Huida de Innsmouth(33): Chivatazo en la Gasolinera

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Liam McMurdo llevó muy despacio y con tiento su coche hasta la gasolinera de Innsmouth, una caseta de madera junto a dos surtidores manuales. Un hombre ataviado con un sucio mono de trabajo cargaba leña y carbón en una camioneta cercana y, cuando les vio llegar, se les acercó. Se trataba de un individuo pequeño, sin la marca de Innsmouth, de sucio cabello negro escondido bajo una boina roja y barba frondosa, en cuya placa identificativa se leía B. Averill.

—Menudo cochazo… no se ven muchos Twin Six por aquí… aunque el sepulturero, tiene un Packard Single Six en bastante buen estado—comentó el encargado de la gasolinera—. Un pinchazo, ¿verdad?

—Sí, un clavo en la carretera.

—Pasa mucho. Muchas granjas abandonadas. Aunque si fuera usted evitaría conducir por el cruce de Southwick y Adams Street… al pequeño de los Gorton le gusta tirar clavos frente a su casa.

—Con suerte no entraremos tan adentro de la ciudad —comenzó Liam.

—Ya —concedió el hombre mientras sus ojos bailaban por la quemadura de Liam—. No tenemos buena fama, que se diga… ¿Estuvo en la guerra?

Liam chasqueó la lengua.

—Tiene algún neumático que pueda…

—Sí, sí, claro—contestó el encargado al tiempo que se acercaba, azorado, hasta una pila de neumáticos. — Y se lo puedo cambiar, será un sólo momento.

Mientras el tipo buscaba una rueda adecuada, Greg Pendergast se acercó hasta Liam.

—¿Pone en su placa que se apellida Averill? —preguntó el periodista. Liam lanzó un vistazo al encargado y se encogió de hombros—. Annie dijo algo de los Averill. Algo que leyó en el periódico ese, el Innsmouth Courier, o algo que le informó su contacto, el escritor.

—Suelo poner la marcha automática cuando Annie habla. Dice muchas cosas.

—Dijo algo sobre la Secta de Dagon y Obed Marsh. Que mataron a un tipo llamado Averill hace cien años porque se oponía a la Orden. Que encubrieron el asesinato.

Averill volvió empujando una rueda.

—Tiene suerte. Esta rueda les servirá.

—Se apellida Averill —afirmó Greg—. ¿Tiene algo qué ver con Douglas Averill?

El encargado de la gasolinera se quedó petrificado. Lanzó una rápida mirada hacia la gasolinera, tras cuyo sucio ventanal se podía ver al dueño, Ken Martin, un barrigón, con la marca de Innsmouth, papada y un ojo casi siempre cerrado por el humo de un gran puro que estaba fumando. Vestía un mono de mecánico con surcos de grasa y sudor, mientras ojeaba una revista pornográfica.

—¿A qué viene eso? —preguntó Averill con un susurró y continuó cambiando la rueda.

—¿A qué venía preguntarme por mi quemadura? —contraatacó Liam.

—Le daba palique. No se ven muchos forasteros por aquí. No duran mucho. Pensé que quizás era el militar que ha estado curioseando por la ciudad…

—Conocemos a ese militar —dijo Greg—. Y también a un policía.

Averill alzó la cabeza y les miró fijamente.

—Somos de los buenos —concretó Greg.

—Soy Bernard —se presentó el encargado de la gasolinera.

—Yo soy Greg y el es Liam.

—Deberían irse. Los buenos no duran mucho aquí. Los marcados son gente peligrosa cuando quieren. Hace poco le dieron boleto al chico del supermercado. ¿Si lo mataron? No lo sé, pero lo harán. Siempre desaparece gente cuando se acerca la fiesta de Todos los Santos.

—Eso hemos oído… pero precisamente venimos buscando a ese chico —reconoció Liam entre susurros—. Brian Burnham, el tendero del First National Grocery.

Bernard Averill se aclaró la garganta y volvió a mirar hacia su jefe, a la calle, a todas partes.

—¿Quieren gasolina?

—Lleno por favor —contestó Liam.

Bernard colocó el dispensador e hizo girar la manivela para sacar el combustible del surtidor.

—Conocía a Brian —confesó Averill—. Buen chico. En la taberna de Viktor Obtrech, The Garden, se comentaba que se veía a escondidas con Ruth, la hija de Warren Billingham. Warren es el dueño mayoritario de la empresa de embalar pescado. No se podía buscar enemigo peor, salvo un Marsh o uno de la orden, quizá.

—¿Ruth Billinghan? ¿Sabe dónde vive? ¿Cómo es? —preguntó Liam nervioso.

—Ruth… no es mala chica y tiene la Marca, sí, pero es condenadamente bonita. Lleva desde que es capaz de pensar por sí solita haciéndose amiga de los viajantes y los forasteros, buscando a alguien que la saque de aquí. Sea como sea. Las malas lenguas dicen que con quince años ya se bajaba las bragas por cualquiera que la ofreciera salir de aquí. Vive con su padre —Averill señaló con el pulgar a una destrozada cabina telefónica—. La dirección de los Billinghan está en la guía.

Greg se acercó hasta el telefóno. Bernard echó un vistazo a su jefe… este les miraba ofuscado por encima de su revista. Averill tosió y sacó el surtidor del depósito de gasolina del coche de Liam. Ken Martin se levantó de su asiento y comenzó a acercarse hacia ellos. Greg volvió hasta el coche, mientras Liam se montaba y arrancaba el motor.

— Son 3,45$ más las rueda de repuesto, en total se queda en 12,65$ —dijo Bernard Averill. Greg le dio 15$ y le pidió que se quedara con el cambio—. Que tengan un buen viaje hasta Boston.

Bernard Averill, el encargado de la gasolinera
Bernard Averill, el encargado de la gasolinera
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