Huida de Innsmouth(44): El Preludio de la Huida

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Patry O’Connel aspiró una calada de su cigarrillo mientras se contemplaba en el sucio espejo de la abandonada casa de su padre. Fuera el maquillaje. Adiós al vestido de 300 doláres. Aufidersen tacones. No había glamour. Había desparecido la elegancia.

Una chica guapa vestida con bombachos, camisa holgada, tirantes y boina. En el bolsillo derecho del pantalón un Derringer de doble cañón del calibre 22. En el izquierdo una navaja de resorte.

Adiós Patry, la gárgola. Adiós, buscavidas, ladrona, timadora, mangante, puta.

Hola, Patry, la Finn.

Apuró el cigarrillo y apagó la colilla en el lavabo.

Colin O’Bannon no necesitaba vestirse como un Finn. Su gabardina y su gorro de ala ancha eran tan útiles para lo que les esperaba como los tirantes y la boina.

Al igual que su revólver del calibre 32.

Lo limpió. Lo cargó. Lo cerró con un movimiento brusco y apuntó a su figura en un espejo.

Toda la vida preparándose para enfrentarse a los monstruos que imaginaba en cada sombra y cada esquina… y ahora iba a enfrentarse a monstruos de verdad.

Liam McMurdo estaba sentado en su coche, su Packard Twin Six. Limpio. Con el depósito lleno. En el asiento del copiloto había un viejo y sucio revólver del calibre 32 y una palanca. En el maletero, dos garrafas de veinte galones llenas de gasolina. Liam escribía sobre el salpicadero. En un folio mugriento, con un lápiz muy pequeño.

Estaba escribiendo su testamento. Las posesiones de Liam eran muy, muy escasas. Un puñado de dólares y el Packard Twin Six que iba a conducir durante la fuga de su amigo, Brian Burnham.

Alzó la vista y se contempló en el retrovisor.

Firmó el testamento. Lo metió en un sobre que luego introduciría en un buzón. Todo lo legaba a su sobrina recién llegada al mundo.

Greg Pendergast terminó de comer en casa de sus padres, rodeado de la horda familiar de los Pendergast. Ocho hermanos, cinco chicos y tres chicas. La pequeña se llamaba Ann. Greg la miraba a través del reflejo del gran espejo de marco dorado que gobernaba el salón, pensando en si las mentiras sobre la identidad de Annie la habrían puesto en peligro o si sólo la paranoia ocasionada por el ambiente de Innsmouth había hundido sus garras en su alma hasta ese punto.

Puede que fuera eso… puede que Greg viera la Marca de Innsmouth en cada persona con los ojos saltones, en cada boca ancha, en cada enfermedad de la piel.

Su madre retiró el plato. Las mujeres se fueron a fregar a la cocina. Los hombres sacaron cigarrillos y comenzaron a fumar, a hablar de trabajo, de fábricas y grúas, del puerto y los camiones. Cómo buenos irlandeses de clase obrera.

Greg miró su bate de baseball, aparcado frente a la puerta, esperándole. Sacó su libreta. La ojeó. Leyó rápidamente todo lo que tenía apuntado, todas las pistas que los Finns habían recolectado y el incidente de la Mansión Babson. Se la pasó a su hermano mayor por debajo de la mesa.

—¿Qué es esto?—preguntó.

—Algo que me vas a guardar hasta mañana… o hasta que creas que lo tienes que leer.

Thomas Connery dejó su uniforme pulcramente doblado encima de su cama. Vestía con bombachos, camisa, tirantes y boina. Y su rifle, limpio y engrasado.

Sería el arma de un soldado, pero hoy era un Finn.

Se contempló en el espejo de su dormitorio. Había cenado con sus padres, les había acompañado mientras escuchaban la radio novela y se había despedido de ellos antes de que se fueran a acostar.

Y ahora se escabullía entre las sombras de la noche, sin que sus padres le vieran irse.

Sin que supieran a los peligros a los que se iba a enfrentar.

A Jacob O’Neil le estaba costando colgar el teléfono. Le estaba costando despedirse de su prometida.

Se miró en el espejo, vestido con los tirantes y la boina de los Finns, pero con el revólver Smith & Weson del calibre 38, el arma reglamentaria de la policía, dentro de su funda sobaquera y la escopeta corredera de calibre 12 apoyada en su cadera y apuntando al techo.

—Te quiero, de verdad. Pero esto es algo que tengo que hacer. Mañana te llamaré.

Annie O’Carolan estaba traduciendo el Chaat Aquadingen, utilizando la hoja con el conjuro de invocación cómo piedra de Rosetta ante los extraños símbolos. Los glifos de R’lyeh.

Ya estaba vestida, vestida como una Finn, boina y tirantes, no con uno de sus elegantes y formales vestidos de bibliotecaria. Sentada ante una lámpara de gas que desprendía una luz amarillenta en su habitación. Escuchaba el ronquido de su padre en la habitación continua, durmiendo junto a su madre. Su caligrafía, meticulosa y apretada, se extendía por el cuaderno que tenía intención de rellenar.

Y una Luger P08, perfecta, que había robado a su amante, a su mentor en la caza de libros, al estafador que se había aprovechado de sus habilidades y de su inocencia, depositada a su izquierda. Esperándola.

El reloj de su habitación comenzó a marcar las horas. Doce latidos. Annie se miró en el espejo.

—Es la hora—se dijo.

Acarició la superficie del papiro, los glifos de R’lyeh.

—F’tghan—murmuró antes de agarrar la Luger y cebarla.

Angus Lancaster caminaba por el polvoriento interior de Lancaster Manor. Telarañas, polvo, muebles cubiertos por sábanas. Todo abandonado cuando su padre decidió volverse a Manchester. Todo esperándole.

Arrancó de un tirón una sábana que cubría un gran espejo. Angus vestía bombachos, camisa, tirantes, boina… limpios, lavados, planchados. Su carísimo abrigo contrastaba casi tanto como el bastón que llevaba. Un bastón muy especial.

Con el pulgar, separó la empuñadura del cuerpo del bastón, sacando la reluciente hoja de acero de un estoque. La enarboló con soltura ante el espejo, combatiendo enemigos imaginarios, salvando a sus amigos, a los Finns de los villanos que les atormentaban.

Volviendo diez años atrás.

Volviendo a ser un Finn, y no el arquitecto florero de su aburrida mujercita en Boston.

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