Huida de Innsmouth(45): Preparando la Distracción

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Greg Pendergast estaba al volante del coche de Jacob O’Neil, un Ford T bastante bien cuidado, pero cuyo motor parecía una bestia rugiendo en lo profundo de una cueva. La medianoche había caído hacía unas horas, Innsmouth dormía envuelta en una densa oscuridad.

Parecía una ciudad muerta, abandonada, olvidada por la humanidad.

Antes de dividirse en tres grupos, los Finns se habían reunido en el islote donde ocurrió el Incidente. Se habían abrazado, habían entonado canciones irlandesas y habían compartido sorbos de una pequeña petaca de whisky irlandés que había traído Angus. Se habían hecho una foto con la cámara de Greg.

Y había partido hacia el pueblo maldito.

Greg había conducido, rodeando Innsmouth por el oeste, hasta internarse en el pueblo por las calles perpendiculares a la ribera del Manuxet. Docenas de almacenes abandonados les esperaban y había optado por uno cercano a la abandonada estación de ferrocarril.

Greg conducía, Thomas Connery pondría tres cartuchos de dinamita junto a una carga explosiva y Annie O’Carolan se mancharía las manos, rociando de gasolina y queroseno todo el almacén.

Y ahí estaba Greg, sentado al volante, esperando a que la bibliotecaria y el infante de marina volvieran hasta el coche, atento a cualquier indicio que pudiera descubrirles y dar la voz de alarma en el poblado.

Fue entonces cuando lo… percibió.

El almacén era una caja cúbica que se erguía encima del cochambroso puerto que invadía la ribera, sobre el fango del río Manuxet. Greg podía ver las aguas del Manuxet, negras, oleosas como brea, deslizándose bajo los muelles.

Arrastrándose.

Burbujeando.

Respirando.

Trepando por las vigas del muelle…

Estuvo tentado de gritar. De salir del coche y llamar a sus amigos, para que salieran de allí cuanto antes. De apretar el claxon del Ford T, ignorando el subterfugio.

Pero Annie y Thomas salieron del almacén en ese preciso momento. Thomas desenrollaba el cable con el detonador bajo el brazo. Annie llevaba desenfundada la Luger P08, lanzando rápidas miradas a todas partes. Ambos llegaron hasta el coche en dos latidos, pero a Greg le pareció una maldita eternidad.

—¿Qué  te pasa? —preguntó Annie al entrar por la puerta del copiloto.

—Creo que he visto algo… bajo el almacén.

—¿Algo que burbujea y se arrastra?—ronroneó Annie con sorna.

—Sí—contestó Greg. Sus ojos muy abiertos, se clavaron en los muy abiertos ojos de Annie.

Thomas se metió en el coche por la puerta trasera, soltó algo de cable y comenzó a manipular el detonador.

—¿Te falta mucho? —preguntó Greg, nervioso, intentando ver lo que fuera que se estaba arrastrando bajo el almacén.

—Lo que necesite.

—Hay algo burbujeando cerca del almacén que hemos minado, Thomas —dijo Annie con una aterrada mirada sobre el almacén—. Así que te pediría que fueras más rápido en lo que necesites.

Thomas lanzó una rápida mirada hacia el almacén. Muy rápida. Volvió a centrarse en el detonador: comprobó que los cables estaban en posición, preparó la palanca, la encajonó, se cubrió con la puerta y miró a sus amigos.

—¿Preparados?

Greg y Annie asintieron antes de encogerse en sus asientos.

Thomas asintió y accionó la palanca.

Y no pasó nada.

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