La Redada (8) ¡inmersión! ¡Inmersión!

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sonar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios del Annie O’Carolan cuando subió a bordo de la barca que la iba a llegar hasta el submarino S19. La habían dado un buen gabán en el guardacostas Urania y no solo eso. J. Edgar Hoover había ordenado que los ACEs fueran armados, así que a Annie le habían hecho entrega de una Colt M1911 de calibre 45 antes de subirse al bote.

El arma enfundada en su cartuchera se apretaba contra su bajo vientre al tomar asiento junto a un hombre moreno, de cabello rizado que lucía una gran sonrisa.

― ¿Qué tal? ―le preguntó  al tiempo que le tendía la mano.

Annie le devolvió el apretón de manos, sintiendo el anillo de casado que el hombre llevaba en sus cuidados dedos. No parecían los de un marinero.

― Soy el suboficial médico Devore, aunque puede llamarme Edward.

―Encantada, suboficial médico Devore ―contestó Annie luciendo una encantadora sonrisa, aunque sus palabras habían sepultado la de Devore―. Soy la señorita Annie O’Carolan.

Un marinero rechoncho que lucía un aparatoso y ridículo mostacho dejó escapar una cantarina risotada al escuchar el comentario de Annie.

―¿Es simpática la ragazza, eh, señor? ―dijo con un marcado acento italiano.

―Carácter, marinero Fulci, cómo las mujeres de su tierra, ¿no?

El orondo marinero Fulci gorjeó un par de enrevesadas frases en italiano. Mientras Devore negaba con la cabeza.

―¿Ha estado alguna vez en un submarino, señorita O’Carolan?

―Pues no he tenido el placer, no.

―Placer no hay ninguno, señorita― comenzó Devore―. El S19 es un S-boat de sesenta y cinco metros de eslora y 6 de manga. De acero. Tiene cinco salas, aunque no creo que el Comandante la quiera sacar de la sala de control. Cada sala puede cerrarse herméticamente en caso de que se inunde, aunque de no conseguir salir a flote, lo único que se conseguiría es retrasar un lento descenso hasta el fondo marino, que si es superior a los 60 metros, ocasionaría que la presión aplastase la nave. Los pasillos son tan estrechos que hay que pedir permiso para poder moverse. Es habitual que ocurran fugas y goteras. No hay ventanas, no hay ojos de buey, no hay portillas, no hay luz natural, no hay espacio, ni huida posible. ¿Es usted claustrofóbica?

―Antes de que usted comenzase a hablar no lo era.

―Pues espere a entrar dentro.

La barca llegó hasta el submarino. El marinero Fulci y Devore ayudaron a Annie a llegar hasta la torrecilla, donde la recibió el comandante Harrow, un hombre bajo pero fuerte, envuelto en un gabán azul marino, con una característica mandíbula cuadrada y unos serios ojos negros.

La torrecilla era estrecha, y además del suboficial médico Devore y Annie, había una gran ametralladora del calibre 50. y tres personas que el comandante Harrow no tardó en presentar: el teniente comandante Baird, el suboficial de 1ª Murphy y el suboficial de 3ª Acker.

―He leído las instrucciones junto al contramaestre De la Poer y el oficial de Artillería Hyde. Y ahora paso a compartirlas con los presentes: Tenemos órdenes de desplazarnos a la costa de Innsmouth, sumergirnos hasta la profundidad de 50metros donde tendremos que localizar un… y cito: “enclave submarino que recibe el nombre de Y’ha-nthlei”. Nuestra misión es localizarlo y torpedearlo con toda la potencia de fuego que tengamos disponible.

»Tras lo cual, le pregunto a usted, señorita: ¿Qué es Y’ha-nthlei?

En el pensamiento de Annie los glifos de R’lyeh se retorcieron, cobraron vida y le arañaron el espíritu. No es sólo que pudiera hablar de la ciudad, es que casi podía verla ante sus ojos.

― Es una ciudad submarina. No piensen en casas, edificios o calles. Imaginen altas torres de basalto y piedra, de coral y arrecife. Algas fosforescentes en vez de bombillas o candelabros. Y está habitada… habitada por los profundos, por los hijos de Dagon e Hydra, por la progenie de Cthulhu. Ninguno me cree, lo entiendo, solo escuchan un galimatías y un cuento de monstruos submarinos, de hombres pez… y les seré sinceros, yo tampoco los he visto… pero mis amigos sí, y yo he visto cosas y leído muchas otras. Allí abajo hay una ciudad habitada, repito, habitada por una especie que lleva sobreviviendo bajo el agua mucho más que nosotros sobre ella. Y no van a quedarse quietos mirando cómo los masacramos.

El suboficial de 1ª Murphy era calvo a excepción de dos estropajosas matas de cabello pelirrojo que nacían de los lados de su cabeza. Sus fuertes brazos estaban cubiertos por tatuajes, su rostro era rubicundo y su voz atronadora.

― ¿Esto es lo que entienden los federales por asesorar? Conozco mejores historias sobre sirenas y krakens.

―Silencio, Murphy ―ordenó el teniente comandante Baird.

Annie detestó a ese hombre siniestro por muy lustroso que fuera su uniforme. Según sus miradas se cruzaron, Annie sintió desdén, recelo y desprecio. Todo porque Annie era una mujer. Una mujer que no se quedaba encerrada en casa haciéndole la colada a su marido, cocinando su comida y atendiendo a la prole de niños que, cómo mujer tenía que engendrar. No, Annie era joven, soltera, independiente todo lo opuesto a lo que una mujer, según el teniente comandante Baird, tenía que ser.

―¿Alguna cosa más, señor? ―preguntó el tercer hombre, el suboficial Acker, el sónar. Era un tipo larguirucho, de frondosas patillas y enormes orejas que parecía incómodo ante la mirada de Annie. También se percibía que no le gustaba Murphy, ni Baird, pues estaba encajonado entre ambos y no sabía hacia donde mirar, parecía que no le importase lo dicho por Annie, la misión, ni siquiera que hicieran tres o cuatro grados por debajo de cero y él no llevase gabán, lo único que Acker quería era salir de allí.

―No, todos a sus puesto ―ordenó el Comandante.

Acker fue el primero en bajar, seguido de Baird. Mientras Murphy revisaba la ametralladora, Devore descendió por la escalerilla. Harrow agarró suavemente a Annie del antebrazo y su dura mirada ordenó al suboficial de la ametralladora bajar antes que ellos.

―Le seré sincera, señorita. La creo. Al menos creo que usted cree en lo que dice. Aún así, esto es un submarino. Una máquina bien engrasada y muy compleja… y usted, al igual que el capellán que me han encasquetado a última hora, son piezas de más. Si incomoda la esposaré a una tubería hasta que hayamos concluido la misión. Por tanto, la quiero bien pegada al culo del  oficial médico Devore, pero cerca de mí, para que pueda preguntarle cualquier duda que tenga respecto a esta extraña misión. ¿Le ha quedado claro?

Annie se sintió súbitamente sumisa ante la declaración del comandante. Ese hombre era duro, pero justo. La Finn asintió con la cabeza y, tras la invitación del comandante, bajó por la escalera de la torrecilla, penetrando en las entrañas del Submarino S19.

Las condiciones que había descrito Devore no se alejaban en nada a la realidad. El S19 era un largo pasillo de metal húmedo, lleno de hombres rudos que no paraban quietos. La sala de control tenía el tamaño de su baño, y en ella estaban Acker, el sonar, un joven marinero pelirrojo que estaba al timón y otro marinero moreno encargado de la profundidad, el comandante Harrow, el contramaestre De la Poer, el comandante Baird… Edward Devore apareció tras ella, saliendo de la zona donde estarían los camarotes, Annie ojeó la sala, quizá un poco más grande que la de control, donde vio a varios marineros arrodillados en torno a un hombre moreno, con alzacuellos que recitaba un salmo. El nuevo capellán. Entre los marineros, Annie distinguió a Fulci, el italoamericano y al Suboficial de 1ª Murphy.

Mientras cerraban la escotilla principal, un chorro de estática vibró por el sistema de megafonía.

― ¿Empezamos  o qué, señor? ―urgió una voz malhumorada―. Qué algunos tenemos que casarnos este fin de semana.

El comandante Harrow se acercó a un micrófono situado junto a los periscopios.

―Gracias por recordarnos por undécima vez lo disgustado que está, teniente Hyde. Espero, por su bien, que sea la última vez en lo que resta de misión.

―Señor, sí, señor ―contestó con marcado desprecio el Teniente Hyde desde la sala de torpedos.

― Señor Burnes, ―llamó por el sistema de comunicación el comandante Harrow―. ¿Todo listo en la sala de máquinas?

La voz grave y apática del suboficial de segunda Burnes contestó afirmativamente desde la sala de máquinas.

― Bien entonces. ¡Inmersión!

Frente a Annie y a Devore aparecieron Murphy y Fulci. El italiano venía hablando atropelladamente y haciendo aspavientos, mientras el pelirrojo fulminaba con su acerada mirada a la pequeña Finn.

― Una peste de sacerdote, todo su discurso estaba mal. Se notaba que acababa de ojearlo por encima.

―Serán los nervios.

―¿Nervios? Dio mío, ¿un cura nervioso por hablar ante sus feligreses? ¿A dónde vamos a llegar?

Una vez estaban todos dentro del submarino, Harrow ordenó al oficial médico Devore que pusiera en marcha el gramófono. Devore accionó el aparato, situado a la entrada de la sala de camarotes y de la bocina emergieron las notas de “Its a Long Way to Tipperary”

Annie comprobó, con cierta alegre sorpresa, cómo la canción animaba los espíritus de los marineros y oficiales. Todos la silbaban, tarareaban y algunos pocos hasta la cantaban con cierto entusiasmo. Mientras Harrow lanzaba órdenes, repetidas por su contramaestre, y a su vez por los oficiales adecuados, el submarino comenzó a sumergirse.

Los oficiales y los marineros se movían sin tener en cuenta el rango o el puesto, dejando de lado las formalidades para conseguir una mayor eficacia y comodidad. Resultaba evidente que mantener alta la moral era algo de máxima importancia en ese espacio reducido y asfixiante.

― Quince metros ―informó el marinero a cargo del control de profundidad.

―Apague el gramófono, señor Devore. Hombres, a sus puestos de combate ―tras unos frenéticos segundos en los que marineros y oficiales iban y venían de un lado a otro, Harrow agarró el micrófono. ― Máximo silencio.

Devore miró a Annie y se llevó un dedo a los labios. Annie se sintió estúpida. Todos actuaban según las órdenes, pero se apreciaba miradas confusas, preguntas en susurros, dudas. El secreto de la misión tenía en ascuas a muchos de los marineros.

Además estaba el tema del submarino. Annie escuchaba como el metal se quejaba y chirriaba. El continuo caer de decenas de goteras y algún que otro martillazo de marineros cómo Fulci, tapando viejas grietas. ¿Para qué tanto silencio?

A los 21 metros  el operario de sónar, Acker, alzó la mano. La otra se apretaba uno de los cascos contra su oreja derecha y tenía los ojos cerrados, muy concentrado.

― Un objeto no identificado… Grande, no tengo claro que… se acerca, se… ―Acker se giró hacia el capitán con los ojos muy abiertos― Se acerca muy rápido.

El comandante Harrow se lanzó sobre el periscopio de ataque y tuvo tiempo de mascullar una maldición antes de que la nave chocase contra algo.

El submarino comenzará a chirriar y rechinar estrepitosamente, girando a babor, al tiempo que media tripulación caía al suelo o se golpeaba contra paredes o instrumentos de mando. Annie se vio aprisionada contra la pared porque un veloz Devore, la había parapetado para que no saliera despedida junto a otros marineros como Murphy o el comandanta Baird, que se levantó con una sangrante brecha en la frente.

―¡Colisión! ―aulló Harrow.

De improviso, el submarino se balanceó violentamente hacia estribor, obligando a los marinos a no perder el equilibrio, y habiendo nuevas caídas y golpes. Las luces comenzaron a parpadear y desde el cuarto de máquinas, al fondo del submarino, comenzó a sonar una alarma.

―¿Qué está pasando? ―chilló Annie―¿Qué está…?

Una junta saltó cerca de la Finn y un chorro de gélida agua fría la golpeó, calándolos hasta los huesos a ella y a Devore.

―¡Contramarcha! ¡Contramarcha! ―gritaba Harrow. Pero por más que los motores del submarino gruñían este no  se alejaba… si no que descendía poco a poco.

― 25 metros ―gritó el marinero― ¡27 metros! ¡29 metros!

En la sala de torpedos uno de los proyectiles se soltó de sus anclajes, rodando peligrosamente por la sala.  El Teniente Hyde se hizo a un lado, pero observó como el pesado cilindro de metal caía contra la pierna de uno de sus marineros, aplastándosela. El crujido resonó por encima del estruendo que retorcía el submarino.

Hyde se arrastró cómo pudo y llegó hasta el intercomunicador.

―¡Herido en la sala de torpedos! ―gritó.

En la sala de control Devore alzó la vista hacia la petición de ayuda y salió corriendo… en dirección contraria.

―¿A dónde demonios va Devore? ―espetó Murphy.

―Yo que sé ―se quejó el comandante Baird, mientras se tapaba la brecha de su cabeza con un pañuelo.

―¡Señorita O’Carolan! ―gritó el comandante Harrow―. Avise a Devore que tienen heridos en la sala de torpedos y aquí. ¡Señor Hyde! ¡Señor Burnes! ¡Informe de daños!

Pero nadie pudo escuchar nada de los informes por los horripilantes chirridos que resonaron desde la Proa. Toda la tripulación los escuchó, aterrados… todos creyeron oír lo mismo.

― Parece que algo está intentando abrirse a zarpazos desde afuera ―murmuró Acker.

El comandante Harrow, qué había pensado lo mismo, pero no terminaba de creérselo, se giró hacia su contramaestre:

―Torpedo en el tubo uno  ¡Detonador para mínimo alcance!

―Pero, señor…

―¡Deprisa! ¡Y agárrense a donde puedan!

Annie consiguió atajar al doctor Devore, cuando este llegó a la entrada de la sala de máquinas, donde el enorme oficial Burnes le miraba con ojos inexpresivos, sin entender que buscaba el médico entre sus turbinas y motores.

―El herido está en la sala de torpedos ―informó Annie.

―¿Qué…? Pero si yo…

―En la sala de torpedos.

Mientras, Annie y Devore, volvían sobre sus pasos, y el Teniente Hyde y sus operarios disponibles preparaban el torpedo, el submarino volvió a chirriar, como si algo estuviera deslizando una larga y poderosa garra por toda la estructura metálica.

―¡Torpedo listo!

―¡Fuego!

El torpedo salió disparado, detonando a continuación. La onda expansiva zarandeó al submarino, arrojando a más hombres al suelo, apagando las luces de la nave, dejándoles sumidos en la oscuridad… Devore se lanzó sobre Annie y volvió a protegerla de acabar rodando por el suelo.

Y todos escucharon un horrible chillido de dolor, un barritar grave, inhumano e imposible que les heló la sangre.

Justo cuando Annie y Devore llegaron a la sala de control escucharon como el ingeniero jefe Burnes informaba que los motores estaban operativos, que el submarino estaba libre y podían cambiar de maniobra.

Y antes de que el comandante Harrow pudiera ordenar nada, un marinero llamado Herbert East emergió a su espalda, apoyó el cañón una automática del 45 en la cabeza del comandante y siseó, mientras espumarajos de saliva le goteaban por las comisuras de los labios:

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

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