Huida de Innsmouth (54): El Aliento de las Profundidades

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Liam McMurdo consiguió controlar el coche, aún a pesar de la sangre que había salpicado el parabrisas. No paró, no se detuvo, giró a la derecha y continuó conduciendo, poniendo distancia con el francotirador que tuvo la oportunidad de hacer otro disparo que ni se acercó al vehículo.

Liam miró a Jacob O’Neil.

El policía se limpió la sangre de la cara, miró con ojos desorbitados a Liam y ambos se volvieron hacia atrás para mirar al resto de Finns. Patry O’Connel y Colin O’Bannon estaban cubiertos de sangre… de la sangre de Ezra Blank.

La bala había alcanzado al muchacho en la nuca y había reventado su cabeza como una sandía. Los restos aún humeantes colgaban contra el estrecho pecho del muchacho que había amado a Patry. Brian miraba al cadáver de su compañero de trabajo en el First National Grocery con los ojos muy abiertos, sin dejar de abrazar a Ruth contra su pecho.

Y Patry O’Connel abrió la puerta del coche, agarró el cuerpo sin vida de Ezra por los hombros y lo sacó del coche de un empellón, ante la asombrada mirada del resto de Finns. La rubia cerró de un portazo.

—¿Qué estáis mirando? — espetó mientras se concentraba, en recargar su revólver. Colin la imitó, mientras Jacob y Angus Lancaster recargaban sus escopetas.

—Los has sacado del coche cómo si fuera un saco de patatas —murmuró Brian con un hilo de voz.

—Sí —contestó la buscavidas secamente.

—¿Cómo has podido… cómo has…?

—Abriendo la puerta del coche —gruñó Patry con lágrimas en los ojos—Y menos lloriqueos, ¿eh? Si tú no te hubieras puesto a los Finns con la morenita nada de esto habría pasado.

Liam lanzó un rápido vistazo a la carretera. Llegaban a una intersección, podría hacer un giro brusco y bajar por Elliot St hasta la carretera de Ipswich. Se lo pensó mejor y decidió continuar zigzagueando, optó por hacer un giro a la derecha para descender por Washintong St.

Y lamentó haberlo hecho.

En la esquina de Washintong St y Babson St, el siniestro Joe Sargent había bloqueado la calle con su destartalado autobús. Los Finns vieron al larguirucho conductor sonriendo desde el asiento de piloto, mientras desde las ventanas se asomaban media docena de escopetas y rifles.

—¡Oh, mierda! —escupió Liam, al tiempo que pisaba el pedal del acelerador—¡Cubríos!

Una lluvia de metralla impactó en el coche. Balas y perdigones volaron por todas partes, destrozaron el parabrisas, perforaron el capó, reventaron la rueda delantera izquierda y arrancaron el otro espejo retrovisor. Todos los Finns se cubrieron, recibiendo esquirlas de cristal y heridas superficiales por la munición que se descargó sobre el Packar Twin Six de Liam… pero el conductor no se detuvo.

Liam consiguió hacer girar el vehículo, aún a pesar de llevarse por delante una boca de incendios que destrozo todo el lado derecho del coche, alejó el coche por Babson St y en otro alocado giro lo introdujo por Broad St.

Y también lamentó haberlo hecho.

Ante ellos apareció el acólito Alaric Marsh, encabezando a 8 híbridos armados con palos, azadas y antorchas. Al ver el vehículo, el sacerdote alzó sus palmeadas manos y detuvo a sus fieles. Liam miró de reojo a Jacob que alzó su escopeta.

—Ese no se va a apartar, Liam—auguró Jacob mientras apuntaba.

El Packard estaba dejando un rastro de chispas a su paso, el parachoques delantero colgaba de un extremo, la rueda izquierda había desaparecido, casi todos los cristales estaban destrozados…

—Pues no está el coche para muchos más golpes —dijo Liam antes de pisar el acelerador.

Al ver cómo el coche enfilaba hacia ellos, algunos de los marcados se apartaron, pero el acólito Marsh no. El acólito Marsh les señaló con sus deformes manos y comenzó a barbotar una sarta de incomprensibles palabras. Palabras inhumanas, palabras incomprensibles, una cháchara ajena a este mundo.

El Aklo. El arcano lenguaje de los mitos de Cthulhu. La lengua de los hechizos, los encantamientos y las maldiciones.

Jacob cerró un ojo, se tomó tiempo, apuntó y disparó.

Una descarga de perdigones impactó al acólito Marsh en el pecho y postró al sacerdote de rodillas en la calzada. Tres de sus lacayos corrieron a socorrerle, pero Alaric Marsh no había muerto… y sonreía.

—Liam —dijo Jacob con los dientes apretados—, atropella a ese cabrón… ¿Liam? ¡Liam!

Liam apretaba el acelerador como podía, pero sus manos apenas eran capaces de sujetar el volante. No respiraba, o mejor dicho, no respiraba aire. Liam comenzó a toser, a vomitar agua, un agua de un azul intensó y que olía a sal, a mar… El Aliento de las Profundidades.

Los Finns lo comprendieron, pero era tarde. El acólito había hecho algo, había maldecido a su amigo y Liam se ahogaba, se ahogaba ante ellos, en tierra firme, lejos del agua, pero respirando fluidos marítimos.

Liam mantuvo el coche en línea recta. El acólito Marsh y tres de sus lacayos no pudieron esquivar el coche y el Packard Twin Six les arrolló a más de 100 kilómetros por hora. El vehículo siguió sin detenerse hasta que llegaron al final de Broad St, donde el coche se salió de la carretera e impactó contra la valla que rodeaba un porche de una casa abandonada.

El sonido del claxon inundó Innsmouth, al tiempo que los Finns podían ver a Liam, caído sobre el volante, regurgitando agua marina, llorando agua salada, ahogándose en agua de mar.

El resto de seguidores de Alaric Mars comenzó a bajar por la calle, aullando amenazas y gritos amenazadores. Una puerta se abrió a una manzana de los Finns y salieron tres híbridos armados con escopetas y fusiles. Al otro lado, torciendo la esquina que une Adams St con Garrison St apareció el traqueteante armatoste que conducía el hierático agente Zebediah Marsh.

Estaban rodeados.

Su coche dañado, imposible de conducir.

Heridos.

Y Liam McMurdo había dejado de respirar.

Huida de Innsmouth - Parte 2
Huida de Innsmouth    – Parte 2
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