Huida de Innsmouth (55): Cerillas

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

La cerilla que Greg Pendergast tenía sujeta entre los dedos se consumió y el periodista la arrojó al suelo.

Habían recorrido unos cientos de metros de la ruinosa carretera que conectaba Innsmouth con Arkham, alejándose de los siniestros croares y del cuerpo del profundo con bombín, que Thomas Connery había abatido. Se habían refugiado cerca de una granja abandonada, donde los sonidos nocturnos de la marisma, se unieron a crujidos de la madera y el rechinar de poleas y cadenas.

Todo muy tranquilizador.

Y entonces Greg se sacó un paquete de cerillas y comenzó a encender una, contemplar cómo se apagaba, tirarla, arrancar otra, encenderla… y así hasta que Thomas le preguntó:

—¿Fumas?

—No

Annie O’Carolan tenía la mirada fija en la oscuridad de  la marisma, intuyendo la llegada de algún otro híbrido entre humano y monstruo marino. Parecía que no prestaba atención a la conversación de sus amigos. Sus grandes ojos, vagaban por el oscuro pantano y, de vez en cuando, lanzaba un vistazo hacia la carretera, cuyo final, cercano a los límites de Innsmouth, estaba oculto por una densa bruma.

Los ecos de los estampidos de un tiroteo en el pueblo llegaban mortecinos hasta ellos.

—Entonces… ¿a qué viene lo de las cerillas?

Greg encendió una.

—Desde que salimos de la Mansión Babson… con el pozo y el chico rana… ¿Mami?… Llevo cerillas para no estar a oscuras otra vez.

Greg apagó la cerilla.

—No os cortéis — Arrancó otra y la encendió—. Burlaros de mí. Soy cómo un niño pequeño, que le tiene miedo a la oscuridad.

Thomas se aclaró la garganta, buscó en la visera de su boina y sacó un paquete de cerillas. Greg y Thomas sonrieron y volvieron la vista hacia Annie. Esta continuaba con la vista perdida en los brumosos lindes de la ciudad, pero sacó de su bolso una caja de cerillas y la agitó, sin mirarles.

—Resulta que somos todos niños pequeños —afirmó Thomas.

—Resulta que para ser Finns, tenemos que ser más niños que adultos —sentenció Annie cómo dolida, molesta, nerviosa…—Tengo un mal presentimiento.

—Ya… yo también —se quejó Thomas apretándose el pecho, donde sentía un puño aferrándose a su corazón.

O una tonelada de agua de mar llenando sus pulmones.

Greg arrancó otra cerilla, la encendió.

Algo brilló.

En frente de su coche… en la marisma. A unos veinte o treinta metros. Algo pequeño, un resplandor, un reflejo…

Greg tiró la cerilla al suelo, agarró su bate de baseball y se encaminó hacia los límites de la granja.

Annie y Thomas se volvieron hacia el periodista, que metió sus zapatos en veinte centímetros de barro y agua sucia, y comenzó a chapotear hacia el reflejo, con una certeza abriéndose paso a zarpazos hacia su razonamiento.

Y puede que hacia su cordura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s