Huida de Innsmouth(48): Asalto a la Comisaría

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

La detonación hizo temblar el pueblo de Innsmouth… o al menos eso pensaron los Finns que estaban rodeando la comisaría. Sin embargo nada pasó durante un laaaaaargo minuto. Ni luces encendiéndose. Ni vecinos asomándose a la calle.

Y lo mismo ocurrió en la maldita comisaría. Angus Lancaster y Colin O’Bannon, más próximos a la comisaria que Liam McMurdo, Jacob O’Neil y Patry O’Connel, observaron, presas de los nervios como no ocurría nada en la comisaria. Nada.

¿Y si los agentes de la comisaría no salían del edificio aún a pesar de la distracción? Angus comenzó a hacer señas a Colin, con intención de improvisar un nuevo plan, cuando…

La puerta se abrió y un hombre delgado y uniformado emergió de ella a toda prisa, cerrando tras de sí. Correteó hasta una vieja camioneta aparcada frente a la comisaría y arrancó a toda prisa, poniendo rumbo a la columna de humo que se elevaba en el oscuro cielo nocturno.

Angus dio la señal a Colin, que corrió a avisar a los Finns que estaban en el coche de Liam. Este arrancó el motor y lo dirigió lentamente hacia el edificio. Colin comprobó como el coche se acercaba con los faros apagados… y vio a Angus ante la puerta de la comisaria.

—¿Pero qué coño…? —murmuró el pelirrojo, mientras se llevaba una mano a su inseparable revólver y otra a la navaja de resorte.

Angus lanzó un rápido vistazo a su alrededor. El coche y Colin se acercaban. Tomó una bocanada de aire y se preparó. Ocultó a su espalda su bastón estoque y con un pulgar levantó la empuñadura de su funda, para tenerlo preparado.

—Que no soy un Finn —murmuró ofendido entre dientes.

Llamó a la puerta de la comisaria y probó suerte para entrar. La puerta estaba abierta y la hoja de madera se deslizó dentro de la sala.

–Disculpe, agente —comenzó con su tono de voz más melifluo y altanero—. ¿Hay alguien? Acabo de ser testigo de un evento espeluznante…

El monstruoso Elliot Ropes atravesó en dos zancadas la comisaría, mugiendo toda una sarta de improperios. Angus se dio un paso atrás, pero no se amilanó y continuó con su alocución.

—Disculpe que pase sin esperar justificación, agente, pero he sido testigo de como un almacén cercano al río estallaba en llamas y, claro, que menos que advertir a las autoridades pertinentes ante tal incidente. Es lo más cívico. Un incendio puede ser algo peligroso sí…

Colin se acercaba desde su izquierda. Aún a pesar de las sombras, el resplandor de su navaja lanzó destellos por los rayos lunares.

—¡Me importa un carajo lo que haya visto o dejado de ver! —estalló Ropes furioso al tiempo que le bloqueba a Angus la entrada a la comisaría. Su gigantesca mole ocupó todo el marco de la puerta—. ¡No puede pasar! Ya nos han informado del incendio y… un momento… ¿¡Quién coño eres tú!?

—Menuda carencia de modales se gasta, caballerete…—comenzó Angus—. No soy nada más que un forastero de paso, qué…

—¿Un forastero? ¿En Innsmouth? ¿¡¡A estas horas de la madrugada!!?

Colin llegó a su lado. El coche de Liam aparcó ante la puerta de la comisaria.

—Sí, bueno… verá…

Angus no pudo decir nada. Angus no pudo hacer nada. Antes de que tuviera tiempo de armarse la escamosa zarpa de Elliot Ropes le agarró del cuello y lo izó dos palmos del suelo. Angus sintió como el aire se huía de sus pulmones, como su cuello crujía y cómo los duros dedos del innsmouita se hundían sin compasión en su garganta.

Angus dejó caer la funda del estoque.

Colin emergió desde las sombras, navaja en mano y hundió el filo del arma en el costado expuesto del monstruoso policía. Ropes lanzó un quejido, más de sorpresa que de dolor. Sin soltar a Angus del cuello lo desplazó hacia Colin, y usó al arquitecto como maza, aplastando a los dos Finns contra el marco de la puerta.

Liam había salido del coche, corría hacia ellos con la palanca en la mano. Tras él iba Jacob con una la escopeta desenfundada… la idea era no emprenderla a tiros para no llamar la atención, pero Jacob sabía que podía usar el arma de otras formas.

Angus cortó a Ropes con su estoque en el brazo que le estrangulaba, pero el monstruoso agente no dio muestras de quejarse. Colin le apuñaló en un muslo, sin causar ningún efecto, salvo un gruñido animal. Liam descargó su palanca sobre el policía, pero este hizo caso omiso al golpe.

Entonces Jacob le dio un culatazo en el brazo que sujetaba a Angus… y todos escucharon el crujido del hueso al romperse.

Elliot Ropes lanzó un aullido de dolor y liberó a Angus de su presa. Se vio rodeado y desarmado. Angus le aguijoneó en el otro brazo con su estoque, Colin le lanzó un cabezazo que le arrancó dos dientes. Desesperado, Ropes intentó huir, interpuso la puerta de la comisaría entre él y los Finns.

—¡Apartad! —ordenó Liam, que alzó la pierna y descargó una entrenada patada contra la puerta. Tal fue la violencia del golpe, que abrió la hoja de madera y empujó a Ropes que, debilitado por las heridas recibidas, trastabilló, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el suelo.

Todos escucharon la sequedad el golpe. Todos vieron la sangre, oscura, muy oscura, casi negra, ir formando un charco bajo la cabeza del monstruoso Elliot Ropes. Los cuatro Finns rodearon el gran cuerpo del agente y comprobaron que no se movía… y que su mirada se había perdido en el vacío.

O al menos eso pensaron.

—Creo que lo he matado —reconoció Liam.

Jacob ordenó a los Finns, incluyendo a Patry que se había mantenido bien apartada del combate cuerpo a cuerpo, que entrasen en la comisaría. Luego se asomó a la ventana, oteando la calle, buscando alguna pista que indicase que alguien hubiera sido testigo del asalto a la comisaría.

—Menuda escenita has montado, Angus —le recriminó Colin, mientras escuchaba crujir sus doloridas vértebras—. ¿Cómo te ha dado de repente por hacerte el héroe?

Angus intentó decir algo, pero casi no podía hablar de lo inflamada que estaba su garganta.

Patry lanzó un  rápido vistazo al interior del edificio. Un escritorio estropeado con un teléfono y frente a varias sillas, un par de archivadores, una vitrina en las que estaban expuestas las armas de los agentes de Innsmouth, un gancho del que colgaban un manojo de llaves ante la entrada a otra sala.

Antes de acercarse a por las llaves, y lamentándose en el fondo de no hacer gala de sus conocimientos en cerrajería, Patry se hizo con un revólver del calibre 38 y una cajetilla de munición. Angus se hizo con una escopeta corredera del calibre 12 y se dispuso a cargar el arma. Liam se acercó hasta el escritorio donde encontró una pareja de esposas. Apresó con ellas el cuerpo de Ropes.

—¿No está muerto?—preguntó Colin chequeando la armería. Había otra escopeta con la que solo haría mucho ruido, prefería su revólver, y munición para el calibre cuarenta y cinco, pero no una pistola de ese tipo.

—No me fío —confesó Liam.

Patry entró en la otra sala. Era la dependencia de  las celdas, cuatro estrechos habitáculos rodeados de barras de metal con una estera mohosa y un agujero infecto para hacer sus necesidades.

Y en una de las jaulas estaba Brian Burnham.

Y no estaba solo.

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