Huida de Innsmouth(30): Una Invocación

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

—¿Sólo trescientos cincuenta dólares? —preguntó Colin O’Bannon con voz chillona.

Alguien de la biblioteca Miskatonik, seguramente una de la media docena de ayudantes de bibliotecaria o alguna estudiante con cara avinagrada, les chistó. Colin se volvió y chistó de nuevo. Se giró con una dura expresión dibujada en el rostro ante Annie O’Carolan que solo alzó una ceja.

—Si quieres negociar, negociemos… pero la mayoría de estos libros no son valiosos, son tomos muy habituales en cualquier biblioteca ocultista —Annie tenía delante los catorce libros que Colin, Greg Pendergast y Jacob O’Neil habían sacado de la Mansión Babson, había abierto el Chaat Aquadingen y lo había rodeado de otros tomos gruesos y polvorientos—. Los únicos interesantes son estos cuatro… y cuando digo interesantes no digo caros, digo que tengo más posibilidades de venderlos… al menos estos tres. El Chaat Aquadingen este es… rarísimo no sé cómo catalogarlo, no sé si alguien lo querrá comprar, no sé cómo tasarlo, por cuanto venderlo, si venderlo antes de estudiarlo…

La Página del Chaat Aquadingen que Annie estaba ojeando
La Página del Chaat Aquadingen que Annie estaba ojeando (DeviantArt MrZarono)

—Vale, vale, vale… pero si es raro puede ser valioso. ¿Funcionáis así, no? Lo raro, lo único, es valioso.

—O no…

Colin suspiró algo desesperanzado. Tenía una cuenta pendiente y esperaba poder saldarla con lo obtenido por la casa y por los libros… pero aún estaba muy lejos de conseguirlo.

—Pero podrías… no sé… ponerme un precio de amigo, por los viejos tiempos. Por los Finns.

Miró fijamente a Annie que meditó durante un segundo la respuesta.

—¿Cuatrocientos?

Colin le dirigió una envenenada mirada.

—Cuanto has cambiado, Annie… tú antes molabas.

—No, antes no molaba. Antes era una pardilla y no te gustaba un pelo, te resultaba aburrida o vete a saber, así que no te me pongas victimista —Annie rebuscó en su bolso y sacó ocho arrugados billetes de 50 dólares—. ¿Lo tomas o lo dejas?

Colin agarró los billetes de mala gana y los embutió dentro de su bolsillo, al tiempo que decía.

—¿Qué has encontrado?

—Nada del Chaat Aquadingen. Es un misterio. Es desconocido para la mayoría de catálogos —lanzó ofuscada el lápiz sobre el libro… luego pasó un dedo por encima de la página, deseando no haber manchado con carboncillo la hoja—. He rebuscado por el maldito libro el símbolo protector que fotografió Greg… pero no hay manera, solo dibujos de monstruos y estos malditos glifos que me dan dolor de cabeza. Del tal Hermes Trimesgisto no he descubierto mucho más. Era un ocultista, un ocultista de estos oscuros, no he encontrado ningún libro famoso escrito por él, pero sí he encontrado muchas fórmulas e inventos… era una especie de Leonardo Da Vinci a lo esotérico.

—¿Y de su polvo?

—Que lo inventó para controlar y dañar a los demonios de otras dimensiones.

Colin tanteó el frasco que tenía en su bolsillo. En el otro llevaba el pequeño revólver. La biblioteca sería el último lugar donde le buscarían pero Colin no salía a la calle sin la pistola.

—¿A ti qué te han dicho de los lingotes? —preguntó Annie pasando páginas del Chaat Aquadingen.

“Qué cuestan más que todos estos mohosos libros… pero no mucho más” Colin había sacado cien dólares al tasador del banco de Arkham por uno de los lingotes… sólo por uno. El tasador no estaba cómodo, sabía de dónde había salido y no quiso hacer preguntas. Colin prefirió guardarse el resto por si encontraban alguna pista o podía sacarles otro partido.

—Oro argentífero, no les es desconocido por aquí. Saben que viene de Innsmouth y lo… compran sin hacer preguntas. De los glifos y el dibujo ni idea. Dicen que todas las piezas de artesanía de Innsmouth suelen traer dibujos así.

—Los glifos del lingote se parecen a los del Chaat Aquadingen… a saber a qué cultura pertenecen, ninguna que yo conozca.

Annie continuó pasando páginas y de repente Colin se lanzó sobre el libro y clavó su dedo sobre una de las hojas. Un folio blanco hueso, ajeno a los papiros amarillentos. Y escrito en inglés.

—¿Qué coño es esto?

—Parece una traducción de esto —dijo Annie comparando la escritura retorcida con los glifos de las páginas entre las que estaba y cuyos horribles grabados les contemplaban con hambre—. De ser así podría traducir el libro… me costaría trabajo, meses… pero podría.

—No, Annie ¿Qué coño pone en la página?

De nuevo alguien les chisto. Annie no perdió el punto de la página donde estaban y leyó en voz baja:

¡Arriba,
Oh, Hijo del Mar!

Ven a mi, Hijo de Dagón, progenie de Hidra.
Ven a mí, Caballero de Cthulhu,
El que duerme profundo en el azul.

¡Arriba,
Oh, Hijo del Mar!

Tú que habitas en las ciudades sin aire
Tú que habitas en las ciudades sin luz
Tú que habitas en Y’ha-nthlei

¡Arriba,
Oh, Hijo del Mar!
¡Ia, Ia, Cthulhu, Ia!

Un escalofrío les hizo estremecerse, como si una fría y húmeda brisa, cargada de olor a cabezas de pescado podrido, hubiera infectado la sala donde estaban.

—¿Es lo que creo qué es? —preguntó Colin.

—Sí —afirmó Annie abrazándose a sí misma—. Es una invocación.

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