Huida de Innsmouth(43): Salvar a Brian

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los ocho Finns se reunieron en el islote del río Miskatonic, el islote donde la navaja de Cillian O’Connel se clavó entre las costillas del universitario Biff Williams hace ocho largos años. Navaja que Cillian juró y perjuró que no clavó él.

La noche había cubierto el mundo, blancas y pequeñas estrellas brillaban en el manto de oscuridad mientras las figuras de los ochos amigos de Brian Burnham formaban un círculo bajo el resplandor de los faros de los vehículos.

—La tal Ruth Billingham seduce a Brian —concretó Annie O’Carolan, escupiendo el nombre de Ruth como si fuese veneno—. Y le convenció para asaltar el Bazar de Waite y robar su tesoro que resultó ser un libro… un libro que conociendo el pasado de los Waite puede que sería como los que encontrasteis en la mansión Babson…

—¿Caro? —siseó Colin O’Bannon.

—Raro —Annie y Colin se fulminaron con las miradas, y la “bibliotecaria” continuó—.Brian fue detenido por el subcomisario Nathan Birch, el agente Elliot Ropes y el acólito Marsh. Y sabemos que Elliot Ropes lo vigila. Así que sabemos algo… Brian está vivo.

Más de uno soltó un suspiro de alivio ante la buena noticia.

—Ahora el problema que surge es saber donde lo retienen.

—¿La Orden Esotérica de Dagon? —comentó Greg Pendergast—. Ese sitio parece una fortaleza.

—Es una fortaleza —comentó Angus Lancaster—. Es una viejo templo masónico, tenían esa intención, proteger lo que ocurría dentro. Pero, cómo todo templo masónico, tendrá puertas secretas. Si pudiera acercarme a la fachada del edificio podría buscar algún grabado que me diese pistas de esas entradas ocultas.

—¿Cómo sabes tú tanto de masones? —preguntó Greg intrigado.

—Se de arquitectura —contestó Angus.

—Quizá no lo retengan allí, sería como… muy evidente ¿no? —aventuró Patry—, quizá el gigantón lo tiene en su casa, o en alguna casa abandonada que usen para secuestros o contrabando.

—¿Los contrabandistas de alcohol? —preguntó Jacob O’Neil—. Cada vez me parece más un cuento chino para mantener a la gente alejada de la ciudad, no… tengo una teoría, pero quizá sea muy descabellada.

—No te hagas el interesante y canta —espetó Colin.

—La comisaria estaba cerrada —dijo Jacob ignorando las pullas de Colin. Los Finns le miraron expectantes—. Nunca se cierran las comisarias. Bueno sí, a veces, pero entonces no hay nadie dentro, y cuando fuimos estaba el mismísimo comisario. Y mientras Annie y yo, seguíamos al tipo de las gafas, fue hasta allí y llamó a la puerta para que nos siguiera el agente Zebediah Marsh. La comisaría seguía cerrada.

—Y tienen celdas para mantener a un prisionero —dijo Liam McMurdo—. Y a ver quién es el guapo que entra por las malas.

—Nosotros —respondió Thomas Connery. Los Finns se volvieron hacia su amigo que tenía la vista perdida en las malas hierbas que llenaban el islote—. Mañana por la noche.

—¿Y cómo pretendes asaltar una comisaria? —preguntó Annie.

—Por no mencionar que es un flagrante delito—comenzó Jacob.

—A tomar por culo lo legal y lo ilegal —gruñó Colin sin apartar la vista de Thomas—. ¿Qué tienes en mente?

—Una distracción —comenzó Thomas—. Incendiaremos un edificio abandonado, movilizaremos al pueblo y a las “fuerzas del orden”. Aprovechando que estarán ocupados con el incendio irrumpiremos en la comisaría, la registraremos…

—¿Y si no hay nadie allí? —preguntó Greg.

—Buscaremos a Nathan Birch, a Elliot Ropes o al acólito Marsh… y les sonsacaremos dónde retienen a nuestro amigo.

Jacob se puso tenso.

—¿Cómo pretendes…?

—Tú no te preocupes de eso, Jacob —siseó Colin— Ya me mancharé yo las manos por los dos. Esta tarde Angus y yo estuvimos haciendo una ruta turística por Innsmouth y vimos varios edificios que podrían servir para la distracción.

—La Mansión Marsh —comenzó Angus.

—¿En serio? —espetó Liam—. ¿Y por qué no quemamos la Orden Esotérica, ya de paso?

—Había un tanque de agua, la gasolinera… el edificio de los bomberos…

—Queremos distraerles, Angus —dijo Greg—. No incendiar el pueblo.

—Además hay gente decente en Innsmouth —terció Annie—. Los Mowry… el amiguito de Patry, el tabernero alemán…

—Yo no diría que el tabernero fuera decente, pero no es mala persona—contestó Patry—. Creo que entiendo a Angus, quiere quemar algo importante, porque si quedamos una casa abandonada lo mismo no va nadie a evitarlo.

—¡Eso mismo! Podríamos incendiar el Asilo de  Pobres.

—¡Eso no lo haría un Finn! —estalló Liam

—¿Qué esperabas? —preguntó Colin—, Angus nunca fue un Finn.

Angus estalló. Corrieron improperios entre él, Colin, Liam y Jacob hasta que Thomas saltó sobre el capó del coche de Liam y soltó un silbido. Todos los Finns le miraron entre sorprendidos y avergonzados.

—¡Tenemos que salvar a nuestro amigo! —dijo en gaélico. Un gaélico oxidado por la falta de uso, un gaélico que creía tener abandonado. Un gaélico que llenó de un fulgor esmeralda los corazones de sus amigos—. Patry y yo estuvimos por los almacenes cercanos al río. Están vacios. Abandonados. Y si se incendia uno, se incendiarán todos. Medio pueblo correrá para evitar que las llamas se propaguen.

Thomas hizo una pausa, comprobando como su idea se asentaba en las de sus amigos, sus compañeros, sus camaradas de armas, los únicos y verdaderos.

—Y entonces salvaremos a Brian.

El silencio, potente y cargado de electricidad, de tensión y valor, se rompió cuando Liam se aclaró la garganta.

—Estupendo… y ahora bájate de mi coche, que me vas a abollar el capó.

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