Huida de Innsmouth(23): Jackson Elias

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Mi más sincero pésame ―murmuró apenada y presurosa Sandra Mowry―. Y hágase un favor, bonita, váyase de Innsmouth.

Sandra Mowry se refugió bajo el brazo de su esposo que la acompañó entre las estrechas y grises calles de la ciudad. Annie O’Carolan la contempló alejarse con el corazón oprimido por una garra de tristeza.

Annie se acababa de encontrar a la pareja a la salida del Bazar Waite, pero la sola mención de Brian Burnham cambió la expresión de los dos agradables cincuentones de rostro amable, sin la marca y cabello canoso.

Y Sandra Mowry le había dado el pésame.

Annie guardó sus sentimientos en un apartado rincón de su corazón y volvió a New Town Square, pero Patry y Thomas no estaban por ningún lado, sólo las desagradables miradas de los transeúntes de ojos saltones. Annie encaminó sus pasos hacia la enorme mole amarillenta del Gilman House, en cuya entrada había un tipejo alto, desgarbado, con una mata de pelo lacio y sucio, ojos grandes que no parpadeaban y piel escamosa.

―Disculpe, caballero…―y el tipejo escupió un gargajo granate a sus pies.

“Encantador”

―Bonitos modales, ¿los ha aprendido en un estercolero? ―el tipejo ni la miró. Annie sí, le fusiló con la mirada y se internó dentro del hotel. No había nadie en el mostrador. Annie preguntó al aire, pero no apareció ningún encargado. Accionó el timbre de la recepción. Nada. Con los nervios a flor de piel comenzó a tocar el timbre hasta que el tipejo de la entrada lanzó un suspiro hastiado y se posicionó tras el mostrador.

―¿Qué quiere? ―escupió el recepcionista. Annie no le apartaba la mirada―. ¿Una habitación o qué?

Annie apretó los labios y pensó en algún comentario mordaz que escupirle hasta que una voz profunda le interrumpió.

―Querido Charlie Gilman, debería tratar con más respeto a una dama como esta.

El dueño de la voz estaba bajando por las escaleras. Era un hombre alto, delgado y apuesto. Peinado a la moda, con un fino bigotito perfectamente recortado sobre su sonrisa canalla y con un traje hecho a medida, con pajarita y un pañuelo granate asomando de su bolsillo izquierdo.

―Sin lugar a dudas conseguiría que su hotel tuviera más visitantes. ¿Qué tal, señorita? Soy Jackson Elías quizá haya leído algunas de mis novelas…

―De hecho, las he leído ―le cortó Annie devolviéndole la sonrisa­―. Me gustó mucho Hijos de la Muerte y El Camino del Terror pero, creo que Brujerías de Inglaterra fue bastante insulso.

―Vaya… ―comenzó Jackson visiblemente impresionado―. Por extraño que me resulte reconocer, no suelo encontrarme a reconocidos lectores de mis ensayos. Y lo reconozco, las “brujas” que entrevisté fueron bastante soporíferas y por tanto, me quedó un libro aburrido.

Jackson miró de reojo a Charlie Gilman, que se introdujo un puñado de tabaco de mascar en la boca sin dejar de mirarlos fijamente.

―Ha visitado la cafetería de Innsmouth. No es el mejor sitio de Massachuset pero reconozco que sirven un filete de merluza bastante decente ¿Qué le parece si le invito?

―Yo no…

―Insisto ―perseveró el autor―. Y puedo insistir con mucha más vehemencia si no acepta.

―Entonces aceptaré, señor Elias.

―Un auténtico placer, señorita.

―Pendergast ―espetó Annie sin saber muy bien porqué había contestado así, soltando el apellido de su amigo Greg―. Annie Pendergast.

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