La Redada (7) ¿Has visto a Harry el Peludo?

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Cabo Leven

Soldados de Primera White y Mason

Soldados Rasos Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “”Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie

Teniente David Carter

Cabo Internino Deems

Soldados de Primera Bourbon y Chumeski

Soldados Rasos Rist y Muzzarella

Escuadra Dog

Sargento Roster

Cabo Interino Downey

Soldado de Primera Lanier

Soldados Rasos Bloom y Bouchar

Operario de radio Pearlman

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Cuatro botes descendieron del guardacostas Urania a dos kilómetros y medio de la costa de Innsmouth. En cada bote había una escuadra de ocho marines norteamericanos. El primer bote lo comandaba el teniente Doud junto a siete hombres seleccionados y denominados cómo escuadra Abel.

En el segundo bote, de la denominada escuadra Baker, estaban Colin O’Bannon y Greg Pendergast, escondidos bajo un poncho impermeable de color verde oscuro y un casco en forma de bol.

El teniente Doud no se había molestado en demostrar cuanto le desagradaba la idea de tener que cuidar a la pareja de ACEs, así que los había dejado a cargo del sargento Rudy Smeltz… lo cual había supuesto un alivio para los Finns.

Smeltz era un armario empotrado de tres cuerpos, calvo, imponente y que llevaba bajo el brazo una metralleta Thompson perfectamente engrasada. Despedía un grandísimo tufo a veterano de guerra, veterano de la Grande y se enorgullecía de ello. Smeltz les propinó unos fuertes apretones de manos, sin sonreír. Tampoco le agradaba la idea de ser el canguro de los asesores civiles especiales, pero Smeltz era un soldado que cumplía las órdenes. Hasta el final.

―Sin rodeos. Ya me han dicho que uno de vosotros es un chupatintas y el otro un tahúr, así que elegid: Colt M1911 calibre 45. o Sprinfield M1903 30-06 ―Colin y Greg abrieron mucho la boca y se miraron de reojo intentando adivinar la respuesta, pero Smeltz, que tenía prisa puso los ojos en blancos y resumió―. Pistola o Fusil.

―¿No tendrá un bate de baseball o un palo por algún lado? ―preguntó Greg echando de menos su preciado bate.

―Descarga el fusil y golpea con la culata ―gruñó Smeltz al tiempo que le tiraba el fusil Springfiel y le lanzaba dos cargadores y una linterna.

―Yo la pistola ―eligió Colin. O’Bannon chequeó el arma con tres rápidos movimientos. Jugó con el percutor y le puso el seguro antes de depositarla de nuevo en su cartuchera―. Prefiero los revólveres. No se atascan.

―Tahúr.. Ya, claro… ―murmuró Smeltz, al tiempo que les guiaba hacia el bote donde les esperaban cinco hombres.

―Escuadra, Firmes―espetó un soldado enjuto y feo que toqueteaba una radio-mochila.

―Descansen―siseó Smeltz antes de que ninguno de los otros cuatro soldados hubiera tenido tiempo de moverse―. Soldados estos son los Asesores Civiles Especiales que los federales han cedido a la unidad. Greg Pendergast y Colin O’Bannon. Por lo visto ya han estado aquí y… pueden ayudar.

―¿Es verdad lo de los monstruos? ―dijo un tipo grandullón con voz profunda, sin apenas abrir la boca. Smeltz apestaba a soldado veterano, este chico olía a granjero de Iowa.

― Soldado raso Mayhew… ―le reprendió Smeltz al tiempo que se sentaba y comprobaba su metralleta. En la culata, Smeltz había grabado a cuchillo cinco letras “TOMMY”.

―Señor, en mi pueblo había un monstruo, señor. En las colinas. Era grande y lleno de pelo. Nos robaba ovejas y cabras, señor. Una vez que estaba reuniendo a las ovejas lo vi acechándonos, señor. Casi dos metros. Mucho pelo. Pies grandes.

―¿Cómo lo llamaban, Mayhew? ―preguntó un tipo fuerte, con un gran mostacho y un puro a medio fumar que olía a mierda de vaca. Cargaba con un pesado lanzallamas.

Greg y Colin se miraron de reojo.

―Lo llamaban Harry, el peludo ―contestó Mayhew.

Un estallido de carcajadas rompió el silencio de la noche, hasta que el teniente Doud comenzó a gritar desde su bote para que se callasen. Smeltz, que parecía que le dolía reírse, silenció a su escuadra en dos secas órdenes y mandó a Mayhew y a otro soldado joven, cuyo rizos morenos se escapaban bajo el casco, que se pusieran a remar.

El tipo del bigote y el puro extendió una mano enguantada hacia los Finns.

―Yo soy el cabo Archie Pollard, pero todo el mundo me llama “Cenicero” al igual que al sargento Smeltz le llamada “Dispara primero” ―la risa de Pollard era el rugir moribundo de un coche intentando arrancar―. Ese tipo tan callado y tan feo es el cabo Kaye.

Kaye estaba en un extremo de un bote,  era bajito, fuerte y tenía la mejilla derecha salpicada por las cicatrices de quemaduras. No eran tan llamativas cómo las de Liam McMurdo, pero sin duda eran de las que te hacían sentirte incómodo ante una hoguera… y llevaba un lanzallamas acoplado a la espalda.

― El soldado raso Mayhew ya os ha causado una gran primera impresión, seguro. Lo que nos deja a nuestro operario de radio, el querido cabo Wold, operario de radio y que se siente muy solo al no tener al Teniente Doud cerca, ¿verdad que sí, cabo?

― ¿Va a permitir que el cabo Pollard me hable así, Sargento?

― Sip ―respondió Smeltz sin mirarle, pues oteaba el horizonte.

Wold le fusiló con una penetrante mirada y luego la descargó en Pollard que expelió sobre el operario de radio una bocanada de humo de su maloliente puro.

―Y por último, nuestro cachorro. El soldado raso Pelkie.

El joven de los rizos morenos se volvió hacia Colin y Greg y estrechó sus manos.

― Tienden a tratarme como a una puta mascota, pero soy un tipo duro de roer.

― Ya habla como un hombre ―dijo “Cenicero” Pollard― Hasta le está saliendo barba… ¡Cómo te salga mucha asustarás a Mayhew!

Más carcajadas. Los cuatro botes botaban entre ola y ola, al tiempo que la oscura silueta de la ensenada que había al noreste de Innsmouth se agrandaba ante ellos.

―¿Es verdad lo del tesoro? ―preguntó Pelkie entre palada y palada, jadeo y jadeo.

Greg Pendergast se acercó hasta él muchacho.

―¿Qué tesoro?

―Charlie Anzack… uno de los soldados que va en el bote Abel con el teniente. Nos dijo que había un tesoro. Que los contrabandistas de Innsmouth tenían mucho oro y lo escondían en sus túneles.

―Sí, ya ―comenzó Greg recordando―. Las leyendas del oro del capitán Obed Marsh. Son cuentos, chico.

―Pues Anzack decía que un amigo suyo le contó que había cámaras estancas, ocultas, llenas de lingotes de oro blanco en los túneles de los contrabandistas.

―¿Soldado Pelkie tú misión es encontrar lingotes de oro blanco? ―preguntó el sargento Smeltz.

―No, señor.

―Pues céntrate en tu misión, chico. Y olvídate de los cuentos chinos que cuenta Anzack.

―Sí, señor.

El soldado raso siguió remando, y Greg se acomodó junto a su amigo.

― Como nos van a joder ―susurró Colin a Greg, que asintió con la cabeza.

Rodearon un islote de arena gris saliendo a las salobres aguas de la marisma, llenas de algas fosforescentes que desprendían un fulgor fantasmal por todo el paisaje invernal. El teniente Doud ladró una orden exigiendo silencio.

―Muy listo ―siseó Kaye ―el teniente grita: ¡Silencio!, esperando que nadie le oiga a él. No aprendió  el gesto para hacernos callar en la academia, ¿o qué?

El Cabo Wold le chistó.

―Es tan listo que pone a los lanzallamas, al operario de radio y a los asesores civiles en el mismo bote ―gruñó Smeltz sin apartar la vista de la costa que se cernía sobre ellos.

― Usted nos habría dividido, ¿no, señor? ―preguntó el soldado raso Pelkie.

El Cabo Wold le chistó.

―Otro “chist” más y te tiro del bote, cabo Wold ―susurró el sargento Smetlz.

En la pared derecha comenzaron a surgir pequeños agujeros. Algunos muy pequeños, inútiles para pasar por allí con los botes. El teniente Doud no vio la primera entrada que encontraron factible y fueron las señas con linternas efectuadas por el teniente Carter, de la escuadra Charlie, las que lo alertaron del túnel. Doud ordenó a Carter y las escuadras Charlie y Dog, pasar por esa entrada mientras buscaba otra.

Sólo tuvieron que recorrer otros tensos cien metros en silencio hasta que Colin O’Bannon localizó otra entrada al complejo de los túneles de los contrabandistas. La entrada estaba bloqueada por escombros de madera a la deriva y otros detritos.

El teniente Doud ordenó a los soldados Anzack, Witzneki y Cooley, los tres en su bote, que los apartasen. El trío se puso a ello, no sin antes quejarse de que siempre les tocaban las peores tareas y que trabajan más duro que el resto.

―¡Silencio, Anzack! ―ladró Doud― ¡Maldita sea!

―¿Qué ha sido eso? ―preguntó Mayhew con la mirada perdida en el resplandor verdoso de las algas.

―¿El qué? ―susurró Pealkie con la voz convertida en un gemido.

―Yo también lo he visto ―afirmó Colin al tiempo que desenfundaba la pistola. Greg le miraba muy serio―. Es uno de ellos.

―¿C….C-c-cómo que uno de ellos?

―Os dije que había monstruos ―susurró Mayhew sin dejar de mirar el agua.

―Los hay, pero ninguno es Harry, el peludo ―murmuró Colin―. Los llaman profundos y tiene escamas…

Smeltz soltó un silbido, corto y seco. Miraba fijamente a Colin y luego a Mayhew.

―Soldados Mayhew y Pelkie, remos. El resto, tened las armas preparadas.

Los soldados Anzack, Witzneki y Cooley, habían terminado de apartar escombros y la barca de la escuadra Abel se adentró en los lóbregos túneles, seguida por la de la Baker. Los túneles de los contrabandistas eran cavernas naturales, cubiertas de fango, llenas de basura y maderos podridos traídos por las corrientes e inundadas por un metro, metro y medio, de agua verdosa. Apestaba a pescado podrido. El resplandor fantasmagórico de las algas desapareció cuando el Teniente Doud encendió una bengala roja. Smeltz y la escuadra Baker refunfuñaron porque la luz de la bengala les hacía visibles en la oscuridad y no permitía que los ojos de los soldados se adaptaran a la penumbra.

Hasta Greg y Colin sabían que eso no era una buena idea.

―Este idiota nos va a matar a todos ―murmuró Colin.

El cabo Wold le chistó.

Smeltz le propinó un empelló que casi tira al cabo de la barca. El sargento le apuntó con un dedo acusador.

―Te lo advertí ―gruñó entre dientes.

El túnel desembocó en una pequeña cueva de la que salían varios túneles y que estaba dominada por un islote de escombros y madera podrida que obstruía el paso. El teniente Doud ordenó, de nuevo, al soldado raso Aznak que retirase los escombros y este, de nuevo, se quejó. La discusión se elevó de tono, resonando las voces de Doud y Anzack por los túneles. Cansado de tanta chorrada, el cabo Leven, de la escuadra Abel, ordenó a los soldados Barrow y White que le ayudasen a quitar escombros.

―¿Algún voluntario? ―preguntó el Sargento Smeltz.

“Cenicero” Pollard se levantó y le pegó un palmetazo en medio de la espalda a Pelkie.

―Novato, conmigo ―le ordenó y el Cabo Pollard y el soldado raso saltaron al islote de escombros y ayudaron a desplazar pedazos de madera podrida.

Durante en un tenso minuto de silencio, roto por los jadeos de los soldados que apartaban basura, destrozando el islote, toda la escuadra Baker achinaba los ojos intentando ver algo en el agua, entre las sombras. Mayhew había apoyado su fusil sobre las rodillas. Wold había sacado su pistola. Smeltz quitó el seguro de “Tommy”. Kaye sacó de su boca un gran cuchillo de combate.

Greg miró a Colin, alzó una ceja y señaló al Teniente Doud y su bengala. Colin se encogió de hombros. Greg resopló y tocó al sargento Smeltz en el hombro.

―¿Sargento… no sería mejor que el teniente apagase la bengala?

―¿Sois experto en tácticas militares, asesor civil? ―preguntó el Cabo Wold con desdén.

―No, pero tenemos dos dedos de frente ―siseó Colin.

―El teniente es duro como una roca, chico. Lo que se aplica también a su mollera. De momento no viene mal su bengala.

Cuando el resto de soldados consiguieron apartar desperdicios suficientes para permitir el paso a una de las barcas, Pollard se volvió hacia Anzack:

―No ha sido tan difícil. Y lo he hecho con un puto lanzallamas de treinta kilos a la espalda.

Anzack iba a contestar, pero no pudo.

En ese momento el cabo Leven cayó por entre los desperdicios, quedando hundido hasta la cintura.

―¡Cago en tus putos muertos, Anzack!―le maldijo― ¡Voy a estar oliendo a pescado los próximos mil años por tu puta culpa, soplapollas! Esta me la… M…

Y entonces el cabo Anthony Leven gritó. Chilló. Suplicó pidiendo ayuda, pidiendo que lo sacasen de allí.

―Ya están aquí ―vaticinó Colin O’Bannon apuntando al agua con el Colt.45.

Pelkie avanzó con destreza por los resto del islote y se lanzó sobre el cabo Leven que tuvo tiempo de sacar su pistola reglamentaria y disparar dos veces cerca de su cintura, pero no sirvió de nada… gritó aún más fuerte antes de esputar una lluvia de sangre. El soldado Pelkie le agarró de las axilas, tiró… pero no podía sacarlo.

―¡Señor!, ¿qué hacemos, señor? ―gritó el cabo Wold al Teniente Doud.

―P-p-pues… sáquenle. ¡Sáquenle de allí!

Mayhew saltó del bote al islote de escombros, al tiempo que el soldado Barrow volvía y se tiraba dentro del bote de la escuadra Abel. Mayhew y Pollard se acercaron hasta Pelkie, los tres cogieron al cabo Leven, que hizo un disparo más hacia sus piernas, antes de que los tres fuertes soldados le agarraban de donde podían y tiraron. Leven aulló y vomitó un borbotón de sangre que salpicó a Pelkie en la cara.

― Al final voy a tener que hacerlo yo ―gruñó Kaye que se lanzó sobre el islote, hombro con hombro con el Sargento Rudy Smeltz. Se unieron a Mayhew, Pollard y Pelkie y entre los cinco sacaron a Leven del agujero.

Pero no sus piernas.

El cabo había sido seccionado en dos, le habían arrancado las piernas, abierto el abdomen y sus culebreantes intestinos se desenrollaron cayendo sobre el agua. Pelkie cayó de rodillas, pálido, boqueando como un pez, en shock. El sargento Smeltz se quedó mirando los ojos sin vida del cabo Leven, atrapado en esa mirada que había visto en muchos camaradas caídos en combate durante la Grande.

―Al bote ―murmuró con voz seca.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó el Teniente Doud ―¿¡Qué ha pasado!?

―Ha muerto ―contestó Smeltz alcanzando el bote Baker ―Algo le ha partido en dos.

―¿¡Aún son tan obtusos cómo para no creer que hay monstruos aquí!? ―preguntó Greg Pendergast.

―P… pero… pero ―el teniente Doud no podía salir de su asombro―. ¿Qué ha podido…? ¿¡Qué ha podido hacer esto!?

―Se les llama Profundos. Dos metros. Tienen branquias. Garras afiladas. Membranas interdigitales. Viven en el agua.

― ¿Dónde está el otro? ―preguntó Colin buscando entre los escombros.

―¿Qué otro? ¿Hay más? ―chillo Pelkie agarrando su fusil con dedos temblorosos.

―¡No, joder! El soldado. Subieron tres soldados del bote del teniente y sólo ha regresado uno.

Todos los soldados se volvieron hacia Barrow, el soldado que había regresado.

― ¿Dónde está el soldado White? –ladró el teniente Doud.

―V… Venía detrás de mí.

― ¡Granadas! ―chilló Doud al tiempo que señalaba el islote―. A mi señal arrojen sus granadas.

―Pero, señor… ―comenzó el sargento Smeltz. Doud lanzó la bengala sobre el silote de escombros.

― ¡AHORA!

Wold, Anzack. Witznecki, Cooley, Kaye y Pollard arrojaron sus granadas sobre el islote y todos los marines se refugieron dentro de las barcazas. La detonación hizo temblar los túneles. El islote de escombros desapareció y el olor a pescado podrido se evaporó, consumido por el de pólvora y madera quemada. No había cuerpos en el agua, ni humanos, ni monstruos.

― Al que haga un chiste con un puto bigfoot, lo juro por Dios, le pego un tiro en la espalda ―murmuró el soldado raso Mayhew.

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