Huida de Innsmouth(38): El Lupanar de Ma Babson

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

―Esta zona de la ciudad no la conocíamos…  ―comentó Thomas Connery.

Estaban cerca del puerto, en el extremo sur de la ciudad de Innsmouth. Habían dado un rodeo desde su encuentro con el “Inspector de Fábricas” mientras buscaban The Garden, el local de Viktor Obtrech y habían acabado en esa zona, todavía más deteriorada y abandonada que otras partes de la ciudad.

El olor a pescado era mucho más intenso, los edificios estaban abandonados, uno de cada dos estaba cegado por ladrillos o tablas de mohosa madera, la calzadas estaba dañada, repleta de socavones inundados por agua estancada y no había ni un alma hasta que dieron con el local de Ma Babson.

―Lumis ―dijo Patry O’Connel cuando comenzaron a cruzarse con chicas que caminaban solas por la calle, maquilladas como si fueran artistas de circo y vestidas con llamativos harapos.

Todas era feas. Feas cómo el pecado más feo que Thomas y Patry pudieron recordar. Feas, por la Marca de Innsmouth que agrandaba sus ojos, consumía las orejas, alargaba sus bocas, decoraba la piel grisácea con escamas, papadas que se hinchaban al respirar…

Thomas caminaba con la vista fija en sus zapatos, intentando no cruzarla con las miradas estrábicas, vacías o amenazadoras que les escrutraban. Patry por el contrario las miraba fijamente, las decía con la mirada: “Yo soy guapa, vosotras feas. ¿A qué jode?”

Cuando pasaron frente al lupanar, vieron mujerzuelas asomadas por a la ventana, mujerzuelas paseando por la calle y a una anciana con aspecto de ser la jefa, fumando un cigarrillo a través de una larga boquilla, sentada en una mecedora al pie del edificio, un almacén al pie del puerto. La Marca de Innsmouth también se había cebado con ella.

―Tengo una idea ―comenzó Patry―. A la gente se le suelta la lengua con el alcohol… pero también se le suelta la lengua con las putas. Podríamos preguntar…

―¿Hablas en serio? ¿Tú las has visto? Parece que quieran cocinarnos a fuego lento en una marmita antes que… ¡Patry!

Pero la buscavidas se había adelantado y, caminando resuelta, se había plantado frente a la madame.

―Disculpe, señora.

―Por aquí me conocen como Ma Babson, niña. ¿Qué quieres?

―Una chica para mi amigo ―espetó Patry señalando a Thomas que se puso rojo como un volcán en ignición.

La madame le lanzó una turbia mirada mientras expelía una densa nube de humo oscuro. Luego volvió la vista hacia Patry.

―Tengo chicas por cinco dólares. Chicas por un dólar. Tengo chicas “especiales” por quince dólares… pero caminando al lado de una chica como tú, con esa carita y esas piernas, tú amigo no necesita a una de mis chicas. Ni tú tampoco… así que, contéstame ¿Qué quieres?

―Quería facilitarle un cliente… ¿O es que en este tugurio que apesta a pescado podrido tiene muchos clientes? ―escupió Patry antes de lanzar la artillería pesada―. Porque… es el tugurio lo que apesta a pescado podrido y no tú entrepierna, ¿verdad, vieja?

Ma Babson se levantó de la mecedora como resorte y se encaró con Patry.

―Fatty Anne, llama al Bastardo de los Waite, aquí hay alguien que no está dando problemas.

Fatty Anne, una marcada obesa y bajita que parecía un balón, salió renqueando calle arriba. Thomas no quiso conocer al “Bastardo de los Waite”, agarró con fuerza a Patry del antebrazo y la arrastró tras él.

―No tienen porqué molestarse, ya nos vamos ―contestó el infante de marina y se sacó a una malhumorada Patry de esa calle todo lo rápido que pudo.

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