“Sin Mayores” a imprenta

Mi relato “Sin Mayores”, que fue uno de los escogidos del Concurso Evil Children, formará parte de la antología “Hijos del Mal” de la editorial Egarbook.

En esta antología en la que comparto cartel con el resto de escogidos de Evil Children, hay una veintena de relatos con niños malévolos cómo protagonistas. De hecho, mis peques son una inquietante pareja de supervivientes a un apocalipsis zombie.

El Niño disfrazado de cowboy estaba acuclillado ante el cadáver de la dependienta del supermercado y lo miraba con una imperturbable expresión de seriedad. El Niño no lo sabía, pero era la misma expresión que ponía cuando miraba a las hormigas a través de una lupa y movía el vidrio para que la luz incinerase a los insectos, sin saber a ciencia cierta si lo que hacía estaba mal o no, si debía disfrutar o sentirse avergonzado.

Total, ya la había matado.

Otra vez.

Portada de "Hijos del Mal", de la Editorial Egarbook
Portada de “Hijos del Mal”,                                          de la Editorial Egarbook

Además de los relatos, hemos contado con un nutrido grupo de ilustradores que han dibujado escenas de cada historia. La de “Sin Mayores” la realizó Álvaro Pino, y me encanta.

Y para terminar, lo que se recaude con la antología se destinará a entidades benéficas y solidarias. Vamos, que toda esta publicidad es para una buena causa ¡Seguiremos informando!

Más información en http://www.egarbook.com/

—Él te dijo que no queríamos mayores —sentenció la Niña.

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La Redada (11) Tiroteo en New Church Green

ORDEN ESOTÉRICA DE DAGON

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                        ―                           Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                           Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                           Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                               ―                           Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                          ―                           Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (Jugador de Fútbol Americano) ―                      Hernan

Liam McMurdo (Conductor)                                                                     ―                           Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                                  ―                           Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)

―Lo de la escuadra Apod comenzó como una broma por el cabo Ditullio que fue boxeador ―les informó el soldado de primera Drake, alias “Estatua” ―.  Era su apodo en los Golden Gloves.

Drake y Ditullio… o “Estatua” o “The Kid” cómo preferían llamarse estaban cortados por el mismo patrón aún a pesar de ser de estados muy distintos. Ambos eran altos, fuertes, tenían el pelo engominado y un retorcido tupé. The Kid mascaba chicle y Estatua, tabaco. Y Ditullio tenía enrollado al puño un rosario de perlas plateadas mientras murmuraba una silenciosa oración.

―Pero que no os engañe el rosario. ¡Al tipo le gusta hacer sangrar a sus rivales! ―aulló “El Muro” Rondale, un toro que sacaba una cabeza al resto de la escuadra y al que habían bautizado así durante su época de defensa de fútbol americano en el instituto.

Angus Lancaster y Liam McMurdo no dejaron escapar lo emocionado que parecía el muchacho ante la idea de entrar en combate mientras Drake continuaba presentando a la escuadra Apod que les acompañaba en el camión, y con los que asaltarían la Orden Esotérica de Dagon.

Lo de Apod era porque cada miembro de la escaudra tenía un apodo… o estaba esperando a que le pusieran uno.

―Ese tan callado de ahí es “Bullseye” Dalton ―el soldado se encendió un cigarrillo bajo su recortado bigote y les dedicó un saludo―. Era granjero en Iowa y cazador de ciervos. Donde pone el ojo, pone una bala. No falla nunca.

Tras darle una calada, Bullseye le cedió el cigarrillo a su compañero, un pelirrojo grande con sonrisa canalla y unos maliciosos ojos verdes.

―Bullseye os saluda ―dijo el bigotudo.

―”Leprechaun” O’Brien es de vuestra tierra―continuó Estatua― Un irish con la mano muy larga.

―¡Eh! Qué tengo que dar de comer a tres hijos y una mujer ―bromeó Leprechaun, consiguiendo que los soldados estallasen en carcajadas―. ¿Ya les has contado porqué te llamamos Estatua, Drake?

―¡Joder!, mira que os gusta malmeter ―Drake escupió un salivazo de tabaco a los pies de Angus que le miró con desagrado, pero el soldado ni se inmutó―. Fui pitcher en el instituto. De los mejores. Al llegar aquí me daba aires y durante un partido contra la escuadra Sky, me tocó salir a batear y… bueno… me quedé congelado. Paralizado. Tres strikes y no moví ni un puto músculo. Y desde entonces los cabrones no paran de recordármelo.

Angus estaba incómodo, Liam lo percibía. Él no. Se respiraba mucha camaradería en la parte trasera de ese camión y ninguno de los presentes le había señalado y le había mirado las quemaduras con desagrado. “Una herida de guerra, pensarán”. El caso es que Liam se sentía de nuevo como si hubiera vuelto al instituto. Quizá por eso Angus no estaba a gusto. Era como estar en el vestuario de chicos, pero vestidos. Liam señaló al último de los miembros de la escuadra Apod, un joven pequeño y algo paliducho que llevaba el casco puesto y unas grandes gafas de montura metálica.

―¿Y cuál es el apodo de ese? ―preguntó.

―No… El cabo interino Rowan no tiene apodo ―contestó Drake―. Pensamos en llamarle Doctor Loco porque estaba estudiando ingeniería química en la universidad… pero aún no se ha ganado el apodo.

El camión se detuvo y la aguda voz del capitán Corso ordenó a los soldados bajar y desplegarse. Angus y Liam siguieron a Estatua y a Leprechaun por el terreno nevado hasta alcanzar la rivera congelada del río Manuxet.

―¿Los de la otra escuadra también tienen apodos? ―preguntó señalando a la eficiente escuadra Sky, capitaneada por el fiero sargento Kowalsky.

― Al sargento Kowalsky, y le llamabamos Sarge durante la instrucción, pero el resto no tienen apodos y no les vendría mal a toda esa panda de polacos ―un miembro de la escuadra Sky le hizo un corte de mangas y Estatua le alzó el dedo medio entre risitas― Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky, Prochowsky, Davronowsky… salvo el soldado Hammer, el experto en explosivos, todos son nosequésky…

―Y por eso son la escuadra Sky.

―Bingo.

―Pensaba que eran Sky porque serían los primeros en llegar al cielo.

―¡Silencio, tropa! ―ordenó Sarge Kowalsky, consiguiendo un silencio sepulcral. El Capitán Corso llegó hasta ellos.

―Muy bien soldados. Nos desplazaremos sobre la superficie helada del Manuxet hasta Federal st, donde subiéramos por la calle hasta New Church Green, en cuyos aledaños está la Orden Esotérica de Dagon. Esperamos no encontrar resistencia pero se ha ordenado no disparar a no ser que sea necesario. Esto es muy importante. Ahora usen cuchillos y la culata de sus rifles.

Hubo varias quejas entre los soldados, pero los que no sacaron sus cuchillos, calaron bayonetas en sus rifles. Liam chequeó la Colt 45 que llevaba a la cintura, sobre el grueso abrigo blanco que le habían cedido. A Angus le ofrecieron un rifle, pero argumentó que era mejor con las escopetas y tuvo suerte, Leprechaun sacó de la nada una escopeta de trinchera de galga 12, con 20 postas. Angus era un espectáculo extraño, con su escopeta al hombro y apoyado en su bastón estoque.

―¿Todo bien asesores? ―preguntó el capitán Corso a Liam y Angus, que asintieron enérgicamente―. Muy bien, escuadra Apod al frente. Escuadra Sky en retaguardia. ¡Vamos!

Anduvieron en fila de a dos por la congelada superficie del Manuxet y tras una buena caminata, dejaron tras de sí la rivera más boscosa para internarse en la parte más industrial del río. Fábricas abandonadas surgieron en los laterales, mirándoles como buitres.

Todo estaba tranquilo. Muy tranquilo.

Llegaron hasta el puente que los Finns hundieron durante su huida de Innsmouth. Los habitantes no habían hecho nada por reparar la dañada estructura. Corso preguntó a Angus y a Liam sobre eso, sólo para confirmar si estaban donde debían de estar, y continuaron avanzando entre los escombros congelados.

Llegaron hasta una cascada y comenzaron a descender por ella. Bullseye, The Kid Ditullio y Liam se resbalaron y cayeron sobre la fría superficie, escuchando como el hielo crujía tétricamente bajo su peso.

Corso, que había bajado con mucha pericia, ordenó a los soldados ocultarse bajo el siguiente puente… donde había otra cascada.

―¿A qué luces de Washington se le ha ocurrido este paseíto? ―se quejó The Kid Ditullio cuando de nuevo perdió pie y dio de bruces en el hielo.

―Bullseye imagina que debió de ser un chupatintas que estará muy calentito en su puta casa ―siseó Bullseye Dalton que también se había caído.

Corso ordenó callar mientras ayudaba a Liam a ponerse en pie.

Angus miraba hacia arriba de la rivera con los ojos entrecerrados.

―¡Capitán Corso! ―espetó Angus.

―¡He dicho que silencio, maldita sea!

―Pero capitán…

―Señor, Bullseye también está oyendo algo ―informó Bullseye alzando su rifle hacia la rivera.

Corso se quedó petrificado. Todos los de la escuadra Apod alzaron sus cabezas hacia arriba, escuchando cada vez con más claridad unas voces cantando… o croando. Liam se volvió hacia Angus.

―¿Había algún rito o algo que se celebrase en Febrero? ―Angus negó con la cabeza.

―Y tampoco es sábado, no sé qué coño es esa… procesión.

―¡Capitán Corso, órdenes! ―exigió The Kid Ditullio.

Corso dudó. Paladeó algunas palabras hasta que consiguió decir algo.

―¡Ocúltense… todos a cubierto y ocúltense!

Algunos, como el cabo interino Rowan o Angus, se escondieron prodigiosamente en la poca maleza que creía en la nefanda orilla del río. Otros como el gigantesco soldado Rondale, quedaron expuestos.

Bajo la pálida luz de la luna que agonizaba en el horizonte apareció una procesión de seis marcados de Innsmouth que llevaban un séptimo hombre en volandas. Un hombre que se retorcía entre espasmos. Un hombre que era muy poco hombre. Le transportaban desnudo, su piel blancuzca era escamada, no tenía cabello alguno y sus enormes ojos carecían de párpados. Su enorme boca plagada de colmillos abisales se abría buscando aire, mientras las cicatrices que había en su cuello no se abrían transformándose en las branquias en las que se iban a convertir.

―Pero qué cojones es eso ―escupió Estatua Drake,  cuando la escuadra Apod veía al dirigente de la comitiva, un enorme profundo de piel azulada que se arrastraba las zarpas delanteras por el suelo y se desplazaba con lentas zancadas mientras croaba un triste ulular… hasta que vio al soldado Rondale.

El profundo se alzó en dos patas y rugió. Rondale, petrificado ante el monstruo que hundía sobre él unos fieros ojos amarillos, arrojó su fúsil y aullando como un animal cargó contra el monstruo.

―¿¡Adónde coño vas, Muro!? ―gritó el cabo The Kid Ditullio, pero era tarde, Rondale no oía, no escuchaba. Solo quería aplastar con sus propias manos a esa pesadilla subacuática.

Y el sentimiento del monstruo era mutuo, pues cargó sobre el soldado andando y saltando como un gorila, barboteando y gruñendo, sin embargo sus movimientos eran lentos, cansinos, agotados. Rondale bajó la cabeza y hundió el hombro contra el abotargado vientre de la criatura en medio de la rivera y ambos cayeron rodando por el suelo, enzarzados en una refriega de golpes y mordiscos.

Los seis insmouthitas se quedaron petrificados ante la repentina aparición de Rondale y su enfrentamiento cuerpo a cuerpo contra el profundo… ¿quién era ese desconocido que había atacado a uno de los suyos? Antes de que pudieran salir de su estupor, el capitán Corso se alzó desde su escondrijo gritando:

―¡Evitad que huyan! ¡Sin disparos! ¡Sin disparos!

El cabo interino Rowan emergió de la oscuridad enarbolando un cuchillo de combate que clavó en la espalda de uno de los innsmouthitas más adelantados al grupo, que se revolvió y sacó una navaja. Su tajo no hirió al cabo, pero puso tierra de por medio entre los dos. Estatua Drake apareció tras Rowan y cargó contra los cuatro marcados que transportaban al que se estaba transformando, placando a uno de ellos, haciéndoles perder el equilibrio y soltando el cuerpo que sostenían, que rodó por la rivera hasta acabar a los pies de Angus Lancaster.

Angus miró sobrecogido al híbrido entre humano y profundo que no había terminado su transformación. Se agitaba entre espasmos, intentando respirar pero sin poder hacerlo porque no estaba en el agua. Miró con ojos vidriosos a Angus y alzó una mano de dedos palmeados hacia él, suplicando ayuda entre agónicos jadeos.

Angus no lo dudó, sacó el estoque de su bastón y lo hundió piadosamente bajo la garganta de la criatura.

Liam se lanzó sobre el resto de asustados innsmouthitas, forcejeó con uno de ellos y le descargó un golpe en la garganta, rompiéndole la traquea. El marcado cayó de rodillas y murió entre estertores. Bullseye apareció tras otro y de un rápido tajo le cortó el cuello de lado a lado. Leprechaun descargó un buen puñetazo a otro.

Rondale continuaba sobre el profundo descargando incesantes puñetazos sobre su anfibio rostro, sin importar que las zarpas de la criatura estuvieran desgarrando su abrigo y también la carne de su espalda.

― ¡Seguid la jugada! ―aullaba el Muro Rondale, fuera de sí, riendo como un loco― ¡Seguid la jugada! ¡Seguid la jugada!

Uno de los innsmouthitas intentó trepar por la rivera, pero resbaló por el suelo embarrado, yendo a parar ante The Kid Ditullio que le descargó un juego de practicados y violentos puñetazos, que le reventaron la cabeza.

Uno degollado, dos más muertos a puñetazos, el profundo enzarzado en una pelea cuerpo a cuerpo con un soldados enajenado… y que parecía ir ganando. Los tres marcados que quedaban empujaron a los militares y comenzaron a trepar penosamente por la rivera.

―¡Qué no se escapen! ―gritó Corso.

Leprechaun, The Kid y Rowan consiguieron trepar hasta arriba, persiguiendo a los fugados. Angus se acercó hasta el profundo con el que forcejeaba el Muro e intentó apuñalarlo con su estoque… pero la pareja rodó por el suelo y Angus clavó el estoque en el suelo… el Finn se encontró con el mango del estoque en la mano.

Leprechaun consiguió llegar hasta su perseguido, pero este se volvió con presteza y le pegó una buena patada en la cara, rompiéndole la nariz. Leprechaun consiguió no caer por la rivera y rió a carcajadas, mientras la sangre le corría por los labios. Rowan intentó atrapar al innsmouthita, pero se le escapó. Ditullio zancadilleó a su perseguidor que cayó con fuerza. Su cuello crujió mientras rodaba colina abajo hasta Estatua y Bullseye, que lo cosieron a puñaladas.

El profundo hundió sus zarpas en la espalda de Rondale arrancándole un ronco quejido, antes de que el Muro descargase ambos puños sobre el feo rostro de batracio de la criatura, una y otra, y otra, y otra vez… hasta que solo machacaba húmedos pedazos de hueso y espesa y aceitosa masa cerebral contra el suelo.

―¡Muérete! ―gritaba con cada golpe― ¡Muérete! ¡Muérete!

Liam comenzó a trepar por la rivera en apoyo de Rowan que forcejeaba con uno de los dos fugados, pero justo cuando llegaba una alta figura emergió tras el híbrido. El sargento Kowalsky lo degolló con eficiencia y Liam observó cómo dos miembros de la escuadra Sky, los soldados Caronosky y Kozlowsky, hundían sus bayonetas en el último miembro de la peculiar comitiva de bienvenida.

Angus miraba con desagrado a Bullseye y Estatua que limpiaban sus cuchillos tras haber apuñalado a su oponente.

―Así se pelea en la vida real ―murmuró The Kid cuando descendía de la rivera―, ha hostia limpia, a puñaladas, no con una espadita de maricas.

Hubo un coro de risitas y Angus dejó caer lo que restaba de su preciado estoque al hielo del Manuxet. Liam se aclaró la garganta mientras el capitán Corso aparecía entre ellos… ¿Dónde había estado el capitán durante toda la refriega?

―Capitán ―comenzó Liam―, creo que deberíamos esconder los cadáveres debajo del puente.

―Oh, es muy buena idea ―Corso se volvió hacia el sargento Kowalsky, que descendía de la rivera junto al resto de sus hombres― Sargento. Sargento. Que la escuadra Sky esconda los cuerpos mientras la escuadra Apod toma posiciones en New Church, Green.

― A sus órdenes, señor ―murmuró Kowalsky mirando con desprecio al Capitán Corso―, pero vaya con cuidado.

―Descuide, sargento. Tenemos todo controlado. ¡Escuadra Apod! En marcha.

Pero la escuadra Apod estaba alrededor del cadáver destrozado a golpes por Rondale, que miraba a sus compañeros luciendo una desquiciada sonrisa salpicada por la negra y aceitosa sangre del profundo.

―¡Lo he matado con mis propias manos! No es tan duro cómo se creía, ¿¡a qué no!? Cosa del Pantano… o lo que seas… ¿Alguno se ha traído el botiquín de primeros Auxilios?

Mientras el cabo interino Rowan atendía las heridas de Muro Rondale y Leprechaun O’Brien. Corso encabezó la llegada hasta New Church Green, junto a Liam y Angus. Tras ellos avanzaban Bullseye, The Kid y Estatua.

Las calles adoquinadas de Innsmouth formaban una rotonda en torno a un césped circular cubierto por malas hierbas: New Church Green. En el centro había una solitaria farola que no despedía luz alguna, aceras de baldosas desiguales, dos bancos podridos a punto de desmoronarse y un viejo Ford T aparcado cerca del puente que cruzaba el Manuxet.

207 - Orden Esoterica de Dagon 205 - San Sapo 212 - Iglesia de la Fe Baptista
207 – Orden Esoterica de Dagon
205 – San Sapo
212 – Iglesia de la Fe Baptista

Había un par de iglesias flanqueando el césped al noreste y al noroeste de Federal st, siendo San Sapo la del noroeste y almacenes abandonados por todo Dock st. Angus informó al capitán Corso que el campanario podía servir cómo aviso al resto del pueblo. Se apreciaban las cuatro columnas grises de la vieja logia masónica que había dos edificios más al norte de Federal st, donde tenía sus sede la Orden Esotérica de Dagon.

Bullseye silbó entre dientes llamando la atención de Corso y los Investigadores.

―Bullseye ha visto algo ―informó el soldado con la vista fija en el gran edificio de paredes grises. En efecto, tras las cuatro columnas había seis hombres armados con fusiles y escopetas.

Los invasores se echaron cuerpo a tierra en los aledaños de la rotonda.

―¿No se suponía que esto era una misión secreta? ―se quejó Liam.

―El grupito de antes se sorprendió al vernos ―pensó Angus en voz alta―, pero esos de ahí… esa gente está esperando a que la ataquen.

―Quizá tras su fuga… ―argumentó el capitán Corso.

―Hace meses de eso y ni nos acercamos a ese edificio ―susurró Liam―. A saber lo que tienen ahí dentro.

Corso se giró hacia sus hombres que le miraban expectantes.

―Bullseye precisa saber si ya puede usar su rifle, señor ―preguntó Bullseye.

―Sí, sí, sí… Pero… esperen a mi señal.

―¿Primero nos dispersamos por la plaza y tomamos posiciones de ataque, señor? ―preguntó The Kid Ditullio con voz ronca.

―Sí, sí. Dispers…

Ditullio chasqueó los dedos e hizo girar el índice hacia arriba. Drake y Dalton asintieron. El primero corrió hasta la rotonda. Liam corrió y se escondió tras el viejo coche. Bullseye se arrastró por la rivera y desapareció entre la maleza. Angus se alejó de los soldados y atravesó la calle, corrió y se pegó contra la pared de una vieja casa en ruinas.

―Pero adonde va ese… ―se quejó The Kid Ditullio entre dientes mirando a Angus. El cabo correteó por el lado opuesto a Angus, hasta apoyar su espalda en la pared de San Sapo.

Cuando Rowan, Leprechaun y el Muro subieron la rivera, fueron informados por Corso.

Y en ese momento uno de los seis centinelas de la Orden salió del parapeto que ofrecían las columnas.

Caminó hasta el medio de la calle y miró hacia New Church Green. Vio a Estatua Drake y el soldado lo supo porque le miraba directamente a los ojos. Corso siseó una orden para que sus hombres se escondieran, sobre todo Drake, y Estatua se parapetó tras un banco maldiciendo su poca discreción.

Rowan se desplazó por la rivera y se acercó hasta Ditullio. Leprechaun lo hizo en dirección contraria y se unió a Liam tras el Ford T. El Finn sacó una navaja e intentó forzar la puerta del coche. Era un coche viejo, pero Liam aún recordaba haberlo forzado de joven, cuando Brian Bunham y él hacían carreras por las carreteras de Arkham. Parecía que esos recuerdo felices habían sido hace extraños eones. Angus se acercó hasta Federal st y oteó el panorama, al tiempo que descolgaba su escopeta del hombro. Rondale también se desplazó por la rivera.

―No pises a Bullseye ―murmuró escondido entre la maleza el francotirador.

El centinela comenzó a caminar hacia New Church Green con el cañón del fusil apuntando al suelo y la mirada perdida en la rotonda… parecía que había visto algo, pero no estaba seguro del qué. Estatua Drake miró hacia Corso, esperando a que el capitán le ordenase que hacer… pero Corso miraba hacia el centinela tan alerta, que parecía haber olvidado que tenía que dar órdenes a sus tropas. Estatua comenzó a hacer gesto para llamar su atención… pero lo único que conseguía era atraer al centinela que veía movimiento en esa rotonda, cuando no debería ver nada.

Liam forzó la cerradura, abrió la puerta y entró en el asiento del piloto. Leprechaun se arrastró por el asiento trasero. Angus apuntó hacia el centinela, esperando la orden de Corso. Rondale se desplazó cómo una sombra hasta la pared en la que se parapetaban, Rowan y Ditullio.

El centinela se quedó congelado a unos veinte metros de la rotonda. Abrió mucho los ojos y sin hablar, alzó su rifle y disparó, pero su puntería era bastante mediocre y la bala se perdió en la noche. El resto de centinelas se asomaron desde la orden, barbotando órdenes y alzando sus armas.

Señalando hacia Estatua Drake.

Corso continuaba bloqueado. No ordenó nada, no dijo nada. Rowan se asomó desde Dock st, alzó su rifle 30.06 y disparó con acierto al primer centinela que dejó caer el rifle e intentó huir hacia la Orden. Otro de los centinelas se posicionó tras una columna de la logia, alzó su fusil y disparó contra Rowan, pero la bala arrancó esquirlas de piedra de una de las paredes de San Sapo. Estatua Drake explotó un globo de chicle mientras sonreía, le quitó el seguro a su metralleta Thompson, se giró por encima del banco y disparó una ráfaga de tiros sobre la espalda del tipo que huía, que cayó muerto al suelo. Bullseye que estaba apuntándole, cambió de objetivo precipitadamente y su disparó se estrelló contra la columna tras la que se parapetaba el centinela que había disparado contra Rowan.

Liam puenteó el coche y lo arrancó, escupiendo una bocanada de humo sucio. Leprechaun  se asomó desde el asiento trasero y disparó una larga ráfaga de disparos con su Thompson, abatiendo a dos de los centinelas que corrían hacia Estatua Drake.

Aprovechando el tiroteo, Angus se pegó a la pared de los edificios de Federal st, y caminó pegado a la pared hacia la Orden Esotérica. El Muro Rondale agarró a Rowan y lo sacó de la línea de tiro. The Kid Ditullio disparó con su automática del 45 e hirió en la pierna a un cuarto centinela que cayó al suelo.

Los centinelas dispararon sus armas a ciegas, causando más caos y ruido, pero sin herir a nadie. Uno de ellos, que estaba armado con un viejo mosquete, se parapetó tras un portal. El centinela  a resguardo de las columnas, se ocultó tras una de ellas mientras recargaba su fusil de cerrojo… y entonces las campanas de San Sapo comenzaron a repicar.

Los tañidos parecía que lo llenaban todo hasta que una explosión retumbó por encima de los mismos, haciendo temblar el suelo y las ventanas de todo Innsmouth… ¿Qué había provocado tal explosión?

La explosión sacó de su sopor al capitán Corso que se levantó de su escondrijo, enarbolando su Colt 45 y gritando:

―¡Rápido, tropa! ¡Avancen!

―Este tipo es un cachondo ―murmuró Ditullio con desprecio.

Rowan también sacó su Colt y disparó sobre el mismo centinela que había herido Ditullio. Estatua Drake disparó una ráfaga sobre el centinela del mosquete, pero las balas destrozaron el portal donde se cubría.

Liam dio un volantazo y condujo a toda velocidad con el viejo Ford T hacia Federal st… hacia el centinela caído que alzó las manos gritando auxilio, antes de que la vieja tartana pasara por encima de él. Leprechaun continuó disparando con la Thompson y vació el resto del cargador sobre el centinela que tenía un mosquete. Bullseye, El Muro y The Kid aprovecharon la carga del coche para correr hasta la rotonda donde se unieron a Estatua.

Angus llegó hasta la Orden y se plantó ante el último centinela que miró aterrado al cañón de la escopeta de trinchera que llevaba el Finn, antes de que escupiera una bola de fuego y metralla lanzando su desmadejado cuerpo ante la gran puerta de roble de la logia masónica.

Mientras Liam comenzaba a dar la vuelta a la rotonda, al fondo de Federal st se encendieron los faros de un viejo y pesado camión, que bajaba a gran velocidad hacia ellos. Rowan corrió hasta la rotonda, uniéndose a su escuadra, que miraban fijamente al camión que conducía hacia ellos.

―Abatamos a ese cabrón, chicos ―ordenó Ditullio que alzó su Colt 45. Bullseye, Rowan y el Muro, cargaron sus fusiles y le imitaron. Drake sacó una granada y le quitó la anilla.

Angus se mantuvo ajeno a lo que pasaba a su espalda, lanzó una rápida mirada por la fachada de la logia, buscando símbolos. Angus no había llegado tarde a la reunión con los Finns y Maggie Burnham por su trabajo o porque estuviera fuera del país… Angus había llegado tarde porque estaba siendo iniciado en la masonería y los ritos habían coincidido con la llegada del telegrama de la hermanita de Brian. Angus era masón y arquitecto, por lo que disponía de unos conocimientos que el resto de la escuadra Apod y sus amigos los Finns no sabían: podía descifrar los símbolos que los masones hacían en sus estructuras y, cómo era el caso, descubrir cierta información, cómo que la Orden Esotérica disponía de dos entradas, además de la principal. Una entrada secreta y subterránea que desembocaba en los túneles de los contrabandistas y otra entrada trasera, a la que se podía llegar por un callejón que surgía tras la Iglesia de la Fe Baptista de Innsmouth que había al final de la calle.

The Kid, El Muro, Bullseye y Rowan apuntaron al camión.

―Esperad ―ordenó Ditullio.

Drake apretó el seguro de la granada y adoptó la posición de un pitcher en la base del lanzador.

―Esperad ―repitió Ditullio.

El camión bajaba con un rugido amenazador que retumbaba por encima de los tañidos desesperados de San Sapo. Las luces de las casas se encendían. Los gritos de los habitantes del pueblo maldito resonaban por doquier.

―Esperad ―aulló Ditullio con el dedo tenso sobre el gatillo.

Liam comenzó a dar la vuelta a la rotonda. Angus creía haber descubierto todo lo que podía sacar de los símbolos que se escondían en la mampostería de la fachada.

El camión llegó hasta la Orden Esotérica, sin frenar su velocidad.

―¡Ahora!

Rowan impactó al motor, Rondale destrozó la rueda delantera derecha, Ditullio disparó sobre el parabrisas y Bullseye le pegó un tiro entre los ojos al conductor del camión… un híbrido grande y fornido, que apestaba a pescado podrido y respondía al nombre de Harry Jakes.

Y Drake arrojó la granada sobre el techo de la cabina del camión.

El vehículo giró con violencia y se estampó contra las columnas de la Orden Esotérica de Dagón. Angus se encogió contra la puerta, al tiempo que los ocupantes del vehículo intentaban salir del mismo a duras penas, uno de los cuales, el copiloto, era un individuo envuelto en un chubasquero sucio que ocultaba su desfigurado aspecto… el pescador Sandy Lanier.

La granada explotó, arrojando calor, metralla, fuego y a Sandy Lanier sobre Angus Lancaster. Angus había perdido la escopeta, todo era fuego y no oía nada, solo escuchaba un largo pitido que lo llenaba todo.

Y la sombra del horrendo Sandy Lanier se irguió ante él rezumando sangre negra y una rabia venenosa.

Liam aparcó el Ford T ante el capitán Corso que miraba sobrecogido la explosión.

―¿Qué hacemos, capitán? ―preguntó Liam.

―¡Señor! ¡Ordenes, señor! ―gritó Leprechaum mientras cambiaba el cargador a su metralleta.

Corso le miró sin verlos, abrió la boca intentando decir algo, pero no lo consiguió. Y en ese momento subieron desde la rivera el sargento Kowalsky y la escuadra Sky.

―¿Es esto lo que entiende usted por discreción, señor? ―le preguntó con sorna.

Mientras, Kowalsky ordenaba a la escuadra Apod replegarse y a la Sky tomar posiciones por New Church Green. No todos los que iban en el camión habían muerto y varios vecinos rabiosos de Innsmouth aparecían desde diferentes calles, enarbolando fusiles y mosquetes, hachas y cuchillos, palos y piedras, disparando a matar, sin mucho acierto. Amenazando y gruñendo.

El Muro Rondale vio algo entre las llamas del camión defenestrado. La inquietante figura de Lanier lanzando zarpazos a Angus que se defendía cómo podía de las embestidas. El Muro desobedeció las órdenes y corrió hacia el ACE.

Los Sky habían formado un círculo alrededor de New Church Green con lo que estaban consiguiendo retener a los pueblerinos que se cernían sobre ellos. Dos granadas más volaron hacia el camión. Varios miembros de la Apod apoyaron con sus disparos abatiendo a enemigos, mientras se reunían alrededor del capitán Corso.

―¿Qué hacemos, capitán?

―¡Señor! ¡Ordenes, señor!

―¿Apoyamos a la escuadra, Sky, señor?

―¡Rondale y el ACE no están, señor!

―Bullseye quiere dispararle a alguien.

―¿Tú de dónde has sacado un coche?

El capitán Corso estaba sobrepasado.

Sandy Lanier no tenía manos, tenía unas zarpas casi tan mortales cómo las de un profundo y desgarraron la espalda de Angus mientras se retorcía por el suelo.

― ¡Eh, tío feo! ―aulló una voz tras ellos.

Rondale estaba tras ellos con la escopeta de Angus en la mano y antes de que Lanier pudiera reaccionar le descargó una perdigonada contra el pecho.

―Creo que esto es tuyo ―dijo el Muro, al tiempo que agarraba a Angus de la axila y lo empujaba hacia el punto de reunión.

Los disparos entre soldados e innsmouthitas se sucedieron. Drake recibió un disparo en un brazo. Las granadas explotaron bajo el camión y la onda expansiva envió a Angus y al Muro contra el suelo, pero Rondale tironeó de Angus intentando sacarlo de la zona caliente. Las puertas de la Orden se abrieron y una docena de profundos armados con una largas lanzas de color verde irísense precedieron a seis sacerdotes vestidos con túnicas aguamarinas, máscaras de oro pálido y que enarbolaban palos y cuchillos.

Desde el este de Dock st. llegaba una turba de aldeanos armados con antorchas, palos, horcas, cuchillos… Kowalsky ordenó abrir fuego a discreción y agarró al capitán.

―¡Maldita sea, Corso! ¡Si no se espabila abriré la puerta de ese antro con su cabeza!

―De poco va a servir ―gimoteó Angus― Han abierto esa puerta para sacar más tropas y la han vuelto a cerrar. Necesitaría dinamita para abrirle un agujero.

―¡Han dado a Dragonovsky, señor!

―¡Granadas sobre la orden, ya! ―ordenó Sarge Kowalsky.

―¿Y cómo entramos en esa puta fortaleza? ―se quejó Drake.

―Hay una entrada trasera ―informó Angus― al otro lado de esa iglesia.

―¡Es verdad! ―estalló Corso emocionado―. Figuraba en los informes de la misión.

Kowalsky miró con lástima a la escuadra Apod. Su vista se clavó en Liam que aún continuaba al volante del coche que había robado.

―Monten en el vehículo civil y asalten  la orden desde la puerta trasera, mientras la escuadra Sky mantiene aquí una posición segura―ordenó Kowalsky, y mientras los soldados entraban en el coche, Sarge agarró al cabo The Kid Ditullio y le susurró al oído―. Si Corso no reacciona, tome usted el mando.

The Kid asintió enérgicamente y montó en el coche junto al resto de la Apod. El Ford T traqueteó por Dock st, esquivando disparos y algún innsmouthita agresivo que les tiraba piedras e insultos, hasta que se coló por un callejón que rodeaba San Sapo.

La Redada (10) El Asalto a Marsh Manor

La Redada (10) El Asalto a Marsh Manor

Coche1 Entrada Principal

Director de la Agencia de Investigación  J. Edgar Hoover

Superintedente Albert Ryan                                                     –             Bea

Patry O’Connel (Buscavidas)                                                      –             Hernán

Dr. Ravana Najar

Coche2 – Entrada Lateral

Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita

Agente Ashbrook                                                                          –             Toño

Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl

Agente Fox Mülder

Coche 3 – Entrada Trasera

Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido

Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler

Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin

Agente Dana Excaly

Tres potentes sedanes negros irrumpieron en las calles de Innsmouth cuando el caos aún no se había desatado. El amanecer no era más que una línea pálida en un oscuro horizonte, pero los diez avezados agentes no temían a nada. Patry sí. Había visto los horrores que habitaban en Innsmouth y temblaba al pensar en lo que podía encontrarse en la Marsh Manor.

―Al menos no estás en los túneles ―se dijo así misma.

―¿Ha dicho algo, señorita O’Connel? ―preguntó desde el asiento del copiloto el serio director Hoover.

―No, nada…

El vehículo de Hoover se detuvo cerca de la entrada principal de Washintong st. El segundo coche en el que iba el equipo del simpático agente Mackey aparcó en Martin st., dejando al conspirador agente Mülder al volante, mientras los agentes Mackey, Ashbrook y Drotos se internaban entre casas abandonados y un bosquecillo mal cuidado hasta la verja norte que debían de sortear. El tercer automóvil aparcó en Lafayette st. dejando a la agente Excally de refuerzo mientras los agentes Hill, Cohle y Hurt intentaban asaltar la entrada trasera.

Patry amartilló el colt del calibre 45. Hoover cebó su escopeta corredera de calibre 12. El superintendente Ryan sacó una diminuta pistola de calibre 32. El Doctor Ravana Najar no llevaba más que su bastón.

―¿Va a entrar desarmado? ―espetó Patry, mientras Hoover cronometraba el inicio de la redada.

―Ooooh… No me gusstan las armas de fuego ¿ssí? ―el enigmático hindú levantó con el pulgar la cabeza del bastón, luciendo un estoque―. Pero voy protegido, ¿ssí?

Hoover ordenó silencio y todos escucharon el petardeo de armas de fuego. Algunos de los invasores de Innsmouth habían hecho fuego. Hoover chasqueó la lengua y salió del coche.

La mansión Marsh era un gran caserón de dos pisos, situado en el centro de unos cuidados jardines y rodeado por una potente verja de hierro fundido. La gran entrada principal estaba cerrada a cal y canto. Patry se acercó a la puerta, se sacó una horquilla y hurgó con ella en la cerradura, buscando abrirla. Hoover miró entre las rejas y chasqueó los dedos y señaló al frente. Había un camino que se deslizaba por el cuidado césped salpicado de arbustos y arbolitos, rodeaba una fuente en la que dos delfines de basalto habían quedado congelados en medio de un salto y desembocada en la entrada principal… donde había alguien.

El comisario Martin, de la policía de Innsmouth, envuelto en un buen abrigo de piel de zorro y aparentemente desarmado.

Algo parecido les había ocurrido a los asaltantes que entraron por detrás. La puerta trasera estaba abierta de par en par y Hill, Cohle y Hart se internaron en completo silencio, sorteando el camino empedrado que llevaba la casa e internándose por el jardincillo hasta que vieron la parte trasera de la casa.

Un gran Studebacker Dictator estaba abierto de par, con varias maletas y un cofre a su alrededor junto a un Dodge bastante estropeado y una camioneta Chevrolet que parecía ajena a ese lugar. Y vieron al monstruoso agente de Innsmouth, Elliot Ropes metiendo un pesado baúl en el maletero del Studebacker.

―¿Según los informes ese tipo grande no estaba muerto? ―preguntó Hart cebando la escopeta de calibre 12 que llevaba.

―¿Aún te fías te los informes? ―se mofó Cohle dejando sobre la hierba su escopeta.

Hill les mandó callar y oteó el panoraba. Sólo estaba Ropes, un tipo enorme, que podía darles problemas y que tenía un revólver del 38 asomándose por la parte trasera del pantalón… pero eran tres agentes entrenados y con el factor sorpresa de su lado.

Aunque si esta gente estaba haciendo las maletas para salir por patas de la ciudad, era porque sabían la que se les avecinaba… alguien había cantado, alguien había dicho que el gobierno de los Estados Unidos iba a caer sobre Innsmouth esa noche.

Había un topo en el Proyecto Alianza.

Hill imitó a Cohle y dejó la escopeta en suelo e hizo señas a sus compañeros para informar del plan de ataque. A la de tres, y sin hacer ningún ruido, los tres agentes se lanzaron sobre Ropes, cuando el gigante se volteó, Hill le había arrebatado la pistola y Hart y Cohle lo empujaron adentro. Ropes consiguió lanzar un lamento de sorpresa, antes de que Hart le apresase  y comenzara a asfixiarlo hasta noquearlo.

Cohle accionó su navaja automática, ganándose una mirada reprobatoria de sus compañeros, pero el serio agente se agachó ante las ruedas del coche y hundió la afilada hoja en el caucho. El Agente Hill esposó a Ropes, Hart le tapó la boca con un pañuelo y cerraron el maletero.

Con las llaves dentro.

El orondo Lucas Mackey saltó con agilidad la verja de la mansión de los Marsh. El joven agente Drotos se quedó congelado mirando tras las enredaderas.

―¿Qué coño haces, Drotos? ―siseó el alto y siniestro agente Ashbrook, al tiempo que arrojaba su escopeta y la de Mackey al otro lado de la valla para que su compañero las cogiera.

―Creo haber oído algo ―dijo Drotos mirando al otro lado.

―Chico ―Drotos se volvió hacia Ashbrook, que le agarró de la garganta y lo aplastó contra la verja―, que te quede claro una cosa. Me importa un cuerno quien sea tu tío. Cómo me jodas durante la redada, te pego un tiro por la espalda.

Ashbrook le soltó con desprecio y comenzó a trepar con dificultad la verja, su gabardina se había enredador a unas zarzas.

―No serías el primero ―terminó de amenazar mientras bajaba.

Cuando cayó al suelo, las enredadas zarzas que había a sus pies comenzaron a moverse.

―¿Pero qué coño…?

Las zarzas se arrastraron por el suelo hasta una figura oculta tras un árbol… un hombre, gordo, recubierto por maleza que les miraba con unos grandes y llorosos ojos verdes, mientras a su alrededor zarzas y enredaderas comenzaban a moverse… solas. El tipo alzó un dedo acusador y al tiempo que Ashbrook sacaba su pistola, aulló:

―¡Intrusos! ¡Aquí! ¡Intrusos!

Ashbrook le apuntó, pero las zarzas le atacaron, su disparo se estrelló contra un árbol. Drotos apuntó, pero con la verja en medio no tenía tiro fijo, pero Mackey sí. El agente alzó su colt 45 y disparó un tiro bajo, a las piernas. La bala atravesó el gordezuelo muslo del hombrecillo, salpicando de sangre hierba y arbustos. El tipo cayó al suelo, agitando y gimoteando.

―¿Quién coño es este tipo? ―gruñó Ashbrook sin dejar de apuntarle.

Mackey se acercó. Supo que su disparo había sido demasiado efectivo al ver el gran charco de sangre que se formaba bajo el cuerpo del tembloroso hombrecillo. Las zarzas se alejaron de él muy rápido, descubriendo a un tipo gordo, calvo, vestido con un mono de trabajo gris.

―Es Lester Davis, el jardinero de los Marsh ―Lester le dirigió una lastimera mirada al tiempo que su piel palidecía, sus labios se amorataban, su cuerpo tiritaba… y dejó de respirar.

Drotos saltó la valla.

―¿No teníamos órdenes de apresar, no matar? ―preguntó el joven agente.

―La mierda salpica ―informó Ashbrook con dureza―. Ten cuidado que no te salpique a ti también.

Los tres agentes cogieron sus armas y se encaminaron hasta la entrada al salón de baile, avistaron entre los árboles la cristalera y cuando se acercaron hasta el extremo derecho de la casa una pareja de disparos salpicó la pared en la que estaban.

El Comisario Martin había oído los gritos de Lester Davis, dejando la entrada principal y cuando les vio salir de la espesura, se apostó en la esquina de la casa y abrió fuego.

El disparo del comisario de Innsmouth asustó a Patry y su horquilla se rompió en la cerradura.

―Maldita sea ―se quejó el superintendente Ryan ―mira que hemos especificado que no abriesen fuego a no ser que fuera…

―¿Qué ocurre, señorita O’Connel? ―le cortó Hoover.

―Se me ha roto la horquilla… esta cerradura es muy pesada y…

―Me permite, ¿ssí?―dijo Najar.

El tiroteo se sucedía en el lateral de la casa, Hoover y Ryan miraron en esa dirección y el Dr. Najar pasó la mano por encima de la cerradura… y esta se abrió Patry le miró pasar, sin hacer ruido e internarse cómo una sombra en el jardincillo de la entrada… ¿Cómo lo había hecho? Hoover y Ryan se internaron por el jardincillo y avanzaron sin problemas hasta la entrada principal.

Los escopetazos en respuesta al tiroteo del comisario Martin, de Ashbrook y Mackey destrozan la esquina en la que se parapetaba el policía. Las esquirlas de piedra les destrozan la cara y le arrancan la pistola de la mano. Drotos se arroja al suelo y dispara con su escopeta, y su perdigonada impacta sobre el comisario arrojándolo al suelo.

―¿No teníamos órdenes de apresar, no matar? ―dijo Ashbrook con sorna.

―Ya basta ―terminó Mackey―. Drotos, compruebe si el comisario Martin está vivo. Ashbrook a la entrada.

Drotos se acercó hasta el comisario, pero no pudo asegurarse si vivía o estaba muerto. Aún así le esposo mientras Mackey y Ashbrook entraban en la sala de baile… donde les recibió una descarga de perdigones. La puerta por la que acababa de pasar el agente Ashbrook saltó en pedazos, cubriéndolo de astillas que le arañaron la piel. Ashbrook disparó a ciegas y buscó cobertura tras una columna de mármol rosado. Mackey se cobijó contra el marco de la puerta y echó un vistazo. Una sala grande, columnas de mármol, baldosas en el suelo, una gran cristalera, un piano… y tras el piano un un tipejo  grande y ancho de espaldas, con calvicie incipiente y ojos saltones que vestía un uniforme marrón.

Mackey le reconoció enseguida. Había vigilado con esmero la refinería Marsh y ese tipo el guarda de seguridad, Robert Ballant.

―¡Agentes federales, señor Ballant! ―gritó Mackey―. Hágase un favor y deponga las armas, porque tenemos permiso para abatirle si…

Le contestó el escopetazo de Ballant  arrancando el marco de la puerta.

―Cómo quieras.

En la entrada trasera, los agentes Hill, Hart y Cohle alzaron la cabeza ante el tiroteo que escuchaban.

―Parece que la diversión está en otro lado ―dijo Cohle pinchando otra rueda a la furgoneta, ninguno de los tres vehículos podría servir para una fuga rápida.

Hart se acercó a mirar por una ventana cercana, creyendo ver figuras tras el cristal… y alguien desde el interior le disparó. La bala le rozó el brazo y otro disparo más atravesó el cristal. Cohle se arrojó al suelo, Hill alzó su pistola y disparó contra el cristal, pero las balas sólo destrozaron la ventana. Al otro lado había un hombre muy alto y muy delgado, siniestro, vestido con un frac negro, con guantes blancos y profundos ojos negros que les apuntaba con una pistola de 9 mm. Disparó de nuevo impactando a Hill en el hombro. Hart se asomó y descargó su escopeta contra el tipejo y otro certero disparo de Hill lo abatió.

Norvell Hastings, el mayordomo de los Marsh, había sido abatido. Hart apartó los restos de cristar de la ventana del salón con la culata de su escopeta y entró en la estancia donde una decrépita anciana miraba embelesada un cuadro y otra mujer, más joven, pero fea y de aspecto marchito, se acurrucaba en un rincón con las manos en alto, tenía ante ella una bolsa de lona llena de pequeñas estatuillas de piedra verde.

Cohle y Hill, armados con sus escopetas, entraron tras Hart y tras leer los derechos a las mujeres, las esposaron.

No sin antes quedar impresionados ante el horrible cuadro que la anciana no paraba de mirar y que rezaba: Barbanas Marsh.

Barbanas Marsh
Barbanas Marsh

En la entrada principal, el superintendente Ryan llegó ante la puerta y miró por el ojo de la cerradura, a tiempo de ver como alguien al otro lado echaba el cerrojo.

― ¡Alto en nombre de la ley! ―aulló Ryan―. Abrán esta puerta de inmediato… abrán…

Hoover se plantó a su lado y disparó con su escopeta sobre los goznes de la puerta. El director del FBI y el superintendente la echaron debajo de dos severas patadas y ambos, al igual que Patry, vieron a un hombre correr escaleras arriba.

Un hombre que vestía un uniforme de policía… el agente Zebediah Marsh.

Al mismo tiempo, Ashbrook intentó tomar posición tras otra columna, pero en su carrera tropezó y cayendo de boca al suelo, quedando expuesto ante Ballant. El guarda se alzó con la esopeta en ristre, pero un estampido tras el ventanal le hiere. Drotos cargó la escopeta desde afuera y Ballant le devolvió el fuego, hiriéndole. Mackey y Ashbrook dispararon contra él, destrozando el piano. Ballant, ensangrentado, se retorció por el suelo intentando huir hasta que Drotos atravesó los restos del ventanal y le disparó en la espalda.

―¿Estás empezando a tomarle el gusto a esto, verdad? ―preguntó Ashbrook.

Mackey, guió a Drotos y a Ashbrook hasta el hall de la casa, donde se reunieron con Hoover, Ryan y Patry O’Connell. Del salón emergieron Hill, Cohle y Hart.

Un par de disparos perdidos desde las escaleras pusieron a todos en tensión.

Hoover tomó el mando:

―¡Mackey! Usted y su equipo atrapen a ese hombre. Utilicen la fuerza que sea necesaria, esta gente no se anda con bromas. Agentes Hart y Cohle, revisen el ala oeste de la casa y suban por las escaleras de ese sector para poder atrapar al fugitivo ―Hoover se volvió hacia Patry―. Señorita O’Connel, usted y el doctor Najar… ¿Dónde demonios está Najar?

El doctor Ravana Najar había desaparecido.

La Redada (9) El Morador de las Profundidades

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                   – Garrido

Marinero Bart

Marinero Ralph

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                   – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor)                 – Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)           – Toño

Grumete Taft  (16 años)                                                  – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                             – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                                – Raúl

El Cocinero

 

Patrullero Vigilant

Contramaestre Curtis Henley

15 Marineros

 

Patrullero Spectre

Suboficial Jhon “Jefe” Walls

15 Marineros

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios de Thomas Connery y Jacob O’Neil mientras contemplaba cómo el submarino en el que había embarcado Annie O’Carolan se sumergía en las profundidades. Ambos se abrazaban a sí mismos, envueltos en los pesados abrigos militares que el marinero Fulton les había entregado.

Fulton era todo un personaje. Un paleto sureño, cuya voz subía y bajaba en una desafinada cantinela cada vez que hablaba, y que mientras les propiciaba un fusil y una pistola a cada uno no paraba de hablar de lo orgulloso que estaba por la misión que el Capitán Hearst le había asignado.

― ¡Tengo una pistola de bengalas! ―dijo orgulloso, mientras les mostraba la pistola.

Thomas y Jacob, acostumbrados cómo estaban a las armas de fuego, comprobaron el fusil y la pistola con movimientos mecánicos y entrenados, pero se quedaron congelados ante la declaración del marinero.

―Sil barco si hunde, soy yo quien tié que trabucar la bengala pa’ que vengan a buscarnos ―informó el marinero Fulton―. Por eso… ¡Tengo una pistola de bengalas!

En el momento en el que el submarino S19 desaparecía bajo las oscuras aguas cercanas al arrecife del Diablo, la desafinada voz de Fulton les llamó. El Capitán Hearst solicitaba audiencia en la timonera del guardacostas Urania.

Hearst estaba en la timonera, acompañado de un marinero silencioso y un oficial joven de mirada huidiza. Oteaba la oscura silueta de la ciudad de Innsmouth con unos prismáticos que depósito ante su pecho, donde resaltaba el bulto de la biblia que el capitán llevaba. Hearst se volvió.

―Reconozco que he tenido suerte con los ACE’s que me han tocado. Un soldado y un policía, hombres acostumbrado a recibir órdenes ―comenzó Hearst al tiempo que sus grises ojos despedían un brillo acerado― de ser alguno de los otros delincuentes,  tenía pensando encerrarlo en el calabozo durante todo este periplo… pero les seré franco ¡Este es mi barco! ¡Mío! ¡No de unos asesores! ¡No de unos agentes federales! No les necesito para cumplir con mi misión, porque yo siempre cumplo la misión. ¡Y al infierno con los de arriba si no les gusta! Y ahora, bajen a la camareta alta o a la cubierta principal, pero no les quiero aquí.

Thomas abrió la boca para decir algo, quizá un malhumorado, señor, sí, señor, pero Hearst no le dio tiempo.

―¡Fulton! ―el marinero llegó corriendo hasta el capitán―. Eres la niñera de nuestros asesores CIVILES especiales. A la camareta alta si quieren disfrutar del espectáculo o a la cubierta principal, si se quieren manchar las manos, me es indiferente. Pero que no molesten.

La noche comenzó a morir y las primeras luces del alba emergían desde el horizonte. Las patrulleras se acercaban hacia la costa. El Spectre al Norte, el Vigilant al sur. El Urania había detenido sus motores y parecía que iba a mantenerse cercano al Arrecife del Diablo, de oscuras y puntiagudas piedras.

Fulton guió a los investigadores por el barco, presentando a algunos de los marineros y oficiales. A proa estaba el suboficial de primera Tolben, un tipo larguirucho con una cuidada barba puntiaguda que recordaba al presidente Lincoln, ladrando órdenes a sus subordinados, tres marineros que mantenían a punto del cañón de 75mm.

A estribor, en la ametralladora del calibre 30, estaba el avezado suboficial de 3ª Chimes, un veterano de la Grande. Chimes se llevó dos dedos a la frente en señal de saludo cuando Thomas, Jacob y Fulton pasaron por su lado. Los investigadores vieron que el veterano además de la ametralladora, tenía una pistola del 45 enfundada a la cintura y un rifle del 30-06 apoyado a su lado. Contrastando con la profesionalidad de Chimes, estaba el operario de la ametralladora de calibre 50, el marinero Henson, un tipo desagradable obeso, lleno de tatuajes, cuyo apestoso hedor a humanidad les inundó las fosas nasales cuando pasaron a su lado.

En la popa había una colección de marineros y grumetes jóvenes. Fulton les señaló al grumete Taft, que había mentido al enrolarse diciendo que era mayor de edad, cuando en realidad tenían dieciséis años.

―¿Es verdad que vamos a atacar a una de nuestras ciudades? ―preguntó el grumete a Thomas. El marine asintió con la cabeza― Pero… ¿por qué atacamos a EEUU? ¿Hay enemigos en nuestro propio país?

―Eso es secreto, muchacho ―dijo el operario de la ametralladora de calibre 50 de babor, un hispano bajito y con pinta de tipo dura que se llamaba Pedro LaParca― Y de los secretos cuanto menos sepas, mejor.

La aparente calma que reinaba en el guardacostas se quebró cuando el suboficial de 3ª Chimes advirtió que había comenzado la batalla. Casi todo el mundo en cubierta se acercó hacia las barandillas para mirar hacia la oscura ciudad donde se apreciaban pequeños fogonazos por el pueblo y, si prestaban atención, se escuchaban los ecos de los disparos.

―¡Hay movimiento en las aguas cercanas al puerto! ―gritó el grumete Taft señalando.

Thomas hizo uso de sus prismáticos para cerciorarse de lo que el grumete había avistado… docenas de figuras humanoides nadando en dirección al puerto y la costa.

―¡Son Profundos! ―informó Thomas. Jacob asintió y sacó la pistola.

―¿Qu… quía dicho quí son? ―preguntó Fulton.

―Permiso para disparar el cañón, señor ―gritó el suboficial Tolben, que provisto de prismáticos también había visualizado a las docenas de figuras que nadaban cerca del puerto de Innsmouth.

―¡Ni tan siquiera lo piense, Tolben! ―aulló el capitán Hearst desde la timonera― El cañón está destinado para abatir embarcaciones enemigas… ¡No bañistas!

―¡No son bañistas! ―informó Jacob―Son las criaturas de las que les informamos durante la reunión.

La tripulación se volvió hacia los ACEs y les miraron expectantes. ¿Criaturas?

―¡Señor, nadie se baña al amanecer en febrero, señor! ―argumentó Tolben volviendo a mirar por sus prismáticos.

―¡Eso son paparruchas! ―gritó Hearst―¡Nadie dispara hasta nueva orden! ¡Les ha…!

Los barcos patrulleros abrieron fuego.

Los primeros disparos los inició el Spectre y rápidamente le imitó el Vigilant mientras el capitán Hearst no terminaba de creérselo. Thomas murmuró una palabrota, se posicionó en babor, el lado que más facilidades ponía para abrir fuego, clavó rodilla en la cubierta, apoyó el rifle contra su hombro y disparó.

La bala viajó un centenar de metros para impactar sobre una oscura forma que nadaba en el agua.

―… ¡A qué está esperando! ―gritó el descolocado capitán Hearst―. Fuego a discreción sobre… ¡Fuego a discreción, maldita sea! ¡Fuego a discreción!

Los operarios de las ametralladoras dispararon sin dilación, Pedro LaParca aulló de gusto mientras su calibre 50 escupía una lluvia de metal incandescente. Henson escupía una ristra de improperios. Algunos marineros imitaron a Thomas, cogieron rifles y dispararon con más o menos acierto desde cubierta.

El Capitán Hearst comenzó a ladrar órdenes para girar el barco y mejorar la posibilidad de disparo de los tiradores. Para finalizar, Tolben disparó el cañón y su proyectil explotó en el agua, creando un gran géiser de agua negra.

Y no vieron más nadadores.

El Capitán Hearst comenzó a vociferar desde la timonera lo orgulloso que estaba  de la actuación de sus hombres, al tiempo que Thomas y Jacob se miraban el uno al otro, preocupados.

Había sido muy fácil.

Entonces el marinero Fulton palmeó la espalda de Thomas y Jacob… no felicitándoles, sino llamando su atención.

―¿Quís eso? ―preguntó al tiempo que señalaba una palmípeda zarpa que se aferraba a la baranda, cerca de ametralladora del calibre 30 que había a babor.

―Es el momento de disparar tú bengala ―dijo Jacob al tiempo que alzaba su Colt. 45 y disparaba contra la cabeza del monstruo que se izaba en ese momento hasta la cubierta. Thomas lo contempló paralizado, pues aunque había visto híbridos muy cercanos a la transformación completa y había escuchado el relato de sus compañeros era la primera vez que estaba, cara a cara, ante un profundo de Innsmouth.

Los disparos de la pistola de Jacob desviaron la atención de los marineros del Urania del lisonjero discurso del Capitán Hearst, y la bengala de Fulton descubrió el silencioso abordaje de los monstruos. Una docena de profundos habían trepado por el casco y se encaramaban alrededor de los puestos de ametralladoras y de la proa.

Mientras Fulton recargaba, Thomas salía de su bloqueo y Jacob no dejaba de disparar a los monstruos que se lanzaron sobre el operador de la ametralladora del calibre 30 de babor. Una de las criaturas abrazó al marinero y lo arrastró consigo al mar, a las profundidades.

LaParca intentó movilizar su ametralladora ante las criaturas que le rodeaban, pero estaban tan cerca de él que no podía encañonarlas con el arma, al tiempo que pedía ayuda cerró el puño y le propinó un soberbio puñetazo a una de los anfibios monstruos y lo derribó devolviéndolo a las aguas.

Chimes disparó con su fusil a uno de los monstruos. Henson empujó a otra criatura tirándola por la borda. Tolben sacó su pistola reglamentaria y disparó sobre los invasores, al tiempo que ordenaba a sus marineros que se armaran para repeler el ataque.

El grumete Taft corrió hacia la popa para aprovisionarse de un fusil o un arpón del armario de las armas, pero, por encima de los sonidos del combate, escuchó los chillidos horrorizados de otro marinero, encogido en un rincón, que contemplaba sobrecogido de terror una criatura que se bamboleaba por la cubierta de popa.

Este ser era una abotargada masa de carne pálida con un hinchado vientre, una cabeza que no se diferenciaba del torso, sin ojos, pero sí con un órgano circular con la consistencia de una esponja y una pareja de apéndices tentaculares de apariencia cóncava que servirían como fauces. Su piel es semigelatinosa, transparente, y permitía apreciar los órganos internos que se agitaban bajo la misma. Disponían de cuatro culebreantes tentáculos y otras cuatro pesadas zarpas con apariencia de aletas y con cada paso arrastraba un vomitivo tufo a pescado podrido.

Uno de los tentáculos agarró del tobillo al aterrado marinero, lo arrastró hacia él y de un violento zarpazo lo destrozó en tres pedazos ensangrentados.

El Morador de las Profundidades
El Morador de las Profundidades

El grumete Taft se quedó inmóvil ante las visceras calientes que aterrizaron a sus pies y la criatura, un Morador de las Profundidades, un aberración entre las aberraciones submarinas que habitan en Y’ha-nthlei, lo apresó con un tentáculo. Taft no salía de su estupor, el terror lo había inmovilizado, congelado.

Jacob, Thomas y Fulton vieron de reojo al monstruo. El Suboficial Chimes, que acababa de abatir a otro profundo, también. LaParca intentó golpear a otro monstruo anfibio que intentaba izarse a cubierta, pero su golpe no le hizo nada y el profundo aprovechó para lanzarle un zarpazo, el desgarro destrozó el abrigo de LaParca y tres rojas heridas comenzaron a sangrar. LaParca creyó que iba a morir, hasta que un machetazo efectuado por el Cocinero del Urania, armado con cuchillos de cocina y la hachuela de cortar carne, malhirió al profundo que saltó al mar.

En proa, el suboficial de primera Tolben y sus muchachos disparaban a los monstruos que intentaban abordarles poniéndoles en fuga. Henson acabó sacando su pistola y abatió a los profundos que le cercaban.

En la popa, Jacob, Thomas, Fulton y Chimes asistieron, a cámara lenta, a la visión del Morador de las Profundidades alzando del suelo al grumete Taft e introduciendo su cabeza entre sus potentes fauces. Tras un crujido húmedo, le arrancó la cabeza y la devoró ante la atónita mirada de los Investigadores. Chimes y Jacob estallaron, corrieron hacia el monstruo, enajenados por una venenosa y homicida rabia, que les nublaba el juicio. Thomas le disparó dos veces con su fusil y las balas se hundieron en la gelatinosa piel del monstruo… que no parecía afectado por los ataques y caminaba pesadamente hacia el suboficial Chimes y Jacob.

En su carrera, Chimes se plantó a bocajarro del monstruo y le pegó un tiro en esa amalgama de tentáculos ensangrentados que tenía por cara, arrancándole medio órgano esponjoso… pero el ser le propinó un violento zarpazo, salpicando la cubierta con su sangre. Jacob impactó con un certero disparo de su pistola, pero el monstruo seguía en pie, sin inmutarse… hasta que una deflagración roja cruzó la cubierta, y una bola de fuego emergió en donde estaba el palpitante órgano esponjoso… La bengala chisporrotea, mientras el monstruo cayó a plomo sobre la cubierta llena de sangre. Todos se giraron hacia Fulton  que les sonreía con candidez, luciendo su humeante pistola lanzabengalas.

―¡Cómo paricía que las balas no le hacían ná, he probau suerte! ―exclamó emocionado… aunque su sonrisa se entristeció al ver el decapitado cadáver del grumete Taft.

Había mucho revuelo en el Urania. Un profundo había conseguido destripar a tres marineros antes de que lo abatieran a tiros, había cuatro desaparecidos en combate y el monstruoso morador de las profundidades había matado a dos más. Muchos tripulantes del Urania aún corrían de un lado a otro, disparando con los rifles a las oscuras aguas, enarbolando arpones o cuchillos, lo primero que cogían, corriendo aterrados ante la visión de los monstruos marinos.

El Capitán Hearst comenzó a gritar desde la timonera… sus ojos grises habían perdido la fiereza con la que comenzó la misión. Monstruos… Los monstruos eran reales, eran reales. El capitán se sobrepuso, exhortó a su tripulación a que volviera a sus puestos, ordenó a Tolben que preparase el cañón, a los operarios de ametralladoras que volvieran a sus puestos, que tuvieran las armas prestas para el combate, ordenó que se atendiese a los heridos, que hubiera un conteo de bajas…

Hasta que el marinero Ralph, miembro del equipo del cañón se alzó por la proa, señalando al sur y gritando:

―¡Dios mío! ¿¡Qué es eso!?

Algo emergía de las profundidades y el viento transportaba un hedor nauseabundo hasta el barco que fue bañado por una luz naranja que emergió de la gran explosión que estalló en el puerto de Innsmouth.

Algo había explotado. Algo que había volatilizado varias casas en la ciudad. El caos se desataba en el pueblo al tiempo que algo emergía del mar. En la ciudad, los habitantes se despertaron ante las explosiones, los disparos, la invasión.

―Innsmouth se defiende ―auguró Jacob O’Neil al tiempo que recargaba su pistola.

La Redada (8) ¡inmersión! ¡Inmersión!

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sonar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios del Annie O’Carolan cuando subió a bordo de la barca que la iba a llegar hasta el submarino S19. La habían dado un buen gabán en el guardacostas Urania y no solo eso. J. Edgar Hoover había ordenado que los ACEs fueran armados, así que a Annie le habían hecho entrega de una Colt M1911 de calibre 45 antes de subirse al bote.

El arma enfundada en su cartuchera se apretaba contra su bajo vientre al tomar asiento junto a un hombre moreno, de cabello rizado que lucía una gran sonrisa.

― ¿Qué tal? ―le preguntó  al tiempo que le tendía la mano.

Annie le devolvió el apretón de manos, sintiendo el anillo de casado que el hombre llevaba en sus cuidados dedos. No parecían los de un marinero.

― Soy el suboficial médico Devore, aunque puede llamarme Edward.

―Encantada, suboficial médico Devore ―contestó Annie luciendo una encantadora sonrisa, aunque sus palabras habían sepultado la de Devore―. Soy la señorita Annie O’Carolan.

Un marinero rechoncho que lucía un aparatoso y ridículo mostacho dejó escapar una cantarina risotada al escuchar el comentario de Annie.

―¿Es simpática la ragazza, eh, señor? ―dijo con un marcado acento italiano.

―Carácter, marinero Fulci, cómo las mujeres de su tierra, ¿no?

El orondo marinero Fulci gorjeó un par de enrevesadas frases en italiano. Mientras Devore negaba con la cabeza.

―¿Ha estado alguna vez en un submarino, señorita O’Carolan?

―Pues no he tenido el placer, no.

―Placer no hay ninguno, señorita― comenzó Devore―. El S19 es un S-boat de sesenta y cinco metros de eslora y 6 de manga. De acero. Tiene cinco salas, aunque no creo que el Comandante la quiera sacar de la sala de control. Cada sala puede cerrarse herméticamente en caso de que se inunde, aunque de no conseguir salir a flote, lo único que se conseguiría es retrasar un lento descenso hasta el fondo marino, que si es superior a los 60 metros, ocasionaría que la presión aplastase la nave. Los pasillos son tan estrechos que hay que pedir permiso para poder moverse. Es habitual que ocurran fugas y goteras. No hay ventanas, no hay ojos de buey, no hay portillas, no hay luz natural, no hay espacio, ni huida posible. ¿Es usted claustrofóbica?

―Antes de que usted comenzase a hablar no lo era.

―Pues espere a entrar dentro.

La barca llegó hasta el submarino. El marinero Fulci y Devore ayudaron a Annie a llegar hasta la torrecilla, donde la recibió el comandante Harrow, un hombre bajo pero fuerte, envuelto en un gabán azul marino, con una característica mandíbula cuadrada y unos serios ojos negros.

La torrecilla era estrecha, y además del suboficial médico Devore y Annie, había una gran ametralladora del calibre 50. y tres personas que el comandante Harrow no tardó en presentar: el teniente comandante Baird, el suboficial de 1ª Murphy y el suboficial de 3ª Acker.

―He leído las instrucciones junto al contramaestre De la Poer y el oficial de Artillería Hyde. Y ahora paso a compartirlas con los presentes: Tenemos órdenes de desplazarnos a la costa de Innsmouth, sumergirnos hasta la profundidad de 50metros donde tendremos que localizar un… y cito: “enclave submarino que recibe el nombre de Y’ha-nthlei”. Nuestra misión es localizarlo y torpedearlo con toda la potencia de fuego que tengamos disponible.

»Tras lo cual, le pregunto a usted, señorita: ¿Qué es Y’ha-nthlei?

En el pensamiento de Annie los glifos de R’lyeh se retorcieron, cobraron vida y le arañaron el espíritu. No es sólo que pudiera hablar de la ciudad, es que casi podía verla ante sus ojos.

― Es una ciudad submarina. No piensen en casas, edificios o calles. Imaginen altas torres de basalto y piedra, de coral y arrecife. Algas fosforescentes en vez de bombillas o candelabros. Y está habitada… habitada por los profundos, por los hijos de Dagon e Hydra, por la progenie de Cthulhu. Ninguno me cree, lo entiendo, solo escuchan un galimatías y un cuento de monstruos submarinos, de hombres pez… y les seré sinceros, yo tampoco los he visto… pero mis amigos sí, y yo he visto cosas y leído muchas otras. Allí abajo hay una ciudad habitada, repito, habitada por una especie que lleva sobreviviendo bajo el agua mucho más que nosotros sobre ella. Y no van a quedarse quietos mirando cómo los masacramos.

El suboficial de 1ª Murphy era calvo a excepción de dos estropajosas matas de cabello pelirrojo que nacían de los lados de su cabeza. Sus fuertes brazos estaban cubiertos por tatuajes, su rostro era rubicundo y su voz atronadora.

― ¿Esto es lo que entienden los federales por asesorar? Conozco mejores historias sobre sirenas y krakens.

―Silencio, Murphy ―ordenó el teniente comandante Baird.

Annie detestó a ese hombre siniestro por muy lustroso que fuera su uniforme. Según sus miradas se cruzaron, Annie sintió desdén, recelo y desprecio. Todo porque Annie era una mujer. Una mujer que no se quedaba encerrada en casa haciéndole la colada a su marido, cocinando su comida y atendiendo a la prole de niños que, cómo mujer tenía que engendrar. No, Annie era joven, soltera, independiente todo lo opuesto a lo que una mujer, según el teniente comandante Baird, tenía que ser.

―¿Alguna cosa más, señor? ―preguntó el tercer hombre, el suboficial Acker, el sónar. Era un tipo larguirucho, de frondosas patillas y enormes orejas que parecía incómodo ante la mirada de Annie. También se percibía que no le gustaba Murphy, ni Baird, pues estaba encajonado entre ambos y no sabía hacia donde mirar, parecía que no le importase lo dicho por Annie, la misión, ni siquiera que hicieran tres o cuatro grados por debajo de cero y él no llevase gabán, lo único que Acker quería era salir de allí.

―No, todos a sus puesto ―ordenó el Comandante.

Acker fue el primero en bajar, seguido de Baird. Mientras Murphy revisaba la ametralladora, Devore descendió por la escalerilla. Harrow agarró suavemente a Annie del antebrazo y su dura mirada ordenó al suboficial de la ametralladora bajar antes que ellos.

―Le seré sincera, señorita. La creo. Al menos creo que usted cree en lo que dice. Aún así, esto es un submarino. Una máquina bien engrasada y muy compleja… y usted, al igual que el capellán que me han encasquetado a última hora, son piezas de más. Si incomoda la esposaré a una tubería hasta que hayamos concluido la misión. Por tanto, la quiero bien pegada al culo del  oficial médico Devore, pero cerca de mí, para que pueda preguntarle cualquier duda que tenga respecto a esta extraña misión. ¿Le ha quedado claro?

Annie se sintió súbitamente sumisa ante la declaración del comandante. Ese hombre era duro, pero justo. La Finn asintió con la cabeza y, tras la invitación del comandante, bajó por la escalera de la torrecilla, penetrando en las entrañas del Submarino S19.

Las condiciones que había descrito Devore no se alejaban en nada a la realidad. El S19 era un largo pasillo de metal húmedo, lleno de hombres rudos que no paraban quietos. La sala de control tenía el tamaño de su baño, y en ella estaban Acker, el sonar, un joven marinero pelirrojo que estaba al timón y otro marinero moreno encargado de la profundidad, el comandante Harrow, el contramaestre De la Poer, el comandante Baird… Edward Devore apareció tras ella, saliendo de la zona donde estarían los camarotes, Annie ojeó la sala, quizá un poco más grande que la de control, donde vio a varios marineros arrodillados en torno a un hombre moreno, con alzacuellos que recitaba un salmo. El nuevo capellán. Entre los marineros, Annie distinguió a Fulci, el italoamericano y al Suboficial de 1ª Murphy.

Mientras cerraban la escotilla principal, un chorro de estática vibró por el sistema de megafonía.

― ¿Empezamos  o qué, señor? ―urgió una voz malhumorada―. Qué algunos tenemos que casarnos este fin de semana.

El comandante Harrow se acercó a un micrófono situado junto a los periscopios.

―Gracias por recordarnos por undécima vez lo disgustado que está, teniente Hyde. Espero, por su bien, que sea la última vez en lo que resta de misión.

―Señor, sí, señor ―contestó con marcado desprecio el Teniente Hyde desde la sala de torpedos.

― Señor Burnes, ―llamó por el sistema de comunicación el comandante Harrow―. ¿Todo listo en la sala de máquinas?

La voz grave y apática del suboficial de segunda Burnes contestó afirmativamente desde la sala de máquinas.

― Bien entonces. ¡Inmersión!

Frente a Annie y a Devore aparecieron Murphy y Fulci. El italiano venía hablando atropelladamente y haciendo aspavientos, mientras el pelirrojo fulminaba con su acerada mirada a la pequeña Finn.

― Una peste de sacerdote, todo su discurso estaba mal. Se notaba que acababa de ojearlo por encima.

―Serán los nervios.

―¿Nervios? Dio mío, ¿un cura nervioso por hablar ante sus feligreses? ¿A dónde vamos a llegar?

Una vez estaban todos dentro del submarino, Harrow ordenó al oficial médico Devore que pusiera en marcha el gramófono. Devore accionó el aparato, situado a la entrada de la sala de camarotes y de la bocina emergieron las notas de “Its a Long Way to Tipperary”

Annie comprobó, con cierta alegre sorpresa, cómo la canción animaba los espíritus de los marineros y oficiales. Todos la silbaban, tarareaban y algunos pocos hasta la cantaban con cierto entusiasmo. Mientras Harrow lanzaba órdenes, repetidas por su contramaestre, y a su vez por los oficiales adecuados, el submarino comenzó a sumergirse.

Los oficiales y los marineros se movían sin tener en cuenta el rango o el puesto, dejando de lado las formalidades para conseguir una mayor eficacia y comodidad. Resultaba evidente que mantener alta la moral era algo de máxima importancia en ese espacio reducido y asfixiante.

― Quince metros ―informó el marinero a cargo del control de profundidad.

―Apague el gramófono, señor Devore. Hombres, a sus puestos de combate ―tras unos frenéticos segundos en los que marineros y oficiales iban y venían de un lado a otro, Harrow agarró el micrófono. ― Máximo silencio.

Devore miró a Annie y se llevó un dedo a los labios. Annie se sintió estúpida. Todos actuaban según las órdenes, pero se apreciaba miradas confusas, preguntas en susurros, dudas. El secreto de la misión tenía en ascuas a muchos de los marineros.

Además estaba el tema del submarino. Annie escuchaba como el metal se quejaba y chirriaba. El continuo caer de decenas de goteras y algún que otro martillazo de marineros cómo Fulci, tapando viejas grietas. ¿Para qué tanto silencio?

A los 21 metros  el operario de sónar, Acker, alzó la mano. La otra se apretaba uno de los cascos contra su oreja derecha y tenía los ojos cerrados, muy concentrado.

― Un objeto no identificado… Grande, no tengo claro que… se acerca, se… ―Acker se giró hacia el capitán con los ojos muy abiertos― Se acerca muy rápido.

El comandante Harrow se lanzó sobre el periscopio de ataque y tuvo tiempo de mascullar una maldición antes de que la nave chocase contra algo.

El submarino comenzará a chirriar y rechinar estrepitosamente, girando a babor, al tiempo que media tripulación caía al suelo o se golpeaba contra paredes o instrumentos de mando. Annie se vio aprisionada contra la pared porque un veloz Devore, la había parapetado para que no saliera despedida junto a otros marineros como Murphy o el comandanta Baird, que se levantó con una sangrante brecha en la frente.

―¡Colisión! ―aulló Harrow.

De improviso, el submarino se balanceó violentamente hacia estribor, obligando a los marinos a no perder el equilibrio, y habiendo nuevas caídas y golpes. Las luces comenzaron a parpadear y desde el cuarto de máquinas, al fondo del submarino, comenzó a sonar una alarma.

―¿Qué está pasando? ―chilló Annie―¿Qué está…?

Una junta saltó cerca de la Finn y un chorro de gélida agua fría la golpeó, calándolos hasta los huesos a ella y a Devore.

―¡Contramarcha! ¡Contramarcha! ―gritaba Harrow. Pero por más que los motores del submarino gruñían este no  se alejaba… si no que descendía poco a poco.

― 25 metros ―gritó el marinero― ¡27 metros! ¡29 metros!

En la sala de torpedos uno de los proyectiles se soltó de sus anclajes, rodando peligrosamente por la sala.  El Teniente Hyde se hizo a un lado, pero observó como el pesado cilindro de metal caía contra la pierna de uno de sus marineros, aplastándosela. El crujido resonó por encima del estruendo que retorcía el submarino.

Hyde se arrastró cómo pudo y llegó hasta el intercomunicador.

―¡Herido en la sala de torpedos! ―gritó.

En la sala de control Devore alzó la vista hacia la petición de ayuda y salió corriendo… en dirección contraria.

―¿A dónde demonios va Devore? ―espetó Murphy.

―Yo que sé ―se quejó el comandante Baird, mientras se tapaba la brecha de su cabeza con un pañuelo.

―¡Señorita O’Carolan! ―gritó el comandante Harrow―. Avise a Devore que tienen heridos en la sala de torpedos y aquí. ¡Señor Hyde! ¡Señor Burnes! ¡Informe de daños!

Pero nadie pudo escuchar nada de los informes por los horripilantes chirridos que resonaron desde la Proa. Toda la tripulación los escuchó, aterrados… todos creyeron oír lo mismo.

― Parece que algo está intentando abrirse a zarpazos desde afuera ―murmuró Acker.

El comandante Harrow, qué había pensado lo mismo, pero no terminaba de creérselo, se giró hacia su contramaestre:

―Torpedo en el tubo uno  ¡Detonador para mínimo alcance!

―Pero, señor…

―¡Deprisa! ¡Y agárrense a donde puedan!

Annie consiguió atajar al doctor Devore, cuando este llegó a la entrada de la sala de máquinas, donde el enorme oficial Burnes le miraba con ojos inexpresivos, sin entender que buscaba el médico entre sus turbinas y motores.

―El herido está en la sala de torpedos ―informó Annie.

―¿Qué…? Pero si yo…

―En la sala de torpedos.

Mientras, Annie y Devore, volvían sobre sus pasos, y el Teniente Hyde y sus operarios disponibles preparaban el torpedo, el submarino volvió a chirriar, como si algo estuviera deslizando una larga y poderosa garra por toda la estructura metálica.

―¡Torpedo listo!

―¡Fuego!

El torpedo salió disparado, detonando a continuación. La onda expansiva zarandeó al submarino, arrojando a más hombres al suelo, apagando las luces de la nave, dejándoles sumidos en la oscuridad… Devore se lanzó sobre Annie y volvió a protegerla de acabar rodando por el suelo.

Y todos escucharon un horrible chillido de dolor, un barritar grave, inhumano e imposible que les heló la sangre.

Justo cuando Annie y Devore llegaron a la sala de control escucharon como el ingeniero jefe Burnes informaba que los motores estaban operativos, que el submarino estaba libre y podían cambiar de maniobra.

Y antes de que el comandante Harrow pudiera ordenar nada, un marinero llamado Herbert East emergió a su espalda, apoyó el cañón una automática del 45 en la cabeza del comandante y siseó, mientras espumarajos de saliva le goteaban por las comisuras de los labios:

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

La Redada (7) ¿Has visto a Harry el Peludo?

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Cabo Leven

Soldados de Primera White y Mason

Soldados Rasos Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “”Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie

Teniente David Carter

Cabo Internino Deems

Soldados de Primera Bourbon y Chumeski

Soldados Rasos Rist y Muzzarella

Escuadra Dog

Sargento Roster

Cabo Interino Downey

Soldado de Primera Lanier

Soldados Rasos Bloom y Bouchar

Operario de radio Pearlman

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Cuatro botes descendieron del guardacostas Urania a dos kilómetros y medio de la costa de Innsmouth. En cada bote había una escuadra de ocho marines norteamericanos. El primer bote lo comandaba el teniente Doud junto a siete hombres seleccionados y denominados cómo escuadra Abel.

En el segundo bote, de la denominada escuadra Baker, estaban Colin O’Bannon y Greg Pendergast, escondidos bajo un poncho impermeable de color verde oscuro y un casco en forma de bol.

El teniente Doud no se había molestado en demostrar cuanto le desagradaba la idea de tener que cuidar a la pareja de ACEs, así que los había dejado a cargo del sargento Rudy Smeltz… lo cual había supuesto un alivio para los Finns.

Smeltz era un armario empotrado de tres cuerpos, calvo, imponente y que llevaba bajo el brazo una metralleta Thompson perfectamente engrasada. Despedía un grandísimo tufo a veterano de guerra, veterano de la Grande y se enorgullecía de ello. Smeltz les propinó unos fuertes apretones de manos, sin sonreír. Tampoco le agradaba la idea de ser el canguro de los asesores civiles especiales, pero Smeltz era un soldado que cumplía las órdenes. Hasta el final.

―Sin rodeos. Ya me han dicho que uno de vosotros es un chupatintas y el otro un tahúr, así que elegid: Colt M1911 calibre 45. o Sprinfield M1903 30-06 ―Colin y Greg abrieron mucho la boca y se miraron de reojo intentando adivinar la respuesta, pero Smeltz, que tenía prisa puso los ojos en blancos y resumió―. Pistola o Fusil.

―¿No tendrá un bate de baseball o un palo por algún lado? ―preguntó Greg echando de menos su preciado bate.

―Descarga el fusil y golpea con la culata ―gruñó Smeltz al tiempo que le tiraba el fusil Springfiel y le lanzaba dos cargadores y una linterna.

―Yo la pistola ―eligió Colin. O’Bannon chequeó el arma con tres rápidos movimientos. Jugó con el percutor y le puso el seguro antes de depositarla de nuevo en su cartuchera―. Prefiero los revólveres. No se atascan.

―Tahúr.. Ya, claro… ―murmuró Smeltz, al tiempo que les guiaba hacia el bote donde les esperaban cinco hombres.

―Escuadra, Firmes―espetó un soldado enjuto y feo que toqueteaba una radio-mochila.

―Descansen―siseó Smeltz antes de que ninguno de los otros cuatro soldados hubiera tenido tiempo de moverse―. Soldados estos son los Asesores Civiles Especiales que los federales han cedido a la unidad. Greg Pendergast y Colin O’Bannon. Por lo visto ya han estado aquí y… pueden ayudar.

―¿Es verdad lo de los monstruos? ―dijo un tipo grandullón con voz profunda, sin apenas abrir la boca. Smeltz apestaba a soldado veterano, este chico olía a granjero de Iowa.

― Soldado raso Mayhew… ―le reprendió Smeltz al tiempo que se sentaba y comprobaba su metralleta. En la culata, Smeltz había grabado a cuchillo cinco letras “TOMMY”.

―Señor, en mi pueblo había un monstruo, señor. En las colinas. Era grande y lleno de pelo. Nos robaba ovejas y cabras, señor. Una vez que estaba reuniendo a las ovejas lo vi acechándonos, señor. Casi dos metros. Mucho pelo. Pies grandes.

―¿Cómo lo llamaban, Mayhew? ―preguntó un tipo fuerte, con un gran mostacho y un puro a medio fumar que olía a mierda de vaca. Cargaba con un pesado lanzallamas.

Greg y Colin se miraron de reojo.

―Lo llamaban Harry, el peludo ―contestó Mayhew.

Un estallido de carcajadas rompió el silencio de la noche, hasta que el teniente Doud comenzó a gritar desde su bote para que se callasen. Smeltz, que parecía que le dolía reírse, silenció a su escuadra en dos secas órdenes y mandó a Mayhew y a otro soldado joven, cuyo rizos morenos se escapaban bajo el casco, que se pusieran a remar.

El tipo del bigote y el puro extendió una mano enguantada hacia los Finns.

―Yo soy el cabo Archie Pollard, pero todo el mundo me llama “Cenicero” al igual que al sargento Smeltz le llamada “Dispara primero” ―la risa de Pollard era el rugir moribundo de un coche intentando arrancar―. Ese tipo tan callado y tan feo es el cabo Kaye.

Kaye estaba en un extremo de un bote,  era bajito, fuerte y tenía la mejilla derecha salpicada por las cicatrices de quemaduras. No eran tan llamativas cómo las de Liam McMurdo, pero sin duda eran de las que te hacían sentirte incómodo ante una hoguera… y llevaba un lanzallamas acoplado a la espalda.

― El soldado raso Mayhew ya os ha causado una gran primera impresión, seguro. Lo que nos deja a nuestro operario de radio, el querido cabo Wold, operario de radio y que se siente muy solo al no tener al Teniente Doud cerca, ¿verdad que sí, cabo?

― ¿Va a permitir que el cabo Pollard me hable así, Sargento?

― Sip ―respondió Smeltz sin mirarle, pues oteaba el horizonte.

Wold le fusiló con una penetrante mirada y luego la descargó en Pollard que expelió sobre el operario de radio una bocanada de humo de su maloliente puro.

―Y por último, nuestro cachorro. El soldado raso Pelkie.

El joven de los rizos morenos se volvió hacia Colin y Greg y estrechó sus manos.

― Tienden a tratarme como a una puta mascota, pero soy un tipo duro de roer.

― Ya habla como un hombre ―dijo “Cenicero” Pollard― Hasta le está saliendo barba… ¡Cómo te salga mucha asustarás a Mayhew!

Más carcajadas. Los cuatro botes botaban entre ola y ola, al tiempo que la oscura silueta de la ensenada que había al noreste de Innsmouth se agrandaba ante ellos.

―¿Es verdad lo del tesoro? ―preguntó Pelkie entre palada y palada, jadeo y jadeo.

Greg Pendergast se acercó hasta él muchacho.

―¿Qué tesoro?

―Charlie Anzack… uno de los soldados que va en el bote Abel con el teniente. Nos dijo que había un tesoro. Que los contrabandistas de Innsmouth tenían mucho oro y lo escondían en sus túneles.

―Sí, ya ―comenzó Greg recordando―. Las leyendas del oro del capitán Obed Marsh. Son cuentos, chico.

―Pues Anzack decía que un amigo suyo le contó que había cámaras estancas, ocultas, llenas de lingotes de oro blanco en los túneles de los contrabandistas.

―¿Soldado Pelkie tú misión es encontrar lingotes de oro blanco? ―preguntó el sargento Smeltz.

―No, señor.

―Pues céntrate en tu misión, chico. Y olvídate de los cuentos chinos que cuenta Anzack.

―Sí, señor.

El soldado raso siguió remando, y Greg se acomodó junto a su amigo.

― Como nos van a joder ―susurró Colin a Greg, que asintió con la cabeza.

Rodearon un islote de arena gris saliendo a las salobres aguas de la marisma, llenas de algas fosforescentes que desprendían un fulgor fantasmal por todo el paisaje invernal. El teniente Doud ladró una orden exigiendo silencio.

―Muy listo ―siseó Kaye ―el teniente grita: ¡Silencio!, esperando que nadie le oiga a él. No aprendió  el gesto para hacernos callar en la academia, ¿o qué?

El Cabo Wold le chistó.

―Es tan listo que pone a los lanzallamas, al operario de radio y a los asesores civiles en el mismo bote ―gruñó Smeltz sin apartar la vista de la costa que se cernía sobre ellos.

― Usted nos habría dividido, ¿no, señor? ―preguntó el soldado raso Pelkie.

El Cabo Wold le chistó.

―Otro “chist” más y te tiro del bote, cabo Wold ―susurró el sargento Smetlz.

En la pared derecha comenzaron a surgir pequeños agujeros. Algunos muy pequeños, inútiles para pasar por allí con los botes. El teniente Doud no vio la primera entrada que encontraron factible y fueron las señas con linternas efectuadas por el teniente Carter, de la escuadra Charlie, las que lo alertaron del túnel. Doud ordenó a Carter y las escuadras Charlie y Dog, pasar por esa entrada mientras buscaba otra.

Sólo tuvieron que recorrer otros tensos cien metros en silencio hasta que Colin O’Bannon localizó otra entrada al complejo de los túneles de los contrabandistas. La entrada estaba bloqueada por escombros de madera a la deriva y otros detritos.

El teniente Doud ordenó a los soldados Anzack, Witzneki y Cooley, los tres en su bote, que los apartasen. El trío se puso a ello, no sin antes quejarse de que siempre les tocaban las peores tareas y que trabajan más duro que el resto.

―¡Silencio, Anzack! ―ladró Doud― ¡Maldita sea!

―¿Qué ha sido eso? ―preguntó Mayhew con la mirada perdida en el resplandor verdoso de las algas.

―¿El qué? ―susurró Pealkie con la voz convertida en un gemido.

―Yo también lo he visto ―afirmó Colin al tiempo que desenfundaba la pistola. Greg le miraba muy serio―. Es uno de ellos.

―¿C….C-c-cómo que uno de ellos?

―Os dije que había monstruos ―susurró Mayhew sin dejar de mirar el agua.

―Los hay, pero ninguno es Harry, el peludo ―murmuró Colin―. Los llaman profundos y tiene escamas…

Smeltz soltó un silbido, corto y seco. Miraba fijamente a Colin y luego a Mayhew.

―Soldados Mayhew y Pelkie, remos. El resto, tened las armas preparadas.

Los soldados Anzack, Witzneki y Cooley, habían terminado de apartar escombros y la barca de la escuadra Abel se adentró en los lóbregos túneles, seguida por la de la Baker. Los túneles de los contrabandistas eran cavernas naturales, cubiertas de fango, llenas de basura y maderos podridos traídos por las corrientes e inundadas por un metro, metro y medio, de agua verdosa. Apestaba a pescado podrido. El resplandor fantasmagórico de las algas desapareció cuando el Teniente Doud encendió una bengala roja. Smeltz y la escuadra Baker refunfuñaron porque la luz de la bengala les hacía visibles en la oscuridad y no permitía que los ojos de los soldados se adaptaran a la penumbra.

Hasta Greg y Colin sabían que eso no era una buena idea.

―Este idiota nos va a matar a todos ―murmuró Colin.

El cabo Wold le chistó.

Smeltz le propinó un empelló que casi tira al cabo de la barca. El sargento le apuntó con un dedo acusador.

―Te lo advertí ―gruñó entre dientes.

El túnel desembocó en una pequeña cueva de la que salían varios túneles y que estaba dominada por un islote de escombros y madera podrida que obstruía el paso. El teniente Doud ordenó, de nuevo, al soldado raso Aznak que retirase los escombros y este, de nuevo, se quejó. La discusión se elevó de tono, resonando las voces de Doud y Anzack por los túneles. Cansado de tanta chorrada, el cabo Leven, de la escuadra Abel, ordenó a los soldados Barrow y White que le ayudasen a quitar escombros.

―¿Algún voluntario? ―preguntó el Sargento Smeltz.

“Cenicero” Pollard se levantó y le pegó un palmetazo en medio de la espalda a Pelkie.

―Novato, conmigo ―le ordenó y el Cabo Pollard y el soldado raso saltaron al islote de escombros y ayudaron a desplazar pedazos de madera podrida.

Durante en un tenso minuto de silencio, roto por los jadeos de los soldados que apartaban basura, destrozando el islote, toda la escuadra Baker achinaba los ojos intentando ver algo en el agua, entre las sombras. Mayhew había apoyado su fusil sobre las rodillas. Wold había sacado su pistola. Smeltz quitó el seguro de “Tommy”. Kaye sacó de su boca un gran cuchillo de combate.

Greg miró a Colin, alzó una ceja y señaló al Teniente Doud y su bengala. Colin se encogió de hombros. Greg resopló y tocó al sargento Smeltz en el hombro.

―¿Sargento… no sería mejor que el teniente apagase la bengala?

―¿Sois experto en tácticas militares, asesor civil? ―preguntó el Cabo Wold con desdén.

―No, pero tenemos dos dedos de frente ―siseó Colin.

―El teniente es duro como una roca, chico. Lo que se aplica también a su mollera. De momento no viene mal su bengala.

Cuando el resto de soldados consiguieron apartar desperdicios suficientes para permitir el paso a una de las barcas, Pollard se volvió hacia Anzack:

―No ha sido tan difícil. Y lo he hecho con un puto lanzallamas de treinta kilos a la espalda.

Anzack iba a contestar, pero no pudo.

En ese momento el cabo Leven cayó por entre los desperdicios, quedando hundido hasta la cintura.

―¡Cago en tus putos muertos, Anzack!―le maldijo― ¡Voy a estar oliendo a pescado los próximos mil años por tu puta culpa, soplapollas! Esta me la… M…

Y entonces el cabo Anthony Leven gritó. Chilló. Suplicó pidiendo ayuda, pidiendo que lo sacasen de allí.

―Ya están aquí ―vaticinó Colin O’Bannon apuntando al agua con el Colt.45.

Pelkie avanzó con destreza por los resto del islote y se lanzó sobre el cabo Leven que tuvo tiempo de sacar su pistola reglamentaria y disparar dos veces cerca de su cintura, pero no sirvió de nada… gritó aún más fuerte antes de esputar una lluvia de sangre. El soldado Pelkie le agarró de las axilas, tiró… pero no podía sacarlo.

―¡Señor!, ¿qué hacemos, señor? ―gritó el cabo Wold al Teniente Doud.

―P-p-pues… sáquenle. ¡Sáquenle de allí!

Mayhew saltó del bote al islote de escombros, al tiempo que el soldado Barrow volvía y se tiraba dentro del bote de la escuadra Abel. Mayhew y Pollard se acercaron hasta Pelkie, los tres cogieron al cabo Leven, que hizo un disparo más hacia sus piernas, antes de que los tres fuertes soldados le agarraban de donde podían y tiraron. Leven aulló y vomitó un borbotón de sangre que salpicó a Pelkie en la cara.

― Al final voy a tener que hacerlo yo ―gruñó Kaye que se lanzó sobre el islote, hombro con hombro con el Sargento Rudy Smeltz. Se unieron a Mayhew, Pollard y Pelkie y entre los cinco sacaron a Leven del agujero.

Pero no sus piernas.

El cabo había sido seccionado en dos, le habían arrancado las piernas, abierto el abdomen y sus culebreantes intestinos se desenrollaron cayendo sobre el agua. Pelkie cayó de rodillas, pálido, boqueando como un pez, en shock. El sargento Smeltz se quedó mirando los ojos sin vida del cabo Leven, atrapado en esa mirada que había visto en muchos camaradas caídos en combate durante la Grande.

―Al bote ―murmuró con voz seca.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó el Teniente Doud ―¿¡Qué ha pasado!?

―Ha muerto ―contestó Smeltz alcanzando el bote Baker ―Algo le ha partido en dos.

―¿¡Aún son tan obtusos cómo para no creer que hay monstruos aquí!? ―preguntó Greg Pendergast.

―P… pero… pero ―el teniente Doud no podía salir de su asombro―. ¿Qué ha podido…? ¿¡Qué ha podido hacer esto!?

―Se les llama Profundos. Dos metros. Tienen branquias. Garras afiladas. Membranas interdigitales. Viven en el agua.

― ¿Dónde está el otro? ―preguntó Colin buscando entre los escombros.

―¿Qué otro? ¿Hay más? ―chillo Pelkie agarrando su fusil con dedos temblorosos.

―¡No, joder! El soldado. Subieron tres soldados del bote del teniente y sólo ha regresado uno.

Todos los soldados se volvieron hacia Barrow, el soldado que había regresado.

― ¿Dónde está el soldado White? –ladró el teniente Doud.

―V… Venía detrás de mí.

― ¡Granadas! ―chilló Doud al tiempo que señalaba el islote―. A mi señal arrojen sus granadas.

―Pero, señor… ―comenzó el sargento Smeltz. Doud lanzó la bengala sobre el silote de escombros.

― ¡AHORA!

Wold, Anzack. Witznecki, Cooley, Kaye y Pollard arrojaron sus granadas sobre el islote y todos los marines se refugieron dentro de las barcazas. La detonación hizo temblar los túneles. El islote de escombros desapareció y el olor a pescado podrido se evaporó, consumido por el de pólvora y madera quemada. No había cuerpos en el agua, ni humanos, ni monstruos.

― Al que haga un chiste con un puto bigfoot, lo juro por Dios, le pego un tiro en la espalda ―murmuró el soldado raso Mayhew.