.

—Jacob —comenzó Colin—, ¿podrías hacerme un favor?

—¡Dormir aquí, no! —contestó Jacob según arrancaba el coche.

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