La Redada (1) El Reclutamiento

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Gatos y Ratones en Boston

Colin O’Bannon sabía que le seguían.

No era su fundamentada manía persecutoria, era la pura realidad. Dos hombres llevaban siguiéndole desde hacía una semana, dos hombres grandes, con gabardinas y sombreros de ala ancha. Dos tipos duros con pintas de matones.

Y desde hacía veinte minutos, los tipos sabían que Colin lo sabía.

Llevaban jugando al gato y al ratón desde que el tahúr salió de una timba de póker en las cocinas del Ritz de Boston. Uno de los tipos había sido descuidado y Colin le había visto claramente, así que la pareja de perseguidores comenzó a ir a saco a por el pelirrojo, que primero intentó despistarles entre callejones retorcidos, locales llenos de gente y  calles muy transitadas, pero no hubo forma, siempre aparecía uno de los dos tipejos en un extremo u otro de la calle, siempre acababa sintiendo sus miradas clavadas en la nuca y nunca terminaba de darles esquinazo, nunca.

Mientras se internaba en un oscuro callejón, apretó el revólver del calibre 32 que llevaba en el bolsillo de la gabardina. La emprendería a tiros, que remedio… con lo cerca que estaba de conseguir el dinero para pagar la deuda…

Colin no se cortó, no fue precavido, ni buscó salidas de emergencia. Un callejón estrecho, el vapor emergiendo de las alcantarillas, poca luz y la única salida estaría tras los dos tipos que le seguían.

Le iba a echar pelotas.

Fue en ese momento, cuando la paranoia de Colin abrió otra puerta… ¿Y si no eran quienes él creía que eran? ¿Y si no venían buscando el dinero que debía? ¿Y si se encontraba con rostros de ojos grandes, bocas anchas y piel escamada? ¿Y si aparecían dos tipos con la marca de Innsmouth y ganas de vengarse?

“A la mierda” pensó Colin O’Bannon, bajó el percutor de su revólver y esperó.

Los perseguidores se quedaron sorprendidos cuando llegaron y se encontraron al hijo del gangster, Danny O’Bannon, de pie en medio de un callejón con las manos en los bolsillos.

—¿Es así cómo va a ser? —preguntó Colin.

Les dio un instante para que le contestaran, para que hicieran el amago de llevarse las manos a sus armas, pero apareció el tercero.

El desconocido.

El verdadero gato que había estado jugando con todos esos ratoncitos.

Antes de que Colin o sus dos perseguidores desenfundaran, el tercer hombre, un tipo alto y larguirucho, vestido con una cutre gabardina y un flexible sombrero puesto de medio lado, dio una larga calada a su cigarrillo llamando la atención de todo el mundo.

Sin mediar palabra sacó una pistola automática del calibre 45 y le voló la tapa de los sesos al hombre de la derecha. El otro tipo intentó sacar su pistola, al igual que Colin la suya, pero el fumador también había sacado otra cosa.

Una placa de policía.

—Agente del tesoro, gilipollas —dijo con la colilla humeando entre sus finos labios.

Colin dudó. Su perseguidor también. El fumador no, y le descerrajó un tiro en las tripas al último perseguidor de Colin. No parecía haberle matado, pero le dejó hecho un guiñapo en el suelo.

—O’Bannon —siseó el agente del tesoro, sin quitarse la colilla de la boca—Me llamo Ashbrook, debes venir conmigo, si quieres vivir.

Y Colin nunca tuvo la seguridad de saber si lo dijo con ánimo de protegerle o porque le estaba amenazando.

Un taller mecánico en Queens

Liam había perdido su Packard Twin Six en la Huida de Innsmouth pero a cambio, Brian había robado un viejo pero eficiente Buick D-45 que, tras sobrevivir al incendio del cóctel incendiario de los Gorton, había necesitado un par de reparaciones para poder servirle de algo a Liam.

Había podido terminar un par de “trabajitos” con este coche, pero echaba de menos la fuerza de su fiel Packard.

Estaba echando una mano en el taller de Queens al que acudía para cambiar sus servicios de mecánico por poder echarle un par de horas de cuidados a su coche, cuando apareció un tipo  delgado, paliducho y rubio, que llevaba la ropa arrugada y tenía aspecto de estar muy cansado. Cojeaba de la pierna derecha y miraba por todo el taller con la fijeza de un ave de presa, cuando su vista se clavó en sus quemaduras, Liam comenzó a sentirse incómodo y no tardó en evolucionar a estar molesto.

—Liam McMurdo —no fue una pregunta. Liam salió de debajo del coche que estaba reparando, cubierto de grasa y hollín, observó como el jefe del taller y otro par de mecánicos se hacían a un lado, al tiempo que agarraba una llave inglesa.

—Eso dicen —siseó Liam, preparándose para lo que pudiera devenir.

—También dicen que es muy bueno conduciendo coches —contestó el delgaducho. Liam entrecerró los ojos.

—Lo era.

—Por lo que me han dicho, lo es. Me llamo Mathew Cohle y mi bureau quizá requiera de sus servicios

—¿Qué coño es un buró?

Oficinas del Baltimore Xtrange, Baltimore.

—El Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos de América, señor Pendergast.

—¿El FBI? ¿Es usted del FBI?

El agente Woody Hart era un tipo grande, fornido y no dejaba de sonreír, aún a pesar de que Greg Pendergast estaba casi convencido de que le estaban deteniendo.

—¿Todo esto tiene que ver con las fotos que el Baltimore Xtrange ha publicado sobre el caso Voltoni? —preguntó Greg algo preocupado.

Había sobornado a un contacto suyo en la policía metropolitana para poder entrar en la escena del crimen y hacerle unas jugosas fotos al cuerpo tiroteado del capo Voltoni, las cuales habían causado mucho revuelo durante la semana anterior. Aunque soltar diez o veinte dólares a un policía era una medida habitual, siempre te encontrabas con algún policía al que no le hacía gracia recibir o ver como otros recibían sobornos.

—¿Voltoni? Qué va, amigo. ¡Qué va! —espetó Hart al tiempo que soltaba una carcajada—. A mi jefe no le hacen gracia los sobornos, ni siquiera los pequeños, eso se lo digo desde ya… Pero no vengo  por esa minucia, no. A nosotros lo que nos interesan son unas fotos que tomó hace unos meses, en un pequeño pueblecito pesquero del Valle del Miskatonic.

Greg intentó poner cara de póker. Greg no era Colin O’Bannon. El agente Woody Hart sonrió.

—Creo que nos vamos comprendiendo, ¿verdad?

Barracones del USS Providence en Plymouth

—Se presenta el infante de marina, Thomas Connery, señor.

—Descanse, soldado —informó el teniente de navío.

Junto al teniente, impecable en su traje blanco había otro hombre, un tipo trajeado en negro, con cara de bulldog y un ceño de los que siempre están fruncidos.

—Le presento al superintendente Albert Ryan, de la agencia del Tesoro. Al parecer el señor Ryan le quiere hacer unas preguntas.

—Yo no voy a hacerle ninguna pregunta, señor Connery —espetó Ryan al tiempo que sacaba un pulcro sobre que depositó ante el atónito teniente de Thomas—. Yo le voy a ordenar que me acompañe hasta Boston, donde mi superior, sí, le hará unas preguntas.

—¿Estoy… detenido?

—De momento no… está invitado. Ya sabe. Una de esas invitaciones que no se deben rechazar.

Comisaria de Bangor, Maine

Jacob O’Neil acababa de entrar en la comisaria sujetando por las esposas a Connor “Monaguillo” McKennah, un delincuente habitual de la zona, que le recordaba tanto a él hace quince años que no sabía si reír por la ironía o llorar por la hipocresía.

Mientras lo conducía hacia los calabozos el sargento de guardia le avisó.

—Tienes visita, O’Neil.

—¿Darlene?

—Que va, no es tu mujer. Es uno de esos guapitos de la agencia del tesoro. ¿Has solicitado un traspaso?

No era una pregunta capciosa, ni malintencionada. Toda la comisaría recordaba que Bill Forbes fue agente del Tesoro y no volvió.

—Para nada.

—Pues lo mismo es algo sobre Bill… Deja, que yo me encargo de este cenutrio.

Jacob caminó hasta su mesa, donde estaba sentado un joven en traje, delgado y con aspecto nervioso. Toqueteaba las fotos de Jacob, la mesa, ojeaba algún informe, tamborileaba sobre los apoyabrazos.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó Jacob.

—Oh, sí, claro. ¿Qué hay, sargento O’Neil? Mi nombre es Eddie Drotos. Agente. Agente Eddie Drotos del Departamento del Tesoro.

Jacob no dijo nada. Continúo de pie ante su mesa, ante su silla ocupada por ese joven de aspecto nervioso que le sonreía cándidamente. Drotos tampoco dijo nada, continuó mirándole y sonriendo.

Así durante unos largos e incómodos segundos.

—¿Y ha venido aquí para…? —arrancó Jacob.

—Oh, sí, claro. Vengo por lo de Innsmouth, por supuesto.

Parque de Nueva Orleans

Annie O’Carolan estaba sentada en un banco del parque de Nueva Orleans, frente al museo de Arte cuyas puertas se habían abierto hace 18 años. Estaba leyendo un libro, una novela cómica. Algo con lo que pudiera alejarse de esos retorcidos símbolos que llenaban su cabeza. Los glifos de R’lyeh que llevaba meses estudiando en el Chaat Aquadingen.

Llevaba analizado un tercio del volumen, un libro desconocido para ella y por lo que sabía, desconocido para el mundo. Un libro en el que se describía todo una historia ajena para la humanidad, una historia de subespecies, monstruos y dioses submarinos. Las ciudades submarinas cercanas a Ponapé, a la costa de Alaska, al Mar del Norte británico, al Océano Índico…

Y a la costa de Innsmouth.

Padre Dagon y Madre Hidra aparecían descritos como los líderes de la raza subacuática, los Profundos. El gran Cthulhu y su semilla estelar. Los infames “Ahogadores”.

Y aquel que está detrás de más de mil máscaras, Nyarlathotep.

Los Glifos de R’lyeh consumieron las palabras de su novela. Devoraron oraciones, letras, signos de puntuación… Las hojas de la novela se ajaron, se deformaron en legajos amarillentos mientras siniestros dibujos de rituales y vagos bocetos de pesadillas llenaban las páginas.

Annie cerró el libro de sopetón.

—¿Tan malo es? —preguntó el simpático y rechoncho hombrecillo sentado a su lado en el banco, y que estaba echando migas a las palomas.

Annie tardó un par de segundos en contestar… Se sentía cómo cuando has estado mucho bajo el agua y sales a la superficie. Le faltaba el aire.

—No… Es sólo que… ¿Quién es usted?

El hombrecillo le tendió la mano.

—Lucas Mackey.

Annie miró su mano y luego le miró a él. Mackey no apartó la mano, esperó y continuó sonriendo, hasta que la muchacha le devolvió el saludo.

—Ann O’…

—Ann O’Carolan, nacida en Arkham, Maine. Estudió literatura inglesa en la universidad de Miskatonic y actualmente se dedica a… ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿La Caza de Libros?

Annie retiró la mano de Mackey cómo si la mano del rechoncho hombrecillo estuviera electrificada. Buscaba rasgos de la marca de Innsmouth en el rostro bonachón que le sonreía, pero no. Sus ojos eran normales tirando a pequeños, su boca simpática y su piel sudaba por el calor húmedo que imperaba en Nueva Orleans.

—¿Cómo…?

—Tras conocer en Innsmouth a sus compañeros de tropelías juveniles, el señor Connery y la señorita O’Connel, no tardé en encontrar los antecedentes criminales de  los Finns, señorita.

—Me contrarían mucho las personas que me interrumpen al hablar, señor.

Lucas Mackey soltó una simpática risotada.

—Usted a mi jefe le va a encantar.

—No me diga. ¿Y por qué debería visitar a su jefe?

Lo primero en lo que pensó Annie es que le iban a ofertar un trabajo sobre la búsqueda de un libro. Lo segundo que le vino a la mente fue su estudio del Chaat Aquadingen, y en que no podría abandonar esa tarea, de momento.

Lo siguiente en que pensó es que ese tipo no parecía lo que en realidad era.

—Porque mi jefe es el Director del Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos. Y si no viene por las buenas, tendré que sacar las esposas, una orden de detención y montar un numerito… y ninguno queremos eso, ¿verdad, señorita?

En algún lugar de Providence

En ese lugar hay un edificio, un edificio masónico. En ese edificio hay muchas entradas, muchas salidas y muchas son secretas para los miembros más recientes de la orden masónica de Providence a la que Angus Lancaster pertenecía.

Pero si de algo se jactaba Angus era de saber escalar rápidamente en los escalones de cualquier organización. De saber qué decir, cómo decir, cuándo decir y a quién decir las cosas para, poco a poco, ganar poder, admiración, riqueza…

Y lo que más le importaba en ese momento: Conocimiento.

Lo ocurrido en Innsmouth había intrigado a Angus. Monstruos anfibios, religiones prohibidas, magia marina… Los masones tenían muchas bibliotecas que abarcaban grandes conocimientos en el arte arcano, conocimientos prohibidos por las obtusas religiones, y él, Angus Lancaster, estaba en una de esas bibliotecas intentando conseguir información con la que alimentar su hambrienta curiosidad, cuando un tipo entró en esa habitación secreta.

—Hola.

—Hola —contestó Angus, visiblemente alterado.

Bajo la luz del candil que el desconocido traía consigo y del candil que Angus había llevado para poder leer, el arquitecto se sorprendió al descubrir que el visitante no vestía la túnica masona, ni lucía el anillo de su orden, aunque reconocía que su inmaculado traje cruzado se adaptaba a la perfección a su cuerpo robusto, acabado en un rostro estoico y rematado por una cuidada cabellera oscura.

—¿Cómo ha llegado hasta estas… dependencias, señor?

—Agente… Agente Peter Hill—dijo el visitante—, y por lo que se ve, mi superior tiene contactos dentro de los círculos masónicos, señor Lancaster. Contactos muy influyentes.

—¿Puedo… saber quién es su superior, agente Hill?

 

New York, New York

—J. Edgar Hoover —dijo el desconocido.

Patry O’Connel miró con el ceño fruncido al desconocido que se había presentado rodeado de tres coches patrullas y al menos una docena de policías de paisano y uniformados, ante la puerta del hotel en el que acababa de desvalijar la caja fuerte de un gordo ricachón al que le gustaba disfrazarse de bebé y recibir azotes en el culo.

Una noche cualquiera para la ladrona de guante blanco, a la que los periódicos que desconocían su verdadero nombre, habían bautizado como “La Gárgola”.

Hasta que se vio rodeada por policías por todas partes, claro, porque normalmente Patry se salía con la suya.

Una trampa, le habían tendido una jodida trampa y Patry estaba de los nervios, más que dispuesta a intentar salir de allí a base de tiros y quizá algún petardazo… hasta que llegó él. Un tipo de apariencia mundana, pero cuyos ojos expelían acero, duro y afilado acero, y al que le rodeaba un halo de intimidación. Patry, siempre tan directa y seductora, sintió vergüenza y cierto temor.

—¿Me… Me tendría que sonar su nombre por algo?

—Se ve que no lee muchos los periódicos, señorita O’Connel. Llevo desde mayo de 1924 al mando del FBI.

—Vaya… sí que he debido de… pasarme de la raya con esto de los robos  y…

—Sus delitos son graves, sí, no lo ponga en duda. Pero no me rebajaría a hablar con una criminal de su clase si no fuera por otro tema, mucho más importante, del que usted tiene bastantes conocimientos.

—Dispare.

—¿Es cierto que hace tres meses aproximadamente, usted y su antigua pandilla de amigos de la infancia, a los que comúnmente, se conocía como los Finns, sembraron el caos en el pueblo de Innsmouth, dejando tras de sí un reguero de asesinatos, heridos y daños a la propiedad?

Patry estuvo tentada de mentir. De mentir como una bellaca. De mentir como la mentirosa profesional que era.

El caso era, que el instinto de Patry le avisó que el tal Hoover iba a ser muy, muy, muy difícil de engañar. Sobre todo cuando le estaba haciendo una pregunta de la que el tipo ya sabía la respuesta.

Patry alzo la mano y miró al cielo.

—Culpable.

—Estupendo. Es justo la persona que necesitamos.

J. Edgar Hoover, director del FBI
J. Edgar Hoover, director del FBI
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