Huida de Innsmouth(39): El Agente Zebediah Marsh

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Kermit Allen Rawes se percató de que le estaban siguiendo. Jacob lo percibió en sus hombros que se encogieron y en cómo el tipo de las gafas aceleró su  desacompasado caminar, en un correteo torpe. Jacob le increpó, consiguiendo que el tipo acelerase su carrera.

Le persiguieron hasta New Church Green, la plaza que daba a la comisaria y a emblemático edificio de la Orden Esotérica de Dagon. El tipo de las gafas llegó hasta la comisaria y comenzó a aporrear la puerta, ante lo cual, Jacob y Annie decidieron poner pies en polvorosa.

El coche de Jacob estaba lejos para llegar corriendo pero, mientras atravesaban el puente que cruzaba el río Manuxet, acordaron refugiarse en el Café Innsmouth.

Brittany, la simplona camarera recibió afectuosamente a la pareja.

—Hola como va, sita. ¿Este’s su novio?

—Hola, Brittany—contestó Annie luciendo su mejor sonrisa—. No, lo siento, es sólo un amigo.

—¿Li ha traído al café porque nuestro piscado frito es muy buino, sita?

—Sí, pero creo que con un café tendremos suficiente, por ahora, nos los traes ¿por favor?

—Claro, sita, claro.

Brittany anadeó hasta la cocina.

—¿Ves a alguien desde aquí? —le preguntó Annie a Jacob que miraba a la plaza a través del cristal.

—Sí… un agente uniformado. Tras ver al comisario y lo que dijeron Thomas y Patry del otro poli no creí que tuvieran uniformes. Es un tipo joven, tiene la marca de Innsmouth pero no es llamativa. Parece que no está buscando.

Annie miró a través del cristal. La colección de individuos horribles que caminaban por la calle era llamativa, y era cierto que el agente uniformado llamaba la atención por su sobria apariencia. Mientras el agente preguntaba a unos deformes viandantes, sus ojos se cruzaron con los de Annie que apartó bruscamente la mirada.

Brittany apareció con una pareja de horribles tazas en las que humeaba un café oscuro y denso.

Annie estuvo tentada en pedir leche. Luego se lo pensó mejor y pidió azúcar. Mucho azúcar. Cuando ella y Jacob volvieron la vista hacia la plaza el agente uniformado había desaparecido… pero varios de los pobladores de Innsmouth miraban en su dirección con sus ojos saltones, sus bocas amplias como las de un buzón y su piel pálida, escamosa, sucia…

—Me parece que hemos comenzado a llamar la atención—dijo Annie con los labios apretados.

—Eso parece —reconoció Jacob—. ¿Crees que podríamos sonsacarle algo de información a tu amiga la camarera?

Annie le lanzó una rápida mirada a Brittany que emergió de la cocina con un azucarero que le planteó la posibilidad de comenzar a tomar el café solo, sin leche, ni azúcar. Podría tentarla con la casposa novela que había adquirido en el Bazar Waite, su idea se diluyó por el sumidero al que van las malas ideas cuando asomó su fea cabeza, Darold Elliot, el estrábico dueño de la cafetería, con su delantal blanco desteñido.

—No creo… y tampoco creo que tengamos que estar aquí mucho más tiempo.

—Será mejor volver al cruce y esperar al resto de los Finns en el coche.

—Coincido.

Soltaron unos cuantos centavos de más y se despidieron de Brittanny a todo correr. No había ni rastro del agente, pero los transeúntes de Innsmouth les miraban. Miradas cargadas de reproche, de desprecio. Miradas peligrosas.

Jacob y Annie apretaron el paso y se internaron por las calles del distrito residencial sur de Innsmouth, mientras una neblina comenzaba a formarse alrededor de sus pies. Sus pasos resonaban en las calles vacías… y los de alguien más también. Mirando por encima de su hombro Jacob vio al joven oficial siguiéndoles.

—Voy a cortar esto—siseó Jacob.

Annie trató de detenerle, de evitar una locura o un enfrentamiento. Trató de que su amigo se pensara mejor lo que estaba haciendo. Pero no lo consiguió.

—Disculpe, amigo —comenzó Jacob—. ¿Nos está siguiendo?

El agente se paró y miró a Jacob de arriba a abajo. El agente no era un tipo enclenque, pero el tamaño de Jacob hacía parecer un alfeñique a cualquiera.

—De hecho lo estoy haciendo. Aquí soy la ley —comenzó—. Y he recibido varias quejas sobre unos forasteros que estaban molestando a las tranquilas gentes de mi jurisdicción.

—No creo que seamos nosotros, agente…

—Marsh. Agente, Zebediah Marsh, del departamento de policía de Innsmouth—en un parpadeo el agente Marsh sacó una libreta y un pequeño lápiz—. ¿Y ustedes son?

—Jacob O’Neil —contestó secamente Jacob. Apretó los dientes… se había contenido las ganas de decir “sargento” y “departamento de policía de Bangor”, pero en ese lapsus había olvidado mentir sobre su verdadero nombre.

—Ann Pendergast —mintió Annie—. ¿Qué hemos hecho para soliviantar a sus vecinos, agente?

—Por lo visto han estado siguiendo a un ciudadano por media ciudad y se les ha visto acosando a preguntas a varios vecinos.

—Verá —comenzó Jacob. Annie estuvo a punto de poner los ojos en blanco. El sargento O’Neil era incapaz de mantener su bocaza cerrada—. Ya hablé con el comisario Martin sobre un amigo mío que desapareció cerca de este pueblo, se llamaba Bill Forbes y…

—Sí, en efecto, tengo constancia de esa conversación—contestó Zebediah Marsh en tono cortante—. Y sé lo que le contestó el comisario Martin. No tenemos constancia de ningún William Forbes desaparecido en innsmouth. Lo lamento. Y ahora, les sugiero que abandonen el pueblo y dejen de hacer preguntas y de molestar a los viandantes.

—Ya nos íbamos, agente —apostilló Annie.

—Eso espero.

Le dieron la espalda al policía que se quedó, con los brazos en jarras, contemplando como la pareja caminaba calle abajo. Mientras lo hacían, Jacob, muy galante, puso su abrigo por encima de los hombros de Annie.

—¿Pendergast?

—Al menos he dado un nombre falso. Medio Innsmouth debe de saber quién eres, donde vives, que eres poli de Bangor y que estás comprometido con una camarera pelirroja.

—No has dado un nombre falso, Annie… la hermana pequeña de Greg se llama Ann.

—¡Joder!

—Cómo se entere Greg te mata.

Siguieron caminando en silencio, la niebla comenzó a invadir las calles, la luz del atardecer comenzó a desfallecer en el horizonte, la oscuridad comenzó a devorar Innsmouth.

—No será que de pequeña fantaseabas con ser la señora Pendergast, ¿verdad?

—¡Oh, cállate, Jacob!

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