Huida de Innstmouth (61) Epílogo: Texas… ocho años más tarde

En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas, una camioneta conduce entre sus calles invadidas por torbellinos de arena y plantas rodadoras, tras un par de giros, el conductor aparca frente a un colegio. La puerta se abre y de la camioneta se bajan dos niños de unos seis años, una pareja de gemelos  de cabello rubio y grandes ojos azules.

Les sigue una preciosa niña, de cuatro años, con dos trenzas morenas y abrazada a sus libros del colegio.

—Adiós, pequeñajos —se despide su padre, Brian Burnham, el Finn que robaba coches, que fue tendero en Innsmouth, que intentó robar el Libro de Dagon de la caja fuerte de Thomas Waite, que estuvo retenido en la cárcel de Innsmouth, cerca del Samhain, esa época en la que desparecía gente en el pueblo maldito… y que ahora es un padre de familia que trabaja de cowboy en un rancho cercano—. ¡Warren, eres el mayor! ¡Cuida de tu hermanos!

—¡Pero si somos gemelos! —se quejó Ezra.

—Ya, pero yo nací cinco minutos antes que tú y soy más mayor.

Mientras los hermanos se adentraban en el patio del colegio, la pequeña niña de las trenzas se volvió y correteó hasta la camioneta.

—¡Papá, papá, papá!

—¿Qué te pasa, pequeña Ann-Patrice?

—¿Mamá vendrá a cenar con nosotros esta noche?

La sonrisa de Brian se congeló en su rostro. El muchacho que huyó de Innsmouth ahora es un hombre mucho más delgado, con unas oscuras ojeras bajo sus apagados ojos azules y su peculiar cabello rubio, estaba cada vez más quebradizo… y tan canoso como la barba de tres días que se rascó con aire preocupado.

—Iré a verla esta mañana antes de ir al rancho… a ver cómo se encuentra, ¿vale, pequeña?

—¡Genial! —chilló la niña, subió al coche para propinarle un sonoro beso en la mejilla de su padre y volvió correteando hasta el colegio… Brian consiguió despedirse de su hija sin que le vieran llorar.

Mientras volvía hasta la pequeña granja que tenían a las afueras de la ciudad, se dejó llevar y lloró con un llanto desgarrado, echando afuera todo el dolor que tenía que contener todos los días.

Cuando aparcó la camioneta frente a la granja, se recompuso. Entró por la puerta trasera, que daba a la cocina, lanzó un vistazo a la pila de platos y cacharros que tenía que fregar y resopló disgustado. Preparó unas gachas con leche y mucho azúcar y subió escaleras arriba… hasta el ático.

La puerta del ático estaba cerrada con un monstruoso candado y a su lado había un rifle de cerrojo del calibre 30.06. Brian suspiró, dejó las gachas en el suelo, cogió el rifle y comprobó que estaba cargado. Sacó las llaves del bolsillo, abrió el candado y la puerta.

Ella se había quitado la mordaza.

—No voy a matarte, Brian —gorgoteó la voz de lo que fue Ruth Billingham—. Antes destriparé a la niñita y te haré verlo.

Aún a pesar que el sol de justicia de Texas bañaba la casa con toda su furia, el cuarto estaba a oscuras. En la cama, tumbada boca arriba, atada con correas, estaba su mujer, Ruth, sólo que ya no era la preciosa veinteañera de grandes ojos negros que había salvado de Innsmouth. Su piel estaba reseca, escamada, sus ojos habían perdido los párpados, y cada día la esclerótica estaba cada vez más negra. Su boca se había ensanchado, los labios se habían encogido y los dientes eran cada día más puntiagudo, más afilados… y más largos. Sus manos delicadas se había atrofiado en garras de uñas negras y dedos palmeados.

Pero lo peor era la voz. Lo que decía su voz.

—Y voy a degollar a los niñitos, Brian. Voy a beberme su sangre. Y luego me los comeré. Crudos.

Tras el parto de los gemelos, Ruth había comenzado a cambiar, pequeños cambios de actitud, pequeñas fluctuaciones en el comportamiento… nada destacable. Pero la llegada de la pequeña Ann-Patrice la desmoronó. Cada día era menos Ruth y más…

Más un profundo.

—Tenderé sus cuerpecitos en un altar y les cortaré sus cuellos en honor al gran Cthulhu, ¿me oyes, Brian? Los sacrificaré para regocijo de Dagon e  Hidra. Me bañaré en su sangre. Y te haré mirar, ¿me oyes, querido? ¿Me escuchas, mi amor? A ti nunca te haré daño. No. Nunca. Eres mío y yo soy tuya. Pero a tus pequeños retoños los voy a desmembrar poco a poco. Les oiremos gritar juntos ¿Me oyes? ¿Me oyes?

Brian tembló, notando como algo dentro de él se rompía en pedazos. No sería capaz de dispararla. No sería capaz. Se colgó el rifle al hombro y recogió el tazón de gachas. Con mucho azúcar.

Cómo a Ruth le gustaban.

Foto encontrada en fotosearch.es
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