La Redada (9) El Morador de las Profundidades

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                   – Garrido

Marinero Bart

Marinero Ralph

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                   – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor)                 – Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)           – Toño

Grumete Taft  (16 años)                                                  – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                             – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                                – Raúl

El Cocinero

 

Patrullero Vigilant

Contramaestre Curtis Henley

15 Marineros

 

Patrullero Spectre

Suboficial Jhon “Jefe” Walls

15 Marineros

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios de Thomas Connery y Jacob O’Neil mientras contemplaba cómo el submarino en el que había embarcado Annie O’Carolan se sumergía en las profundidades. Ambos se abrazaban a sí mismos, envueltos en los pesados abrigos militares que el marinero Fulton les había entregado.

Fulton era todo un personaje. Un paleto sureño, cuya voz subía y bajaba en una desafinada cantinela cada vez que hablaba, y que mientras les propiciaba un fusil y una pistola a cada uno no paraba de hablar de lo orgulloso que estaba por la misión que el Capitán Hearst le había asignado.

― ¡Tengo una pistola de bengalas! ―dijo orgulloso, mientras les mostraba la pistola.

Thomas y Jacob, acostumbrados cómo estaban a las armas de fuego, comprobaron el fusil y la pistola con movimientos mecánicos y entrenados, pero se quedaron congelados ante la declaración del marinero.

―Sil barco si hunde, soy yo quien tié que trabucar la bengala pa’ que vengan a buscarnos ―informó el marinero Fulton―. Por eso… ¡Tengo una pistola de bengalas!

En el momento en el que el submarino S19 desaparecía bajo las oscuras aguas cercanas al arrecife del Diablo, la desafinada voz de Fulton les llamó. El Capitán Hearst solicitaba audiencia en la timonera del guardacostas Urania.

Hearst estaba en la timonera, acompañado de un marinero silencioso y un oficial joven de mirada huidiza. Oteaba la oscura silueta de la ciudad de Innsmouth con unos prismáticos que depósito ante su pecho, donde resaltaba el bulto de la biblia que el capitán llevaba. Hearst se volvió.

―Reconozco que he tenido suerte con los ACE’s que me han tocado. Un soldado y un policía, hombres acostumbrado a recibir órdenes ―comenzó Hearst al tiempo que sus grises ojos despedían un brillo acerado― de ser alguno de los otros delincuentes,  tenía pensando encerrarlo en el calabozo durante todo este periplo… pero les seré franco ¡Este es mi barco! ¡Mío! ¡No de unos asesores! ¡No de unos agentes federales! No les necesito para cumplir con mi misión, porque yo siempre cumplo la misión. ¡Y al infierno con los de arriba si no les gusta! Y ahora, bajen a la camareta alta o a la cubierta principal, pero no les quiero aquí.

Thomas abrió la boca para decir algo, quizá un malhumorado, señor, sí, señor, pero Hearst no le dio tiempo.

―¡Fulton! ―el marinero llegó corriendo hasta el capitán―. Eres la niñera de nuestros asesores CIVILES especiales. A la camareta alta si quieren disfrutar del espectáculo o a la cubierta principal, si se quieren manchar las manos, me es indiferente. Pero que no molesten.

La noche comenzó a morir y las primeras luces del alba emergían desde el horizonte. Las patrulleras se acercaban hacia la costa. El Spectre al Norte, el Vigilant al sur. El Urania había detenido sus motores y parecía que iba a mantenerse cercano al Arrecife del Diablo, de oscuras y puntiagudas piedras.

Fulton guió a los investigadores por el barco, presentando a algunos de los marineros y oficiales. A proa estaba el suboficial de primera Tolben, un tipo larguirucho con una cuidada barba puntiaguda que recordaba al presidente Lincoln, ladrando órdenes a sus subordinados, tres marineros que mantenían a punto del cañón de 75mm.

A estribor, en la ametralladora del calibre 30, estaba el avezado suboficial de 3ª Chimes, un veterano de la Grande. Chimes se llevó dos dedos a la frente en señal de saludo cuando Thomas, Jacob y Fulton pasaron por su lado. Los investigadores vieron que el veterano además de la ametralladora, tenía una pistola del 45 enfundada a la cintura y un rifle del 30-06 apoyado a su lado. Contrastando con la profesionalidad de Chimes, estaba el operario de la ametralladora de calibre 50, el marinero Henson, un tipo desagradable obeso, lleno de tatuajes, cuyo apestoso hedor a humanidad les inundó las fosas nasales cuando pasaron a su lado.

En la popa había una colección de marineros y grumetes jóvenes. Fulton les señaló al grumete Taft, que había mentido al enrolarse diciendo que era mayor de edad, cuando en realidad tenían dieciséis años.

―¿Es verdad que vamos a atacar a una de nuestras ciudades? ―preguntó el grumete a Thomas. El marine asintió con la cabeza― Pero… ¿por qué atacamos a EEUU? ¿Hay enemigos en nuestro propio país?

―Eso es secreto, muchacho ―dijo el operario de la ametralladora de calibre 50 de babor, un hispano bajito y con pinta de tipo dura que se llamaba Pedro LaParca― Y de los secretos cuanto menos sepas, mejor.

La aparente calma que reinaba en el guardacostas se quebró cuando el suboficial de 3ª Chimes advirtió que había comenzado la batalla. Casi todo el mundo en cubierta se acercó hacia las barandillas para mirar hacia la oscura ciudad donde se apreciaban pequeños fogonazos por el pueblo y, si prestaban atención, se escuchaban los ecos de los disparos.

―¡Hay movimiento en las aguas cercanas al puerto! ―gritó el grumete Taft señalando.

Thomas hizo uso de sus prismáticos para cerciorarse de lo que el grumete había avistado… docenas de figuras humanoides nadando en dirección al puerto y la costa.

―¡Son Profundos! ―informó Thomas. Jacob asintió y sacó la pistola.

―¿Qu… quía dicho quí son? ―preguntó Fulton.

―Permiso para disparar el cañón, señor ―gritó el suboficial Tolben, que provisto de prismáticos también había visualizado a las docenas de figuras que nadaban cerca del puerto de Innsmouth.

―¡Ni tan siquiera lo piense, Tolben! ―aulló el capitán Hearst desde la timonera― El cañón está destinado para abatir embarcaciones enemigas… ¡No bañistas!

―¡No son bañistas! ―informó Jacob―Son las criaturas de las que les informamos durante la reunión.

La tripulación se volvió hacia los ACEs y les miraron expectantes. ¿Criaturas?

―¡Señor, nadie se baña al amanecer en febrero, señor! ―argumentó Tolben volviendo a mirar por sus prismáticos.

―¡Eso son paparruchas! ―gritó Hearst―¡Nadie dispara hasta nueva orden! ¡Les ha…!

Los barcos patrulleros abrieron fuego.

Los primeros disparos los inició el Spectre y rápidamente le imitó el Vigilant mientras el capitán Hearst no terminaba de creérselo. Thomas murmuró una palabrota, se posicionó en babor, el lado que más facilidades ponía para abrir fuego, clavó rodilla en la cubierta, apoyó el rifle contra su hombro y disparó.

La bala viajó un centenar de metros para impactar sobre una oscura forma que nadaba en el agua.

―… ¡A qué está esperando! ―gritó el descolocado capitán Hearst―. Fuego a discreción sobre… ¡Fuego a discreción, maldita sea! ¡Fuego a discreción!

Los operarios de las ametralladoras dispararon sin dilación, Pedro LaParca aulló de gusto mientras su calibre 50 escupía una lluvia de metal incandescente. Henson escupía una ristra de improperios. Algunos marineros imitaron a Thomas, cogieron rifles y dispararon con más o menos acierto desde cubierta.

El Capitán Hearst comenzó a ladrar órdenes para girar el barco y mejorar la posibilidad de disparo de los tiradores. Para finalizar, Tolben disparó el cañón y su proyectil explotó en el agua, creando un gran géiser de agua negra.

Y no vieron más nadadores.

El Capitán Hearst comenzó a vociferar desde la timonera lo orgulloso que estaba  de la actuación de sus hombres, al tiempo que Thomas y Jacob se miraban el uno al otro, preocupados.

Había sido muy fácil.

Entonces el marinero Fulton palmeó la espalda de Thomas y Jacob… no felicitándoles, sino llamando su atención.

―¿Quís eso? ―preguntó al tiempo que señalaba una palmípeda zarpa que se aferraba a la baranda, cerca de ametralladora del calibre 30 que había a babor.

―Es el momento de disparar tú bengala ―dijo Jacob al tiempo que alzaba su Colt. 45 y disparaba contra la cabeza del monstruo que se izaba en ese momento hasta la cubierta. Thomas lo contempló paralizado, pues aunque había visto híbridos muy cercanos a la transformación completa y había escuchado el relato de sus compañeros era la primera vez que estaba, cara a cara, ante un profundo de Innsmouth.

Los disparos de la pistola de Jacob desviaron la atención de los marineros del Urania del lisonjero discurso del Capitán Hearst, y la bengala de Fulton descubrió el silencioso abordaje de los monstruos. Una docena de profundos habían trepado por el casco y se encaramaban alrededor de los puestos de ametralladoras y de la proa.

Mientras Fulton recargaba, Thomas salía de su bloqueo y Jacob no dejaba de disparar a los monstruos que se lanzaron sobre el operador de la ametralladora del calibre 30 de babor. Una de las criaturas abrazó al marinero y lo arrastró consigo al mar, a las profundidades.

LaParca intentó movilizar su ametralladora ante las criaturas que le rodeaban, pero estaban tan cerca de él que no podía encañonarlas con el arma, al tiempo que pedía ayuda cerró el puño y le propinó un soberbio puñetazo a una de los anfibios monstruos y lo derribó devolviéndolo a las aguas.

Chimes disparó con su fusil a uno de los monstruos. Henson empujó a otra criatura tirándola por la borda. Tolben sacó su pistola reglamentaria y disparó sobre los invasores, al tiempo que ordenaba a sus marineros que se armaran para repeler el ataque.

El grumete Taft corrió hacia la popa para aprovisionarse de un fusil o un arpón del armario de las armas, pero, por encima de los sonidos del combate, escuchó los chillidos horrorizados de otro marinero, encogido en un rincón, que contemplaba sobrecogido de terror una criatura que se bamboleaba por la cubierta de popa.

Este ser era una abotargada masa de carne pálida con un hinchado vientre, una cabeza que no se diferenciaba del torso, sin ojos, pero sí con un órgano circular con la consistencia de una esponja y una pareja de apéndices tentaculares de apariencia cóncava que servirían como fauces. Su piel es semigelatinosa, transparente, y permitía apreciar los órganos internos que se agitaban bajo la misma. Disponían de cuatro culebreantes tentáculos y otras cuatro pesadas zarpas con apariencia de aletas y con cada paso arrastraba un vomitivo tufo a pescado podrido.

Uno de los tentáculos agarró del tobillo al aterrado marinero, lo arrastró hacia él y de un violento zarpazo lo destrozó en tres pedazos ensangrentados.

El Morador de las Profundidades
El Morador de las Profundidades

El grumete Taft se quedó inmóvil ante las visceras calientes que aterrizaron a sus pies y la criatura, un Morador de las Profundidades, un aberración entre las aberraciones submarinas que habitan en Y’ha-nthlei, lo apresó con un tentáculo. Taft no salía de su estupor, el terror lo había inmovilizado, congelado.

Jacob, Thomas y Fulton vieron de reojo al monstruo. El Suboficial Chimes, que acababa de abatir a otro profundo, también. LaParca intentó golpear a otro monstruo anfibio que intentaba izarse a cubierta, pero su golpe no le hizo nada y el profundo aprovechó para lanzarle un zarpazo, el desgarro destrozó el abrigo de LaParca y tres rojas heridas comenzaron a sangrar. LaParca creyó que iba a morir, hasta que un machetazo efectuado por el Cocinero del Urania, armado con cuchillos de cocina y la hachuela de cortar carne, malhirió al profundo que saltó al mar.

En proa, el suboficial de primera Tolben y sus muchachos disparaban a los monstruos que intentaban abordarles poniéndoles en fuga. Henson acabó sacando su pistola y abatió a los profundos que le cercaban.

En la popa, Jacob, Thomas, Fulton y Chimes asistieron, a cámara lenta, a la visión del Morador de las Profundidades alzando del suelo al grumete Taft e introduciendo su cabeza entre sus potentes fauces. Tras un crujido húmedo, le arrancó la cabeza y la devoró ante la atónita mirada de los Investigadores. Chimes y Jacob estallaron, corrieron hacia el monstruo, enajenados por una venenosa y homicida rabia, que les nublaba el juicio. Thomas le disparó dos veces con su fusil y las balas se hundieron en la gelatinosa piel del monstruo… que no parecía afectado por los ataques y caminaba pesadamente hacia el suboficial Chimes y Jacob.

En su carrera, Chimes se plantó a bocajarro del monstruo y le pegó un tiro en esa amalgama de tentáculos ensangrentados que tenía por cara, arrancándole medio órgano esponjoso… pero el ser le propinó un violento zarpazo, salpicando la cubierta con su sangre. Jacob impactó con un certero disparo de su pistola, pero el monstruo seguía en pie, sin inmutarse… hasta que una deflagración roja cruzó la cubierta, y una bola de fuego emergió en donde estaba el palpitante órgano esponjoso… La bengala chisporrotea, mientras el monstruo cayó a plomo sobre la cubierta llena de sangre. Todos se giraron hacia Fulton  que les sonreía con candidez, luciendo su humeante pistola lanzabengalas.

―¡Cómo paricía que las balas no le hacían ná, he probau suerte! ―exclamó emocionado… aunque su sonrisa se entristeció al ver el decapitado cadáver del grumete Taft.

Había mucho revuelo en el Urania. Un profundo había conseguido destripar a tres marineros antes de que lo abatieran a tiros, había cuatro desaparecidos en combate y el monstruoso morador de las profundidades había matado a dos más. Muchos tripulantes del Urania aún corrían de un lado a otro, disparando con los rifles a las oscuras aguas, enarbolando arpones o cuchillos, lo primero que cogían, corriendo aterrados ante la visión de los monstruos marinos.

El Capitán Hearst comenzó a gritar desde la timonera… sus ojos grises habían perdido la fiereza con la que comenzó la misión. Monstruos… Los monstruos eran reales, eran reales. El capitán se sobrepuso, exhortó a su tripulación a que volviera a sus puestos, ordenó a Tolben que preparase el cañón, a los operarios de ametralladoras que volvieran a sus puestos, que tuvieran las armas prestas para el combate, ordenó que se atendiese a los heridos, que hubiera un conteo de bajas…

Hasta que el marinero Ralph, miembro del equipo del cañón se alzó por la proa, señalando al sur y gritando:

―¡Dios mío! ¿¡Qué es eso!?

Algo emergía de las profundidades y el viento transportaba un hedor nauseabundo hasta el barco que fue bañado por una luz naranja que emergió de la gran explosión que estalló en el puerto de Innsmouth.

Algo había explotado. Algo que había volatilizado varias casas en la ciudad. El caos se desataba en el pueblo al tiempo que algo emergía del mar. En la ciudad, los habitantes se despertaron ante las explosiones, los disparos, la invasión.

―Innsmouth se defiende ―auguró Jacob O’Neil al tiempo que recargaba su pistola.

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