Huida de Innsmouth(26): ¿Mami?

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Colin O’Bannon, Jacob O’Neil y Greg Pendergast habían bajado hasta el sótano. Colin llevaba el revólver del calibre 32 desenfundado, Jacob su Smith & Wesson del calibre 38 y Greg sostenía su bate de baseball. Cada uno iluminaba sus pasos con una cerilla candente.

E iban acojonados.

Los tres habían escuchado claramente la voz infantil llamando a su madre a través desde la pared de la sala de costura. Una voz que surgía de abajo.

Y abajo no había nada,  sólo una oscura sala vacía y llena de polvo.

El silbido de Greg les guio hasta una estrecha sala aledaña al sótano. Una vieja bodega sin una sola botella de vino.

–Aquí no se tomaban muy en serio la “Prohibición”, ¿verdad, agente? –preguntó Greg con sarcasmo.

Colin ojeaba los estantes de la bodega.

–Debemos de estar bajo el pasillo del primer piso… lo que hay bajo la sala de costura está al otro lado de estos estantes.

–Colin, al otro lado de estos estantes hay una pared—contestó Jacob.

Colin atisbó algo entre dos de los estantes. Ladrillos viejos y desparejados. Y uno nuevo, más oscuro que el resto. Colin pasó la mano entre los estantes y apretó el ladrillo. El botellero y la pared se movieron. Los tres Finns se miraron, con cierto desconcierto dibujado en sus rostros y movieron la puerta secreta, que daba paso a una habitación pequeña, pero limpia.

Destacaba una estantería que contenía dos docenas de viejos y ajados libros, ante la cual había un pequeño escritorio con un grueso tomo abierto, una pila desordenada de papeles llenos de garabatos, un frasco de tinta y su pluma, un estuche de madera negra y una pequeña bolsa de tela color granate. Había otra estantería llena de cajitas y bolsas. Y frascos, muchos frascos llenos de formol con órganos embalsamados y otras cosas… cosas sin nombre. Una mesa cargada de material de laboratorio, botellas, viales, redomas, probetas…

Y en un rincón había un pozo.

Un pozo viejo,  cegado por una pesada tapa de madera.

Colin se quemó los dedos con la cerilla. Jacob encontró un viejo quinqué con el que inundó el laboratorio de una enfermiza luz amarillenta. Greg había dejado el bate a un lado, sacó su cámara de fotos y, tras un fogonazo, atrapó la estantería en una fotografía.

–¿Qué coño es este sitio? –preguntó Jacob.

–Lo que parece –contestó Colin haciéndose con la bolsa de tela. Pesaba bastante más de lo que parecía y dentro había… ¡media docena de lingotes de oro! Eran pequeños, del tamaño de chocolatinas, y más que dorados parecían plateados. Tenían una inscripción de caracteres desconocidos en un lado… en el otro había un ser anfibio que exhibía un desproporcionado órgano sexual–. El laboratorio de un loco.

Jacob había abierto el estuche, dentro descubrió una daga de plata, nada elaborada, un diseño funcional. Colin curioseaba entre los frascos de la estantería.

–¿Tú crees que el tipo que se jugó la mansión contra ti, sabía lo que había en su sótano? –preguntó Greg antes de tirar otra foto, esta vez sobre la librería.

–No lo creo–contestó antes de guardarse en el bolsillo un frasco con un cartel en el que se leía: Polvo de Hermes Trimesgisto. –Annie sabe de libros, ¿no? Creéis que podrá, no sé, tasarlos o algo así.

–Annie no es la misma Annie que conocimos–comentó Jacob mientras ojeaba un libro… un diario.

–Dijo el agente O’Neil –contestó Greg con sarcasmo–. ¿Qué lees?

Jacob le miró de reojo y se aclaró la garganta.

¡Malditos sean los Marsh y todos sus allegados!

»¡Maldigo su sangre por mil años!

»¡Han tenido la desfachatez de profanar mis tierras! ¡Han entrado en mi casa y destruido mi propiedad!

»¡Han matado a mis perros! ¡Y también a mis retoños! ¡Mis pequeños!… Mis creaciones… todos muertos, salvo unos pocos que han desaparecido… secuestrados sin lugar a dudas…

»¿Qué tipo de monstruo puede hacer algo así?

»Ha debido de ser Esther Marsh… esa pequeña zorra envidiosa. Sus estudios sobre genética no son más que excusas para fornicar con terrestres e hijos del mar por igual. ¡Para dar placer a sus vicios!

»Barbanas está ciego. Su transformación le ha sorbido el seso. Y los sacerdotes de la Orden están tan absortos en sus cultos arcaicos que no consiguen ver más allá. ¡No como yo! ¡Yo tengo visión de futuro!

»Hoy habrán ganado una batalla pero aún tengo mi laboratorio.

»Habrán entrado en mi despacho y robado mis memorias y todos mis estudios sobre el cruce de especies entre los terrestres y los hijos del mar, toda la documentación de mis experimentos, todo, todo… perdido.

»Pero aún tengo al pequeño Fregg en el Pozo.

–¿Mami?

A Greg casi se le cayó la cámara de fotos. Colin dejó caer el bote lleno de ojos de batracios que estaba mirando en ese momento y encañonó al pozo.

El lugar desde donde había emergido la voz.

–¿Pero qué coño…? –comenzó Jacob.

–¿Mami? –repitió la voz. Infantil. Nasal. Gorgoteante.

Jacob apuntó al pozo.

–Greg, levanta la tapa.

–¡Una puta mierda! ¡Levántala tú!

–Colin y yo tenemos pistolas, te cubriremos –sentenció Jacob posicionándose de espaldas a Greg, Colin apuntaba desde la izquierda del pozo.

–¿Mami?

–¡Una mierda! —gritó Greg.

–Deja de gimotear como un banshee y levanta la puta tapa —ordenó Jacob.

Greg lanzó otro exabrupto, dejó su cámara sobre la mesa, tomó el bate de baseball y se acercó con cuidado a la trampilla. Inconscientemente los tres, a la vez, movieron los dedos por encima de la culata o el bate de baseball, asiendo sus armas con fuerza. Greg les miró.

–A la una… a las dos…

–¿Mami?

Greg alzó la tapa. Y en un parpadeo algo salió del pozo y se pegó al techo, observándoles bocaabajo.

Fregg, la cosa del pozo que llamaba a su mami, era un niño escuchimizado, esquelético, con los dedos de manos y pies completamente palmeados, de piel gris verdosa, y cuyo rostro carecía de rasgos faciales. No tenía ojos, ni nariz, ni pelo, ni orejas… solo una boca enorme, desproporcionada, una boca que se abrió y dijo:

¿Mami?
¿Mami?

–¿Mami?

Greg dejó caer el bate de baseball. Y con voz mecánica respondió:

–¿Mami?

–¿Qué coño es eso? –dijo Colin sin dejar de apuntarlo.

Jacob fue a contestar, pero Fregg, el inquietante niño-rana, soltó un latigazo veloz como una flecha con una lengua larguísima que golpeó cerca del quinqué, cerca de Jacob.

Colin no lo dudó.

Comenzó a apretar el gatillo.

Fuego a discreción.

Jacob le imitó.

La pólvora y el humo comenzaron a asentarse. La amarillenta luz del quinqué creaba sombras siniestras que se alargaban por las paredes.

Colin O’Bannon apretó el gatillo, pero el chasquido del percutor le informó que el tambor de su arma estaba vacío. Jacob O’Neil bajó el humeante cañón de su pistola y apuntó al suelo.

Greg Pendergast se giró hacia ellos. Un agujero oscuro en su hombro izquierdo se expandió en una mancha carmesí.

—¿Mami? —preguntó Greg, antes de caer inconsciente.

Colin y Jacob se miraron, viendo en sus aterrados rostros el reflejo de sus propios miedos.

Colin abrió el tambor de su revólver y comenzó a recargarlo a ritmo frenético. Jacob se acercó hasta Greg.

—¿Está muerto? —preguntó Colin.

—No, sólo herido. Y conmocionado.

—No Greg, maldita sea. ¡Me refiero a esa cosa!

Jacob se asomó al otro lado del pozo donde yacía desmadejado el raquítico cuerpo de Fregg. Le habían cosido a balazos. Por lo menos nueve disparos.

El décimo le había dado a Greg Pendergast en el hombro.

—Está muy, muy muerto —contestó Jacob—. Joder… sólo era un niño.

—Eso no era un niño —contestó Colin—. Era una cosa. Y ahora es una cosa muerta.

—¿Qué haces? —preguntó Jacob que había comenzado a diagnosticar a Greg. La bala había entrado por encima del omóplato derecho y había salido bajo la clavícula. Un tiro limpio.

—¿A ti qué te parece? —contestó Colin que había cogido todos los libros que podía cargar—Coger todo lo que pueda y largarme de este sitio.

—Son pruebas.

—¿Pruebas? —preguntó Colin—. Que Greg haga unas fotos mientras le curas… ya que le has disparado tú… pero yo no me quedo en esta casa más tiempo del necesario.

—Yo no…

—¡Tiene un tiro en la espalda! Ni en el brazo derecho, ni en el costado, que era el blanco que me ofrecía a mí… ¡un tiro en la espalda! ¡Deja de discutir y espabila!

—¿Pero a qué tanta prisa?

—¡Estaba llamando a su madre!

Colin señaló el cuerpo retorcido y ensangrentado de Fregg.

—¡Si así es el hijo, imagina cómo será la madre!

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