La Redada (4) La Instrucción

El Coronel Rothler dio buena cuenta del whiskey del Agente Mackey, luego se apartó para que el Superintendente Ryan, comenzase a  exponer a grandes rasgos la situación en Innsmouth.

El superintendente se centró en la sospecha de secuestros, asesinatos y contrabando de alcohol. Según su informe la degenerada secta religiosa parecía ser la causa fundamental de tales actividades, y los Marsh eran considerados, si no artífices, cómplices.

Colin O’Bannon alzó una mano cuando Ryan hubo terminado.

―No han dicho nada de los profundos.

―Perdón ―comenzó el fondón capitán Corso― ¿los qué?

―Loss Profundoss ―contestó el Doctor Ravana Najar, el Asesor Civil que no era un Finn―. Ssegún muchoss libross sson una esspecie, ¿ssí? que viven  en el mar. Hombress pes, ¿ssí?

―Está visto que no somos los únicos que creemos en monstruos ―comentó Greg Pendergast.

―¿Acaban de decir monstruos, hombres pez y no se avergüenzan tras tales zarandajas? ―espetó el Capitán Hearst―. Son ya mayorcitos para esas paparruchas, ¿no creen?

El Superintendente Ryan se aclaró la garganta.

―Corren muchos rumores acerca de… cierta degeneración en la piel y el aspecto de los habitantes de Innsmouth. Algo que se denomina la Marca de Innsmouth…

―No, yo me refiero a monstruos marinos, señor ―interrumpió Greg, pero Ryan le ignoró.

―Los habitantes del pueblo están afectados por terribles malformaciones… eso y las leyendas locales han generado un clima de miedo, muy propicio para que la gente con imaginación se forme ideas preconcebidas y…

―¡Esto es el colmo! ―se quejó Annie O’Carolan.

―Ya me reiré yo cuando esas ideas preconcebidas le muerdan el culo ―espetó Colin.

―Tengo fotos que atestiguan esas “ideas preconcebidas”, señor ―siseó Greg con los dientes apretados.

Un silencio sobrecogedor llenó la sala. En un parpadeo el Agente Drew estaba junto a Greg. De hecho estaba a la espalda de Greg, y lucía una vampírica sonrisa en su rostro lechoso.

―Me encantaría ver esas fotos, si no es una molestia.

Mientras Greg le acercaba al siniestro agente, su libreta de notas, llena de fotos de la Huida de Innsmouth, el Coronel Rothler tomó el control de la situación con su potente voz.

―¡Caballeros! ¡Señoritas! Tengo tres barcos, un submarino, 15 camiones, 7 coches oficiales, más de 500 armas operativas, más de 5000 cartuchos de munición, galones y galones de combustible… y 300 hombres armados, entrenados, motivados y preparados para enfrentarse a lo que sea, desde la secta esotérica, a gangsters o a… monstruos submarinos.

―No, no lo están ―murmuró Liam McMurdo recordando el agua de mar inundarle los pulmones.

―Pero discutir cómo niños pequeños tampoco será de ayuda ―terció Greg―. Si no quieren creernos que no nos crean. Ya descubrirán la verdad, por las malas.

Greg se giró hacia el Agente Drew… pero este ya no estaba en la sala. Nadie había notado su ausencia.

Rothler se acercó hasta un caballete donde figuraba un mapa de Innsmouth. Usó el gran puro como si fuera un puntero y comenzó a señalar la ciudad.

―Hay numerosos objetivos que debemos conseguir, pero la captura e interrogatorio de los ciudadanos de Innsmouth es de suma importancia. Para conseguir esto, varios grupos pequeños de infantes de marina penetraran en la localidad y capturarán directamente a los ciudadanos o provocarán que huyan hacia el campo, donde serán interceptados por los bloqueos en las carreteras y las patrullas de marines que barrerán la zona desde el oeste en dirección a la ciudad. Es intención del gobierno que haya un número mínimo de bajas civiles, evitar que cunda el pánico y no atraer la atención de la prensa.

Varios de los Finns y el Superintendente Ryan miraron a Greg en ese momento.

―¿Qué?

El Coronel Rothler continuó con su explicación:

―El ataque coordinará los esfuerzos de varios grupos que actuarán por separado. Para el Plan es esencial la toma de la Orden Esotérica de Dagon, sede del culto religioso, tarea que ha sido encomendada a dos escuadras de infantes de marina dirigidas por el Capitán Corso.

Corso se levantó, hizo un leve y enfático asentimiento con la cabeza y volvió a sentarse.

―Las escuadras de Corso entraran en la ciudad por el oeste, camufladas de blanco, y se desplazarán por el río helado usando el barrando como cobertura. Saldrán por el puente de Federal Street, se dirigirán al norte hasta New Church Green, entrando en la logia por la puerta principal, si es posible. Debe tomarse prisionero a todos los líderes que puedan encontrarse en el interior. Se les podrá identificar por la túnica aguamarina y puede que ostenten coronas o tiaras de oro. Los marines tienen orden de disparar si fuera necesario.

―Por el río nada más empezar, de puta madre ―se quejó Liam.

El Agente Mackey pidió silencio y el Coronel Rothler movió su puro hacia el Director J.Edgar Hoover.

―Mientras tanto, tres coches de los agentes del Tesoro y el FBI de los EEUU, comandados por el Director Hoover y con la colaboración especial del Doctor Ravana Najar, entrarán en Innsmouth por el norte, hasta la mansión Marsh. Cuatro hombres por la entrada principal en Washinton Street, tres por la trasera en Lafayette Street y tres más desde Martin Street, con la misión de apresar al cacique Barbanas Marsh junto al resto de sus familiares, implicados en diversos actos delictivos.

El Coronel Rothler le dio una larga calada a su puro antes de proseguir.

―El tercer objetivo estará dirigido por el Teniente Doud.

El teniente Doud clavó una impúdica mirada en Patry, sonrió engreído y alzó la cabeza a modo de saludo. Patry estuvo tentada de enseñarle su dedo medio, pero la presta mano de Thomas impidió el gesto.

―Al mando de dos escuadras de infantes de marina, usarán botes de remos para recorrer la red de cavernas subterráneas y túneles que hay en la parte norte de la ciudad ―El Coronel Rothler apuntó con su puro alrededor de la zona elegida―. En su día, estas cavernas fueron utilizadas por contrabandistas. Tenemos razones para creer que en la actualidad podrían estar siendo usadas como parte de una operación de trata de blancas. El Teniente Doud y su grupo deben buscar pruebas de esto, además de demoler posibles almacenes en los que se suministre alcohol y los cimientos de la refinería.

―¿Estamos hablando de monstruos marinos y a ustedes se les ocurre meterse en unos túneles inundados? ―se quejó Colin―. ¿¡Son suicidas o qué!?

Rothler ignoró la puya de Colin y aprovechó para darle una calada a su puro. Fue el director Hoover quien habló.

―Disponemos de alojamientos en el sótano para que permanezca allí durante las próximas 72 horas. Quizá se encuentre más cómodo allí, señor O’Bannon.

Colin se cruzó de brazos refunfuñando. El Coronel Rothler expelió una bocanada de humo antes de señalar al oficial de la marina sentado a la mesa.

―La guardia costera nos ha facilitado la ayuda del capitán de fragata Hearst.

El flamante capitán alza la mano enérgicamente.

―El capitán Hearst dirigirá tres barcos cuya misión será patrullar el litoral de Innsmouth. Algunos de los delincuentes podrían huir en bote y es responsabilidad del Capitán Hearst que no puedan hacerlo.

El Coronel da otra calada a su puro y lo apaga contra el mapa de Innsmouth, más allá del Arrecife del Diablo.

―Debido a una inevitable operación de rescate, el Comandante Harrow, de la Marina de los EEUU, no ha podido asistir a la reunión. Se espera que su submarino, el S-19, llegue a puerto durante la siguiente hora. Allí le esperan sus órdenes a sobre cerrado.

Rothler se giró hacia los Finns, apuntándoles con sus acerados ojos.

―Los “Asesores Civiles Especiales” tienen conocimientos de Innsmouth y participaran en los Objetivos de la siguiente forma:

»Objetivo Uno: La Orden Esotérica de Dagon. Dos de los ACEs con buena salud y hábiles con las armas de fuego partirán junto al Capitán Corso.

»Objetivo Dos: La Mansión Marsh. El Director Hoover contará con el Doctor Ravana Najar y otro de ustedes, alguien con buenas habilidades para el subterfugio.

»Objetivo Tres: Los Túneles de los Contrabandistas. Dos ACEs preparados para el combate cuerpo a cuerpo, al fuego y sin miedo a nada, deberán internarse bajo tierra junto al Teniente Doud y sus hombres.

»Objetivo Cuatro: El Arrecife del Diablo. Dos ACEs estarán bajo el mando del Capitán Hearst. Si todo va bien no deberían tener enfrentamientos físicos, pero el Capitán me ha recomendado que sepan nadar, no quiere tener que estar pescándoles en medio de todo este barullo.

»Y por último, el Objetivo Cinco: El Submarino S-19 capitaneado por Robert Harrow. Ningún claustrofóbico, esas latas de sardina agobian a los más débiles de mente, Harrow quiere a alguien pequeño y de carácter fuerte.

Rothler lució una gran sonrisa. Una sonrisa jurásica.

―Ustedes deciden.

La Redada (3) El Proyecto Alianza

Thomas Connery no esperó la respuesta de ninguno de sus compañeros, alcanzó uno de los documentos y firmó en él sin dudarlo.

El resto de los Finns no le imitaron.

―No se les aprecia muy conformes a lo que el director Hoover ha explicado ―siseó el Superintendente Ryan, muy atento a las reacciones de los Finns.

―No nos malinterprete, superintendente Ryan ―empezó Angus Lancaster― pero volver a Innsmouth no es algo que nos atraiga por muy nobles que sean las causas.

―Y no es porque tengamos miedo ―argumentó Liam McMurdo.

―Que lo tenemos ―gruñó Colin O’Bannon―. Y no es para menos.

―No es por eso, o por falta de patriotismo… ―comenzó Jacob O’Neil intentando relajar los ánimos―. Pero es que en Innsmouth hay más cosas que una banda de delincuentes.

―De lo que no ha hablado el señor Hoover ―comenzó Greg Pendergast―, es de las criaturas que habitan en ese pueblo.

―¿Criaturas? ―preguntó el Superintendente Ryan, pero a más de un Finn no se les escapó la mirada cómplice que se dedicaron el agente Lucas Mackey yJ. Edgar Hoover.

―Monstruos anfibios ―contestó Greg, muy serio. El recuerdo de Fregg y su ¿mami? le produjo un escalofrío―. Criaturas mitad humana, mitad batracio. Algunos los llaman profundos y son… los hijos del mar, la progenie del dios al que adoran en la secta de la Orden Esotérica de Dagón.

El superintendente Ryan soltó un bufido.

―¿Los demonios del mar, verdad? ―Ryan sacó un folio de una carpeta que tenía entre los brazos―. Leyendas y supersticiones basadas en el siniestro aspecto ocasionado por las deformidades que han asolado esa ciudad, derivadas por la endogamia, o parte de la táctica de miedo y ocultación en la que se edifica la Orden Esotérica de Dagon.

―Sus leyendas se mueven, saltan y tiene garras afiladas, superintendente ―espetó Colin―. Yo no voy a irme a una misión suicida con un montón de gente que no escucha a sus asesores.

―Para eso les pedimos ayuda, señor O’Bannon ―intervino Hoover―. Porque sabemos que hay más cosas en Innsmouth y precisamos de cualquier aporte que nos vayan dando.

―¿Incluso los que resulten increíbles? ―preguntó Annie O’Carolan.

―Incluso esos ―contestó Hoover con firmeza.

Todos los Finns miraron al director del FBI, que no apartó la mirada de ninguno de ellos.

Tal era su convicción, que todos los Finns se acercaron hasta los documentos de secreto y los firmaron. Cuando hasta el último de los Finns hubo firmado, el agente Mackey se acercó hasta ellos y los fue felicitando efusivamente, uno a uno.

―Vengan con nosotros ―ordenó el Superintendente Ryan.

Los tres agentes federales les acompañaron hasta una sala de reuniones donde les esperaban seis hombres:

El Capitán Anthony Corso, de Infantería de Marina, un joven de rostro redondo, algo fofo, que lucía un impecable uniforme de marina donde se apreciaba una insignia en particular, un águila con las alas extendidas sobre un escudo triangular de la bandera norteamericana y un casco espartano atravesado por una espada, una insignia de haberse matriculado en West Point.

El Doctor Ravana Najar, era parapsicólogo. Se trataba de un hindú diminuto, de cincuenta y tantos. Vestido de blanco, camisa de cuello alto, turbante, unos enormes anteojos que le daban aspecto de mantis religiosas y hablaba con un simpático acento.

El Teniente Eric Doud, también de Infantería de Marina, era joven, guapo, gallardo, fuerte, con una sonrisa que destilaba soberbia en su mandíbula heroica y vestido con el uniforme de faena. Preparado para la acción.

El Capitán de fragata Stephen Hearst, de la Guardia Costera, tendría casi sesenta años, uniforme de la marina inmaculado, ojos gris acero. Un rosario colgaba del bolsillo de su pantalón y una pequeña biblia abultaba el bolsillo sobre su corazón.

El Coronel James Rothler, de la Oficina de Inteligencia de la Marina y al mando del “Proyecto Alianza”, el nombre en clave de la redada a Innsmouth, era un hombre cercano a los 60 años, también vestido con un inmaculado uniforme de la marina… pero en este caso, Rothler era altísimo, imponente, tenía un poderoso mostacho, una gran calva y sus carcajadas eran las de Zeus o las de Thor. Estaba fumando un puro enorme.

Por último, les presentaron al Agente Drew, del Servicio Secreto, una figura alta y espigada, situada al fondo de la sala, con traje negro, piel pálida, cabello oscuro peinado hacia atrás y que fumaba apaciblemente un cigarrillo.

Edgar Hoover presentó a los Finns y finalizó la exposición diciendo:

― Al igual que el Dr. Najar, serán “Asesores Civiles Especiales” que se han ofrecido generosamente para prestar su ayuda al gobierno.

Todos tomaron asiento, a excepción de Ryan y el Coronel Rothler. Lucas Mackey cerró la puerta, mirando si había alguien afuera, y se sentó junto a Hoover. El Coronel Rothler sacó una petaca bajo su uniforme y se la mostró a Hoover, pidiendo permiso, el jefe del bureu, se volvió hacia el agente Mackey.

―Dispongo de una botella de whiskey irlandés de primera en mi mesa―dijo Mackey―, si a alguien le apetece.

―¿A qué está esperando, maldición? ―repuso Rothler antes de guardarse su petaca.

Mackey tardó sólo unos segundos en traer su whiskey y varios vasos. Sólo el Doctor Najar, el superintendente Ryan y  J.Edgar rechazaron la bebida. Entre los Finns, Annie, Jacob y Thomas no aprovecharon el whiskey.

―Por la victoria ―brindó Rothler―. ¡Por el Proyecto Alianza! ¡Salud!

La Redada (2) La Propuesta de J. Edgar Hoover

Los Finns habían llegado hasta el edificio federal de Boston, cada uno en un coche negro conducido por un agente federal y el individuo que les había “invitado” a venir. Una simpática y profesional secretaria les había ido pasando a una sala de espera hasta que estuvieron todos los miembros de la cuadrilla.

Todos menos Brian Burnham.

―Es imposible que localicen a Brian ―susurró Angus Lancaster.

―Mira no sé lo que conseguirán tus contactos ―comenzó Patry O’Connel―, pero a mi estos tipos me detuvieron en medio de un… trabajo… y nadie me había pillado en medio de uno, ¿sabes? Esta gente tiene muchos contactos, influencias y…

―Psssst ―avisó Thomas, al tiempo que se abría la puerta de la sala de espera.

Era la secretaria, que con una profesional sonrisa les invitó al despacho de J. Edgar Hoover. El gran despacho tenía ocho cómodos butacones ante su escritorio, vacío de las típicas fotos familiares que habitaban en los escritorios de todo el mundo. El Director del Bureu Federal de Investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos, está sentado tras su ostentoso escritorio de roble. A su derecha está el sonriente agente Mackey, a su izquierda se haya el tipo pequeño y rechoncho, con cara de bulldog avinagrado, que responde al nombre de Superintendente Ryan.

Hoover esperó a que los Finns tomaran asiento antes de comenzar a exponer su caso.

―Caballeros, señoras. Seremos francos y directos con ustedes porque no hay tiempo que perder. El gobierno de su país solicita su ayuda en un asunto de enorme importancia. Ustedes ya están familiarizados con la ciudad de Innsmouth y creo que no necesitan que les explique por qué su gobierno se ha visto implicado en el asunto. Una larga investigación llevada a cabo por este departamento ha revelado la necesidad de tomar medidas rápidas y contundentes contra las actividades criminales generalizadas en esa ciudad. Se han violado numerosas leyes federales e interestatales: conspiración para el transporte de alcohol de contrabando, secuestro, asesinato y, posiblemente, trata de blancas. No será necesario que entre en detalles de las viles y repugnantes prácticas a las que se han abandonado algunos de esos criminales y asesinos… por no hablar de los rumores. Aunque el cálculo es inexacto, suponemos que al menos la mitad de los habitantes de la ciudad están implicados en una conspiración criminal y que en ella llegan a participar las familias más poderosas de la ciudad.

»Sobra decir que en una acción policial de esta magnitud debe realizarse con discreción, no sólo para evitar alertar a los criminales de Innsmouth, sino también porque… algunos… podrían verla como una violación de los derechos Constitucionales. Jamás ha llegado a declararse la ley marcial federal en toda una ciudad, pero el gobierno cree que no queda alternativa.

»Por tanto, antes de poder seguir hablando debo pedirles que firmen estos documentos. Son Juramentos de Secreto, y les obligan a no revelar jamás ninguno de los acontecimientos que presencien o en los que tomen parte durante los días siguientes.

»Si lo desean pueden no firmarlos y en tal caso serán escoltados a unos alojamientos en el sótano del edificio. Según la ley, podemos retenerles durante un máximo de 72 horas sin presentar cargos o llevar a cabo una detención. No deseamos molestarles pero, debido al secreto necesario para esta operación es esencial que mantengamos la seguridad. Se tendrán en cuenta sus necesidades y se hará todo lo posible para que estén cómodos.

»Si firman, además de pasar a formar parte de la redada como “Asesores Civiles Especiales” o “ACE”, el gobierno les obsequiará con una gratificación de 2000$, les serán saneados sus historiales criminales y… dispondrán de un buen amigo en el Departamento de Justicia.

»El gobierno precisa de su ayuda dada su experiencia  ya que, al parecer, ustedes saben tanto o más de la ciudad de Innsmouth que lo que nosotros hemos sido capaces de averiguar. Queremos que cada uno de ustedes acompañe a un grupo diferente de los que van a participar en la redada, actuando como asesores y expertos. Entraran en la ciudad, se verán envueltos en las operaciones y estarán a las órdenes de oficiales militares. Deben comprender que la participación implicará cierto riesgo personal porque esperamos cierta resistencia armada.

»Así pues, ¿están dispuestos a ayudar a su gobierno?

La Redada (1) El Reclutamiento

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Gatos y Ratones en Boston

Colin O’Bannon sabía que le seguían.

No era su fundamentada manía persecutoria, era la pura realidad. Dos hombres llevaban siguiéndole desde hacía una semana, dos hombres grandes, con gabardinas y sombreros de ala ancha. Dos tipos duros con pintas de matones.

Y desde hacía veinte minutos, los tipos sabían que Colin lo sabía.

Llevaban jugando al gato y al ratón desde que el tahúr salió de una timba de póker en las cocinas del Ritz de Boston. Uno de los tipos había sido descuidado y Colin le había visto claramente, así que la pareja de perseguidores comenzó a ir a saco a por el pelirrojo, que primero intentó despistarles entre callejones retorcidos, locales llenos de gente y  calles muy transitadas, pero no hubo forma, siempre aparecía uno de los dos tipejos en un extremo u otro de la calle, siempre acababa sintiendo sus miradas clavadas en la nuca y nunca terminaba de darles esquinazo, nunca.

Mientras se internaba en un oscuro callejón, apretó el revólver del calibre 32 que llevaba en el bolsillo de la gabardina. La emprendería a tiros, que remedio… con lo cerca que estaba de conseguir el dinero para pagar la deuda…

Colin no se cortó, no fue precavido, ni buscó salidas de emergencia. Un callejón estrecho, el vapor emergiendo de las alcantarillas, poca luz y la única salida estaría tras los dos tipos que le seguían.

Le iba a echar pelotas.

Fue en ese momento, cuando la paranoia de Colin abrió otra puerta… ¿Y si no eran quienes él creía que eran? ¿Y si no venían buscando el dinero que debía? ¿Y si se encontraba con rostros de ojos grandes, bocas anchas y piel escamada? ¿Y si aparecían dos tipos con la marca de Innsmouth y ganas de vengarse?

“A la mierda” pensó Colin O’Bannon, bajó el percutor de su revólver y esperó.

Los perseguidores se quedaron sorprendidos cuando llegaron y se encontraron al hijo del gangster, Danny O’Bannon, de pie en medio de un callejón con las manos en los bolsillos.

—¿Es así cómo va a ser? —preguntó Colin.

Les dio un instante para que le contestaran, para que hicieran el amago de llevarse las manos a sus armas, pero apareció el tercero.

El desconocido.

El verdadero gato que había estado jugando con todos esos ratoncitos.

Antes de que Colin o sus dos perseguidores desenfundaran, el tercer hombre, un tipo alto y larguirucho, vestido con una cutre gabardina y un flexible sombrero puesto de medio lado, dio una larga calada a su cigarrillo llamando la atención de todo el mundo.

Sin mediar palabra sacó una pistola automática del calibre 45 y le voló la tapa de los sesos al hombre de la derecha. El otro tipo intentó sacar su pistola, al igual que Colin la suya, pero el fumador también había sacado otra cosa.

Una placa de policía.

—Agente del tesoro, gilipollas —dijo con la colilla humeando entre sus finos labios.

Colin dudó. Su perseguidor también. El fumador no, y le descerrajó un tiro en las tripas al último perseguidor de Colin. No parecía haberle matado, pero le dejó hecho un guiñapo en el suelo.

—O’Bannon —siseó el agente del tesoro, sin quitarse la colilla de la boca—Me llamo Ashbrook, debes venir conmigo, si quieres vivir.

Y Colin nunca tuvo la seguridad de saber si lo dijo con ánimo de protegerle o porque le estaba amenazando.

Un taller mecánico en Queens

Liam había perdido su Packard Twin Six en la Huida de Innsmouth pero a cambio, Brian había robado un viejo pero eficiente Buick D-45 que, tras sobrevivir al incendio del cóctel incendiario de los Gorton, había necesitado un par de reparaciones para poder servirle de algo a Liam.

Había podido terminar un par de “trabajitos” con este coche, pero echaba de menos la fuerza de su fiel Packard.

Estaba echando una mano en el taller de Queens al que acudía para cambiar sus servicios de mecánico por poder echarle un par de horas de cuidados a su coche, cuando apareció un tipo  delgado, paliducho y rubio, que llevaba la ropa arrugada y tenía aspecto de estar muy cansado. Cojeaba de la pierna derecha y miraba por todo el taller con la fijeza de un ave de presa, cuando su vista se clavó en sus quemaduras, Liam comenzó a sentirse incómodo y no tardó en evolucionar a estar molesto.

—Liam McMurdo —no fue una pregunta. Liam salió de debajo del coche que estaba reparando, cubierto de grasa y hollín, observó como el jefe del taller y otro par de mecánicos se hacían a un lado, al tiempo que agarraba una llave inglesa.

—Eso dicen —siseó Liam, preparándose para lo que pudiera devenir.

—También dicen que es muy bueno conduciendo coches —contestó el delgaducho. Liam entrecerró los ojos.

—Lo era.

—Por lo que me han dicho, lo es. Me llamo Mathew Cohle y mi bureau quizá requiera de sus servicios

—¿Qué coño es un buró?

Oficinas del Baltimore Xtrange, Baltimore.

—El Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos de América, señor Pendergast.

—¿El FBI? ¿Es usted del FBI?

El agente Woody Hart era un tipo grande, fornido y no dejaba de sonreír, aún a pesar de que Greg Pendergast estaba casi convencido de que le estaban deteniendo.

—¿Todo esto tiene que ver con las fotos que el Baltimore Xtrange ha publicado sobre el caso Voltoni? —preguntó Greg algo preocupado.

Había sobornado a un contacto suyo en la policía metropolitana para poder entrar en la escena del crimen y hacerle unas jugosas fotos al cuerpo tiroteado del capo Voltoni, las cuales habían causado mucho revuelo durante la semana anterior. Aunque soltar diez o veinte dólares a un policía era una medida habitual, siempre te encontrabas con algún policía al que no le hacía gracia recibir o ver como otros recibían sobornos.

—¿Voltoni? Qué va, amigo. ¡Qué va! —espetó Hart al tiempo que soltaba una carcajada—. A mi jefe no le hacen gracia los sobornos, ni siquiera los pequeños, eso se lo digo desde ya… Pero no vengo  por esa minucia, no. A nosotros lo que nos interesan son unas fotos que tomó hace unos meses, en un pequeño pueblecito pesquero del Valle del Miskatonic.

Greg intentó poner cara de póker. Greg no era Colin O’Bannon. El agente Woody Hart sonrió.

—Creo que nos vamos comprendiendo, ¿verdad?

Barracones del USS Providence en Plymouth

—Se presenta el infante de marina, Thomas Connery, señor.

—Descanse, soldado —informó el teniente de navío.

Junto al teniente, impecable en su traje blanco había otro hombre, un tipo trajeado en negro, con cara de bulldog y un ceño de los que siempre están fruncidos.

—Le presento al superintendente Albert Ryan, de la agencia del Tesoro. Al parecer el señor Ryan le quiere hacer unas preguntas.

—Yo no voy a hacerle ninguna pregunta, señor Connery —espetó Ryan al tiempo que sacaba un pulcro sobre que depositó ante el atónito teniente de Thomas—. Yo le voy a ordenar que me acompañe hasta Boston, donde mi superior, sí, le hará unas preguntas.

—¿Estoy… detenido?

—De momento no… está invitado. Ya sabe. Una de esas invitaciones que no se deben rechazar.

Comisaria de Bangor, Maine

Jacob O’Neil acababa de entrar en la comisaria sujetando por las esposas a Connor “Monaguillo” McKennah, un delincuente habitual de la zona, que le recordaba tanto a él hace quince años que no sabía si reír por la ironía o llorar por la hipocresía.

Mientras lo conducía hacia los calabozos el sargento de guardia le avisó.

—Tienes visita, O’Neil.

—¿Darlene?

—Que va, no es tu mujer. Es uno de esos guapitos de la agencia del tesoro. ¿Has solicitado un traspaso?

No era una pregunta capciosa, ni malintencionada. Toda la comisaría recordaba que Bill Forbes fue agente del Tesoro y no volvió.

—Para nada.

—Pues lo mismo es algo sobre Bill… Deja, que yo me encargo de este cenutrio.

Jacob caminó hasta su mesa, donde estaba sentado un joven en traje, delgado y con aspecto nervioso. Toqueteaba las fotos de Jacob, la mesa, ojeaba algún informe, tamborileaba sobre los apoyabrazos.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó Jacob.

—Oh, sí, claro. ¿Qué hay, sargento O’Neil? Mi nombre es Eddie Drotos. Agente. Agente Eddie Drotos del Departamento del Tesoro.

Jacob no dijo nada. Continúo de pie ante su mesa, ante su silla ocupada por ese joven de aspecto nervioso que le sonreía cándidamente. Drotos tampoco dijo nada, continuó mirándole y sonriendo.

Así durante unos largos e incómodos segundos.

—¿Y ha venido aquí para…? —arrancó Jacob.

—Oh, sí, claro. Vengo por lo de Innsmouth, por supuesto.

Parque de Nueva Orleans

Annie O’Carolan estaba sentada en un banco del parque de Nueva Orleans, frente al museo de Arte cuyas puertas se habían abierto hace 18 años. Estaba leyendo un libro, una novela cómica. Algo con lo que pudiera alejarse de esos retorcidos símbolos que llenaban su cabeza. Los glifos de R’lyeh que llevaba meses estudiando en el Chaat Aquadingen.

Llevaba analizado un tercio del volumen, un libro desconocido para ella y por lo que sabía, desconocido para el mundo. Un libro en el que se describía todo una historia ajena para la humanidad, una historia de subespecies, monstruos y dioses submarinos. Las ciudades submarinas cercanas a Ponapé, a la costa de Alaska, al Mar del Norte británico, al Océano Índico…

Y a la costa de Innsmouth.

Padre Dagon y Madre Hidra aparecían descritos como los líderes de la raza subacuática, los Profundos. El gran Cthulhu y su semilla estelar. Los infames “Ahogadores”.

Y aquel que está detrás de más de mil máscaras, Nyarlathotep.

Los Glifos de R’lyeh consumieron las palabras de su novela. Devoraron oraciones, letras, signos de puntuación… Las hojas de la novela se ajaron, se deformaron en legajos amarillentos mientras siniestros dibujos de rituales y vagos bocetos de pesadillas llenaban las páginas.

Annie cerró el libro de sopetón.

—¿Tan malo es? —preguntó el simpático y rechoncho hombrecillo sentado a su lado en el banco, y que estaba echando migas a las palomas.

Annie tardó un par de segundos en contestar… Se sentía cómo cuando has estado mucho bajo el agua y sales a la superficie. Le faltaba el aire.

—No… Es sólo que… ¿Quién es usted?

El hombrecillo le tendió la mano.

—Lucas Mackey.

Annie miró su mano y luego le miró a él. Mackey no apartó la mano, esperó y continuó sonriendo, hasta que la muchacha le devolvió el saludo.

—Ann O’…

—Ann O’Carolan, nacida en Arkham, Maine. Estudió literatura inglesa en la universidad de Miskatonic y actualmente se dedica a… ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿La Caza de Libros?

Annie retiró la mano de Mackey cómo si la mano del rechoncho hombrecillo estuviera electrificada. Buscaba rasgos de la marca de Innsmouth en el rostro bonachón que le sonreía, pero no. Sus ojos eran normales tirando a pequeños, su boca simpática y su piel sudaba por el calor húmedo que imperaba en Nueva Orleans.

—¿Cómo…?

—Tras conocer en Innsmouth a sus compañeros de tropelías juveniles, el señor Connery y la señorita O’Connel, no tardé en encontrar los antecedentes criminales de  los Finns, señorita.

—Me contrarían mucho las personas que me interrumpen al hablar, señor.

Lucas Mackey soltó una simpática risotada.

—Usted a mi jefe le va a encantar.

—No me diga. ¿Y por qué debería visitar a su jefe?

Lo primero en lo que pensó Annie es que le iban a ofertar un trabajo sobre la búsqueda de un libro. Lo segundo que le vino a la mente fue su estudio del Chaat Aquadingen, y en que no podría abandonar esa tarea, de momento.

Lo siguiente en que pensó es que ese tipo no parecía lo que en realidad era.

—Porque mi jefe es el Director del Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos. Y si no viene por las buenas, tendré que sacar las esposas, una orden de detención y montar un numerito… y ninguno queremos eso, ¿verdad, señorita?

En algún lugar de Providence

En ese lugar hay un edificio, un edificio masónico. En ese edificio hay muchas entradas, muchas salidas y muchas son secretas para los miembros más recientes de la orden masónica de Providence a la que Angus Lancaster pertenecía.

Pero si de algo se jactaba Angus era de saber escalar rápidamente en los escalones de cualquier organización. De saber qué decir, cómo decir, cuándo decir y a quién decir las cosas para, poco a poco, ganar poder, admiración, riqueza…

Y lo que más le importaba en ese momento: Conocimiento.

Lo ocurrido en Innsmouth había intrigado a Angus. Monstruos anfibios, religiones prohibidas, magia marina… Los masones tenían muchas bibliotecas que abarcaban grandes conocimientos en el arte arcano, conocimientos prohibidos por las obtusas religiones, y él, Angus Lancaster, estaba en una de esas bibliotecas intentando conseguir información con la que alimentar su hambrienta curiosidad, cuando un tipo entró en esa habitación secreta.

—Hola.

—Hola —contestó Angus, visiblemente alterado.

Bajo la luz del candil que el desconocido traía consigo y del candil que Angus había llevado para poder leer, el arquitecto se sorprendió al descubrir que el visitante no vestía la túnica masona, ni lucía el anillo de su orden, aunque reconocía que su inmaculado traje cruzado se adaptaba a la perfección a su cuerpo robusto, acabado en un rostro estoico y rematado por una cuidada cabellera oscura.

—¿Cómo ha llegado hasta estas… dependencias, señor?

—Agente… Agente Peter Hill—dijo el visitante—, y por lo que se ve, mi superior tiene contactos dentro de los círculos masónicos, señor Lancaster. Contactos muy influyentes.

—¿Puedo… saber quién es su superior, agente Hill?

 

New York, New York

—J. Edgar Hoover —dijo el desconocido.

Patry O’Connel miró con el ceño fruncido al desconocido que se había presentado rodeado de tres coches patrullas y al menos una docena de policías de paisano y uniformados, ante la puerta del hotel en el que acababa de desvalijar la caja fuerte de un gordo ricachón al que le gustaba disfrazarse de bebé y recibir azotes en el culo.

Una noche cualquiera para la ladrona de guante blanco, a la que los periódicos que desconocían su verdadero nombre, habían bautizado como “La Gárgola”.

Hasta que se vio rodeada por policías por todas partes, claro, porque normalmente Patry se salía con la suya.

Una trampa, le habían tendido una jodida trampa y Patry estaba de los nervios, más que dispuesta a intentar salir de allí a base de tiros y quizá algún petardazo… hasta que llegó él. Un tipo de apariencia mundana, pero cuyos ojos expelían acero, duro y afilado acero, y al que le rodeaba un halo de intimidación. Patry, siempre tan directa y seductora, sintió vergüenza y cierto temor.

—¿Me… Me tendría que sonar su nombre por algo?

—Se ve que no lee muchos los periódicos, señorita O’Connel. Llevo desde mayo de 1924 al mando del FBI.

—Vaya… sí que he debido de… pasarme de la raya con esto de los robos  y…

—Sus delitos son graves, sí, no lo ponga en duda. Pero no me rebajaría a hablar con una criminal de su clase si no fuera por otro tema, mucho más importante, del que usted tiene bastantes conocimientos.

—Dispare.

—¿Es cierto que hace tres meses aproximadamente, usted y su antigua pandilla de amigos de la infancia, a los que comúnmente, se conocía como los Finns, sembraron el caos en el pueblo de Innsmouth, dejando tras de sí un reguero de asesinatos, heridos y daños a la propiedad?

Patry estuvo tentada de mentir. De mentir como una bellaca. De mentir como la mentirosa profesional que era.

El caso era, que el instinto de Patry le avisó que el tal Hoover iba a ser muy, muy, muy difícil de engañar. Sobre todo cuando le estaba haciendo una pregunta de la que el tipo ya sabía la respuesta.

Patry alzo la mano y miró al cielo.

—Culpable.

—Estupendo. Es justo la persona que necesitamos.

J. Edgar Hoover, director del FBI
J. Edgar Hoover, director del FBI

Huida de Innstmouth (61) Epílogo: Texas… ocho años más tarde

En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas, una camioneta conduce entre sus calles invadidas por torbellinos de arena y plantas rodadoras, tras un par de giros, el conductor aparca frente a un colegio. La puerta se abre y de la camioneta se bajan dos niños de unos seis años, una pareja de gemelos  de cabello rubio y grandes ojos azules.

Les sigue una preciosa niña, de cuatro años, con dos trenzas morenas y abrazada a sus libros del colegio.

—Adiós, pequeñajos —se despide su padre, Brian Burnham, el Finn que robaba coches, que fue tendero en Innsmouth, que intentó robar el Libro de Dagon de la caja fuerte de Thomas Waite, que estuvo retenido en la cárcel de Innsmouth, cerca del Samhain, esa época en la que desparecía gente en el pueblo maldito… y que ahora es un padre de familia que trabaja de cowboy en un rancho cercano—. ¡Warren, eres el mayor! ¡Cuida de tu hermanos!

—¡Pero si somos gemelos! —se quejó Ezra.

—Ya, pero yo nací cinco minutos antes que tú y soy más mayor.

Mientras los hermanos se adentraban en el patio del colegio, la pequeña niña de las trenzas se volvió y correteó hasta la camioneta.

—¡Papá, papá, papá!

—¿Qué te pasa, pequeña Ann-Patrice?

—¿Mamá vendrá a cenar con nosotros esta noche?

La sonrisa de Brian se congeló en su rostro. El muchacho que huyó de Innsmouth ahora es un hombre mucho más delgado, con unas oscuras ojeras bajo sus apagados ojos azules y su peculiar cabello rubio, estaba cada vez más quebradizo… y tan canoso como la barba de tres días que se rascó con aire preocupado.

—Iré a verla esta mañana antes de ir al rancho… a ver cómo se encuentra, ¿vale, pequeña?

—¡Genial! —chilló la niña, subió al coche para propinarle un sonoro beso en la mejilla de su padre y volvió correteando hasta el colegio… Brian consiguió despedirse de su hija sin que le vieran llorar.

Mientras volvía hasta la pequeña granja que tenían a las afueras de la ciudad, se dejó llevar y lloró con un llanto desgarrado, echando afuera todo el dolor que tenía que contener todos los días.

Cuando aparcó la camioneta frente a la granja, se recompuso. Entró por la puerta trasera, que daba a la cocina, lanzó un vistazo a la pila de platos y cacharros que tenía que fregar y resopló disgustado. Preparó unas gachas con leche y mucho azúcar y subió escaleras arriba… hasta el ático.

La puerta del ático estaba cerrada con un monstruoso candado y a su lado había un rifle de cerrojo del calibre 30.06. Brian suspiró, dejó las gachas en el suelo, cogió el rifle y comprobó que estaba cargado. Sacó las llaves del bolsillo, abrió el candado y la puerta.

Ella se había quitado la mordaza.

—No voy a matarte, Brian —gorgoteó la voz de lo que fue Ruth Billingham—. Antes destriparé a la niñita y te haré verlo.

Aún a pesar que el sol de justicia de Texas bañaba la casa con toda su furia, el cuarto estaba a oscuras. En la cama, tumbada boca arriba, atada con correas, estaba su mujer, Ruth, sólo que ya no era la preciosa veinteañera de grandes ojos negros que había salvado de Innsmouth. Su piel estaba reseca, escamada, sus ojos habían perdido los párpados, y cada día la esclerótica estaba cada vez más negra. Su boca se había ensanchado, los labios se habían encogido y los dientes eran cada día más puntiagudo, más afilados… y más largos. Sus manos delicadas se había atrofiado en garras de uñas negras y dedos palmeados.

Pero lo peor era la voz. Lo que decía su voz.

—Y voy a degollar a los niñitos, Brian. Voy a beberme su sangre. Y luego me los comeré. Crudos.

Tras el parto de los gemelos, Ruth había comenzado a cambiar, pequeños cambios de actitud, pequeñas fluctuaciones en el comportamiento… nada destacable. Pero la llegada de la pequeña Ann-Patrice la desmoronó. Cada día era menos Ruth y más…

Más un profundo.

—Tenderé sus cuerpecitos en un altar y les cortaré sus cuellos en honor al gran Cthulhu, ¿me oyes, Brian? Los sacrificaré para regocijo de Dagon e  Hidra. Me bañaré en su sangre. Y te haré mirar, ¿me oyes, querido? ¿Me escuchas, mi amor? A ti nunca te haré daño. No. Nunca. Eres mío y yo soy tuya. Pero a tus pequeños retoños los voy a desmembrar poco a poco. Les oiremos gritar juntos ¿Me oyes? ¿Me oyes?

Brian tembló, notando como algo dentro de él se rompía en pedazos. No sería capaz de dispararla. No sería capaz. Se colgó el rifle al hombro y recogió el tazón de gachas. Con mucho azúcar.

Cómo a Ruth le gustaban.

Foto encontrada en fotosearch.es
Foto encontrada en fotosearch.es

Huida de Innsmouth (60): El último Amanecer de los Finns

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los Finns vieron el amanecer desde el islote que se alzaba en medio del río Miskatonic, el islote en el que el Incidente los separó hace ocho largos años, y en el que ahora se volvieron a unir todos, por última vez.

Patry O’Connel besó en la boca a todos sus amigos, incluidos un abochornado Jacob O’Neil “¡Que me voy a casar, Patry!”, un envalentonado Angus Lancaster “¡Oh, qué demonios! ¡Por los viejos tiempos de indecisión!” y una sorprendida Annie O’Carolan “¿Pero qué demoni…? No ¡Patry, ni se te ocurra! ¡No!”

Colin O’Bannon se relajó durante casi una hora. Casi una hora en la que no estuvo buscando enemigos en las sombras y se permitió bromear con las heroicidades de Angus, la puntería de Jacob, las salidas de tono de Patry y las habilidades de Liam al volante.

Liam McMurdo se sacó una petaca con un buen whisky irlandés, del que bebieron todos, mientras le abrazaban, palmeaban en la espalda y le alababan por su manera de conducir.

Jacob O’Neil y Greg Pendergast se fueron a un lado durante unos minutos, tiempo en el que el reportero le explicó cómo había encontrado la placa de policía que había pertenecido a Bill Forbes.

Thomas Connery consiguió hacer reír a los Finns con las andanzas de un profundo con bombín.

Annie O’Carolan se abrazó a Brian Burnham. Un abrazo más largo que el resto de abrazos que los Finns intercambiaron los unos con los otros. Un abrazo en el que hubo una despedida.

Y Angus Lancaster sacó unos minutos para ir hasta el teléfono público más cercano y hacer unas llamadas.

Cuando volvió, sonreía.

—¿Ya nos has vuelto a vender a la bofia, Lancaster? —siseó Colin, en broma, pero con cierto veneno en su afilada lengua. Angus le mostró el dedo medio.

Brian casi no se separaba de Ruth… la preciosa hija de Warren Billingham había comenzado a salir del shock en el que había estado enjaulada toda la noche y hablaba con voz baja a su enamorado y les dirigía bonitas sonrisas a los amigos que les habían sacado del pueblo maldito.

—Nop… de hecho, he hablado con unos cuantos contactos, de esos que consiguen cosas —dijo Angus al tiempo que palmeaba el hombro de Brian—. Cómo un par de carnets de conducir falsos y una bonita casa en medio del oeste de Texas. Muy lejos del mar.

Brian se abrazó a sus amigos. A todos. Les dio las gracias mil veces. Rió, bromeó, chapurreó en gaélico y lloró. Brindaron por todo. Brindaron por Warren Billingham, por Ezra Blank, por Cillian O’Connel…

El primero en irse de Arkham fue el propio Brian. Le hizo un puente al Dusemberg J, del hijo del juez Randall, y con ese gran coche, Ruth y él huyeron hasta Boston, donde les esperaban los contactos de Angus. Durante los primeros años mandaría, desde Texas, postales y cartas a las direcciones postales de los Finns, narrándoles sus peripecias para adaptarse a su nuevo hogar, informándoles de su nuevo trabajo cómo mozo de cuadras para un ganadero, y cómo acabó siendo todo un cowboy. De la simple, y casi secreta, boda con Ruth Billingham y de los nacimientos de sus primeros hijos: Los gemelos Cillian y Warren, y la pequeña Annie Burnham.

Y luego, casi ocho años después, dejó de escribir…

Pero, para entonces, varios Finns habían dejado de recibir sus cartas porque…

… nunca volvieron a sus direcciones postales para poder recogerlas.

La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias
La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias “Thomas Connery”)

Huida de Innsmouth (59): El parte de bajas de Innsmouth

—El incendio del almacén se ha controlado —continuó el comisario Martin con voz sombría—. Pero… los amigos del tendero, de Burnham, han dejado tras de sí un reguero de destrucción a su paso. Una veintena de muertos y el doble de heridos, y aún no hemos terminado el recuento… Warren Billingham se rebeló y murió. Se ha encontrado la camioneta de los Gorton incendiada en las afueras y… vuestro nieto, el acólito Alaric Marsh fue arrollado por…

—Alaric era un bastardo de Robert —croó la voz de Barbanas Marsh desde un oscuro rincón. El comisario intentaba no mirar en su dirección, el rostro del patriarca de los Marsh estaba más allá de la humanidad… incluso más allá de la monstruosidad de los Profundos. Barbanas Marsh había sido tocado por Cthulhu, por el Durmiente, y era… otra cosa—. Una vergüenza para los sacerdotes de la Orden… Robert tendría que haber estado por encima de sus instintos… Nadie echará de menos a los Gorton, que Lanier y Jakes ocupen sus funciones a partir de ahora. Y Billingham… es una lástima. ¿Cómo están tus hombres, Martin?

—Ropes y Birch están malheridos… pero sobrevivirán, aunque Birch puede que se quede cojo. Zebediah está bien, sólo contusionado.

—Zebediah es un buen muchacho. Llegará lejos.

—Estoy trazando un plan de contingencia por si aparecieran policías estatales o…

—No —espetó la mujer reptil vestida de niña.

El Comisario Martin y Barbanas Marsh volvieron la vista hacia Esther Marsh. La desquiciada hija del patriarca estaba ante la puerta de la habitación del anciano de los Marsh. Llevaba un vestido magenta, con volantes y lazos color blanco, sobre el cual llevaba un delantal de cuero marrón, salpicado de sangre fresca y reseca. En una mano tenía un cuchillo, en la otra un pez muerto.

Y lucía una sonrisa enajenada. Una sonrisa voraz.

—Volverán. Los irlandeses y su magia verde volverán. Y podremos vengarnos.