La Redada (3) El Proyecto Alianza

Thomas Connery no esperó la respuesta de ninguno de sus compañeros, alcanzó uno de los documentos y firmó en él sin dudarlo.

El resto de los Finns no le imitaron.

―No se les aprecia muy conformes a lo que el director Hoover ha explicado ―siseó el Superintendente Ryan, muy atento a las reacciones de los Finns.

―No nos malinterprete, superintendente Ryan ―empezó Angus Lancaster― pero volver a Innsmouth no es algo que nos atraiga por muy nobles que sean las causas.

―Y no es porque tengamos miedo ―argumentó Liam McMurdo.

―Que lo tenemos ―gruñó Colin O’Bannon―. Y no es para menos.

―No es por eso, o por falta de patriotismo… ―comenzó Jacob O’Neil intentando relajar los ánimos―. Pero es que en Innsmouth hay más cosas que una banda de delincuentes.

―De lo que no ha hablado el señor Hoover ―comenzó Greg Pendergast―, es de las criaturas que habitan en ese pueblo.

―¿Criaturas? ―preguntó el Superintendente Ryan, pero a más de un Finn no se les escapó la mirada cómplice que se dedicaron el agente Lucas Mackey yJ. Edgar Hoover.

―Monstruos anfibios ―contestó Greg, muy serio. El recuerdo de Fregg y su ¿mami? le produjo un escalofrío―. Criaturas mitad humana, mitad batracio. Algunos los llaman profundos y son… los hijos del mar, la progenie del dios al que adoran en la secta de la Orden Esotérica de Dagón.

El superintendente Ryan soltó un bufido.

―¿Los demonios del mar, verdad? ―Ryan sacó un folio de una carpeta que tenía entre los brazos―. Leyendas y supersticiones basadas en el siniestro aspecto ocasionado por las deformidades que han asolado esa ciudad, derivadas por la endogamia, o parte de la táctica de miedo y ocultación en la que se edifica la Orden Esotérica de Dagon.

―Sus leyendas se mueven, saltan y tiene garras afiladas, superintendente ―espetó Colin―. Yo no voy a irme a una misión suicida con un montón de gente que no escucha a sus asesores.

―Para eso les pedimos ayuda, señor O’Bannon ―intervino Hoover―. Porque sabemos que hay más cosas en Innsmouth y precisamos de cualquier aporte que nos vayan dando.

―¿Incluso los que resulten increíbles? ―preguntó Annie O’Carolan.

―Incluso esos ―contestó Hoover con firmeza.

Todos los Finns miraron al director del FBI, que no apartó la mirada de ninguno de ellos.

Tal era su convicción, que todos los Finns se acercaron hasta los documentos de secreto y los firmaron. Cuando hasta el último de los Finns hubo firmado, el agente Mackey se acercó hasta ellos y los fue felicitando efusivamente, uno a uno.

―Vengan con nosotros ―ordenó el Superintendente Ryan.

Los tres agentes federales les acompañaron hasta una sala de reuniones donde les esperaban seis hombres:

El Capitán Anthony Corso, de Infantería de Marina, un joven de rostro redondo, algo fofo, que lucía un impecable uniforme de marina donde se apreciaba una insignia en particular, un águila con las alas extendidas sobre un escudo triangular de la bandera norteamericana y un casco espartano atravesado por una espada, una insignia de haberse matriculado en West Point.

El Doctor Ravana Najar, era parapsicólogo. Se trataba de un hindú diminuto, de cincuenta y tantos. Vestido de blanco, camisa de cuello alto, turbante, unos enormes anteojos que le daban aspecto de mantis religiosas y hablaba con un simpático acento.

El Teniente Eric Doud, también de Infantería de Marina, era joven, guapo, gallardo, fuerte, con una sonrisa que destilaba soberbia en su mandíbula heroica y vestido con el uniforme de faena. Preparado para la acción.

El Capitán de fragata Stephen Hearst, de la Guardia Costera, tendría casi sesenta años, uniforme de la marina inmaculado, ojos gris acero. Un rosario colgaba del bolsillo de su pantalón y una pequeña biblia abultaba el bolsillo sobre su corazón.

El Coronel James Rothler, de la Oficina de Inteligencia de la Marina y al mando del “Proyecto Alianza”, el nombre en clave de la redada a Innsmouth, era un hombre cercano a los 60 años, también vestido con un inmaculado uniforme de la marina… pero en este caso, Rothler era altísimo, imponente, tenía un poderoso mostacho, una gran calva y sus carcajadas eran las de Zeus o las de Thor. Estaba fumando un puro enorme.

Por último, les presentaron al Agente Drew, del Servicio Secreto, una figura alta y espigada, situada al fondo de la sala, con traje negro, piel pálida, cabello oscuro peinado hacia atrás y que fumaba apaciblemente un cigarrillo.

Edgar Hoover presentó a los Finns y finalizó la exposición diciendo:

― Al igual que el Dr. Najar, serán “Asesores Civiles Especiales” que se han ofrecido generosamente para prestar su ayuda al gobierno.

Todos tomaron asiento, a excepción de Ryan y el Coronel Rothler. Lucas Mackey cerró la puerta, mirando si había alguien afuera, y se sentó junto a Hoover. El Coronel Rothler sacó una petaca bajo su uniforme y se la mostró a Hoover, pidiendo permiso, el jefe del bureu, se volvió hacia el agente Mackey.

―Dispongo de una botella de whiskey irlandés de primera en mi mesa―dijo Mackey―, si a alguien le apetece.

―¿A qué está esperando, maldición? ―repuso Rothler antes de guardarse su petaca.

Mackey tardó sólo unos segundos en traer su whiskey y varios vasos. Sólo el Doctor Najar, el superintendente Ryan y  J.Edgar rechazaron la bebida. Entre los Finns, Annie, Jacob y Thomas no aprovecharon el whiskey.

―Por la victoria ―brindó Rothler―. ¡Por el Proyecto Alianza! ¡Salud!

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