Huida de Innsmouth(42): Sandy Lanier y Harry Jakes

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

“The Garden” estaba abierto. Una cálida pero mortecina luz amarilla llenaba el local que, aún así, estaba infestado por densas nubes de humo. Había media docena de clientes apoltronados en distintas mesas, compartiendo un hosco silencio mientras apuraban el contenido de sus vasos.

Viktor Obtrech se afanaba en limpiar un vaso con un trapo bastante sucio cuando Thomas Connery y Patry O’Connel entraron en el establecimiento. Patry arrugó el ceño ante la visión del antro y sintió las reptiles miradas de los parroquianos.

―Ooooh, el soldado ―saludó Obtrech a Thomas―. Volver aquí por whisky irlandés, ¿Ja? Y traer fräulein hermosa, ja, muy, muy hermosa. ¿Qué tal, fräulein hermosa? Yo ser Viktor Obtrech y este ser mi local, ¿ja?

―Hola, Viktor ―saludó Thomas mientras señalaba una botella de whisky―. Sírveme lo mismo que me pusiste el otro día y otro para mi buena amiga.

El tabernero alemán depositó dos vasos bastante limpios ante los visitantes y los bautizó con dos dedos de whisky. Thomas lanzó una mirada a los parroquianos, cuya llegada había generado una ola de susurros que fue degollada por la apatía. Thomas depositó sobre la barra tres billetes de 5 $.

―Quédate con el cambio―comenzó Thomas con su voz convertida en un conspirador susurro―, y cuéntanos todo lo que nos puedas contar de Brian Burnham.

Viktor miró hacia el salón donde pescadores y vecinos de Innsmouth bebían sus matarratas.

―He oído hablar de Brian Burnham, ja. Se lo montaba con la golfilla de Warren Billingham, ¡ja! Menuda potrilla. Ojos de gato. Piernas largas. No tan bonita como tu fräulien, pero muy guapa. Quisieron huir, lejos. Enamorados cómo Romeo y Julieta, ¿ja? Pero, les cogieron intentando  robar la sisher de Thomas Waite.

―¿Y qué pasó después? ―preguntó Thomas con un susurro.

―Después pasó la Orden. Y cuando la Orden pasa, Viktor se tapa los ojos y los oídos, ¿ja? Viktor no quiere saber nada de la Orden y la Orden no quiere saber nada de Viktor.

Patry se bebió de un trago el vaso de whisky que le habían puesto. Obtrech y Thomas la miraron sorprendidos y la muchacha sacó de su bolsón un billete de 20$.

―Seguro que alguien ha venido a tu… antro de mala muerte, hablando de Brian Burnham. Seguro que sabes algo más. ¿A que sí, guapo?

Viktor Obtrech miró a la muchacha, luego al soldado. Lanzó otra rápida mirada a sus clientes, aparentemente ajenos a la conversación que estaban teniendo. Tomó el billete de Patry y rellenó su copa.

―No sé dónde estar Brian Burnham, pero sí se algo. El komissar Ropes, el grande y feo, estuvo hace un par de noches maldiciéndole. ¡Ja! Dijo algo así como que odiaba estar de niñera para ese quejica.

En ese momento, las puertas del Garden se abrieron, dando paso a dos apestosos pescadores que atufaban a pescado podridos. Sandy Lanier y Harris Jake, eran dos marcados particularmente monstruosos. Jakes tenía unos 40 años, era muy alto y fuerte, de aspecto siniestro, con unos labios gruesos y ojos enormes y saltones.

Pero Lanier era… diferente. Vestía un chubasquero de marinero que ocultaba casi todo su cuerpo abotargado, y un gorro que escondía su rostro deforme. Se tambaleaba al andar y cuando se acercó a la barra y pidió un par de tragos de matarratas, Thomas pudo apreciar que sus dedos parecían dos garras afiladas, con los dedos palmeados.

―No más preguntas ―espetó Obtrech en siseo, y se acercó a atender a los pescadores.

Thomas bajó la vista hacia su copa, pero Patry le mantuvo la mirada a Harry Jakes, que sacó un grueso cuchillo y jugueteó con él entre sus dedos palmeados.

―Hagan caso al bueno de Obtrech, amigos. Aquí no nos gustan los fisgones.

Una voz cavernosa y chorreante surgió desde el interior del chubasquero, mientras se quitaba el gorro. Lanier dejó al descubierto su aspecto monstruoso, una especie de hombre pez sin escamas, con los ojos de un tiburón y los dientes de una piraña.

―Por aquí ha habido accidentes―escupió el deforme ser.

―Para accidentes tu cara―contestó Patry con desprecio.

Harry Jakes hincó el cuchillo en la barra y Sandy Lanier gorgoteó algo parecido a un gruñido. Thomas apuró su copa y agarró a Patry del brazo.

―Mis disculpas, señores. Ya saben cómo se ponen las mujeres con el alcohol.

Hubo un par de carcajadas entre los parroquianos, mientras Thomas sacaba a Patry del local.

Y también hubo un par de amenazas.

Thomas casi arranca a correr por las oscuras calles de Innsmouth cuando salieron del local. Tironeaba de Patry que caminaba con pasos desacompasados, la mirada perdida, el rostro lívido. Cuando atravesaron media docena de manzanas y comprobaron que no les seguía nadie, Thomas frenó y empujó a Patry contra una pared.

Estaba tentando en abofetearla, en gritarle a la cara, en maldecirla por su bocaza, por su falta de recato, por su carencia de juicio. No lo hizo por el recuerdo del hermano de Patry, por el recuerdo de Cillian O’Connel, condenado a prisión por un crimen que no cometió y que le costó la vida.

―¡Estas loca! ―consiguió gritar―Pero no has visto que ese… ese tipo no era un tipo, que era un… ¡una cosa!

Patry no le miraba, seguía absorta en el vacío. Parpadeó, enfocó su mirada sobre el soldado y por fin consiguió hablar.

―No… yo… no le había visto bien. Luego lo he visto mejor y… ¿Qué demonios pasa en este pueblo?

―Nada bueno… y por eso tenemos que sacar a Brian de aquí.

―Pero, ¿de dónde?

―De donde lo tenga encerrado el monstruoso agente Ropes.

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