Huida de Innsmouth (58): El Último Duelo contra los Degenerado de Innsmouth

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Nathan Birch, el rechoncho y degenerado subcomisario de la policía de Innsmouth, estaba plantado en medio de la carretera, apuntando con su escopeta de cañones recortados, hacia el Buick que los Finns habían robado. El sibilino agente lucía la sonrisa maníaca de un tiburón y fulminó con sus malévolos ojillos a Liam McMurdo, al tiempo que le apuntaba con su recortada.

Liam no dudó y aceleró.

—Va a disparar —chilló Jacob O’Neil, bajando la ventanilla del lado del copiloto, con intención de asomarse y abrir fuego con su escopeta antes de que el desagradable subcomisario… pero el coche iba mucho más rápido.

Birch no se apartó de la trayectoria del coche.

No se iba a apartar.

Y, décimas de segundo antes de que tirase de gatillo, mientras Patry O’Connel contenía las ganas de gritar a Liam en su oreja, mientras Colin O’Bannon y Angus Lancaster se encogían en sus asientos para protegerse del futuro impacto, y mientras Brian Burnham abrazaba a Ruth, Liam encendió las luces del Buick.

Birch entrecerró sus ojillos, quedó cegado por un precioso segundo… antes de que el coche le embistiera. El subcomisario perdió la escopeta, se quedó anclado al capó del coche durante varios metros en los que consiguió escupir una maldición, antes de ser despedido del vehículo y aterrizar en la grava.

—¡Yujuuuuuuuuuuuu!—chilló Patry mientras besaba las quemaduras de McMurdo—. ¡Eso es conducir, Liam!

Y la camioneta de los Gorton les embistió por el lateral derecho.

Ambos coches zigzaguearon, mientras los conductores intentaban dominar sus vehículos. Rich Gorton, el degenerado padre, conducía la destartalada pero fuerte camioneta, con un ojo fijo sobre los Finns, que trataron de prepararse para la siguiente embestida.

El degenerado hijo mayor de Rich, Mike Gorton, masticaba un puro, luciendo una desagradable sonrisa homicida. Llevaba una escopeta de doble cañón entre las rodillas y el paleto comenzó a apuntarles con el arma.

Pero sólo Colin O’Bannon vio cómo Scott Gorton, el degenerado hijo menor de Rich, encendía un coctel incendiario.

—¡Chicos! —avisó Colin—¡Uno de esos paletos nos va a tirar algo que… ¡Fuego!

Liam se tensó en el asiento del piloto, sintiendo un calor abrasador que le recorría el lado abrasado de su cara. ¡No! ¡Otra vez no! Pisó a fondo el acelerador, pero Rich dio un volantazo, embistiéndoles de nuevo.

Angus apartó a Brian y a Ruth, sin mucha delicadeza, apuntó y disparó. El estampido hizo gritar a los Finns, reventó el cristal trasero y  parte de la carrocería…

Y también le destrozó la cara a Mike Gorton antes de que pudiera dispararles. Rich Gorton sintió como la sangre de su hijo le salpicaba el rostro y observó atónito, como la cabeza destrozada de su primogénito caía como un ladrillo sobre la guantera de la camioneta. Gritó, enajenado, al tiempo que se llevaba la mano a la entrepierna, bajo la cual tenía una pistola automática del calibre 45 con la que iba a matar a los bastardos que habían asesinado a su hijo.

Scott Gorton también se vengó por la muerte de su degenerado hermano. Arrojó el cóctel incendiario y la botella se estampó en el techo del Buick, deflagrándose por todo el techo. Liam chilló, intentando controlar su terror. Patry, se encogió en su asiento y Colin disparó a través del cristal e hizo blanco sobre Scott Gorton, que cayó herido sobre el suelo de la parte de atrás de la camioneta.

Y Jacob, abrió la puerta del Buick, se asomó, por encima del rugiente capó del coche, apuntó con su escopeta y disparó…

Jacob reconocería después que no supo muy bien donde acertó. Si al parabrisas, al motor, a la rueda… pero todos recuerdan el resultado:

La camioneta de los Gorton se zarandeó a la derecha, se salió de la calzada, chocó contra el terraplén, volcó, pero no aminoró la velocidad sino que comenzó a dar vueltas de campana por la marisma, al tiempo que explotaba y se convertía en una bola de llamas.

Los Finns querían gritar de ánimo, de felicidad… Pero aún estaban en guardia… Aún estaban en las afueras de Innsmouth, aún podían ser atacados, aún no habían huido.

De hecho, los faros de un coche que conducía en dirección contraria a la de ellos les iluminaron. Liam, sudoroso y aterrado por las llamas que continuaban devorando el techo del coche, apretó el acelerador, gritando de rabia, dispuesto a chocar contra los nuevos enemigos.

Y el coche que venía de enfrente, les hizo señas con las luces y tocaron el claxon.

—Son ellos —chilló Patry—¡Thomas, Greg y Annie! ¡Son ellos!

Los Finns les hicieron señas, pero no pararon, continuaron conduciendo, saliendo de las marismas que rodeaban el pueblo maldito de Innsmouth. Aunque el coche robado por Brian, ardía, continuaron conduciendo hasta llegar a la carretera que unía Ipswich con Arkham, la carretera que llevaba a casa.

Y los Finns huyeron de Innsmouth.

y…

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

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Huida de Innsmouth (57): Algo Brilla en la Marisma

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Greg Pendergast se metió hasta las rodillas en las aguas estancadas de la marisma, acompañado de los gritos de Thomas Connery y Annie O’Carolan.

Gritos que le llamaban. Que le imprecaban. Que le ordenaban volver.

Pero Greg había visto algo extraño en ese pequeño tramo de pantano. Algo que brillaba por la luz de los faros del viejo Ford T, de Jacob O’Neil, en cuyo salpicadero, Thomas había estado garabateando una pequeña broma para el sargento de la policía de Bangor.

“Los Finns Estuvieron Aquí” 24/10/28

Fue entonces cuando Greg, nervioso porque sus amigos no volvían de Innsmouth, y porque cada vez se escuchaban más secas detonaciones desde el pueblo maldito del valle de Miskatonic, vió el brillo. Lo estuvo mirando fijamente durante unos cuantos minutos… algo brillaba, algo pequeño e inmóvil… algo que reflejaba la luz de los faros.

La curiosidad comenzó a carcomerle… ¿y si era una trampa de los monstruosos batracios que vivía en Innsmouth? Pero… ¿y si no lo era? ¿Y si era una pista sobre el paradero de su desaparecido amigo Allen Zadoshky?

Su sexto sentido, ese sentido que los periodistas afilan tanto, como un lápiz en un sacapuntas, le atraía, le empujaba sobre ese brillo.

Sin decir nada, Greg abrió la puerta del coche, agarró su bate de baseball, y salió al pantano. Ni que decir tiene que Thomas y Annie comenzaron a decirle de todo por su insensatez, pero Greg tenía que ver qué era eso que brillaba. Thomas salió del coche con el rifle listo, buscando posibles enemigos a los que abatir y Annie continuó llamando a su amigo, mientras su nerviosa mirada encontraba monstruos agazapados en cada sombra, en cada matojo, en cada árbol podrido.

Greg llegó hasta el objeto que devolvía el fulgor de los faros.

Una pequeña placa… de metal… Una placa de policía.

Una placa cercana a su dueño… el cuerpo podrido y abandonado de un hombre. Cuando Greg lo vió, se llevó la mano a la boca y contuvo la arcada. El cuerpo llevaba meses a la intemperie, pero los carroñeros de la marisma no le habían hecho ni caso…

Básicamente, porque ningún animal se acercaba a Innsmouth, donde la especie dominante eran los batracios gigantes.

—Hay un muerto —informó Greg.

—¿Devorado? —preguntó Thomas.

—¿Sacrificado? —aventuró Annie.

—No… Cosido a balazos. Una ejecución —Greg limpió de fango la placa para leer el nombre de su dueño—. Mierda.

—¿Qué pasa? —ladró Thomas buscando enemigos escondidos.

—No, nada… es sólo que el muerto es el mentor de Jacob, Bill Forbes.

De súbito, al fondo de la carretera que unía Innsmouth con Arkham, en la parte más cercana a al pueblo, hubo un accidente. Una camioneta se salió del camino y se estrelló en el arcén. Un coche corría a toda velocidad por al destartalada pista de asfalto.

Los tres Finns no alcanzaron a ver a la achaparrada figura que se había posicionado en frente del coche que huía de la ciudad… pero si vieron otra cosa.

Otra camioneta que conducía sin tener los faros encendidos… una camioneta que Greg conocía, porque había estado siguiéndoles a Liam y a él… una camioneta en la que iban tres paletos armados hasta los dientes y con pinta de ser peligrosos.

El coche que huía de Innsmouth se las iba a ver con los Gorton… pero aún no lo sabían.

—¡Al coche! —gritó Thomas, al tiempo que Annie entraba en el asiento trasero y Greg corría hacia ellos.

Huida de Innsmouth (56): Aún no ha terminado

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Patry O’Connel salió del coche estrellado y comenzó a disparar sobre los tipos que se acercaban desde su espalda, los fanáticos de la Orden Esotérica de Dagon que acompañaban al Acólito Marsh antes de que lo atropellasen. Colin O’Bannon la imitó. Brian Burnham gritó a Liam McMurdo, su amigo que seguía regurgitando agua marina, con la cara pegada al volante de su accidentado Packard Twin Six, inmóvil.

Liam no respondió.

—¡Maldición! —gritó Brian—. Hay un coche más adelante… intentaré puentearlo, Jacob. ¡Jacob!

Brian miró a Jacob O’Neil que trataba inútilmente de espabilar a Liam, pero este no respondía, no se movía. Brian acarició el cabello de Ruth Billingham, oscuro como el hogar de Azathoth en el centro del universo, y llamó la atención del sargento de policía Jacob O’Neil.

—¡Jacob! Lo puentearé… puentearé el coche. Y mientras tanto te encargarás de proteger a Ruth, ¿vale?

Jacob se volvió para contestar, pero Brian salió corriendo hacia un viejo Buick D-45 que estaba aparcado unos metros más adelante y en el que podrían huir, un poco apretados, sí, pero sería mejor que seguir huyendo a pie.

Mientras, Angus Lancaster salió del coche, alzó la escopeta apuntó y su perdigonada derribó a tres marcados que habían surgido de una casa cercana armados con fusiles y un revólver.

Patry y Colin vaciaron los tambores de sus pistolas sobre las oscuras formas que corrían hacia ellos desde Road St. Las luces del armatoste que conducía Zebediah Marsh les iluminaron… en unos segundos lo tendrían encima. Angus se giró y disparó contra la camioneta que conducía el agente Marsh.

Jacob comprobó que no podía hacer nada por Liam. Yacía quieto, inerte, vomitando agua marina sin cesar. Salió del coche y cogió a Ruth en brazos, al tiempo que Brian apretaba el claxon del Buick, informando que ya estaba preparado, que ya tenía el coche encendido.

Patry, Colin y Jacob corrieron hacia el nuevo coche, mientras Angus intentaba acertar de nuevo a la camioneta de Zebediah Marsh.

—¡Angus deja de hacerte el puto héroe! —ladró Colin.

Angus le hizo caso y se volvió hacia sus amigos… al tiempo de ver cómo uno de los tipos a los que creía haber abatido, se arrastraba por el asfalto, apuntándole en su último estertor con su deslucido revólver…

Angus gritó, le apuntó con la escopeta.

Colin y Jacob que vieron la escena gritaron, intentando advertirle.

El tipejo moribundo parecía que sonreía.

Y Liam McMurdo le descerrajó tres tiros con su revólver del calibre 32.

—¡Liam! —dijo Angus sorprendido—¡Estas vivo!

—¡Y quiero seguir estándolo! —respondió tosiendo agua salada—¡Vámonos!

Angus pasó el brazo bajo las axilas de Liam y juntos corretearon hasta el Buick.

—¿Qué coño haces? —preguntó Brian a Liam, al verlo acercarse al asiento del piloto—. Hace unos segundos estabas casi muerto… ¡Todos pensábamos que estabas muerto y…!

—Conduzco yo —gruñó Liam… y tal era la determinación de su mirada que no hubo más conversación.

Liam arrancó el coche al tiempo que los primeros disparos llegaban desde la camioneta que les había estado persiguiendo desde el inicio de la Huida. Pero no movió el coche… esperó.

—Liam… —comenzó Patry al tiempo que miraba por el parabrisas trasero a la camioneta del agente Marsh.

—Al próximo que diga mi nombre le disparo —murmuró Liam que esperó…

…y esperó.

… y esperó.

Cuando el armatoste se les echaba encima, Liam pisó a fondo el acelerador y el Buick avanzó a toda velocidad dejando rastros de goma quemada por todo Garrison St. En cuanto llegó hasta el cruce con Federal St, con la camioneta de Zebediah Marsh pegada a ellos, Liam dio un violento volantazo a la derecha, que el agente de policía fue incapaz de igualar.

Liam se internó en la carretera hacia Arkham, dejando al agente Marsh encallado en el arcén. Todos los Finns estallaron en gritos de júbilo hasta que Jacob los acalló con un grito…

La Huida de Innsmouth aún no había acabado…

25 cosas sobre creación de personajes

Next Stop!

Los personajes son esenciales en nuestra historia, son los que le dan vida, nos llevan a través de ella, pueden darnos a conocer el mundo… y aquí podréis leer 25 puntos que pueden ayudarnos a diseñarlos en sus complejidades.

Para relatos, guiones, personajes en juegos de rol… siempre será un conocimiento útil. ¡Disfrutad de la lectura!

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Huida de Innsmouth (55): Cerillas

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

La cerilla que Greg Pendergast tenía sujeta entre los dedos se consumió y el periodista la arrojó al suelo.

Habían recorrido unos cientos de metros de la ruinosa carretera que conectaba Innsmouth con Arkham, alejándose de los siniestros croares y del cuerpo del profundo con bombín, que Thomas Connery había abatido. Se habían refugiado cerca de una granja abandonada, donde los sonidos nocturnos de la marisma, se unieron a crujidos de la madera y el rechinar de poleas y cadenas.

Todo muy tranquilizador.

Y entonces Greg se sacó un paquete de cerillas y comenzó a encender una, contemplar cómo se apagaba, tirarla, arrancar otra, encenderla… y así hasta que Thomas le preguntó:

—¿Fumas?

—No

Annie O’Carolan tenía la mirada fija en la oscuridad de  la marisma, intuyendo la llegada de algún otro híbrido entre humano y monstruo marino. Parecía que no prestaba atención a la conversación de sus amigos. Sus grandes ojos, vagaban por el oscuro pantano y, de vez en cuando, lanzaba un vistazo hacia la carretera, cuyo final, cercano a los límites de Innsmouth, estaba oculto por una densa bruma.

Los ecos de los estampidos de un tiroteo en el pueblo llegaban mortecinos hasta ellos.

—Entonces… ¿a qué viene lo de las cerillas?

Greg encendió una.

—Desde que salimos de la Mansión Babson… con el pozo y el chico rana… ¿Mami?… Llevo cerillas para no estar a oscuras otra vez.

Greg apagó la cerilla.

—No os cortéis — Arrancó otra y la encendió—. Burlaros de mí. Soy cómo un niño pequeño, que le tiene miedo a la oscuridad.

Thomas se aclaró la garganta, buscó en la visera de su boina y sacó un paquete de cerillas. Greg y Thomas sonrieron y volvieron la vista hacia Annie. Esta continuaba con la vista perdida en los brumosos lindes de la ciudad, pero sacó de su bolso una caja de cerillas y la agitó, sin mirarles.

—Resulta que somos todos niños pequeños —afirmó Thomas.

—Resulta que para ser Finns, tenemos que ser más niños que adultos —sentenció Annie cómo dolida, molesta, nerviosa…—Tengo un mal presentimiento.

—Ya… yo también —se quejó Thomas apretándose el pecho, donde sentía un puño aferrándose a su corazón.

O una tonelada de agua de mar llenando sus pulmones.

Greg arrancó otra cerilla, la encendió.

Algo brilló.

En frente de su coche… en la marisma. A unos veinte o treinta metros. Algo pequeño, un resplandor, un reflejo…

Greg tiró la cerilla al suelo, agarró su bate de baseball y se encaminó hacia los límites de la granja.

Annie y Thomas se volvieron hacia el periodista, que metió sus zapatos en veinte centímetros de barro y agua sucia, y comenzó a chapotear hacia el reflejo, con una certeza abriéndose paso a zarpazos hacia su razonamiento.

Y puede que hacia su cordura.

Huida de Innsmouth (54): El Aliento de las Profundidades

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Liam McMurdo consiguió controlar el coche, aún a pesar de la sangre que había salpicado el parabrisas. No paró, no se detuvo, giró a la derecha y continuó conduciendo, poniendo distancia con el francotirador que tuvo la oportunidad de hacer otro disparo que ni se acercó al vehículo.

Liam miró a Jacob O’Neil.

El policía se limpió la sangre de la cara, miró con ojos desorbitados a Liam y ambos se volvieron hacia atrás para mirar al resto de Finns. Patry O’Connel y Colin O’Bannon estaban cubiertos de sangre… de la sangre de Ezra Blank.

La bala había alcanzado al muchacho en la nuca y había reventado su cabeza como una sandía. Los restos aún humeantes colgaban contra el estrecho pecho del muchacho que había amado a Patry. Brian miraba al cadáver de su compañero de trabajo en el First National Grocery con los ojos muy abiertos, sin dejar de abrazar a Ruth contra su pecho.

Y Patry O’Connel abrió la puerta del coche, agarró el cuerpo sin vida de Ezra por los hombros y lo sacó del coche de un empellón, ante la asombrada mirada del resto de Finns. La rubia cerró de un portazo.

—¿Qué estáis mirando? — espetó mientras se concentraba, en recargar su revólver. Colin la imitó, mientras Jacob y Angus Lancaster recargaban sus escopetas.

—Los has sacado del coche cómo si fuera un saco de patatas —murmuró Brian con un hilo de voz.

—Sí —contestó la buscavidas secamente.

—¿Cómo has podido… cómo has…?

—Abriendo la puerta del coche —gruñó Patry con lágrimas en los ojos—Y menos lloriqueos, ¿eh? Si tú no te hubieras puesto a los Finns con la morenita nada de esto habría pasado.

Liam lanzó un rápido vistazo a la carretera. Llegaban a una intersección, podría hacer un giro brusco y bajar por Elliot St hasta la carretera de Ipswich. Se lo pensó mejor y decidió continuar zigzagueando, optó por hacer un giro a la derecha para descender por Washintong St.

Y lamentó haberlo hecho.

En la esquina de Washintong St y Babson St, el siniestro Joe Sargent había bloqueado la calle con su destartalado autobús. Los Finns vieron al larguirucho conductor sonriendo desde el asiento de piloto, mientras desde las ventanas se asomaban media docena de escopetas y rifles.

—¡Oh, mierda! —escupió Liam, al tiempo que pisaba el pedal del acelerador—¡Cubríos!

Una lluvia de metralla impactó en el coche. Balas y perdigones volaron por todas partes, destrozaron el parabrisas, perforaron el capó, reventaron la rueda delantera izquierda y arrancaron el otro espejo retrovisor. Todos los Finns se cubrieron, recibiendo esquirlas de cristal y heridas superficiales por la munición que se descargó sobre el Packar Twin Six de Liam… pero el conductor no se detuvo.

Liam consiguió hacer girar el vehículo, aún a pesar de llevarse por delante una boca de incendios que destrozo todo el lado derecho del coche, alejó el coche por Babson St y en otro alocado giro lo introdujo por Broad St.

Y también lamentó haberlo hecho.

Ante ellos apareció el acólito Alaric Marsh, encabezando a 8 híbridos armados con palos, azadas y antorchas. Al ver el vehículo, el sacerdote alzó sus palmeadas manos y detuvo a sus fieles. Liam miró de reojo a Jacob que alzó su escopeta.

—Ese no se va a apartar, Liam—auguró Jacob mientras apuntaba.

El Packard estaba dejando un rastro de chispas a su paso, el parachoques delantero colgaba de un extremo, la rueda izquierda había desaparecido, casi todos los cristales estaban destrozados…

—Pues no está el coche para muchos más golpes —dijo Liam antes de pisar el acelerador.

Al ver cómo el coche enfilaba hacia ellos, algunos de los marcados se apartaron, pero el acólito Marsh no. El acólito Marsh les señaló con sus deformes manos y comenzó a barbotar una sarta de incomprensibles palabras. Palabras inhumanas, palabras incomprensibles, una cháchara ajena a este mundo.

El Aklo. El arcano lenguaje de los mitos de Cthulhu. La lengua de los hechizos, los encantamientos y las maldiciones.

Jacob cerró un ojo, se tomó tiempo, apuntó y disparó.

Una descarga de perdigones impactó al acólito Marsh en el pecho y postró al sacerdote de rodillas en la calzada. Tres de sus lacayos corrieron a socorrerle, pero Alaric Marsh no había muerto… y sonreía.

—Liam —dijo Jacob con los dientes apretados—, atropella a ese cabrón… ¿Liam? ¡Liam!

Liam apretaba el acelerador como podía, pero sus manos apenas eran capaces de sujetar el volante. No respiraba, o mejor dicho, no respiraba aire. Liam comenzó a toser, a vomitar agua, un agua de un azul intensó y que olía a sal, a mar… El Aliento de las Profundidades.

Los Finns lo comprendieron, pero era tarde. El acólito había hecho algo, había maldecido a su amigo y Liam se ahogaba, se ahogaba ante ellos, en tierra firme, lejos del agua, pero respirando fluidos marítimos.

Liam mantuvo el coche en línea recta. El acólito Marsh y tres de sus lacayos no pudieron esquivar el coche y el Packard Twin Six les arrolló a más de 100 kilómetros por hora. El vehículo siguió sin detenerse hasta que llegaron al final de Broad St, donde el coche se salió de la carretera e impactó contra la valla que rodeaba un porche de una casa abandonada.

El sonido del claxon inundó Innsmouth, al tiempo que los Finns podían ver a Liam, caído sobre el volante, regurgitando agua marina, llorando agua salada, ahogándose en agua de mar.

El resto de seguidores de Alaric Mars comenzó a bajar por la calle, aullando amenazas y gritos amenazadores. Una puerta se abrió a una manzana de los Finns y salieron tres híbridos armados con escopetas y fusiles. Al otro lado, torciendo la esquina que une Adams St con Garrison St apareció el traqueteante armatoste que conducía el hierático agente Zebediah Marsh.

Estaban rodeados.

Su coche dañado, imposible de conducir.

Heridos.

Y Liam McMurdo había dejado de respirar.

Huida de Innsmouth - Parte 2
Huida de Innsmouth    – Parte 2

Huida de Innsmouth (53): En Innsmouth no van a olvidar el día que los Finns pasaron por aquí

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Luces detrás del coche.

Un armatoste lleno de innsmouithas y conducido por el hierático agente Zebediah Marsh había comenzado a perseguirles… y a algo más.

Los primeros fogonazos que surgieron de la destartalada camioneta sólo consiguieron despertar a los dormidos habitantes del pueblo maldito, pero el último disparo impactó en el maletero del Packard Twin Six de Liam McMurdo.

—¡Nos disparan!—alertó Ezra Banks

—No jodas, genio—gruñó Liam y dio un volantazo.

El coche de Liam derrapó por los adoquines de la estrecha calle y  enfiló hacia el Manuxet. El agente Marsh consiguió que su camioneta girase acertadamente tras los Finns. Otra lluvia de disparos salpicó la carretera y las aceras, mientras la carrocería se abollaba por perdigones y balas.

—¿A qué estáis esperando? —gritó Liam, cambiando de marcha y enfilando por Adam St—¡Devolvedles el fuego, joder!

Patry O’Connell y Colin O’Bannon bajaron las ventanillas y asomaron los brazos con sus revólveres, disparando sobre el vehículo, sin mucho acierto. Jacob O’Neil sacó medio cuerpo y su escopeta tronó, arrancando esquirlas de adoquines frente a la camioneta. Brian Burnham apretó contra su pecho a Ruth, mientras Ezra se encogía en su asiento. Angus Lancaster también sacó su escopeta y  la perdigonada destrozó capó de la camioneta… pero no la paró.

Liam aceleró, pasando entre fábricas y almacenes abandonados, dejando a su derecha el humo y el fuego del incendio de distracción… llegando a las vías del tren. La dirección del coche se resintió cuando pasó a toda velocidad por encima del doble juego de vías, pero el vehículo lo soportó. Y también lo hizo la camioneta de Zebediah Marsh.

Se acercaban a un estrecho puente de madera que cruzaba el Manuxet. Y ante el puente había un cartel:

Puente Peligroso
Cruce Bajo su Responsabilidad

—¡Liam! —intentó avisar Patry.

—¡Lo sé! —espetó Liam mientras aceleraba.

—¡Liam! —gritó Brian viendo acercarse el cartel.

—¡Lo sé! —voceó Liam, pisando a fondo el acelerador.

—¡Liam! —le amonestó Colin viendo cómo el cartel pasaba por su lado.

—¡Que lo sé! —contestó Liam, sin dejar de acelerar.

El coche entró el puente. Los Finns escucharon, por encima del explosivo gruñido del motor, como crujía. Los más cercanos a las ventanas contemplaron cómo pedazos mohosos y tablones podridos del puente, se soltaban y caían a las fangosas aguas del Manuxet.

Y, tras dos largos segundos en los que ninguno de los Finns creyó haber respirado, el Packard Twin Six cruzó el puente.

Tras ellos, Zebediah Marsh también cruzó el puente, manteniendo la misma distancia desde que había comenzado la persecución… la diferencia fue, que tras pasar su armatoste, la decrépita construcción de madera se vino abajó.

—En Innsmouth no van a olvidar el día que los Finns pasaron por aquí— rió Jacob O’Neil, antes de que un disparo de la camioneta arrancase el retrovisor que había a su lado.

Patry, Colin, Jacob y Angus continuaron devolviendo el fuego contra la camioneta. Liam les había llevado hasta la zona residencial del suroeste y ante ellos se habría una larga manzana, rodeada de casitas del siglo pasado bastante cuidadas.

Y luces delante del coche.

Ken Martin, el dueño de la Gasolinera, el jefe de Bernard Averill, tenía uno de los mejores coches de Innsmouth, un Chevrolet Modelo M, de Martin, como solía bromear el sucio encargado mientras se palmeaba su barriga cervecera.  Estaba acelerando hacia el vehículo de los Finns, mientras una gran sonrisa se dibujaba en su inmundo rostro de batracio.

Liam le vio, escuchó el rugir del Chevrolet mientras se acercaban el uno al otro. Vio los grandes y brillantes ojos del conductor rival, sabiendo lo que venía a continuación.

No era la primera vez que Liam McMurdo jugaba al “Gallina”.

Liam aceleró.

Ken Martin también.

—Liam —advirtió Jacob, al tiempo que se sentaba en el asiento del copiloto y se ponía el cinturón.

—Lo se —contestó Liam exhibiendo una sonrisa maníaca.

Ambos coches se acercaban a la mitad de la manzana.

Liam puso el Packard a 110 kilómetros por hora. Ken Martin alcanzó ochenta con su Chevrolet.

—Liam —soltó Brian, abrazando con fuerza a la catatónica Ruth, mientras se arrellanaba todo lo que podía contra el asiento trasero del Packard.

—¡Que lo sé!

Liam revolucionó el motor del Packard. Las luces del Chevrolet de Ken Martin bañaron el interior del coche de los Finns. Todos podían ver el rostro congestionado y deforme de Ken Martin.

—¡LIAM! —gritó Angus Lancaster al tiempo que pegaba la cara contra la carrocería del coche, esperando el inminente impacto contra el otro coche.

Liam no dijo nada, sólo sonrió.

Ken Martin debió de verle sonreír. Debió de asustarse de veras. Quizá, durante una milésima de fracción de segundo, Ken Martin comprendió que el tipo ese, ese loco con chupa de cuero y media cara abrasada, no se iba a dejar amilanar. No se iba a a apartar. Durante ese pequeño e insignificante momento, Ken Martin estaba seguro que el coche de Liam McMurdo iba a embestirlo, sacarlo de la carretera y continuar con su fuga, sin arañarse siquiera.

Por eso, en mitad de la larga manzana que hay entre Bank St y Bate St, Ken Martin, dio un volantazo, esquivó al Packard Twin Six, intentó controlar su Chevrolet y acabó estampándose contra una farola que despedía intermitentes fogonazos de luz amarillenta.

Los Finns dejaron escapar su tensión, lanzando gritos y vitores. Jacob palmeó a Liam en la espalda y todos alabaron sus cojones y su capacidad de conducir… pero su felicidad fue efímera. Una ráfaga de disparos y escopetazos llovió sobre el coche, proveniente del armatoste que conducía el agente Marsh.

—¡Acabemos con esos cabrones! —aulló Colin.

—¿Alguien tiene un arma de sobra?—pidió Brian. Patry le lanzó una pistola al regazo… una Derriger del calibre 22, de dos cañones—. Será una broma.

—Es lo que tengo de sobra —contestó Patry antes de disparar.

La lluvia de plomo que bañó la camioneta de Zebediah Marsh consiguió destrozar el parabrisas, dañar el motor que comenzó a humear y arrancó un retrovisor lateral de un escopetazo.

Liam giró en la siguiente bocacalle. Un giro cerrado, que el agente Marsh no pudo igualar con su maltratada camioneta, y mientras los Finns recorrían Bates St, para luego continuar bajando por Lafayette St, Zebediah Marsh se perdió por Adam St.

—¡Sólo tres manzanas y estamos fuera de la ciudad, muchachos! —animó Liam.

Los Finns estallaron en gritos de júbilo. Tantos que no escucharon el sonido del disparo que un marcado de Innsmouth ejecutó desde el segundo piso, con su viejo fusil 30-06. No era ninguna personalidad de Innsmouth, ningún sacerdote de la orden, ningún Marsh… era simplemente un híbrido con un rifle y buena puntería.

El parabrisas trasero ni se rompió, simplemente se escuchó un quebrar, apareció un limpio agujero en el cristal y…

… y la cabeza de uno de los ocupantes del coche explotó, salpicando de sangre y sesos a todos los Finns.

Recorrido de los Finns durante su Huida
Recorrido de los Finns durante su Huida