Huida de Innsmouth(40): Oscuras Figuras Acechando por Doquier

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

—Muy bien… tenemos un parque de bomberos, un par de iglesias abandonadas, un cementerio bastante bien cuidado, el depósito de agua municipal, un asilo para pobres… —comentó Angus Lancaster apuntando la información en el mapa.

—Este pueblo se está cayendo a pedazos, la mayoría de los comercios están cerrados, sus industrias se hunden en la miseria y sus habitantes malviven de mala manera… ¿y tienen un asilo para pobres? —preguntó Colin O’Bannon mirando por encima de las solapas de su gabardina al ruinoso edificio—. No quiero ni imaginarme como serán las condiciones allí dentro.

—Ahora bajaremos hasta Lafayette street. Torcemos a la derecha y llegaremos hasta este punto que parece una gran mansión.

—Del asilo de pobres a la gran mansión… excelente.

El Ford T que habían alquilado escupió un nubecilla de humo gris cuando lo arrancaron y condujeron despacio por las estrechas calles del barrio aristocrático de Innsmouth. No se cruzaron con el Packard Twin Six que conducía Liam McMurdo de milagro.

Cuando aparcaron, descubrieron la enrejada entrada trasera de unos grandes jardines que ocupaban toda la manzana. En el centro de ese despliegue de naturaleza estaba un gran caserón de dos plantas, dividido en tres alas. Una ostentosa placa de bronce informaba de los dueños del recinto.

MARSH.

—Chez Marsh —dijo Angus Lancaster mirando por la ventanilla.

Colin O’Bannon no dijo nada. Miraba por el retrovisor, tras ellos. Había un viejo Ford del que se había apeado un hombre. Feo, marcado por Innsmouth, de andar patizambo, vestido con una gabardina…

Los ojos de Colin se abrieron mucho cuando advirtió que había una escopeta recortada bajo la gabardina del individuo.

Colin recordó el encuentro de Liam y Patry con el subcomisario Nathan Birch.

—Arranca —ordenó Colin.

— ¿Por qué?

—Se acerca un poli de Innsmouth. Uno que va con una escopeta recortada. Los polis no usan escopetas recortadas, están prohibidas. Arranca.

—¿Cómo sabes…?

—¿Por qué mi padre y sus chicos andaban con escopetas recortadas? ¡Arranca!

Angus se giró para mirar por el retrovisor trasero. A pesar de la abotargada constitución del subcomisario Nathan Birch, su caminar patizambo era rápido, resuelto, decidido.

—¡ARRANCA!

—Ya voy, ya voy…

El coche arrancó escupiendo una nube de polución negra sobre Nathan Birch, que se apartó malhumorado, tosiendo y apartando el hollín de su cara. El Ford T salió rodando por los adoquines torcidos y Angus comenzó a zigzaguear hasta que llegaron a un feo puente que cruzaba el río Manuxet, con un cartel que rezada:

Puente Peligroso. Cruce bajo su Responsabilidad.

—Lo cruzo o…

—No, no, no, toma el desvío y continuemos por la calle que baja junto al río… ya encontraremos otro puente en mejores condiciones —Colin oteó su alrededor.

Llamad paranoico a Colin si queréis, se la suda. Él no paraba de ver oscuras figuras en todos los rincones. Acechándoles. Vigilándoles. Figuras de ojos grandes, bocas anchas, piel mancillada. Figuras que les vigilaban, que no se fiaban de los forasteros.

—Vamos a salir del pueblo. Hemos debido de llamar demasiado la atención con tanto paseíto a los lugares de interés… y eso que ni nos hemos acercado al edificio de la Orden.

—Creo que exageras.

—Y yo creo que vamos a salir del pueblo… ¡ahora!

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