Huida de Innsmouth(47): Ka-boom!

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

—¿Qué coño pasa?—chistó Greg Pendergast con la mirada fija en las aguas del río, buscando esa forma amorfa que burbujeaba.

—Yo que sé —espetó Thomas Connery angustiado, sin dejar de palpar el detonador—. Es la dinamita de Patry. Lo mismo está mojada o el detonador está dañado…

—¿Y qué hacemos? —preguntó Annie O’Carolan.

—Puedo acercarme al almacén—comenzó Thomas—. Lanzar una bengala dentro y que el fuego incendie los explosivos.

KA-BOOOOOOOOM!

Las llamaradas amarillas y naranjas atravesaron el techo del almacén, lanzando cascotes en llamas y pedazos de metralla inflamable. Los almacenes cercanos comenzaron a incendiarse, mientras un infierno de flores rojas crepitaba y escupía deflagraciones por la puerta y los ventanucos del almacén incendiado.

Greg, Thomas y Annie se había arrojado al interior del vehículo y, muy poco a poco, se asomaron por las ventanas del Ford T.

—Parece que no va a ser necesario acercarse hasta el almacén —aseguró Thomas.

—¿¡Qué!?—chilló Greg.

—¡Qué parece que no va a ser…!

—¡Arranca, Greg! —gritó Annie.

—¿¡Qué!?

El fuego devoraba los almacenes… pero al otro lado de la calle las oscuras ventanales comenzaron a iluminarse. Luces eléctricas. Velas. Figuras oscuras asomándose por las ventanas.

—¡Qué arranques! —mientras comenzaba a golpear al conductor en el antebrazo—. ¡Arranca! ¡Arranca! ¡Arranca!

Greg escuchó la voz de la pequeña O’Carolan por encima del pitido que tronaba en sus oídos tras la explosión. Pisó a fondo el pedal del acelerador y el Ford T salió escopetado, quemando goma tras de sí. Greg dio bruscos volantazos, cruzó el puente que conectaba con New Town Square, emergieron a toda velocidad en la plaza y aceleró por Federal Street.

Cuatro manzanas llenas de baches después, el coche huía de Innsmouth veloz como un relámpago. Saltaron a la carretera y Greg no bajó la velocidad hasta que llegaron al cruce apartado de la ciudad, el cruce que habían establecido como punto seguro.

El cruce donde se unirían junto al resto de los Finns cuando liberasen a Brian Burnham.

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Huida de Innsmouth(46): Susurros entre dientes

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Liam McMurdo, Jacob O’Neil y Patry O’Connel estaban dentro del coche de Liam, escondidos entre las sombras a tres manzanas de la comisaría.

Angus Lancaster había aparcado su vehículo en las cercanías de la comisaría. Junto a Colin O’Bannon se habían acercado al edificio de dos plantas, la baja tenía cicatrices de un incendio antiguo, marcas de hollín y humo por todas partes. Las ventanas tenían barrotes de hierro templado. Ante la comisaría había un viejo Buick que debía hacer las veces de coche patrulla. Colin atendía a los alrededores, Angus se acercó todo lo que pudo a la entrada principal e intentó escuchar algo.

Había voces. Dos. Una grave, agresiva, enfadada. Y otra suave, sibilina, tranquila.

Con mucho cuidado, Angus volvió sobre sus pasos hasta Colin.

—El grandullón del que hablaron Thomas y Patry, y el otro… creo que es el agente Marsh , el que siguió a Jacob y a Annie —planteó Colin.

Angus ojeó su reloj. Faltaban segundos para la detonación, así que se ocultaron entre las sombras. Habiendo dos agentes en la comisaría, sería complicado que ambos fueran a la distracción, así que la idea inicial de que Patry forzase la puerta con su juego de ganzúas iba a tener que variar.

El gruñido de un motor les sacó de sus cavilaciones. Por una calle cercana paseó un sedán de color negro, pero no reparó en su presencia. Angus volvió a mirar el reloj. La hora de la detonación había pasado. No había habido una explosión. No había una columna de humo elevándose entre los picudos tejados de Innsmouth.

El silencio de un cementerio.

—¿A qué están esperando? —susurró entre dientes.

Huida de Innsmouth(45): Preparando la Distracción

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Greg Pendergast estaba al volante del coche de Jacob O’Neil, un Ford T bastante bien cuidado, pero cuyo motor parecía una bestia rugiendo en lo profundo de una cueva. La medianoche había caído hacía unas horas, Innsmouth dormía envuelta en una densa oscuridad.

Parecía una ciudad muerta, abandonada, olvidada por la humanidad.

Antes de dividirse en tres grupos, los Finns se habían reunido en el islote donde ocurrió el Incidente. Se habían abrazado, habían entonado canciones irlandesas y habían compartido sorbos de una pequeña petaca de whisky irlandés que había traído Angus. Se habían hecho una foto con la cámara de Greg.

Y había partido hacia el pueblo maldito.

Greg había conducido, rodeando Innsmouth por el oeste, hasta internarse en el pueblo por las calles perpendiculares a la ribera del Manuxet. Docenas de almacenes abandonados les esperaban y había optado por uno cercano a la abandonada estación de ferrocarril.

Greg conducía, Thomas Connery pondría tres cartuchos de dinamita junto a una carga explosiva y Annie O’Carolan se mancharía las manos, rociando de gasolina y queroseno todo el almacén.

Y ahí estaba Greg, sentado al volante, esperando a que la bibliotecaria y el infante de marina volvieran hasta el coche, atento a cualquier indicio que pudiera descubrirles y dar la voz de alarma en el poblado.

Fue entonces cuando lo… percibió.

El almacén era una caja cúbica que se erguía encima del cochambroso puerto que invadía la ribera, sobre el fango del río Manuxet. Greg podía ver las aguas del Manuxet, negras, oleosas como brea, deslizándose bajo los muelles.

Arrastrándose.

Burbujeando.

Respirando.

Trepando por las vigas del muelle…

Estuvo tentado de gritar. De salir del coche y llamar a sus amigos, para que salieran de allí cuanto antes. De apretar el claxon del Ford T, ignorando el subterfugio.

Pero Annie y Thomas salieron del almacén en ese preciso momento. Thomas desenrollaba el cable con el detonador bajo el brazo. Annie llevaba desenfundada la Luger P08, lanzando rápidas miradas a todas partes. Ambos llegaron hasta el coche en dos latidos, pero a Greg le pareció una maldita eternidad.

—¿Qué  te pasa? —preguntó Annie al entrar por la puerta del copiloto.

—Creo que he visto algo… bajo el almacén.

—¿Algo que burbujea y se arrastra?—ronroneó Annie con sorna.

—Sí—contestó Greg. Sus ojos muy abiertos, se clavaron en los muy abiertos ojos de Annie.

Thomas se metió en el coche por la puerta trasera, soltó algo de cable y comenzó a manipular el detonador.

—¿Te falta mucho? —preguntó Greg, nervioso, intentando ver lo que fuera que se estaba arrastrando bajo el almacén.

—Lo que necesite.

—Hay algo burbujeando cerca del almacén que hemos minado, Thomas —dijo Annie con una aterrada mirada sobre el almacén—. Así que te pediría que fueras más rápido en lo que necesites.

Thomas lanzó una rápida mirada hacia el almacén. Muy rápida. Volvió a centrarse en el detonador: comprobó que los cables estaban en posición, preparó la palanca, la encajonó, se cubrió con la puerta y miró a sus amigos.

—¿Preparados?

Greg y Annie asintieron antes de encogerse en sus asientos.

Thomas asintió y accionó la palanca.

Y no pasó nada.

Huida de Innsmouth(44): El Preludio de la Huida

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Patry O’Connel aspiró una calada de su cigarrillo mientras se contemplaba en el sucio espejo de la abandonada casa de su padre. Fuera el maquillaje. Adiós al vestido de 300 doláres. Aufidersen tacones. No había glamour. Había desparecido la elegancia.

Una chica guapa vestida con bombachos, camisa holgada, tirantes y boina. En el bolsillo derecho del pantalón un Derringer de doble cañón del calibre 22. En el izquierdo una navaja de resorte.

Adiós Patry, la gárgola. Adiós, buscavidas, ladrona, timadora, mangante, puta.

Hola, Patry, la Finn.

Apuró el cigarrillo y apagó la colilla en el lavabo.

Colin O’Bannon no necesitaba vestirse como un Finn. Su gabardina y su gorro de ala ancha eran tan útiles para lo que les esperaba como los tirantes y la boina.

Al igual que su revólver del calibre 32.

Lo limpió. Lo cargó. Lo cerró con un movimiento brusco y apuntó a su figura en un espejo.

Toda la vida preparándose para enfrentarse a los monstruos que imaginaba en cada sombra y cada esquina… y ahora iba a enfrentarse a monstruos de verdad.

Liam McMurdo estaba sentado en su coche, su Packard Twin Six. Limpio. Con el depósito lleno. En el asiento del copiloto había un viejo y sucio revólver del calibre 32 y una palanca. En el maletero, dos garrafas de veinte galones llenas de gasolina. Liam escribía sobre el salpicadero. En un folio mugriento, con un lápiz muy pequeño.

Estaba escribiendo su testamento. Las posesiones de Liam eran muy, muy escasas. Un puñado de dólares y el Packard Twin Six que iba a conducir durante la fuga de su amigo, Brian Burnham.

Alzó la vista y se contempló en el retrovisor.

Firmó el testamento. Lo metió en un sobre que luego introduciría en un buzón. Todo lo legaba a su sobrina recién llegada al mundo.

Greg Pendergast terminó de comer en casa de sus padres, rodeado de la horda familiar de los Pendergast. Ocho hermanos, cinco chicos y tres chicas. La pequeña se llamaba Ann. Greg la miraba a través del reflejo del gran espejo de marco dorado que gobernaba el salón, pensando en si las mentiras sobre la identidad de Annie la habrían puesto en peligro o si sólo la paranoia ocasionada por el ambiente de Innsmouth había hundido sus garras en su alma hasta ese punto.

Puede que fuera eso… puede que Greg viera la Marca de Innsmouth en cada persona con los ojos saltones, en cada boca ancha, en cada enfermedad de la piel.

Su madre retiró el plato. Las mujeres se fueron a fregar a la cocina. Los hombres sacaron cigarrillos y comenzaron a fumar, a hablar de trabajo, de fábricas y grúas, del puerto y los camiones. Cómo buenos irlandeses de clase obrera.

Greg miró su bate de baseball, aparcado frente a la puerta, esperándole. Sacó su libreta. La ojeó. Leyó rápidamente todo lo que tenía apuntado, todas las pistas que los Finns habían recolectado y el incidente de la Mansión Babson. Se la pasó a su hermano mayor por debajo de la mesa.

—¿Qué es esto?—preguntó.

—Algo que me vas a guardar hasta mañana… o hasta que creas que lo tienes que leer.

Thomas Connery dejó su uniforme pulcramente doblado encima de su cama. Vestía con bombachos, camisa, tirantes y boina. Y su rifle, limpio y engrasado.

Sería el arma de un soldado, pero hoy era un Finn.

Se contempló en el espejo de su dormitorio. Había cenado con sus padres, les había acompañado mientras escuchaban la radio novela y se había despedido de ellos antes de que se fueran a acostar.

Y ahora se escabullía entre las sombras de la noche, sin que sus padres le vieran irse.

Sin que supieran a los peligros a los que se iba a enfrentar.

A Jacob O’Neil le estaba costando colgar el teléfono. Le estaba costando despedirse de su prometida.

Se miró en el espejo, vestido con los tirantes y la boina de los Finns, pero con el revólver Smith & Weson del calibre 38, el arma reglamentaria de la policía, dentro de su funda sobaquera y la escopeta corredera de calibre 12 apoyada en su cadera y apuntando al techo.

—Te quiero, de verdad. Pero esto es algo que tengo que hacer. Mañana te llamaré.

Annie O’Carolan estaba traduciendo el Chaat Aquadingen, utilizando la hoja con el conjuro de invocación cómo piedra de Rosetta ante los extraños símbolos. Los glifos de R’lyeh.

Ya estaba vestida, vestida como una Finn, boina y tirantes, no con uno de sus elegantes y formales vestidos de bibliotecaria. Sentada ante una lámpara de gas que desprendía una luz amarillenta en su habitación. Escuchaba el ronquido de su padre en la habitación continua, durmiendo junto a su madre. Su caligrafía, meticulosa y apretada, se extendía por el cuaderno que tenía intención de rellenar.

Y una Luger P08, perfecta, que había robado a su amante, a su mentor en la caza de libros, al estafador que se había aprovechado de sus habilidades y de su inocencia, depositada a su izquierda. Esperándola.

El reloj de su habitación comenzó a marcar las horas. Doce latidos. Annie se miró en el espejo.

—Es la hora—se dijo.

Acarició la superficie del papiro, los glifos de R’lyeh.

—F’tghan—murmuró antes de agarrar la Luger y cebarla.

Angus Lancaster caminaba por el polvoriento interior de Lancaster Manor. Telarañas, polvo, muebles cubiertos por sábanas. Todo abandonado cuando su padre decidió volverse a Manchester. Todo esperándole.

Arrancó de un tirón una sábana que cubría un gran espejo. Angus vestía bombachos, camisa, tirantes, boina… limpios, lavados, planchados. Su carísimo abrigo contrastaba casi tanto como el bastón que llevaba. Un bastón muy especial.

Con el pulgar, separó la empuñadura del cuerpo del bastón, sacando la reluciente hoja de acero de un estoque. La enarboló con soltura ante el espejo, combatiendo enemigos imaginarios, salvando a sus amigos, a los Finns de los villanos que les atormentaban.

Volviendo diez años atrás.

Volviendo a ser un Finn, y no el arquitecto florero de su aburrida mujercita en Boston.

Huida de Innsmouth(43): Salvar a Brian

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los ocho Finns se reunieron en el islote del río Miskatonic, el islote donde la navaja de Cillian O’Connel se clavó entre las costillas del universitario Biff Williams hace ocho largos años. Navaja que Cillian juró y perjuró que no clavó él.

La noche había cubierto el mundo, blancas y pequeñas estrellas brillaban en el manto de oscuridad mientras las figuras de los ochos amigos de Brian Burnham formaban un círculo bajo el resplandor de los faros de los vehículos.

—La tal Ruth Billingham seduce a Brian —concretó Annie O’Carolan, escupiendo el nombre de Ruth como si fuese veneno—. Y le convenció para asaltar el Bazar de Waite y robar su tesoro que resultó ser un libro… un libro que conociendo el pasado de los Waite puede que sería como los que encontrasteis en la mansión Babson…

—¿Caro? —siseó Colin O’Bannon.

—Raro —Annie y Colin se fulminaron con las miradas, y la “bibliotecaria” continuó—.Brian fue detenido por el subcomisario Nathan Birch, el agente Elliot Ropes y el acólito Marsh. Y sabemos que Elliot Ropes lo vigila. Así que sabemos algo… Brian está vivo.

Más de uno soltó un suspiro de alivio ante la buena noticia.

—Ahora el problema que surge es saber donde lo retienen.

—¿La Orden Esotérica de Dagon? —comentó Greg Pendergast—. Ese sitio parece una fortaleza.

—Es una fortaleza —comentó Angus Lancaster—. Es una viejo templo masónico, tenían esa intención, proteger lo que ocurría dentro. Pero, cómo todo templo masónico, tendrá puertas secretas. Si pudiera acercarme a la fachada del edificio podría buscar algún grabado que me diese pistas de esas entradas ocultas.

—¿Cómo sabes tú tanto de masones? —preguntó Greg intrigado.

—Se de arquitectura —contestó Angus.

—Quizá no lo retengan allí, sería como… muy evidente ¿no? —aventuró Patry—, quizá el gigantón lo tiene en su casa, o en alguna casa abandonada que usen para secuestros o contrabando.

—¿Los contrabandistas de alcohol? —preguntó Jacob O’Neil—. Cada vez me parece más un cuento chino para mantener a la gente alejada de la ciudad, no… tengo una teoría, pero quizá sea muy descabellada.

—No te hagas el interesante y canta —espetó Colin.

—La comisaria estaba cerrada —dijo Jacob ignorando las pullas de Colin. Los Finns le miraron expectantes—. Nunca se cierran las comisarias. Bueno sí, a veces, pero entonces no hay nadie dentro, y cuando fuimos estaba el mismísimo comisario. Y mientras Annie y yo, seguíamos al tipo de las gafas, fue hasta allí y llamó a la puerta para que nos siguiera el agente Zebediah Marsh. La comisaría seguía cerrada.

—Y tienen celdas para mantener a un prisionero —dijo Liam McMurdo—. Y a ver quién es el guapo que entra por las malas.

—Nosotros —respondió Thomas Connery. Los Finns se volvieron hacia su amigo que tenía la vista perdida en las malas hierbas que llenaban el islote—. Mañana por la noche.

—¿Y cómo pretendes asaltar una comisaria? —preguntó Annie.

—Por no mencionar que es un flagrante delito—comenzó Jacob.

—A tomar por culo lo legal y lo ilegal —gruñó Colin sin apartar la vista de Thomas—. ¿Qué tienes en mente?

—Una distracción —comenzó Thomas—. Incendiaremos un edificio abandonado, movilizaremos al pueblo y a las “fuerzas del orden”. Aprovechando que estarán ocupados con el incendio irrumpiremos en la comisaría, la registraremos…

—¿Y si no hay nadie allí? —preguntó Greg.

—Buscaremos a Nathan Birch, a Elliot Ropes o al acólito Marsh… y les sonsacaremos dónde retienen a nuestro amigo.

Jacob se puso tenso.

—¿Cómo pretendes…?

—Tú no te preocupes de eso, Jacob —siseó Colin— Ya me mancharé yo las manos por los dos. Esta tarde Angus y yo estuvimos haciendo una ruta turística por Innsmouth y vimos varios edificios que podrían servir para la distracción.

—La Mansión Marsh —comenzó Angus.

—¿En serio? —espetó Liam—. ¿Y por qué no quemamos la Orden Esotérica, ya de paso?

—Había un tanque de agua, la gasolinera… el edificio de los bomberos…

—Queremos distraerles, Angus —dijo Greg—. No incendiar el pueblo.

—Además hay gente decente en Innsmouth —terció Annie—. Los Mowry… el amiguito de Patry, el tabernero alemán…

—Yo no diría que el tabernero fuera decente, pero no es mala persona—contestó Patry—. Creo que entiendo a Angus, quiere quemar algo importante, porque si quedamos una casa abandonada lo mismo no va nadie a evitarlo.

—¡Eso mismo! Podríamos incendiar el Asilo de  Pobres.

—¡Eso no lo haría un Finn! —estalló Liam

—¿Qué esperabas? —preguntó Colin—, Angus nunca fue un Finn.

Angus estalló. Corrieron improperios entre él, Colin, Liam y Jacob hasta que Thomas saltó sobre el capó del coche de Liam y soltó un silbido. Todos los Finns le miraron entre sorprendidos y avergonzados.

—¡Tenemos que salvar a nuestro amigo! —dijo en gaélico. Un gaélico oxidado por la falta de uso, un gaélico que creía tener abandonado. Un gaélico que llenó de un fulgor esmeralda los corazones de sus amigos—. Patry y yo estuvimos por los almacenes cercanos al río. Están vacios. Abandonados. Y si se incendia uno, se incendiarán todos. Medio pueblo correrá para evitar que las llamas se propaguen.

Thomas hizo una pausa, comprobando como su idea se asentaba en las de sus amigos, sus compañeros, sus camaradas de armas, los únicos y verdaderos.

—Y entonces salvaremos a Brian.

El silencio, potente y cargado de electricidad, de tensión y valor, se rompió cuando Liam se aclaró la garganta.

—Estupendo… y ahora bájate de mi coche, que me vas a abollar el capó.

Huida de Innsmouth(42): Sandy Lanier y Harry Jakes

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

“The Garden” estaba abierto. Una cálida pero mortecina luz amarilla llenaba el local que, aún así, estaba infestado por densas nubes de humo. Había media docena de clientes apoltronados en distintas mesas, compartiendo un hosco silencio mientras apuraban el contenido de sus vasos.

Viktor Obtrech se afanaba en limpiar un vaso con un trapo bastante sucio cuando Thomas Connery y Patry O’Connel entraron en el establecimiento. Patry arrugó el ceño ante la visión del antro y sintió las reptiles miradas de los parroquianos.

―Ooooh, el soldado ―saludó Obtrech a Thomas―. Volver aquí por whisky irlandés, ¿Ja? Y traer fräulein hermosa, ja, muy, muy hermosa. ¿Qué tal, fräulein hermosa? Yo ser Viktor Obtrech y este ser mi local, ¿ja?

―Hola, Viktor ―saludó Thomas mientras señalaba una botella de whisky―. Sírveme lo mismo que me pusiste el otro día y otro para mi buena amiga.

El tabernero alemán depositó dos vasos bastante limpios ante los visitantes y los bautizó con dos dedos de whisky. Thomas lanzó una mirada a los parroquianos, cuya llegada había generado una ola de susurros que fue degollada por la apatía. Thomas depositó sobre la barra tres billetes de 5 $.

―Quédate con el cambio―comenzó Thomas con su voz convertida en un conspirador susurro―, y cuéntanos todo lo que nos puedas contar de Brian Burnham.

Viktor miró hacia el salón donde pescadores y vecinos de Innsmouth bebían sus matarratas.

―He oído hablar de Brian Burnham, ja. Se lo montaba con la golfilla de Warren Billingham, ¡ja! Menuda potrilla. Ojos de gato. Piernas largas. No tan bonita como tu fräulien, pero muy guapa. Quisieron huir, lejos. Enamorados cómo Romeo y Julieta, ¿ja? Pero, les cogieron intentando  robar la sisher de Thomas Waite.

―¿Y qué pasó después? ―preguntó Thomas con un susurro.

―Después pasó la Orden. Y cuando la Orden pasa, Viktor se tapa los ojos y los oídos, ¿ja? Viktor no quiere saber nada de la Orden y la Orden no quiere saber nada de Viktor.

Patry se bebió de un trago el vaso de whisky que le habían puesto. Obtrech y Thomas la miraron sorprendidos y la muchacha sacó de su bolsón un billete de 20$.

―Seguro que alguien ha venido a tu… antro de mala muerte, hablando de Brian Burnham. Seguro que sabes algo más. ¿A que sí, guapo?

Viktor Obtrech miró a la muchacha, luego al soldado. Lanzó otra rápida mirada a sus clientes, aparentemente ajenos a la conversación que estaban teniendo. Tomó el billete de Patry y rellenó su copa.

―No sé dónde estar Brian Burnham, pero sí se algo. El komissar Ropes, el grande y feo, estuvo hace un par de noches maldiciéndole. ¡Ja! Dijo algo así como que odiaba estar de niñera para ese quejica.

En ese momento, las puertas del Garden se abrieron, dando paso a dos apestosos pescadores que atufaban a pescado podridos. Sandy Lanier y Harris Jake, eran dos marcados particularmente monstruosos. Jakes tenía unos 40 años, era muy alto y fuerte, de aspecto siniestro, con unos labios gruesos y ojos enormes y saltones.

Pero Lanier era… diferente. Vestía un chubasquero de marinero que ocultaba casi todo su cuerpo abotargado, y un gorro que escondía su rostro deforme. Se tambaleaba al andar y cuando se acercó a la barra y pidió un par de tragos de matarratas, Thomas pudo apreciar que sus dedos parecían dos garras afiladas, con los dedos palmeados.

―No más preguntas ―espetó Obtrech en siseo, y se acercó a atender a los pescadores.

Thomas bajó la vista hacia su copa, pero Patry le mantuvo la mirada a Harry Jakes, que sacó un grueso cuchillo y jugueteó con él entre sus dedos palmeados.

―Hagan caso al bueno de Obtrech, amigos. Aquí no nos gustan los fisgones.

Una voz cavernosa y chorreante surgió desde el interior del chubasquero, mientras se quitaba el gorro. Lanier dejó al descubierto su aspecto monstruoso, una especie de hombre pez sin escamas, con los ojos de un tiburón y los dientes de una piraña.

―Por aquí ha habido accidentes―escupió el deforme ser.

―Para accidentes tu cara―contestó Patry con desprecio.

Harry Jakes hincó el cuchillo en la barra y Sandy Lanier gorgoteó algo parecido a un gruñido. Thomas apuró su copa y agarró a Patry del brazo.

―Mis disculpas, señores. Ya saben cómo se ponen las mujeres con el alcohol.

Hubo un par de carcajadas entre los parroquianos, mientras Thomas sacaba a Patry del local.

Y también hubo un par de amenazas.

Thomas casi arranca a correr por las oscuras calles de Innsmouth cuando salieron del local. Tironeaba de Patry que caminaba con pasos desacompasados, la mirada perdida, el rostro lívido. Cuando atravesaron media docena de manzanas y comprobaron que no les seguía nadie, Thomas frenó y empujó a Patry contra una pared.

Estaba tentando en abofetearla, en gritarle a la cara, en maldecirla por su bocaza, por su falta de recato, por su carencia de juicio. No lo hizo por el recuerdo del hermano de Patry, por el recuerdo de Cillian O’Connel, condenado a prisión por un crimen que no cometió y que le costó la vida.

―¡Estas loca! ―consiguió gritar―Pero no has visto que ese… ese tipo no era un tipo, que era un… ¡una cosa!

Patry no le miraba, seguía absorta en el vacío. Parpadeó, enfocó su mirada sobre el soldado y por fin consiguió hablar.

―No… yo… no le había visto bien. Luego lo he visto mejor y… ¿Qué demonios pasa en este pueblo?

―Nada bueno… y por eso tenemos que sacar a Brian de aquí.

―Pero, ¿de dónde?

―De donde lo tenga encerrado el monstruoso agente Ropes.