La Redada (17) La Ola

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)                              – Hernán2

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                      – Garrido

Marinero Bart

Marinero Ralph

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                      – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor)                  – Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)- Toño

Grumete Taft  (16 años) (MUERTO)                       – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                   – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                          – Raúl

El Cocinero

44 MARINEROS –  5 MUERTOS

 

Patrullero Vigilant

Contramaestre Curtis Henley

15 Marineros – 4 MUERTOS

 

Patrullero Spectre

SubOficial “Jefe” Jhon Walls

15 Marineros – 1 MUERTO

―¡Dios mío! ¿¡Qué es eso!?

Algo emergía de las profundidades y el viento transportaba un hedor nauseabundo. De fondo retumbaban las campanas de Innsmouth, llamando a su población, alertándolas del asalto del gobierno a sus hogares.

Y mientras, en el mar, una deformada y gigantesca ala de murciélago emergía entre las aguas como el mástil de un barco fantasma. Unida al ala había una masa de carne grasienta, llena de tentáculos y garras, de la que emergía un icor aceitoso y negro que flotaba por encima del agua.

Una vaharada nociva infestó el barco y más de un marinero tuvo una arcada y vomitó por la borda, entre ellos el Capitán Hearst que estaba pálido y ojeroso, aferrado a la barandilla metálica.

Jacob O’Neil palmeó a Thomas Connery, señalando la salida a la superficie del submarino S19. Otros marineros comenzaron a alertar de la aparición del sumergible.

El joven teniente de navío Martin Winter, un pecoso pelirrojo que lucía un divertido bigote, bajó corriendo de la camareta alta y comenzó a ladrar órdenes para sacar a la tripulación del shock ante la aparición del monstruo muerto y el submarino.

―¡Hombres, a las armas! ¡Retiren los cadáveres! ―Winter estuvo a punto de ordenar que los arrojasen por la borda… pero se contuvo, ¿qué le ocurría? ―Los fallecidos… a la bodega de carga. Los heridos a la enfermería. ¡Quiero un hombre en cada ametralladora!

―¿Y ahora, quí hacimos? ―preguntó el marinero Fulton a Jacob y a Thomas… este último estaba agarrado a la barandilla muy atento a la criatura.

―Órdenes, señor ― solicitó el teniente de primera Tolben al capitán Hearst, pero este tenía sus ojos grises clavados en la bulbosa criatura que flotaba a unos cientos de metros del guardacostas Urania.

―Monstruos… Monstruos… Monstruos…

―Señor ―le llamó Tolben de nuevo, consiguiendo ganar su atención―, órdenes.

Hearst tragó saliva, pero apenas pudo. De reojo el monstruo seguía flotando a la deriva.

―Recuento de bajas ―murmuró el capitán Hearst mientras sus ojos vagaban por los regueros de sangre que regaban la cubierta. Contempló horrorizado como los marineros Ralph y Bart que acompañaban a Tolben en el manejo del cañón de 75mm, arrojaban por la borda el cuerpo de un profundo.

―Seis bajas ―informó el teniente de navío Winters ―incluyendo al grumete Taft.

―Por Dios ―murmuró Hearst consternado―, si no tenía ni veinte años.

―Y, señor ―Tolben señaló en dirección al submarino y el capitán se hizo con unos prismáticos para observar la situación―, el submarino ha salido a la superficie.

―¡Demonios! ―espetó el capitán Hearst con los dientes apretados―. ¡Demonios! ¡Demonios!

Tolben y Winter se miraron de reojo, mientras el capitán se volvía hacia ellos. Una espesa saliva se comenzó a acumular en las comisuras de los labios del capitán y sus irises grises se había oscurecido. No parpadeaba… hasta parecía que sonreía.

―¡Esos demonios marinos están tratando de asaltar al S19!

Algún otro marinero dio el mismo aviso y no tardaron en ver decenas de formas negras emergiendo alrededor del sumergible.

―¡Fuego de ametralladora! ―rugió Hearst― Cread un perímetro alrededor del submarino.

―Señor esa orden no es muy lógica, señor―comenzó Tolben―, podríamos…

―¡Fuego de ametralladora sobre el submarino, AHORA!

―Señor, sí, señor ―contestó la aguardentosa voz del marinero Henson que en seguida disparó desde su ametralladora del 50

Derek Chimes miró primero a los tenientes Tolben y Winter, pero estos dejaron pasar al irritable capitán, que encaminó sus pasos a la timonera.

―Disparar a nuestro propio submarino ―Chimes se agarró a su ametralladora del 30 y disparó, apuntando como pudo, a las figuras que asaltaban el S19―. Qué vergüenza.

―Están disparando al submarino ―se percató Jacob. Se volvió hacia Fulton ―¡No pueden disparar al submarino! ¡Tenemos a una amiga allí!

―Son órdenes del capitán ―contestó Fulton. Thomas Connery consiguió apartar su mirada de la masa tentacular y se apartó de Jacob y Fulton, en dirección al capitán Hearst.

Pasó entre marineros asustados que disparaban torpemente con rifles o sostenían arpones, esperando otra aparición de los demonios del mar. El marinero Pedro LaParca compartía un cigarrillo con el Cocinero, junto a la ametralladora del calibre 50 de babor.

―¡Capitán! ―gritó Thomas mientras subía hasta la camareta alta― ¡Capitán!

Hearst miraba por sus prismáticos y murmuró.

―Vea que quiere el consejero CIVIL, señor Winter.

Winter atajó a Thomas en la escalerilla que conducía a la timonera. Thomas miró por encima del hombro del teniente al capitán Hearst.

―Pone en peligro al submarino disparando así, señor ―gritó Thomas― ¡Una bala podría perforar el casco! ¡Es más peligrosa que las garras de esas cosas!

Junto a Thomas apareció el teniente de primera Tolben.

―El marine tiene razón, señor ―argumentó el teniente―. Esa orden no tiene sentido, señor. Quizá…

―¿Se están amotinando? ―preguntó Hearst con los dientes apretados. Tolben y Thomas no le escucharon bien. El capitán Hearst apartó a Winter de en medio, tenía la cartuchera del Colt 45 abierta― ¿¡Están amotinándose!?

―No, señor ―murmuró Tolben, incapaz de mirarle a los ojos.

―¿¡Entonces por qué discuten mis órdenes!? ―ladró Hearst desesperado― Teniente de primera Tolben, regrese a su cañón. ¡Fulton!

―¿Señor?

―Aparte al señor Connery de mi vista.

―Sí, señor.

Mientras, Chimes y Henson continuaban ametrallando alrededor y sobre el submarino, este comenzó a hundirse en las aguas cercanas al Arrecife del Diablo.

―¡No toleraré más insubordinaciones! ―aulló Hearst―. A partir de ahora, quien no cumpla mis órdenes con total determinación, ¡será detenido y acusado de alta traición!

―¡Señor, sí, señor! ―contestaron muchos marineros.

El teniente de navío Winters se descubrió acariciando la culata de su colt 45, fantaseando con la idea de sacar la pistola y pegarle un tiro en la nuca al capitán… así sería él el capitán… Winters apartó ese pensamiento de su cabeza.

―Señor, sí, señor ―murmuró Winters.

Thomas se agarró a la barandilla conteniendo su impotencia.

―Ese tipo está perdiendo el norte ―siseó Jacob.

―No pué hablar así, del capitán, señor ―advirtió Fulton. Lanzó unas rápidas miradas a sus camaradas y se acercó a los investigadores―. Aunque tingan razón ―y les guiñó un ojo.

Thomas iba a sonreír a Fulton cuando algo llamó su atención.

Algo de la criatura muerta. La mancha oleosa que era su sangre había encogido… antes parecía mucho más ancha. Thomas se aterró al comprender lo que sus ojos advertían. El icor negro retrocedía. Volvía a la criatura, cuya ajada ala parecía estar más sana, menos rota… parecía funcional cuando antes era un despojo.

―Jacob―advirtió Thomas cogiendo del antebrazo al policía que también miraba a la semilla estelar del Gran Cthulhu.

―Esa cosa está viva― comprendió Jacob―. ¡Esa cosa está viva!

Los marineros cercanos se volvieron hacia ellos, mientras Jacob y Thomas corrían hacia la timonera, intentando advertir al capitán Hearst.

―¡Capitán! ¡Capitán esa cosa está viva!

―¡Fulton, maldita sea! ―aulló Hearst― ¿¡Qué le he dicho!? No quiero ver a los ACEs aquí cerca…

―Pero, señor…

―¡Sáquelos de mi vista!

Varios miembros de la tripulación oteaban con prismáticos, o como podían, hacia el monstruo, intentando ver si lo que decían los ACEs era cierto.

―Señor ―solicitó Tolben que miraba con sus prismáticos ―Señor, permiso para disparar el cañón sobre la criatura, señor.

―¿¡Qué demonios dice, señor Tolben!?

―Señor, solicito permiso para disparar el cañón de 75. La situación del submarino está controlada con las ametralladoras y mi arma podría dañar el casco. Sin embargo, puedo rematar a esa criatura, tranquilizando a toda la tripulación, señor.

El capitán Hearst dejó de mirar la ciudad de Innsmoth, donde las campanas habían muerto pero los disparos resonaban por todas partes y pequeños focos de incendios se iluminaban entre las casas, además de uno muy grande al noreste del puerto. Hearst enfocó con sus prismáticos sobre la criatura… y palideció aún más.

El monstruo se movía.

―¡Tolben, rápido! ¡Haga fuego sobre la criatura! ¡Vamos!

El teniente Tolben, ladró órdenes sobre sus marineros, Bart y Ralph, que dirigieron el cañón hacia la semilla estelar y cuando Tolben apuntó, dispararon.

Un geiser consumió a la criatura en una perfecta explosión y pedazos malolientes del ser cayeron en un radio de 10 metros a la explosión.

La tripulación del guardacostas Urania clamó en un grito de júbilo.

―¡Magnífico trabajo, hombres! ―rugió el capitán Hearst, orgulloso―. Dios está de nuestro lado, señores. ¡Venceremos en esta cruzada contra los demonios marinos!

La tripulación del Urania se rearmó, recargaron armas, se curaron las heridas. Jacob se hizo con un salvavidas y lo dejo a su lado mientras, cerca de la costa, las patrulleras Vigilant y Spectre, disparaban sobre un banco de profundos.

Thomas vio algo en las negras y afiladas púas del Arrecife del Diablo. Unas luces.

Alzó sus prismáticos y miró al accidente geográfico… y cuando ajustó la vista grito:

―¡Hay enemigos en el arrecife!

―¿Dónde?

―Yo no veo nada.

―¡Luces! ¡Hay luces!

―¡Sacerdotes! Son sacerdotes y todos tienen los brazos alzados y…―gritó Thomas, que dejó de mirar al arrecife y miró a Jacob― Están invocando algo.

―Señor ―solicitó Tolben al comprobar con sus prismáticos que Thomas tenía razón ―permiso para abrir fuego sobre el arrecife, señor… ¿Señor?

El capitán Hearst no miraba por sus prismáticos, ni tampoco miraba al arrecife. Su vista estaba congelada en la costa de Innsmouth, en su puerto y su playa. El capitán estaba lívido, estaba paralizado. Su mirada muerta no podía apartarse de la incongruencia que estaba viendo.

―No puede ser… No puede ser… Es imposible… No puede ser…

―¿Señor? ―inquirió el teniente Winters.

―¡Timonel! Giro de 180º a estribor. Todo el mundo… ¡¡TODO EL MUNDO QUE SE AGARRE A ALGO!!

Aunque muchos miembros de la tripulación no pudieron reprimir el deseo de mirar hacia la costa, hacia lo que había visto el capitán Hearst, la mayoría de marineros se aferró como pudo a la embarcación

En la playa de Innsmouth había crecido una ola de más de doce metros de altura que barrió por completo  desde la costa hacia el océano. Observaron aterrados como el muro de agua negra se alzaba y recorría a contra corriente la mar, hacia el Urania. La ola hizo tambalear la embarcación de John Wallis, la Spectre, que se mantuvo a duras penas a flote, pero engulló a la patrullera de Curtis Henley, la Vigilant, hundiéndola como una piedra y ahogando a sus dieciocho tripulantes.

Entonces la ola pasó junto al arrecife y todos pudieron escuchar los cánticos, unos croares que martillearon sus sienes al tiempo que la enorme ola embestía al Urania. El guardacostas soportó el impacto, zozobró, pero la maniobra de Hearst evitó males mayores. Sin embargo el agua arrastró a media docena de marineros que estaban en la cubierta y cayeron al agua. Entre ellos que estaban los marineros Henson, LaParca y el teniente Chimes.

―¡Hombres al agua! ―gritó Winters―. ¡Hombres al agua!

Todos estaban calados, asombrados por el repentino ataque del mar y asustados por la desaparición de sus compañeros. Comenzaron a gritar los nombres de los mismos. LaParca y Henson consiguieron mantenerse a flote, pero no había ni rastro de Chimes…

Y aparecieron los profundos.

―¡Nos abordan! ―avisó Jacob.

Doce batracios se aferraron al casco con sus garras y comenzaron a trepar por él. Cuatro parejas de profundos nadaron hacia los marineros caídos en la mar.

Henson se mantenía a flote con anchas brazadas, solo, sin monstruos en la inmediaciones. LaParca observó paralizado cómo dos de esos demonios del mar surgieron al lado de un marinero que chapoteaba cerca de él: las garras lo envolvieron y lo arrastraron a las profundidades.

Antes de que LaParca pudiera reaccionar, otra criatura abisal emergió a su lado. LaParca le golpeó con rabia, pero apenas molestó al monstruo… Al que de repente le explotó la cabeza, por un acertado disparo del marinero Fulton.

―¡Mi hermano estaría orgulloso! ―chilló Fulton, hinchado como un pavo. Thomas y Jacob le jalearon mientras disparaban a las criaturas que trepaban a su alrededor. El fusil de Thomas se había atascado y no disparaba.

Mientras el teniente de navío Winters arrojaba salvavidas al agua, consiguiendo que un marinero se aferrase al flotador, Tolben ladró órdenes a sus marineros y apuntó el cañón hacia el arrecife… hacia las luces… hacia los sacerdotes.

¡¡¡BUM!!!

El Arrecife del Diablo explotó, arrancando esquirlas de piedra y los profundos que no murieron por el obús huyeron al mar.

Sin embargo, los monstruos comenzaron a trepar por el casco, a encaramarse a las barandillas y trepar hasta la cubierta, rugiendo y croando. La tripulación del Urania les encaró con fusiles, pistolas y arpones.

Winters disparó a una bestia encaramada a la barandilla con su pistola, y Tolben le imitó, mientras ordenaba a sus hombres, Ralph y Bart, que dejaran de cargar el cañón y se armasen ante los tres monstruos que trepaban por la proa del barco. Thomas dejó caer su fusil al suelo y le pegó un tiro a otro profundo con la automática del 45, arrojándolo por la borda. Jacob erró su disparo mientras dos bestias subían hasta ellos.

El marinero Henson flotaba como podía, gritando iracundo porque le arrojasen un salvavidas al tiempo que el teniente Derek Chimes emergía del agua, tosiendo y escupiendo agua, intentando respirar, apenas era capaz de mantenerse a flote, aunque un flotador se balanceaba a unos pocos metros del teniente. El marinero LaParca tuvo suerte, y el Cocinero le lanzó un salvavidas al que se aferró.

Un profundo saltó y cayó sobre Fulton que interpuso el fusil entre él y la bestia, rodaron por la cubierta forcejeando.

El capitán Hearst ladraba órdenes con la voz teñida de histeria, mientras disparaba con su Colt 45 contra las bestias que surgían por las bordas. El profundo que había herido el teniente de navío Winters se abalanzó sobre él, cayeron por el suelo y se produjo un disparo. Winters consiguió salir de debajo del cuerpo flácido del profundo.

Fulton encajonó su fusil entre las fauces del profundo, alejándole de él hasta que un acertado disparo de la pistola de Thomas le reventó la cabeza a la criatura. Jacob disparó sobre la otra criatura pero esta apenas percibió el daño y cayó sobre el Finn, su zarpa trazó un fiero arco hacia él, pero Jacob la consiguió esquivar.

El teniente Tolben disparó de nuevo sobre un profundo abatiéndolo, pero sus marineros no tuvieron tanto acierto. Ralph forcejeaba con un arpón, intentando apuñalar al monstruo sin que este le desgarrase la garganta, y Bart había disparado a su contrincante, pero el monstruo se había trabado con él, cayendo ambos al suelo, con el fusil entre ambos.

―¡Hijoputas! ¡Bastardos! ―ladraba el marinero Henson entre ola y ola, al pie del casco del Urania―. Arrojadme una puta cuerda o un jodido salvavidas. ¡Ayuda, joder!

Dos profundos se acercaron nadando hacia a Henson, que continuó gritando, pidiendo auxilio.

A duras penas, el teniente Chimes se agarró al salvavidas que tenía cerca. Tosiendo y aterido de frío por las gélidas aguas de la bahía, Chimes jaló la cuerda para acercarse hacia el guardacostas. Escuchó los lamentos de Henson, a unos veinte metros de él. A una vida de distancia.

Y vio algo que le inquietó de sobremanera: Un tiburón.

―¡Vamos a reventar a esas pinches ranas! ―aulló Pedro LaParca cuando el Cocinero consiguió levantarlo hasta la cubierta del barco.

El profundo que combatía con Winters le desgarró el abrigo de un zarpazo antes de que el teniente de navío Winters le disparase nuevo, pero el monstruo no caía. Un profundo atacó violentamente al capitán Hearst y le hirió, pero este le abatió a disparos. El teniente de primera Tolben mató al monstruo con el que forcejeaba el marinero Bart.

―Ayude a Ralph ―le ordenó, mientras el marinero continuaba forcejeando con el profundo.

Fulton y Thomas dispararon a la vez al profundo que casi destrozó a Jacob, y la fuerza de los proyectiles arrojaron a la bestia por la borda.

La aparición del tiburón inoculó una descarga de adrenalina en el teniente Chimes, que se aferró a la cuerda y comenzó a subir por el casco del guardacostas, frenético, sabiendo que sus armas eran inútiles porque estaban mojadas, que estaba desarmado y era una presa fácil… alcanzó la barandilla del barco, a la que se aferró con fuerza, jadeando, exhausto.

Henson siguió gritando improperios hasta que dos pares de zarpas escamosas se aferraron a sus piernas y lo hundieron. El mar le llenó la boca y el marinero fue arrastrado hacia la oscura profundidad del mar. Lanzó golpes a las formas que se retorcían a sus pies, que le flagelaban con sus garras, pero Henson, tragando agua, respirando el mar, sangrando, les golpeó, rugió y se los quitó de en encima.

O se apartaron.

Lo último que vio el marinero Henson, antes de que los pulmones se llenasen de gélida agua de mar y la inconsciencia lo dejara hundiéndose rápidamente, fue un gran tiburón blanco cabalgado por un profundo, que se acercaba hacia él con las fauces abiertas.

Winters disparó dos veces más sobre el monstruo, le vació el cargador, antes de abatirlo. Jadeando, el teniente de navío se apartó de la criatura… cuando otra bestia apareció a su lado. Este monstruo estaba cubierto de sangre y arrastraba la pierna desgarrada de un marinero asesinado. La criatura exhibía una grotesca sonrisa. Desde la proa, Tolben vio al profundo que se cernía sobre el teniente, alzó su pistola, le apuntó, y cuando apretó el gatillo, el arma se encasquilló.

Winters tropezó, cayó al suelo de culo, alzó la pistola, pero la corredera estaba encajada hacia atrás, el cañón vacío en el aire, mientras el monstruo se acercaba hacia él.

―¡¡¡Alíjate dil teniente, jodeputaaaaa!!! ―gritó el marinero Fulton antes de descargar un gran puñetazo en el rostro de batracio de la criatura… que parpadeó y le miró sorprendido, hasta que una bala le atravesó el ojo derecho y le saltó la tapa de los sesos.

―¡Gran disparo! ―reconoció Fulton a Thomas Connery cuya humeante pistola apuntaba al suelo. El marine se miraba el hombro, donde un tajo rojo se dibujaba en el abrigo.

―Jacob ―murmuró Thomas con los dientes apretados―. ¿Me has disparado?

―Lo siento ―se disculpó Jacob―… Te has puesto en medio cuando…

―¡Primero Greg, ahora yo! ¿Pretendes disparar a todos los Finns o algo a…?

Jacob placó a Thomas, evitando que una lanza de coral se le clavase en la espalda. Los Finns alzaron la vista a tiempo de ver a varios profundos armados con lanzas de coral verde iridiscente asaltando el Urania.

Tuvo lugar otro abordaje.

Tolben reparó su pistola, recargo y evitó una lanzada mientras disparaba a todas las criaturas que pudo, hasta que no quedaron más. Sus marineros no tuvieron tanta suerte. Bart fue aseteado por dos de esas jabalinas de coral y cayó de rodillas, vomitando y llorando agua de mar. El marinero Ralph fue destrozado a mordiscos y zarpazos por el profundo con el que llevaba combatiendo desde el inicio del abordaje. Winters disparó a un monstruo armado con jabalina y tuvo el apoyo de Pedro LaParca que apareció desde popa abriendo fuego con un fusil, seguido del Cocinero que enarbolaba la cuchilla de carnicero por encima de su cabeza. El capitán Hearst intentó volver a la timonera, cuando una lanza se le hincó en el costado.  Fulton destrozó la cara a una criatura con la culata de su rifle. Jacob y Thomas dispararon sin misericordia con sus pistolas hasta que las balas se les agotaron. El teniente Chimes se aferró a su ametralladora del calibre 30 y comenzó a disparar, aullando como un loco, contra el mar, contra lo que veía y lo que no. Una de sus ráfagas de proyectiles destrozaron al hechicero de los profundos que cabalgaba un tiburón y a su escualo.

Y el guardacostas se quedó en calma.

Habían muerto diez hombres, pero había otros diez desaparecidos, entre ellos el marinero Henson. La cubierta estaba infestada de sangre, de cadáveres, de monstruos muertos. El resto de marineros estaban heridos o catatónicos. Mientras Fulton asistía en las curas de primeros auxilios a Jacob y Thomas en la proa, asistieron a la aparición del enajenado capitán Hearst. Se había arrancado la lanza, pero farfullaba órdenes contradictorias por todo el barco, mientras se quejaba del frío que le consumía las entrañas. Winters iba tras él, intentando sosegarle mientras discutían con Tolben.

―¡Cumpla mis órdenes, Tolben!

―Señor, esas órdenes no tienen sentido, señor―gritaba Tolben― Nuestra misión  es evitar que los habitantes del pueblo huyan por mar, señor.

―Son demonios del mar. Si quieren huir, bucearán.

―Lo sé, señor, pero no es excusa.

―¡Son demonios y deben ser consumidos por el fuego del infierno!

―¡No le dejaré disparar el cañón contra una población civil, señor!

―Oh, sí que lo hará ―Hearst empujó al teniente Tolben y se abalanzó sobre el cañón. Apenas apuntó solo lo dirigió hacia esa ciudad infestada de demonios acuáticos y apretó el gatillo del arma.

El Capitán Hearst, cada vez más enajenado
El Capitán Hearst, cada vez más enajenado

Y el obús voló hacia uno de los edificios más grandes y emblemáticos de Innsmouth.

La Redada (16) Dentro de la Orden Esotérica de Dagon

ORDEN ESOTÉRICA DE DAGON

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                        ―                           Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                           Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                           Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                               ―                           Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                          ―                           Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (Jugador de Fútbol Americano) ―                      Hernan

Liam McMurdo (Conductor)                                                                     ―                           Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                                  ―                           Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)

La escuadra Apod se había lamido las heridas y recargado sus armas. El coche que Liam McMurdo había puenteado bloqueaba el callejón, pero de poco serviría si una horda de innsmouthitas se decidía por pasar por encima del coche y atacarles, tenían que darse prisa en entrar en la Orden Esotérica de Dagon.

Ante ellos había una gruesa pared de piedra negra, sin ventanas, la única entrada era una sólida puerta de madera, sin pomo, pero con una oxidada cerradura. Angus Lancaster descubrió el símbolo masónico que indicaba que se trataba de la puerta trasera a la logia. El capitán Corso se acercó hasta ella  y justo cuando se apoyó en la hoja el suelo tembló bajo sus pies.

Todos, soldados y civiles, se quedaron durante unas décimas de segundos, sobrecogidos ante la explosión que tuvo lugar cerca del puerto. Parecía que un pequeño Vesubio hubiera entrado en erupción, devorando tres o cuatro edificios al noreste de la ciudad y reventando cristales por todo el pueblo maldito.

―Joder, con la escuadra Sky ―murmuró Leprechaun O’Brien.

―Coño, Rowan ―se mofó El Muro Rondale―, no sabía que habías venido a la misión. No has hecho una mierda hasta ahora… para variar.

―Muy gracioso, Muro. Pero que muy gracioso.

―Psssst ―chistó el cabo The Kid Ditullio.

Estatua Drake que se había colocado junto al capitán Corso, pegado a la puerta, tratando de escuchar algo, alzó la mano.

―Aquí detrás hay algo ―informó―. Algo que respira.

―Pues patada a la puerta y que le dé en la boca ―propuso Billy Rowan.

― Buena idea ―exclamó Rondale, y antes de que nadie dijera nada, el defensa de los Buffalos del Instituto Chambers, de Iowa, cargó contra la puerta y descargó su hombro sobre la hoja de madera… que crujió, pero no se terminó de abrir del todo.

Ditullio maldijo entre dientes la falta de juicio de Rondale, antes de descarga una buena patada en la dañada puerta, consiguiendo romper el cerrojo y abrirla.

Y permitiendo que la cosa del otro lado saliese.

Todos se quedaron bloqueados ante la aparición del guardián de la puerta. Hacía tiempo fue un hombre de innsmouth, un marcado que respondía al nombre de Joshua Bentley, pero a diferencia de muchos de sus amigos y familiares, a los que la marca había transformado progresivamente en profundos, a Bentley le había deformado en otra cosa diferente. Su cuerpo era grande, pesado, de piel gelatinosa, grasienta, con sus manos deformadas en garras de dedos palmeados… pero lo más inquietante era su cabeza, convertida en una sepia repleta de tentáculos culebreantes y de ojos velados en amarillo.

Joshua Bentley, Bendecido por Cthulhu
Joshua Bentley,                      Bendecido por Cthulhu

Entre los profundos, estos hermanos diferentes eran tratados como héroes de su especie, pequeños y monstruosos milagros a los que se les concedían objetos y beneficios, y que pasaban a disposición de la Orden Esotérica de Dagón, donde les educaban en la magia y las artes oscuras de los mitos de Cthulhu, el cual les había bendecido con esa forma horrible.

Un pálido Billy Rowan disparó su fusil. La bala atravesó las entrañas a la criatura que alzó su rostro, mientras los tentáculos bailaban sobre su pecho deforme en un mudo grito de dolor.

Estatua Drake sufrió un estallido logorreico. Accionó el gatillo de su metralleta Thompson sin dejar de gritar:

―¡¡¿Sepuedesaberquemierdadecosaesesta?AdondecojonesnoshantraidoJoderrrrrrrrMuereMuereMuere
CondenadomonstruodelinfiernoMueremalditobastardoMatadloJoder
HayquematarloHayquematarlosatodos!!

La tempestad de plomo destrozó a la criatura, la hizo caer y cuando las balas de la Thompson se agotaron, a Drake le flanquearon las piernas. Rondale y Liam se abalanzaron sobre el monstruo y el primero comenzó a golpear al monstruo con la culata de su fusil mientras el segundo lanzaba puñaladas al abdomen de la criatura, aullando de rabia, de frustración, de terror.

―¡Basta! ―gritó Corso, mientras Ditullio y Leprechaun conseguían frenar a Rondale, y Angus Lancaster tranquilizaba a Liam―. ¡Sosiéguense maldición! ¡Esto es una misión de infiltración y toda la ciudad debe de saber que estamos aquí!

―Una buena forma de dar ejemplo es no gritar, señor ―intervino Ditullio.

Corso le miró boquiabierto… asintió con la cabeza y, sonriendo bovinamente, susurró:

―Tiene razón, cabo. A partir de ahora, silencio total.

―Bullseye está en silencio.

―Muy bien Bullseye, vaya usted primero.

Bullseye entró en la Orden Esotérica y atravesó un estrecho pasillo. Abrió, con mucho cuidado, una pequeña portezuela que convergía en un gran vestíbulo que se hallaba sumido en la penumbra. La única luz provenía de una docena de antorchas ubicadas en puntos estratégicos de la sala. Bullseye se detuvo antes de salir al vestíbulo, al ver que había una galería en el piso superior, de la que colgaban banderolas de color verde sucio. El techo se sostenía por cuatro gruesas columnas y la combinación de olores a pescado podrido y rancio mezclado con altas dosis de incienso, convertía en aire en un éter cargado y desagradable.

Alguien se chocó con Bullseye: Angus Lancaster.

―A Bullseye no le gustas ―siseó el francotirador mirando a la galería. Si tuviera que tender una emboscada, ahí se colocaría él.

―¿Y eso a qué viene? ―se quejó Angus.

―A que vas a delatar nuestra posición si no cierras la bocaza, tipo suave ―gruñó Ditullio detrás de Angus.

Corso se llevó un dedo al oído y luego señaló al techo. Bullseye asintió. También los oía. Pisadas y murmullos en la galería.

Corso gesticuló en silencio. Ordenó a los soldados que llevaban metralletas que se adelantasen, creando un fuego de cobertura para que el resto de la escuadra pudiera tomar posiciones.

Bullseye negó con la cabeza.

―Hay una puerta a la izquierda y un pasillo a la derecha ―informó―Bullseye no sabe quién puede estar ahí. Quizá más enemigos que los que se esconden en la galería.

Corso meditó durante unos segundos que hacer. Ditullio y Bullseye se miraron exasperados. El cabo sacó su cuchillo y Bullseye le imitó.

―Con permiso, señor ―solicitó el cabo The Kid Ditullio―. Bullseye y yo vamos a ver que hay tras la puerta y en el pasillo, si son seguros puede capitanear a la escuadra en su asalto con los subfusiles, señor.

―Y Bullseye y The Kid harán fuego cruzado ―dijo Bullseye Dalton.

―Oh, sí, es una gran idea, sí ―mientras el capitán Corso daba la razón el cabo y el francotirador se internaron entre las sombras del vestíbulo. Bullseye desapareció a la izquierda. La puerta parecía cerrada, pero el francotirador se posicionó a la derecha, atento a disparar a posibles enemigos que surgieran por ahí. The Kid se escondió entre las sombras del pasillo de la derecha. Había cuatro puertas, todas cerradas, el cabo se maldijo, mientras apuntaba con el fusil, preparado para abatir cualquier rival que apareciese desde allí.

Estatua Drake y Leprechaun O’Brien quitaron los seguros de sus Thompson y atendieron a la señal del capitán Corso que buscaba entre las sombras a The Kid y Bullseye. El cabo Ditullio se asomó e informó de lo que había visto y de los objetivos que había en la galería: seis hombres, armados, en tres parejas.

The Kid veía escopetas y rifles. Bullseye vio hasta un mosquete de la guerra de la recesión.

Entonces Corso hizo el gesto y Estatua y Leprechaun se lanzaron en medio del vestíbulo, con los dientes apretados y los dedos sobre los gatillos. Estatua Drake se paró junto a una columna y trazó un aterrador arco de plomo disparando todo el cargador del arma sobre una pareja de guardias híbridos, que cayeron fulminados.

―¡¡¡Tragad plomo, ‘joputas!!! ―aulló Drake, sonriendo, presa de un siniestro frenesí.

Leprechaun descargó otra ráfaga que destrozó a otro de los guardias.

Liam se aprestó a salir al vestíbulo, pero Corso le detuvo. ¿A qué esperaban? El capitán buscó a los soldados Rondale y Rowan, y les ordenó salir.

Bullseye estaba arrodillado, pero el blanco que había escogido se lanzó al suelo según los cañones de las Thompson comenzaron a tronar su canción. Disparó, pero la bala se estampó en la barandilla que protegía la galería.

Angus palmeó a Liam en el hombro.

―Yo no he venido aquí para estar detrás, viendo como los militares hacen el trabajo ―dijo Angus. Liam asintió, gratamente sorprendido por el valor en las palabras de Angus―. Si no disparamos, investigaremos, joder.

―¿Puerta o pasillo? ―preguntó Liam.

―Puerta.

―Yo voy al pasillo.

―Esperen ―les frenó Corso―. Saldremos cuando sea seguro…

Para demostrar el peligro, un híbrido se asomó desde la barandilla y descargó una perdigonada con su escopeta que arrancó esquirlas de piedra a la pared cercana a Bullseye.

Con el cargador vacío, Estatua Drake sacó su Colt 45. de la cartuchera y disparó sobre el enemigo de la escopeta. La bala le reventó el pecho, la escopeta cayó al suelo y medio cuerpo del híbrido quedó colgando de la barandilla.

Billy Rowan disparó sin mucho acierto. El Muro Rondale apuntó a la barandilla, pero no pudo ver a los enemigos parapetados tras ella.

Liam correteó hasta el pasillo, seguido de Corso. Angus se apostó en la puerta, al otro lado de Bullseye que descerrajaba su fusil. Leprechaun descargó otra ráfaga de tiros sobre la barandilla, manteniendo a los enemigos a cubierto.

Angus entreabrió la gran puerta de la izquierda. Al otro lado había una gran sala, atestada de largos bancos de madera hinchada por la humedad. Parecía una sala de reuniones. Un podio de madera negra tras el cual había dos hombres, dos híbridos ancianos, ataviados con túnicas aguamarinas y coronas de oro argentífero.

Uno de ellos, un sexagenario, altísimo y siniestro, de dedos palmeados, finas patillas en forma de ele de pelusa blanca y mirada recelosa, hacia aspavientos, croando órdenes. El otro sacerdote, un cincuentón regordete que se rascaba su desastrosa piel bajo la papada con una garra palmeada, miraba fijamente a Angus con unos grandes y temerosos ojos vidriosos.

Angus no supo decir cuál de los dos estaba más asustado, si él o el sacerdote, hasta que el obeso brujo le apuntó con sus dedos membranosos y comenzó a croar una sarta de palabras prohibidas y Angus supo que él tenía más miedo. Sintió como algo se aferraba a sus pulmones, trepaba por ellos robándole el aire, notó el sabor del mar en la boca de la garganta… Y tal cómo vino se fue. Le habían robado el aire durante un segundo, pero la oscura magia no había surtido más efectos en él.

Mientras The Kid Ditullio recargaba su fusil el híbrido armado con el mosquete se alzó y disparó sobre el Muro Rondale. El estampido reverberó en el vestíbulo y el perdigón arañó la cara del soldado, destrozándole la mejilla. El Muro mugió de rabia y corrió escaleras arriba, con un frenesí suicida dibujado en su rostro constreñido y sangrante. Otro híbrido descargó los cañones de su escopeta sobre Bullseye y los perdigones impactaron sobre el soldado hiriéndolo de gravedad.

Bullseye aullaba.

Desde el suelo, con la boca llena de sangre, el francotirador alzó su fusil, apuntó, y el disparo reventó la cabeza del híbrido. El resto del cuerpo cayó por la barandilla. Leprechaun se cubrió en una columna mientras recargaba su metralleta.

Corso disparó con su pistola, pero la bala se perdió en el tiroteo. En el pasillo en el que se había internado Liam descubrió  cuatro puertas. Todas cerradas salvo una, con un cartel que rezaba: Despacho de J. Brewster. Liam bajó el percutor de la automática, apresto para entrar, pero el capitán Corso se acercó a él y le detuvo.

―¡Quédese detrás de mí! ―ordenó el capitán, al tiempo que abría la puerta.

Los dos cañones de una recortada le recibieron desde el otro lado.

El estampido fue colosal. Liam se apartó a tiempo de ver, como el cuerpo desmadejado del capitán Corso volaba tres metros contra la pared, chocaba violentamente contra ella, caía, hecho un guiñapo sangrante, un muñeco roto, sin vida.

Angus metió su escopeta entre las dos hojas de la puerta y descargó una perdigonada sobre los sacerdotes de la Orden, que gritaron, arrojándose al suelo.

―¡Refuerzos! ―gritó Angus―. ¡Refuerzos!

El Muro cargó, bayoneta en ristre contra el híbrido que le había destrozado la cara, le espetó por debajo del esternón lo alzó un metro hacia el techo, arrancándole el mosquete de sus manos deformes, y luego lo placó contra el suelo, hundiendo aún más la cuchilla en sus entrañas.

Ditullio y Drake corrieron en apoyo de Angus. Ditullio pateó la puerta, descubriendo en la sala de reuniones de la Orden, además de los bancos y el altar tras el que se ocultaban los sacerdotes, una gran banderola con el símbolo de la Orden Esotérica de Dagon, una escalera en la esquina izquierda que se perdía en el piso superior… y media docena de profundos armados con unas finas jabalinas de coral verde iridiscente que les miraron sorprendidos.

―¡Contaaaaaaaaaaaactoooooooo! ―gritó The Kid disparando a ciegas su fusil.

El grueso sacerdote huyó escaleras arribas, aterrado, pero el otro, el larguirucho con patillas, conocido en el pueblo como Ezra Hetfield comenzó a correr señalando a Angus Lancaster, luciendo un cuchillo de hoja dorada y retorcida, escupiendo improperios y maldiciones sobre cómo le iba a rajar la garganta, hasta que Leprechaun O’Brien le descargó media docena de tiros con su Thompson y Bullseye Dalton le voló la cabeza de un tiro con su Colt 45.

Angus se alejó de la puerta, huyendo de los profundos que se abalanzaban sobre ellos. El Muro Rondale comenzó a machacar la cabeza del híbrido que había empalado y que aún le lanzaba golpes y arañazos. Ditullio sacó una granada, quitó el seguro y la arrojó hacia el techo, tras la gruesa puerta de doble hoja que intentó cerrar antes de que la granada tocase el suelo, pero de un violento empellón las puertas se abrieron empujadas por dos profundos, mientras que los otros cuatro arrojaban sus jabalinas.

Una pasó volando muy por encima de la cabeza de Leprechaun y otra se fragmentó a los pies de Bullseye. Ditullio rodó por el suelo esquivando la lanzada que se destrozó en el suelo y otra jabalina se clavó en la columna tras la que se parapetó Angus.

Liam miró de reojo el cuerpo desmadejado de Corso y disparó a ciegas hacia al interior del despacho. La bala se estrelló contra un escritorio de madera mohosa, pero el Finn pudo ver al asesino del capitán, sólo un atisbo de una figura fondona, unos ojillos brillantes y una sonrisa aviesa… una sonrisa que había atropellado en su fuga de Innsmouth, hacía meses.

Pero por lo visto, para matar al subcomisario Nathan Birch iba a necesitar algo más que un coche.

Liam vio como Nathan Birch bajó su humeante escopeta recortada y cojeaba huyendo de ahí, llevando una bandolera colgada al hombro con algo pesado y rectangular dentro, desapareciendo por un estrecho armario. Justo cuando se preparaba para seguirlo, del despacho surgieron dos enormes profundos enarbolando sus jabalinas de coral.

Estatua Drake se refugió tras otra columna abriendo fuego con su pistola. Aprovechando otra ráfaga de disparos de la metralleta de Leprechaun, que abatió a dos profundos, Bullseye arrojó otra granada entre los pies de los profundos… y la colocó junto a la que había arrojado Ditullio un latido antes.

El Muro terminó de machacar la cabeza de su contrincante, hasta que de esta no quedaba más que un puré sanguinolento. Jadeando, satisfecho, el Muro Rondale se levantó, creyéndose que estaba solo…

Ante el soldado había tres siniestras figuras. Dos eran unos grandes profundos armados con jabalinas de coral verde, pero el tercero era un sectario de la Orden Esotérica de Dagon, un individuo ataviado con una túnica de un verde tan oscuro que parecía negra y con la cara oculta tras una máscara de cuero que simulaba el rostro tentacular del Gran Cthulhu.

Pero lo que paralizó a Rondale fue la enorme espada medieval que el sectario alzó sobre su cabeza. El acero voló hacia El Muro que echó la cabeza hacia atrás, consiguiendo que el filo pasara a milímetros de su cuello.

Las granadas explotaron.

Una lluvia de metralla y la onda expansiva impactaron en los soldados que rodaron por el suelo, se cubrieron tras columnas, antes de que pedazos infectos de profundo carbonizado cayeran con ellos. Las seis bestias estaban muertas, la victoria parecía segura.

―¡Bullseye! ¡Estatua! ―chilló Rondale desesperado.

―¡Apoyo! ―rugió Liam disparando su pistola, mientras huía de los profundos que le cercaban.

Bullseye disparó con la pistola, pero los rivales que cercaban a Rondale estaban fuera de tiro y la bala se incrustó en la barandilla. Estatua Drake y Billy Rowan le imitaron.

Leprechaun se giró y llamó a Liam.

―¡Al suelo, maldito irlandés! ―Liam se tiró al suelo y Leprechaun vació el cargador de la Thompson sobre los profundos, destrozando a ambas criaturas.

Bullseye disparó de nuevo mientras corría escaleras arriba, seguido de Billy Rowan. The Kid Ditullio corrió el cerrojo de su fusil. Drake puso el último cargador que le quedaba a su Thompson. Angus apuntó con la escopeta y disparó una perdigonada al piso superior, pero salvo un perdigón que hirió someramente a uno de los profundos, su disparo no tuvo efecto.

Rondale se arrastró por el suelo, lanzó un puñetazo a uno de los profundos que se le echaba encima, pateó al otro, pero las bestias le cogieron de los brazos, lo apresaron, expusieron su cuello al sectario.

Rondale chilló de rabia y frustración mientras el acero descendía.

Luego el silencio.

El sectario se asomó por la barandilla y arrojó la cabeza de El Muro Rondale que cayó a los pies de Ditullio. Todos los soldados la contemplaron impresionados, mientras el sectario les apuntaba con un dedo enguantado, alzaba su espada cubierta de sangre y entonaba un cántico gorgoteante.

The Kid estaba petrificado ante la mirada muerta de la cabeza de Rondale, el cabo dejó caer su fusil y comenzó a buscar con angustia su crucifijo, necesitando de su contacto para sobreponerse a la visión de la cabeza cercenada. Angus se ocultó tras una columna. Bullseye disparó con acierto sobre uno de los profundos, pero la bala no detuvo a la bestia que se arrojó sobre él y Rowan. Los tres cayeron rodando por las escaleras. El otro monstruo arrojó su venablo sobre Estatua Drake y se lo clavó en el hombro antes de que el soldado pudiera dispararle con su metralleta.

La cabeza de Drake era un hervidero. Estaba llena de una sarta de improperios que intenaba ladrar a sus rivales, pero no tenía aire en los pulmones… sólo agua, agua de mar. La lanza era fría, un puñal de hielo verde que parecía devorar el brazo donde estaba hincada. La mano que sostenía la metralleta se fue al suelo. Tosió. Cayó de rodillas. Tosió. Se ahogaba. Se ahogaba. Se moría.

En un acto de pura fuerza de voluntad, Estatua Drake se arrancó la lanza con la mano sana, sintiendo como el frío le entumecía los dedos, y la lanzó contra la pared donde se hizo añicos.

Leprechaun se acercó a Liam, mientras recargaba su último cartucho de la metralleta Thompson.

―¿Y Corso? ―preguntó el soldado irlandés al Finn. Liam le señaló el cadáver.

―Lo ha matado uno de Innsmouth, el subcomisario. Ha huido por una habitación secreta― informó Liam.

―No llegará muy lejos ―gruñó Leprechaun tirando de percutor de la metralleta.

Bullseye se apartó a patadas del profundo, le apuntó con la automática del 45 y disparó sobre la bestia. Lo mismo hizo Rowan pero su disparo falló e impactó al francotirador en un pie, arrancándole un grito de dolor. El profundo lanzó un zarpazo a Rowan, que bloqueó con su fusil.

Estatua Drake apenas conseguía respirar. Sus pulmones estaban llenos de agua. El mundo se reducía al mar y a las palabras húmedas que chasqueaba y vomitaba el sectario. Mientras Ditullio continuaba buscando el crucifjo, Angus se asomó tras la columna y descargó una perdigonada con su escopeta hiriendo al sectario e interrumpiendo su conjuro.

En un parpadeo Drake respiraba. Su brazo herido parecía que recuperaba la movilidad. Intentó alzar la metralleta y mirar a sus rivales cuando el profundo que acompañaba al sectario se izó en la barandilla y saltó sobre el soldado. La garra le embistió desde arriba, le desgarró el cuello y lo derribó. Caído en el suelo, muy malherido, sangrando por el cuello, escupiendo sangre, con la vista borrosa por el dolor, Drake sacó fuerzas de flaqueza para alzar su metralleta y apretar el gatillo.

Las veinte balas del calibre 45, impactaron al completo sobre la batracia criatura, destrozándola desde el vientre hasta la cabeza con plomo ardiendo.

Bullseye aprovechó a que el profundo le daba la espalda atacando a Rowan para pegarle un tiro en la nuca. La bala al emerger arrancó dientes y escamas a la batracia criatura que cayó fulminada. Rowan y él corrieron a socorrer a Drake, taponando su herida y controlando la hemorragia.

Angus corrió escaleras arriba. Ditullio encontró su crucifijo, saliendo de esa repentina obsesión que se había adueñado de él y alzó su fusil apuntando a la barandilla, donde se había parapetado el sectario. Leprechaun y Liam asaltaron el despacho de J.Brewster, pero estaba vacío. El armario donde se había ocultado Natham Birch daba a unas estrechas escaleras que subían al piso superior.

Justo cuando a Angus Lancaster le quedaban tres o cuatro escalones para llegar arriba se encontró cara a cara con Nathan Birch.

Ambos, sorprendidos, alzaron sus escopetas de galga 12, Angus la de trinchera, Birch la recortada.

Ambos se miraron a los ojos, con una rabia envenenada inyectada en sus miradas.

Ambos tiraron de gatillo.

Y los percutores de ambas armas, chasquearon, huecos, casquillos vacíos.

Birch le arrojó la escopeta. Angus se agachó y le tiró la suya, que Birch evitó. Ambos sacaron sus armas cortas. El subcomisario de Innsmouth un feo revólver del calibre 45, Angus, la automática militar Colt 45. Separados por sólo unos metros, se dispararon.

Y fallaron.

La bala de Angus se clavó en la pared, la de Birch destrozó un escalón. Birch pasó cojeando ante Angus y disparó. El Finn cogió la pistola con ambas manos y apretó el gatillo.

Fallaron de nuevo.

El tercer disparo del subcomisario de Innsmouth impactó a Angus en el codo y le arrojó por escaleras abajo, dando línea directa al astuto policía que sonreía maquiavélicamente con Bullseye Dalton, el francotirador de la escuadra Apod que le apuntaba con el fusil de Billy Rowan.

―Bullseye dispara ―sentenció Dalton antes de pegarle un tiro debajo de la garganta a Nathan Birch y lanzar su abotargado cuerpo contra la pared, dejando una mancha de sangre oleosa en la piedra mientras el cadáver se deslizaba hasta acabar sentado.

Angus se volvió hacia Bullseye, alzó el pulgar en señal de aprobación.

Y el sectario emergió sobre él, con la espada en alto aullando una maldición.

Angus se encogió sobre los escalones mientras una lluvia de balas estallaba a su alrededor. Desde el otro lado de la barandilla, a través de las escaleras que había encontrado el despacho, Liam apareció disparando su automática del 45, al tiempo que Leprechaun soltaba una ráfaga de munición con su Thompson, acribillando al sectario a tiros…

Y por si fuera poco, The Kid Ditullio le metió una bala en la cabeza con su fusil.

―El Muro te espera en el infierno, hijo de puta.

Leprechaun se asomó por la barandilla.

―¡Despejado!

Ditullio miró a Bullseye que lanzó una rápida mirada al interior de la sala de reuniones y asintió.

―¡Despejado!―gritó el cabo―. Rowan, ¿cómo está, Estatua?

Rowan les miró, pálido, ojeroso, con el rostro salpicado de sangre.

Y Estatua Drake alzó un tembloroso pulgar.

La Redada (15) La Vieja Mansión Marsh

Mansión Marsh

MANSIÓN MARSH

Planta Baja

Director de la Agencia de Investigación,  J. Edgar Hoover

Superintendente Albert Ryan                                                     –             Bea

Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido

Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler

Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin

Patry O’Connel (Buscavidas)                                                      –             Hernán

Dr. Ravana Najar (DESAPARECIDO)

Primera Planta

Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita

Agente Ashbrook                                                                          –             Toño

Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl

Refuerzos

Agente Fox Mülder

Agente Dana Excaly

―¡Mackey! Usted y su equipo atrapen a ese hombre. Utilicen la fuerza que sea necesaria, esta gente no se anda con bromas. Agentes Hart y Cohle, revisen el ala sur de la casa y suban por las escaleras de ese sector para poder atrapar al fugitivo ―Hoover se volvió hacia Patry―. Señorita O’Connel, usted y el doctor Najar… ¿Dónde demonios está Najar?

El doctor Ravana Najar había desaparecido.

Hoover chasqueó la lengua molesto.

―Señorita O’Connel, acompañe al superintendente Ryan en el registro de las habitaciones del ala oeste. Agente Hill…

―¿Sí, señor?

―Usted conmigo.

Planta Baja, Ala Oeste

Patry siguió al superintendente Ryan hasta la puerta más cercana del ala oeste. El superintendente entró enarbolando su revólver del 32 mientras chequeaban la habitación: un regio comedor, cuyo centro estaba ocupado por una antigua y pesada mesa rodeada por doce sillas. El suelo estaba cubierto con una hermosa alfombra oriental. La mesa, que estaba puesta, tenía curiosos platos, cubiertos y copas, hechos todos de oro blanco y grabados con intrincados motivo acuáticos.

En los platos se enfriaba un apestoso caldo que hedía poderosamente a pescado. Era como si alguien hubiera interrumpido la cena de repente.

Patry tomó una cuchara de oro argentífero y Ryan se aclaró la garganta.

―No va a probar la sopa, ¿verdad?

―Ni loca.

―Pues deje eso donde estaba y sígame.

 

Planta Baja, Ala Este

  1. Edgar Hoover y el agente Hill entraron en un pequeño estudio situado a la izquierda del gran salón donde habían dejado maniatadas a Ruth Marsh Gilman y Abigail Winthrop Marsh.

Hill pasó el primero y cuando abrió la puerta se produjeron dos detonaciones desde el escritorio de madera de roble que gobernaba la habitación. Una de las balas destrozó el marco, soltando una lluvia de astillas sobre el agente Hill. La otra le impactó en el brazo.

Tras el escritorio estaba un miembro de la familia Marsh, uno joven y bien vestido, que al ver a los dos agentes lanzó la automática de 9mm sobre la mesa y se llevó las manos a la cabeza.

―¡Lo siento! ¡Lo siento! ―gritaba, histérico―. ¡Me he asustado y el arma se me ha disparado! ¡Lo siento!

―¿Se te ha disparado dos veces, hijo de puta? ―aulló Hill alzando su escopeta corredera.

―Tranquiloooo, agente Hill ―ordenó Hoover, sin variar un ápice su expresión― Manos arriba e identifíquese.

―Soy Jacob Marsh.

―El dueño de la refinería ―recordó Hoover―. ¡Rápido Hill! ¡Espósele!

―Utilicé mis esposas con los sospechosos del salón, señor.

―Tome las mías ―dijo Hoover sin dejar de apuntar a Jacob Marsh, que no opuso ninguna resistencia.

―Lo siento mucho, yo… estaba asustado…

―Guárdese sus excusas para el juez ―replicó Hill mientras le esposaba―. ¿Cuántos son en la casa?

Jacob le miró con una atemorizada expresión de terror congelada en sus enormes ojos. Se lamió los labios, nervioso.

―Sólo hablaré en presencia de mi abogado ―espetó de repente, con la boca pequeña.

Hill alzó la culata de la escopeta por encima de su cabeza, al tiempo que el Marsh se encogía. Hoover, que revisaba unos documentos sobre el escritorio alzó la voz, sin dejar de mirar entre las hojas.

―¿Hill, qué hace?

―Interrogar al sospechoso, señor.

―El sospechoso tiene derecho a guardar silencio hasta que tenga un abogado. Déjelo y ayúdeme a registrar este escritorio.

El agente Hill se acercó hasta el escritorio plagado de documentos de las propiedades de los Marsh. El agente forzó un cajón y dentro, encontró seis figuritas de diferentes piedras que iban desde la roca volcánica al jade. Representaban retorcidas figuras monstruosas. El agente Hill agarró una de las estatuillas, al tiempo que Hoover apartaba la vista con el rostro constreñido.

―¿Cogemos esto? Son pruebas.

―Todo suyo, agente ―contestó el director, sin ser capaz de mirar a las horrendas estatuillas. Hill también las encontraba despreciables. Además parecía que algunas eran diferentes con cada parpadeo.

Arrojó cada estatuilla a una bolsa de lona, teniendo la imperiosa necesidad de limpiarse la mano con la pernera del pantalón entre figura y figura, pero al coger la penúltima un calambrazo le recorrió el brazo y sintió como si algo le chupase… su esencia. De repente Hill sintió una pérdida. No recordaba la primera vez que había montado en bicicleta o su primera vez nadando en el mar. No recordaba la sonrisa de su padre o el olor de la cocina donde su madre hacía la cena.

El agente Hill dejó caer la estatuilla en la lona, sintiéndose más viejo, enfermo, triste.

―Señor… señor, aquí… Señor aquí pasan cosas muy raras, yo…

―Dese prisa, agente Hill ―siseó Hoover―, coja eso y lleve al señor Marsh junto al resto de detenidos.

Y el director Hoover desapareció por el pasillo, dejando a Hill solo con Jacob Marsh, que le miraba sonriente. Hill le agarró de las esposas, clavando el metal en las morcillosas muñecas del Marsh y tironeó de él hacia el salón.

Escaleras y Primer Piso

Mackey señaló a Ashbrook. El agente sonrió y cebó su escopeta corredera de galga 12 antes de comenzar a subir, despacio, por los escalones engalanados por una cara alfombra carmesí.

Diferentes cuadros de la familia Marsh decoraban la escalera, pero Ashbrook estaba pendiente del piso superior, atento al sospechoso al que debían detener. El agente Drotos le seguía, muy de cerca y Mackey cerraba la marcha.

―Mantén la distancia, Drotos ―se quejó Ashbrook ―no quiero que me dejes sordo de un escopetazo o que un perdigón me joda la gabardina.

En el primer piso estaba muerto. Un largo pasillo que se extendía por toda la mansión, un silencio de biblioteca y la sensación de que algo les estaba esperando.

―Creo que ha ido por…

Drotos iba a decir algo, pero Ashbrook le cayó con un gesto… había una puerta de doble hoja justo en frente de ellos y el agente tenía la sensación de que…

―¿No deberíamos seguir…? ―continuó Drotos. Mackey le chistó desde su espalda.

Ashbrook asomó la cabeza a la habitación, un pequeño salón dominado  por una gran mesa rebosante de papeles y…

Detrás de la puerta emergió un tipo grande que enarbolaba un bate de baseball. Cuando Ashbrook le vio venir, ya era tarde, el bate trazó una parábola y le impactó en el pecho. El agente escuchó como sus costillas se fisuraban, antes de salir despedido y aterrizar en el suelo, con el acre sabor de la sangre en la boca.

Drotos se quedó congelado. Mackey apartó al agente intentando conseguir una línea de tiro y disparó con la automática del 45, pero la bala sólo rozó al atacante. Drotos apretó el gatillo y la lluvia de perdigones destrozó el suelo a escasos centímetros de la cabeza de Ashbrook sobre el que se abalanzaba el individuo, grande y fuerte, que ninguno supo reconocer.

Se trataba de un Marsh, uno muy feo. La marca de Innsmouth había deformado su boca de batracio, donde lucía una amalgama de colmillos retorcidos

―¡Ríndase idiota! ―le ordenó Mackey―. ¡No vale la pena!

―¡Fuera de mi casa! ―barbotó el individuo alzando el bate de baseball sobre su cabeza.

Ashbrook alzó la escopeta y la perdigonada arrojó a su agresor tres metros hacia atrás con el pecho humeando. El grandullón cayó sobre la mesa y la partió en dos.

Ashbrook se levantó, al tiempo que Mackey corría hacia el sospechoso y comprobaba que estaba abatido. Los papeles que había derribado en su caída era una colección de mapas de Masachusset y poco más. Drotos miraba a sus compañeros y volvía la vista hacia una puerta por la que juraría haber visto huir al primer sospechoso.

―¿No deberíamos seguirle?

―¿Te importa que tome aire antes, chaval? ―gruñó Ashbrook antes de escupir un poco de sangre.

Planta Baja, Ala Sur.

Cohle y Hart entraron en una gran cocina, apuntando con sus escopetas en todas direcciones. Al fondo de la habitación que despedía un desagradable olor a pescado podrido había una puerta que desembocaba en una pequeña lavandería.

Los agentes vieron como alguien cerraba tras de sí una puerta en la lavandería que daba a la calle.

―Cobertura ―solicitó Hart, mientras se adelantaba escopeta en ristre.

Ambos agentes se desplazaron con destreza por las habitaciones, salieron al exterior a tiempo de ver a una figura torcer por la esquina de la casa, en dirección a la parte trasera, donde estaban aparcados los coches.

Hart y Cohle persiguieron al sospechoso y le dieron alcance junto a los vehículos. El individuo, alto, ataviado con un buen traje, bufanda de seda y bombín, que sostenía un arma automática en su palmeada mano izquierda, se había quedado petrificado ante una escena que también sobrecogió a los agentes.

El coche en el que Hart, Cohle y Hill habían encerrado al monstruoso agente de la policía de Innsmouth, Elliot Ropes, ardía en un espectacular incendio de poderosas llamas rojas y naranjas.

No había humo. El depósito de gasolina no había explotado aún a pesar de la intensidad del fuego… de hecho, el fuego no crepitaba, pero el calor era palpable.

En una mirada, Hart y Cohle se comunicaron. El primero se acercó por la izquierda, mientras el segundo apuntaba con el arma al sospechoso, que se giró alzando la pistola hacia Hart, este le descargó un culatazo en el brazo armado, arrancándole la automática de un golpe. El segundo impacto en el abdomen, lo puso de rodillas y en una practicada maniobra, Hart le puso de cara a la nieve y le esposó las manos a la espalda.

―¡Soy abogado! ¡No pueden hacerme nada! ―comenzó a chillar Ralsa Marsh, el sospechoso―. ¡Están incumpliendo mis derechos civiles! ¡Les denunciaré!

―Tiene derecho a permanecer en silencio ―contestó Cohle apuntándole con la escopeta―. Aprovéchate de ese derecho y cierra la boca.

―¿Y si no quiero permanecer en silencio, qué vas a…?

Hart le cogió la bufanda que llevaba al cuello y le amordazó con ella, mientras Ralsa continuaba despotricando.

Hart se había acercado hasta el coche en llamas atento a si el maletero estaba abierto. Cabía la posibilidad de que Ropes se hubiese liberado antes de que ese extraño incendio tuviera lugar. Incendio que parecía haberse originado en el maletero.

 

Planta Baja, Ala Oeste

El superintendente Ryan se adelantó saliendo del comedor, situación que aprovechó Patry para afanar una copa de oro argentífero que ocultó entre los pliegues de la gabardina.

En el pasillo se cruzaron con Hart y Cohle, este último traía a rastras a Ralsa Marsh que, aún a pesar de la situación, trasladó a Patry con una obscena mirada.

Colhe le arreó una colleja.

―Cuidadito donde miras ―siseó.

―Mil gracias, caballero ―le sonrió Patry al agente.

Un leve carraspeo de J.E. Hoover les llamó la atención. Tras el director venía Hill, con el rostro macilento, tironeando de Jacob Marsh.

Mientras Cohle y Hill llevaban a los prisioneros al salón, Hart les informó del hallazgo del coche en llamas. Ryan se mostró escéptico mientras Patry cotilleaba entre las puertas cerradas del pasillo.

Y pasaron al salón. Jacob Marsh lanzó un alarido gutural, mientras Ralsa volvía quedarse paralizado ante la escena.

La anciana Abigail Winthrop estaba sentada en su silla, con los ojos en blanco, la boca abierta y la lengua fuera. Había sido estrangulada con el cordón de su bata. A Ruth Marsh Gilman la habían sacado los ojos con una precisión quirúrgica, y se los habían puesto dentro de la boca, mirando fijamente a los invasores.

―¿Qué diantres ha pasado aquí? ―murmuró Hoover.

―¿Y cuándo? ―siseó Hill.

―Para… sacar los ojos con tanta precisión se necesita mucho tiempo y llevamos escasos minutos lejos de estas mujeres ―argumentó Cohle sorprendido.

―No nos dejen solos, por favor ―gimotéo Jacob Marsh.

Ralsa Marsh, golpeó con el hombro a su primo que miró al suelo avergonzado.

―Señor… ¿qué hacemos? ―preguntó el agente Hill, lívido.

Hoover miraba de reojo a los Marsh y luego a los cadáveres.

―Encierren a estos hombres en el despacho donde encontramos a Jacob Marsh ―ordenó Hoover.

―¿Registramos los cadáveres? ―preguntó Hill.

―Si tiene estómago para ello ―permitió Hoover, mientras Cohle llevaba a los prisioneros a la habitación aledaña.

―¿Hemos detenido a tres sospechosos ―comenzó Hart―, y los tres han muerto en… extrañas circunstancias?

―Eso parece ―murmuró Hoover sin dejar de mirar en todas direcciones. Los disparos en el piso superior hicieron levantar la cabeza a los invasores― Agentes Hart y Hill, se quedan junto a los prisioneros. El resto vienen conmigo a la biblioteca.

Segunda Planta

Ashbrook encabezó el ascenso a la segunda planta. Se asomó al corto pasillo que la dividía. Vio a dos individuos, ambos forcejando con diferentes puertas.

Al fondo del pasillo, un joven vestido con un impecable uniforme policial intentaba abrir una enmohecida puerta mientras apuntaba con su revólver reglamentario hacia la escalera donde estaba el agente. Ashbrook supo por los informes de Mackey que se trataba del agente Zedebiah Marsh.

A medio camino, una joven delgada, horriblemente fea por la Marca de Innsmouth y de grandes ojos bizcos, forcejeaba con un candado para abrir otra puerta.

Ashbrook le gritó desde su parapeto:

―¡Agentes Federales! ¡Depongan las armas!

Drotos se asomó, encañonando a Zebediah Marsh con su escopeta:

―¡Usted! ¡El del fondo, le estoy viendo!

La joven, Barbara Marsh, la hermana pequeña de Jacob Marsh, se asustó, dejo caer el candado que acababa de quitar de la puerta y alzó las manos asustada… interponiéndose en la línea de fuego entre los agentes y Zebediah.

―¡Agentes del tesoro, bajen las arm…! ―comenzó Mackey antes de que la puerta que acababa de desbloquear Barbara Marsh se abriese.

Cuatro gigantescos profundos emergieron de la habitación. Eran estas bestias más grandes que cualquier espécimen que el resto de unidades de el Proyecto Alianza se hubiera encontrado. Los ambarinos ojos de estas poderosas bestias ardían de frenesí, sus fauces abisales babeaban espumarajos amarillentos y sus cuerpos escamosos estaba lubricados, aceitosos y se apreciaba una dantesca erección entre sus miembros inferiores palmeados.

Ashbrook, Mackey y Drotos no supieron reaccionar a tiempo ante la aparición de semejantes engendros, cuando uno de los profundos descargó un violento zarpazo a la altura de la cintura de Barbara Marsh y la partió en dos.

Innsmouth_01

Dos de las bestias cargaron sobre los agentes, rugiendo espumarajos, aullando y gruñendo, bloqueados, los agentes alzaron sus escopetas, pero se incomodaron y descargaron sus salvas contra el suelo y las paredes.

El cuarto profundo corría hacia Zebediah Marsh que le disparó con su revólver, hiriéndole, pero no frenando su avance.

Uno de los profundos salvajes atacó a Mackey que se arrojó al suelo, evitando el zarpazo. Ashbrook recibió un zarpazo que lo empotró contra una pared, pero el agente alzó su escopeta y disparó a la bestia en las entrañas, pero no lo mató. Drotos apuntaló su escopeta en la espalda de la bestia y le descargó una perdigonada entre los omóplatos que destrozó al profundo, sus pedazos bañaron a Ashbrook, que contuvo una arcada al verse salpicado de esa apestosa carroña anfibia.

Zebediah Marsh forcejeó con la bestia, apretó el gatillo dos veces, pero las balas se incrustaron en el suelo, mientras el profundo de un zarpazo le hizo atravesar la puerta por la que quería escapar.

El profundo que atacaba a Mackey le lanzó otro zarpazo, pero el agente rodó por el suelo, evitando su acometida. La criatura que había devorado a Barbara Marsh se lanzó sobre el agente Drotos que se arrojó junto a Ashbrook para evitar la embestida. El experimentado agente, apartó a Drotos y le descargó una perdigonada a la criatura, destrozándole su abotargado vientre, que se abrió, dejando caer una docena de culebreantes entrañas negras. El hedor era inimaginable, la visión espantosa… pero la criatura aún no había muerto.

Zebediah Marsh vació el cargador sobre la criatura, pero las balas no frenaron el avance de la bestia, que cayó sobre él y comenzó a destrozarle a zarpazos y a arrancarle gritos.

El monstruo herido intentó atacar a Drotos, pero sus heridas eran demasiado graves y sus golpes solo arañaron el suelo. La bestia que atacaba a Mackey continuó lanzando zarpazos hasta que uno desgarró el torso de tonel del agente y le empujó al pie de la escalera.

Ashbrook vació el cargador de la escopeta para abatir a la primera bestia. Drotos desde el suelo, apuntó a la espalda del monstruo que cercaba a Mackey y le hirió en la espalda. Mackey forcejeó con la bestia, lo apartó y le disparó. La perdigonada dejó a la bestia herida, incapaz de respirar perdió pie y cayó por el hueco de la escalera.

Sin mediar palabra, Ashbrook avanzó por el pasillo, cargando cartuchos en su escopeta. Drotos apuntó hacia el fondo del pasillo, donde las batracias ancas de la bestia, aún se veían… pero no podía dispararle con Ashbrook en medio.

―¡Mackey! –chilló Drotos asustado―. ¿¡Qué hago!? ¿¡Qué hago!?

―¡Ashbrook! ―gritó Mackey apuntando a la bestia con su escopeta ―¡Aparte de la línea de fuego! ¡Ashbrook!

Pero el agente no dio señales de escucharles, continuó caminando, cargando cartuchos en su escopeta. Mackey dejó caer la escopeta, sacó su colt 45 y apuntó. Su disparó se clavó en el gemelo de la bestia, cuyos bramidos llenaban todo el pasillo.

Cuando Ashbrook llegó hasta la entrada, descubrió que no era el monstruo quien aullaba, era Zebediah Marsh. El policía le había reventado la cabeza al profundo a base de golpes con la culata del revólver y, presa de un frenesí homicida, había continuado golpeando al monstruo hasta después de matarlo. La sangre negra y aceitosa le chorreaba hasta el codo y su mirada desquiciada se cruzó con la mirada muerta de Ashbrook… que sin mediar palabra le descargó una perdigonada en el pecho. La fuerza del impactó arrojó a Zebediah Marsh a través del pequeño trastero donde había intentado refugiarse. Atravesó la cristalera de la habitación y cayó dos pisos más abajo.

Cuando Drotos y Mackey llegaron hasta el trastero, Ashbrook miraba al exterior con aire ausente y se encendió un cigarrillo.

―Lo… lo ha matado ―dijo Drotos.

Mackey se encaró a Ashbrook.

―¿Usted qué entiende por tomar prisioneros, Ashbrook? ―el agente expelió una bocanada de humo y se encogió de hombros.

―La amenaza ha sido neutralizada ―argumentó y pasó entre Mackey y Drotos.

―¡Debemos detener a los sospechosos!

―Creo que no llevo esposas ―murmuró Ashbrook palpándose la gabardina―. Ah, pues sí.

Ashbrook, arrojó las esposas por la destrozada cristalera y salió del desván.

―Amenaza neutralizada.

―¡Maldita sea! ¡Ashbrook! ―rugió Mackey―. Esta actuación suya tendrá repercusiones, ¿me oye?

 

Planta Baja, Ala Oeste

El superintendente Ryan abrió la puerta de la biblioteca.

Dentro de la gran habitación llena de altas estanterías plagadas de gruesos volúmenes, había un gran busto de mujer, tallado en madera, que parecía ser el mascarón de proa de un barco, el Sumatra Queen, que gobernase el nefario capitán Obed Marsh.

Cerca de una gran chimenea encendida y, ajenos a los agentes federales, había una pareja de ancianos afectados por la marca de Innsmouth, forcejeando por hacerse con un pesado libro.

―¡Hay que quemarlo! ―croaba el mayor de los dos individuos, un hombre bajo y achaparrado, cargado de espaldas. Su mandíbula sobresaliente estaba tensa por el esfuerzo y sobre sus enormes cejas se formaban chorros de sudor.

―¡No!―se quejaba débilmente el otro anciano, más raquítico y que lucía un ridículo bigotito gris sobre su piel cuarteada y escamosa ―¡Debemos salvaguardarlo! ¡Es el legado familiar…!

Patry disparó sin compasión contra el primero de los viejos, el Doctor Rowley Marsh. La bala derribó al anciano sobre una butaca, pero no lo había matado. El viejo doctor se llevó la mano al pecho, tratando de contener la hemorragia mientras respiraba a duras penas. El sonido del disparo espantó al segundo anciano, Sebastian Marsh, padre de Jacob y dueño jubilado de la refinería Marsh, que alzó sus manos palmeadas, dejando caer el libro entre ambos dos.

―¡No me dispare! ¡Por favor, no me dispare! ―lloriqueó Sebastian Marsh.

El superintendente Ryan apartó de malos modos a Patry de su camino y apuntó con su revólver a Sebastian, ordenándole ponerse de rodillas con las manos en la nuca.

Jadeante, el Doctor Rowley Marsh se inclinó sobre el libro e intentó agarrarlo.

Y Patry le disparó de nuevo. Esta vez en la cabeza.

―¡Basta! ―gritó J. Edgar Hoover―. Le dimos un arma para protegerse, señorita O’Connell, no para tomarse la justicia por su mano.

―No… No podía dejar que quemasen el libro ―se excusó Patry. No sabía porqué, pero no paraba de pensar en Annie O’Carolan en ese momento.

El agente Hart se acercó a Ryan y entre ambos esposaron a Sebastian Marsh que no paraba de quejarse.

―Han matado a mi tío a sangre fría. Ha sido un asesinato. No hay derecho. Les denunciaré. Esto es brutalidad policial.

―Usted siga hablando y le enseñaré que es la brutalidad policial ―amenazó Hart, ganándose una reprobatoria mirada del superintendente Ryan.

Hoover había dejado de amonestar a Patry y se inclinó ante el libro, salpicado por la sangre del doctor Rowley Marsh. Los sostuvo ante sus fríos ojos… antes de guardarlo en una bandolera de lona bajo su gabardina.

―Agente Hart lleve al prisionero con los otros, al despacho ―ordenó Hoover― Superintendente Ryan, chequee esta habitación por si encontramos algo más de interés. Quédese con la señorita O’Connel.

Cuando Hart abrió la puerta del despacho, encontró al agente Hill hundiendo la hoja de su navaja bajo la uña de un meñique del lloroso Jacob Marsh.

―Hay ciudad submarina… Y’ha Nthlei… ―gimoteaba Jacob―. Allí es adonde ha ido Barbanas.

―¿Cómo? ―escupió Hill haciendo palanca para arrancarle la uña― ¿Hay un pasadizo hasta ese refugio?

―Nooo. Se llega por un portal mágico.

―¿Mágico? ―Hill aumentó la palanca― ¿Me está vacilando?

―¡Noooooo! Le digo la verdad… hay cosas que se escapan a lo racional en estas paredes. Hay cosas…

Hill se apartó de Jacob Marsh y se encontró con la sorprendida de mirada del agente Hart. El agente Cohle se limpiaba las uñas con su navaja, ajeno a la tortura.

―¿Hoover? ―preguntó Hill.

―En la biblioteca.

El agente Hill llegó corriendo hasta la entrada de la biblioteca, donde estaba Hoover ojeando el libro. Patry y el superintendente Ryan revolvían la biblioteca, intentando encontrar… algo. Patry estuvo unos segundos sobando los pechos del cascarón de proa del Sumatra Queen, intentando encontrar una puerta secreta… que no existía.

―Señor, Jacob Marsh se ha prestado a cooperar.

―No me diga.

―Ha informado que en la mansión hay nueve miembros de la familia Marsh, tres personas del servicio y tres agentes de policía. Barbanas Marsh no está, señor. Ha huido hasta un refugio submarino, de nombre impronunciable, al que se accede por un pasaje en la habitación principal.

En ese momento bajaban por las escaleras los agentes Ashbrook, Mackey y Drotos.

―Creo que deberíamos subir al dormitorio principal, señor. Allí es donde estarán las respuestas.

―Se equivoca, Hill ―murmuró Hoover levantando la vista del manuscrito ―las respuestas están tras esa puerta.

Todos los agentes miraron la puerta que conducía al sótano. Era de hierro forjado, antigua, llena de manchas de óxido pero resistente.

―Informen ―ordenó Hoover, tanteando la puerta de hierro.

―Arriba había tres miembros de los Marsh… todos neutralizados ―espetó Mackey con sorna fulminando a Ashbrook con la mirada―. También encontramos… otro tipo de presencia hostil, señor.

―¿De la que informaron los ACEs?

―Esa misma ―contestó Mackey.

Hoover asintió.

―Tres detenidos y ocho sospechosos abatidos. Y ni rastro del Doctor Najar ―murmuró―. Según los datos obtenidos por el agente Hill, falta un miembro de la familia Marsh…

―Esther Marsh ―aventuró Lucas Mackey―. La enajenada hija de Barbanas Marsh.

―Y creo que está tras esa puerta.

―Yo puedo abrir esa puerta ―aseguró Patry desde la entrada de la biblioteca.

Hoover extendió la mano y dejaron que la Finn se acercase hasta el cerrojo. Patry sacó una horquilla de su peinado y comenzó a trastear con ella en la oquedad, hasta que un chasquido metálico informó que la puerta estaba abierta.

―Estaos preparados para cualquier cosa ―informó Ashbrook cebando su escopeta corredera―. Los habitantes de la azotea eran capaces de partir en dos a una persona.

―¿Qué demonios dicen? ―exclamó Ryan.

―Superintendente ―llamó Hoover asomándose por la puerta que descendía al sótano de la mansión Marsh―. Traiga a todos los agentes. Necesito a todos los efectivos disponibles. Quiero las armas a punto. Aplíquense primeros auxilios. Aquí abajo puede que nos encontremos con… cosas temibles.

―¿Y los prisioneros? ―preguntó el Superintendente Ryan.

―Cierren el despacho, volveremos a por ellos tras inspeccionar el sótano.

Hoover bajó el primero por las escaleras.

************

Minutos después, en el despacho, Jacob, Sebastian y Ralsa Marsh estaban sentados ante el escritorio, esposados y amordazados, y levantaron la vista cuando la puerta se abrió. Una figura se recortaba a contra luz en el marco… un pequeño hindú con la ropa salpicada de sangre.

―Ssaludoss, ¿ssí? ―dijo el Doctor Ravana Najar mientras una gota de sangre se deslizaba lentamente por uno de los cristales de sus estrechas gafas.

La Redada (14) Traición en las Profundidades

SUBMARINO

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

Un denso silencio se adueñó de la cabina de mando, sólo roto por el siseo de las tuberías dañadas, chorros de agua y gotas cayendo. Los ojos enloquecidos del marinero, Herbert East, corrían frenéticos de un extremo a otro. Parecía como si fueran a salírsele de las órbitas. El sudor le caía a chorros por la cara. Apretó el cañón del arma contra la nuca del Comandante Harrow

―¡Marinero! ―gritó el contramaestre DelaPoer, señalando al soldado―. Baje esa maldita pistola.

―Con el debido respeto, pero que le follen, señor ―gruñó East, hincando más la pistola en la nuca del comandante―. O subimos a la superficie o le pego un tiro…

―Iba a ordenar que subiéramos a superficie…―comenzó Harrow.

―¡No mienta! ―chilló East, frenético―. ¡Nos van a matar! Monstruos marinos capaces de abrir este submarino como si fuera una lata de sardinas… ¡y le disparan torpedos a bocajarro!… ¡Los van a enfadar!

Herbert East balbuceaba, histérico con la boca llena de espuma. Annie O’Carolan asistía paralizada a la escena, sabiendo que ese hombre estaba tan fuera de sí que pretendía matar al comandante de todas formas. El oficial medico Devore percibió lo mismo y se adelantó a la investigadora, protegiéndola con su cuerpo mientras intentaba llamar la atención del marinero desquiciado.

―Herbert… Herb, mírame. Soy yo, Devore.

―No se acerque, señor, no se acerque o mataré al capitán.

―Ni tú, ni yo queremos que pase eso, Herbert. Quiero hablar. Negociar. El capitán ha dicho que vamos a subir a superficie.

―Pero luego querrá bajar otra vez. Yo no quiero bajar. Estas aguas están llenas de monstruos―El contramaestre De LaPoer miraba a Annie, cuando la investigadora le miró a los ojos pudo leer sus labios: “Qui-te-le la pis-tola”

Annie se quedó lívida. No se veía capaz de asaltar a ese individuo y lanzarse sobre su arma. Pero cerca de la investigadora estaba el técnico de sonar Roy Acker. También miraba al contramaestre y creyó que la orden estaba dirigida a él. Asintió con marcialidad, mientras pequeñas gotas de sudor se formaban sobre sus patillas. Dejó los cascos sobre la mesa y en un rápido gesto se lanzó sobre el marinero East y empujó la mano armada hacia el techo.

La pistola se disparó.

Mientras East y Acker forcejeaba hubo un grito, un cuerpo cayó inerte y varios hombres se arrojaron al suelo mientras la bala chocaba contra el techo, salía despedida contra una tubería, golpeaba en una pared y acababa impactando al contramaestre DelaPoer en el costado izquierdo.

El teniente comandante Baird se adelantó al resto de la tripulación y descargó un directo a la mandíbula de East, mientras Acker conseguía que el arma continuara apuntando al techo. Devore le asaltó desde atrás. Placó con eficiencia al marinero East, estampando su cara contra el duro suelo de metal inundado al menos por un dedo en agua marina. El desquiciado marinero tardó apenas unos segundos en estar inmovilizado, apresado por el oficial médico.

―¡Il nostro comandante está incoeccente, señor! ―informó el marinero Fulci.

―Si alguien esposa a este tarugo, trataré de atenderlo ―dijo Devore mientras Acker y el suboficial de 1ª Murphy se abalanzaban sobre el marinero East.

―Las esposas las tiene el contramaestre DelaPoer, señor. ¡Y está herido!

―Tomen las malditas esposas ―escupió DelaPoer junto a una lluvia de sangre.

―¡Orden! ―irrumpió el teniente comandante Baird―¡Soy el segundo al mando y tomo el mando de la misión! ¡Murphy! espose al marinero East y métalo en el calabozo  ¡Devore! atienda al comandante Harrow ¡Fulci! lleve al contramaestre hasta la enfermería y taponen esa herida, hasta que la atienda el señor Devore.

―¿Qué coño está pasando en el puente de mando? ―ladró el teniente Hyde desde la sala de torpedos― ¿Y dónde está Devore? ¡Tenemos un maldito herido!

―Órdenes, señor ―pidió la mecánica voz del suboficial Burnes en la sala de máquina.

―Il contramaestre también está incoeccente, señor.

Murphy esposó con brusquedad a East, que estaba catatónico, mirando al vacío mientras murmuraba incoherencias. Devore tanteaba con cuidado la cabeza del comandante Harrow.

―Está vivo, pero inconsciente ―informó― Puede que la bala le rozase o el cañón del arma al disparar le golpease. Hasta puede que se hiriera la cabeza al caer al suelo… Puede estar así horas.

Baird se lanzó sobre el interfono.

―Tripulación, soy el teniente comandante Baird. Debido a una indisposición del comandante Harrow, tomo el mando de esta nave. Señor Hyde, aquí tenemos dos heridos, Devore acudirá a la sala de torpedos cuando pueda. Señor Burnes, a toda máquina ―el teniente comandante se volvió hacia el timonel― ponemos rumbo a la superficie… cómo quería ese deshecho.

―Enhorabuena, teniente Baird ―le felicitó Murphy con sorna, mientras recogía la pistola de las manos de Acker―. Ahora es comandante.

―Menos chanzas, Murphy ―espetó Baird―. A superficie, quiero un informe de daños de todos los compartimentos de la nave.

Con la ayuda de Annie, Devore consiguió frenar la hemorragia de DelaPoer, y después de atender al marinero herido en la sala de torpedos, el teniente comandante Baird la cogió del antebrazo.

―Venga, conmigo.

Devore les siguió.

―¿Adónde va, señor Devore?

―El comandante me ordenó que no me separase de la ACE, señor.

― Suba con nosotros entonces ―asintió Baird.

El suboficial de 1ª Murphy les precedió, subiendo a la torreta, donde le esperaba su ametralladora del calibre 50. Una vez afuera, Annie, Devore, Baird y Murphy asistieron al espectáculo que les deparaba el amanecer de Innsmouth: se apreciaban varios incendios en la ciudad y los estampidos de las ametralladoras del guardacostas Urania y las patrulleras les hicieron volver la vista hacia una masa de tentáculos, garras y alas, que flotaba en medio de una mancha de fluido grasiento.

―Pero ¿qué cojones es eso? ―rugió Murphy al tiempo que le apuntaba con la ametralladora.

―Es parte de la progenie de Cthulhu ―susurró Annie. Había visto imágenes de esos engendros pero eran ambiguas. En el Chaat Aquadingen tenían un nombre y un conjuro para invocarlas… un conjuro escrito con esos glifos que le asaltaban en pesadillas durante la madrugada.

―¿En cristiano? ―se mofó Murphy.

―¿Esta historia de sirenas y krakens no la conocía, verdad? ―preguntó la cazadora de libros― Es un monstruo submarino, caballeros. Uno de esos monstruos de los que intentaba preve… nirles.

Sin previo aviso, el agua comenzó a hervir y, antes de que pudieran hacer nada, docenas de formas oscuras y empapadas, enormes profundos de largos dientes blancos, ojos amarillos y garras negras, emergieron alrededor del submarino, trepando por el casco.

―Los has invocado tú, ¿no zorra? ―mugió Murphy, que clavó en Annie una mirada desquiciada y rabiosa, al tiempo que alzaba su brazo, grande como un martillo pilón sobre la investigadora.

El violento puñetazo se encontró con el oficial médico Devore en medio, que se interpuso entre Annie y Murphy recibiendo el impacto del golpe. Su nariz estalló, sangrando profusamente, los labios abiertos, dos dientes rotos. Devore se vino encima de Annie que sacó la Colt del 45 por debajo de la axila de Devore, encañonó al suboficial Murphy, y le pegó un tiro.

La bala impactó en el muslo de Murphy, atravesó su pierna y comenzó a sangrar a chorros.

―¡Esta perra traidora los atrae! ―aulló Murphy, señalándola con un dedo acusar. En ese instante a la espalda de Murphy, un profundo se encaramó a la torreta.

Alertado por el disparo, el marinero Fulci subió por la escalerilla y asomó la cabeza, a tiempo de ver como las zarpas del profundo se hincaban bajo la mandíbula del oficial de primera Murphy, tironeando con saña hacia arriba, hasta que le arrancó la cabeza. La sangre les salpicó a todos.

―¡Todos dentro de la nave! ―ordenó el teniente comandante Baird disparando con su pistola sobre la criatura. Devore arrastró a Annie adentro del submarino, al tiempo que Fulci, empapado en la sangre de Muprhy se deslizaba por la escalerilla.

Baird bajó el último, disparando a ciegas contra el enjambre de criaturas que se cernía sobre él. Consiguió cerrar el submarino antes de volver a la cabina de mando, donde se encaró con el oficial médico.

―¡Devore! Cómo bien me recordó, ¡la ACE es su responsabilidad! ―El teniente comandante Baird le dedicó a Annie una fría mirada―. Y ya hemos perdido un hombre por su culpa.

―¿¡Disculpa!? ―estalló Annie―. ¡Ese bastardo me atacó!

―Desármela ―continuó Baird ignorando a Annie―. Y espósela a una tubería. No quiero que cause más problemas.

―¡Pero…!

―Ha matado a uno de mis hombres ―siseó Baird, sin mirarla― Será juzgada cuando volvamos a puerto.

―A sus órdenes, señor ―contestó Devore de forma marcial y empujó a Annie contra un rincón de la sala de mando.

―¿Va a permitir que…?

Devore la chistó y exigió la pistola que Annie le dio.

―Pase las manos alrededor de la tubería ―ordenó, Annie obedeció de mala gana… y para su sorpresa, el oficial médico le puso las esposas, pero no las cerró. Mientras fingía esposarla, colocó la pistola en el bolsillo del gabán que vestía Annie y la miró a los ojos, tras la máscara sanguinolenta que era su cara herida.

―¿Alguna duda? ―Annie negó con la cabeza― Voy a curarme la cara y ahora vengo. No me voy a separar de usted, ¿entendido?

Annie asintió.

―Tonta, tonta, tonta ―murmuró Annie―. Tendría que haberme ido a la  mansión de los Marsh… seguro que lo Marsh tienen libros.

En ese instante, un petardeo metálico llenó el submarino de reverberaciones. Algo les golpeaba repetidas veces.

―¡Nos disparan! ―gritó Baird.

―No del todo, señor ―informó Acker ―creo que disparan alrededor del submarino, alguna bala rebota en el casco, pero si nos apuntan son malos de pelotas.

―¡Están disparando a los monstruos, Dio mio! ―vaticinó Fulci.

El rumor de la existencia de monstruos marinos corrió como el aceite de engrasar por el submarino.

El teniente comandante Baird tomó el interfono.

― ¿Estado de la sala de máquinas? ―nadie prestó atención, pero el teniente tenía una pequeña navaja en la mano.

―Operativa ―murmuró Barnes.

―¿Sala de torpedos? ―el teniente abrió la navaja y apretó el filo con la mano desnuda.

―Operativa, sólo hemos usado un torpedo ―contestó Hyde.

―Devore, no pienso consentir ni un error más ―dijo Baird, al tiempo que deslizaba el filo de la navaja por la palma de su mano.

―¿Perdón, señor?

―He dicho que descendamos, señores. A toda máquina, 35 grados de inclinación.

Aún a pesar de los disparos que barrieron la cubierta de profundos, muchas de las rabiosas bestias continuaban aferradas al casco del submarino, clavando, inútiles, sus garras y arañando la superficie metálica, ocasionando un concierto de sonidos escalofriantes en el interior.

Al tercer corte con la navaja, Baird se sintió mejor, aún a pesar de que el acoso de los profundos produjo cierto temor entre los tripulantes. El submarino descendía muy rápido… muy, muy rápido.

25 metros.

Acker, ajeno a lo que ocurría, se apretaba los cascos contra la cabeza, cuando algo llamó su atención.

― ¡Señor! ―gritó Acker―. Detecto dos criaturas gigantes ascendiendo. Una desaparece tras el arrecife, señor, pero la otra está ―Acker les miró― Está a tiro, señor. Pero es un disparo muy difícil…

―¿Está seguro de que no son los barcos que…?

―Señor, esto no suena a ningún barco que haya escuchado, señor.

Baird se acercó hasta el periscopio de combate, pero este estaba destrozado por el ataque de los profundos.

―Acker dicte las coordenadas ―pidió el teniente comandante.

El operario del sonar contestó.

30 metros.

En el marco de la puerta de la sala de torpedos apareció la figura alta y delgada del capellán Peters.

Uno de los hombres bajo el mandato del teniente Hyde miró al capellán.

―Disculpe, padre ―dijo el marinero acercándose al capellán― ¿Qué hace aquí?

―Salvar a mi pueblo, joven ―contestó el capellán Peters, luciendo unos ojos completamente negros, los mismo ojos muertos que un tiburón al tiempo que mostraba una sonrisa infestada de pequeños colmillos.

Y en un rápido gesto le partió el cuello al marinero.

El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite
El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite

35 metros.

El capellán Peters estaba muerto y había sido suplantado por un híbrido de profundo llamado Zachary Waite, al que, en unos proféticos sueños, unas horrendas pesadillas submarinas en las que una voz le llamaba desde las profundidades donde había una ciudad de arquitectura no euclidiana, le habían ordenado infiltrarse en el submarino para proteger a su pueblo, a su Padre y su Madre.

Todos los miembros de la sala de torpedos, ocupados en cargar los explosivos en sus cañones para el ataque, se volvieron ante el asalto.

Zachary Waite se arrancó el alzacuellos, luciendo dos pares de branquias, y con la otra mano sacó un revólver con el que apuntó al teniente Hyde y sus hombres.

Hyde se arrojó sobre el interfono:

―¡Problemas en la sala de torpedos! ¡Tenemos un traidor a bordo! ¡Tenemos…!

Zachary Waite disparó. Tres tiros. Al primer marinero le descerrajó un tiro en la cabeza y sus sesos salpicaron los tubos de torpedos. El segundo disparo se clavó en el pecho del teniente Hyde, en su corazón. El tercero cercenó el cuello del marinero, que rodó por el suelo, sangrando y gimiendo.

―¡Oficiales, marineros! ―gritó Baird por el interfono― ¡Cualquier que no esté en un puesto vital, que vaya en socorro de la sala de torpedos!

Zachary Waite accionó el sistema de sellado de la sala de Torpedos y caminó lentamente hacia los tubos de torpedos. El teniente Hyde había caído al suelo, escupiendo borbotones de sangre.

―Iba a casarme ―gorgoteó con la mirada hundida en el híbrido―. ¿Me oyes, bastardo? Iba a casarme este fin de semana.

Zachary Waite se encogió de hombros. El teniente Hyde sacó su automática del 45 y le descerrajó un tiro en las entrañas al monstruo y lo arrojó contra la pared.

―Te quiero, Daisy ―murmuró el Hyde, antes de morir.

40 metros.

Zachary Waite se alzó, rabioso, y disparó el resto de balas sobre el teniente, gritando de rabia y luego le arrojó la pistola. El híbrido se acercó al primer tubo, cuando se fijó en que el último marinero no estaba muerto. El disparo le había arañado el cuello pero no había sido mortal. Zachary Waite vomitó una sarta de sonidos guturales, animales y enfermizos, ajenos a este mundo, y el marinero se retorció por el suelo vomitando agua marina.

El híbrido sonrió con sus dientes de tiburón y se encaramó a los tubos de torpedos, abrió uno de los superiores, permitiendo que un cañón de gélida agua marina entrase en el submarino.

Y alguien le disparó en la espalda. La bala atravesó el cuello del falso capellán, arrancándole un húmedo grito de agonía y lo arrojó al suelo cada vez más inundado.

45 metros.

―¡Dejad de disparar a mi submarino! ―gritó el suboficial Barnes desde la sala de máquinas.

―¿¡Quién ha disparado!? ―inquirió Baird por el interfono― ¿¡Quién ha disparado!?

―Soy el contramaestre DelaPoer ―contestó el contramaestre envuelto en vendas que bloqueó la puerta hermética de la sala de torpedos.

El tercer marinero de Hyde se agitaba entre estertores. DelaPoer se acercó al falso capellán y le disparó en la nuca.

Por si acaso

―El teniente Hyde y sus hombres han caído. Tomo el puesto de la sala de torpedos. Necesito hombres conmigo.

―¡Ya llegamos, contramaestre! ―contestó Devore, que junto a Fulci y otros tres soldados llegaban en ese momento a la sala.

―Buen vendaje ―le felicitó DelaPoer.

―Debería descansar.

―Deberíamos cerrar ese cañón ―contestó DelaPoer. Fulci dirigió a los marineros y entre todos consiguieron cerrar el torpedo.

50 metros.

―Señor ―llamó el operario de sonar Acker ―Detecto movimiento…

―Estamos rodeados de traidores ―gruñó el teniente comandante Baird fulminado con su mirada a Annie,

―¡Yo no soy ninguna traidora! ―espetó Annie―. ¡Me han traído aquí para ayudar!

―Señor, hay movimiento tras el arrecife… hay algo qué…

―¡Ha matado a uno de mis hombres a sangre fría, señorita!

―¡Me atacó!

―Será sometida a un consejo de guerra, si tiene suerte la fusilarán… si no, a la horca y…

―¡SEÑOR! ―llamó Acker―. ¡La cosa que se movió hacia el arrecife se…!

De repente Acker chilló, arrojó los auriculares al suelo mientras aullaba de dolor. Sus oídos sangraban.

Un sonido irrumpió por encima del zumbido de los motores, de los arañazos de los monstruos al casco. Una letanía oscilante, llena de gloria y esplendor que se fitró a través del acero, llenó el submarino con su ulular, como una suave caricia que lo volvía todo placentero…

Y oscuro.

55 metros.

La melodía arrancó aullidos de dolor en varios miembros de la tripulación, entre ellos a Annie, que cayó de rodillas sintiendo cómo la cabeza le pulsaba dolorosamente con cada nota que llenaba el submarino. Con la respiración convertida en un jadeo desacompasado al palpitar de su corazón, Annie consiguió ver a través de las lágrimas que cubrían sus ojos a varios marineros y tripulantes que se quedaban rígidos, quietos, con la mirada velada en blanco. Casi todos los tripulantes dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a entonar el cántico.

A la vez.

En la sala de máquinas los marineros hipnotizados comenzaron a golpear la maquinaria para dañarla y obstruirla, mientras Barnes aullaba de dolor.

En los camarotes los marineros se armaron con cuchillos en las cocinas, caminaron con pasos lentos hacia el armarito que contenía los rifles y pistolas del submarino y ante el cual estaba el aturdido oficial Malone.

En la sala de control el marinero a cargo de la profundidad imprimió velocidad al submarino para que descendiera más rápido ante la horrorizada vista del timonel, Danny Boy.

En la sala de torpedos los marineros que acompañaban a DelaPoer comenzaron a golpear los torpedos, salvo uno que cogió una llave inglesa, con intención de atacarlo.

60 metros.

La profundidad máxima a la que podía descender un Sboat.

La Redada (13) ¡Emboscada!

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Cabo Leven (Muerto)

Soldados de Primera White (Desaparecido en combate) y Mason

Soldados Rasos Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño (Desaparecido en Combate)

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie

Teniente David Carter (Muerto)

Cabo Internino Deems (Desaparecidos en Combate)

Soldados de Primera Bourbon y Chumeski (Desaparecidos en Combate)

Soldados Rasos Rist y Muzzarella (Desaparecidos en Combate)

Escuadra Dog

Sargento Roster (Desaparecidos en Combate)

Cabo Interino Downey (Desaparecidos en Combate)

Soldado de Primera Lanier (Desaparecidos en Combate)

Soldados Rasos Bloom y Bouchar (Desaparecidos en Combate)

Operario de radio Pearlman (Muerto)

En un parpadeo, media docena de profundos emergieron en los laterales de la barca, croando, escupiendo agua, y lanzando zarpazos con los que intentaban atrapar a los invasores, cómo había ocurrido con Colin O’Bannon.

La deflagración de los lanzallamas de Kaye y “Cenicero” Pollard ahuyentó a los monstruos del lateral derecho, mientras que en el izquierdo, Mayhew y el sargento “Dispara Primero” Smeltz respondían a tiros al ataque. El rifle de Mayhew devolvió a un monstruo al agua y la metralleta Thompson de Smeltz destrozó a otra criatura. El soldado Pelkie disparo a ciegas su fusil. Greg Pendergast se había arrojado tras Colin, intentando agarrar a su amigo antes de que este desapareciese bajo el agua, pero se apartó del zarpazo de un profundo. El cabo Wold alzó su pistola y disparó en dirección a la barca del teniente Doud, que los monstruos habían volcado.

Los marines luchaban por salir del agua infestada de batracios monstruosos, disparando con armas mojadas, lanzando cuchilladas, clavando bayonetas. El teniente había matado a una criatura y se había alzado a duras penas sobre la quilla de la barca apuntando con su pistola a las aguas putrefactas mientras que los soldados Anzack y Witzneki se defendían espalda con espalda de los monstruos. Donde había caído el soldado Mason rugía un maremagnun de burbujas y aguas teñidas de rojo. Cooley interponía su inútil fusil entre él y un monstruoso profundo, y el soldado Barrow lanzaba machetazos con su bayoneta intentando poner distancia entre los dos monstruos que le cercaban.

Smeltz ladró una orden y la escuadra Baker se lanzó en apoyo de la Abel. Greg descargó un culatazo sobre la cabeza del monstruo que le atacaba, pero el sargento lo ametralló con “Tommy”, permitiendo que ambos buscasen en el agua a Colin O’Bannon.

Mayhew disparó su fusil contra los monstruos que cercaban a la escuadra amiga. Wold y Pollard hicieron otro tanto con sus pistolas, dejando al teniente Doud en relativa seguridad. El cabo Kaye se desabrochó las cintas del lanzallamas, dejó caer las bombonas al bote y mordió el filo de su machete, antes de arrojarse al agua, nadando en dirección a los monstruos que aún forcejeaban con los marines Anzack y Witzneki.

Pelkie alzó su fusil, apuntó a una de las criaturas que forcejeaban con Barrow y disparó…

La bala impactó de lleno entre los ojos del soldado raso Barrow, cuyo cuerpo cayó a plomo en el agua y fue arrastrado por uno de los profundos. Pelkie observó petrificado la situación, dejó caer su fusil al suelo de la embarcación… y se arrojó al agua en dirección contraria.

Smeltz comenzó a aullar, llamando al soldado Pelkie, pero este nadaba enajenado, huyendo de la pesadilla que terminaba a sus espaldas. Kaye se abalanzó sobre una de las criaturas y la degolló ante el atónito rostro del soldado Anzack, cubierto de sangre negra.

―No hay de qué ―espetó Kaye sin haber escuchado ningún agradecimiento.

Los disparos de Mayhew, Wold y Pollard, hirieron o mataron a los monstruos que restaban.

Y ante Greg Pendergast, una figura emergió entre las aguas…

El matojo de pelo rojo mojado y pegado a la cara de Colin O’Bannon hizo estallar de jubilo a su amigo, mientras lo traía al bote. Colin apretaba el Colt 45 con una mano temblorosa mano mientras que en la otra sostenía una bayoneta.

―Creo que… he matado a… ese cabrón ―murmuraba entre toses ahogadas.

Mientras Smeltz volvía a la barca, arrastrando a un desmoronado soldado Pelkie, el teniente Doud y el resto de su mermada escuadra voltearon la barca.

―Nos batimos en retirada, ¿no señor? ―preguntó Anzack.

―¡Por supuesto que no! ―replicó Doud, mientras sacaba de la caja hermética, mantas, bengalas, el botiquín de primeros auxilios y otra linterna, pues la suya se había perdido― El siguiente punto de la misión está muy cerca de aquí y tenemos que…

―¡Estará de coña! ―espetó el soldado Anzack bastante alterado―, hemos perdido media escuadra, y Charlie y Dog han caído. ¡Tenemos hombres heridos! ¡Uno de los asesores civiles casi la palma!

El Teniente Doud le apuntó con su automática a la cara, alzó la  barbilla y con los dientes apretados dijo:

―Seguirán mis órdenes, soldado. En mi escuadra no hay desertores, ni retirada.

Ian-Somerhalder - Teniente Doud
Para el teniente Doud no existen las retiradas

El silencio les golpeó a todos como un mazo con púas. El sargento Smeltz se aclaró la garganta antes de hablar:

―Ya habéis oído al teniente ―dijo con voz serena, mirando a Doud que había bajado lentamente el arma― A los remos, la Baker tomará la delantera.

Superávit Lunar en la Revista Ultratumba nº 37

Hay temporadas en las que uno manda relatos a varios concursos y cree que han caído en saco roto. No ganas nada, no apareces en ninguna lista de seleccionados, no te dicen ni un: “Buscamos otra cosa, pero sigue intentándolo”. Lo que más me irrita no es que mi relato no sea uno de los elegidos para participar en una antología, una revista o que directamente gane un concurso, no, lo que me muerde las entrañas es que ni siquiera te manden el aviso de recibo, pero bueno, no me voy a poner a lloriquear, que esta entrada va de otra cosa.

Esta entrada va de las otras temporadas, esas en las que recibes mensajes de varios sitios diciéndote que te están leyendo tus relatos (¡o tu novela!), que se han leído y, no sólo eso, que te van a publicar (de momento lo relatos, gente, ya haré fiesta si vamos a más)

Y es que, desde la semana pasada en la que Evil Children se convirtió en la Antología “Hijos del Mal” y tomó forma, gracias a la persistente implicación de David Jerónimo Mateos y Aitor Heras, me han informado que otro relato mío ha sido escogido para una Antología sobre los Mitos de Cthulhu (y no voy a decir más, que de momento es secreto) y ha salido a la luz el número 37 de la Revista Ultratumba de Javier Herce, en el que está mi relato “Superávit Lunar”

Portada Revista Ultratumba nº37
Portada Revista Ultratumba nº37

Clickad y leed, que es gratis… y de paso pasaros por Egarbook Ediciones a encargar una la antología “Hijos del Mal” que es para una buena causa.

http://autordelibros.com/store/product/hijos-del-mal-pvp-1995-pr%C3%B3ximamente

La Redada (12) Abriendo Brecha

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Cabo Leven (Muerto)

Soldados de Primera White (Desaparecido) y Mason

Soldados Rasos Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie

Teniente David Carter

Cabo Internino Deems

Soldados de Primera Bourbon y Chumeski

Soldados Rasos Rist y Muzzarella

Escuadra Dog

Sargento Roster

Cabo Interino Downey

Soldado de Primera Lanier

Soldados Rasos Bloom y Bouchar

Operario de radio Pearlman

Un pitido perforaba el oído de Colin O’Bannon mientras intentaba oír lo que susurraba el teniente Doud.

― ¡Soldados, escúchenme! Al otro lado de este recodo hay un muelle subterráneo que conecta con una casa en ruinas. Según las investigaciones del Bureu de Investigación, hay sospechas de que esa casa sea un puesto para la trata de blancas o el contrabando, ya que para tratarse de una casa abandonada, se ha avistado mucho movimiento, un continuo ir y venir de personas sin identificar ―Doud se giró hacia el sargento Rudy “Dispara Primero” Smeltz―. Sargento, usted y la escuadra Baker, entraran en el edificio acabando con toda resistencia y colocaran cargas explosivas para después demolerlo.

Los cabos “Cenicero” Pollard y Kaye, además de cargar con los lanzallamas, eran los expertos en demoliciones por lo que se aprovisionaron con una docena de cartuchos de dinamita cada uno, mientras los soldados rasos Pelkie y Mayhew daban paladas al agua, acercando la embarcación hasta el pequeño muelle, lleno de escombros.

Todos, los soldados, Colin y Greg Pendergast, estaban con los nervios a flor de piel tras lo sucedido en el islote de escombros, muy atentos a cualquier movimiento en el agua, ruido extraño o forma que se moviera entre las sombras.

El destartalado muelle conducía hasta una puertecita de madera mohosa que estaba abierta. Al otro lado había un tumefacto sótano, oscuro como la boca de un profundo, que apestaba a pescado podrido y estaba anegado por un metro de agua putrefacta. Las linternas que parecían inútiles en los túneles, iluminados por la espectral fosforescencia de las algas, fueron necesarias para encontrar una escalerilla que conectaba con la casa.

Colin se asomó al sotanillo, apuntando con la pistola al agua, pero no vio nada sospechoso.

―Cabo Wold ―espetó el sargento Smeltz, al ver cómo el cabo se quedaba en la barca cuando el resto de la escuadra se internaba en el sótano― ¿Qué hace, cabo?

―Alguien debería quedarse en la barca ―argumentó el soldado, consiguiendo que Smeltz pusiera los ojos en blanco.

El soldado Mayhew atravesó el sótano conteniendo la respiración… esperando que algo surgiera del agua, pero llegó tranquilamente hasta la escalerilla, subió con cuidado, comprobando que la mohosa estructura soportaba su peso y llegó hasta una puerta entreabierta que conducía a un pasillo.

Mayhew iluminó el pasillo y se detuvo en seco por el agarrón del cabo Kaye que se tocó el oído.

Los que no continuaban afectados por el estampido que habían producido las granadas al detonar en el islote de escombros, escucharon unos livianos ronquidos que procedían de una habitación a la derecha.

Los invasores caminaron con sigilo, internándose uno a uno por un angosto pasillo a excepción del soldado Pelkie, al que se le ordenó esperar en la entrada al sótano. Colin se adelantó de nuevo a los soldados y asomó la cabeza hacia la habitación de donde provenían los ronquidos, desde donde emanaba un cegador olor a pescado podrido. Colin respiró por la boca y parpadeó para apartar las lágrimas que cubrían sus ojos, al tiempo que veía dos figuras envueltas en unas sucias mantas y tumbadas en dos viejos sofás.

Colin alzó una mano y señaló hacia la habitación, avisando de dos personas… Greg envidió el valor de su amigo, que iba más adelantado que los militares y se movía con más sigilo que muchos de ellos. En un parpadeo, Colin tenía un cuchillo de combate entre las manos.

El soldado Mayhew se internó por el pasillo hasta una pareja de puertas que había al fondo, descubriendo que una de ellas daba a la calle y la otra conducía a una escalera que subía al piso superior de la casa.

El cabo Kaye acopló el cañón del lanzallamas a los bidones de su espalda, sacó de su bota un gigantesco cuchillo de combate, pasó al lado de Colin y, sin mediar palabra, degolló sin compasión a la primera de las figuras embozadas en las mantas, un híbrido entre humano y profundo, demasiado horrible para ser humano, pero demasiado humano para poder vivir bajo las aguas junto a sus escamosos hermanos. Su sangre no era roja, si no negra, y un chorro del icor llegó hasta el pasillo, mientras la criatura se retorcía entre ahogados gorgoteos.

El otro mutante ni se inmutó y continuó roncando.

Cenicero” Pollard se volvió hacia el sargento Smeltz.

―¡Sargento!, ¿nuestras órdenes no eran expulsar a los individuos antes de qué…?

Ante la voz del cabo Pollard, el híbrido se removió inquieto en la cama… Greg se acercó hasta el monstruo, alzó el fusil y descargó la culata sobre la cabeza del mutante, abriéndole una profunda grieta negra en su cara anfibia. El monstruo rugió y comenzó a soltar zarpazos al aire, nervioso, asustado ante este inesperado ataque.

Según el monstruoso mutante se levantaba, Colin le descerrajó un tiro desde el quicio de la puerta.

―¡Alto el fuego, maldita sea! ―chilló Pollard, empujando a Colin contra una pared.

Mayhew escuchó el tiro y justo cuando correteaba hasta el salón, escuchó los pasos de algo muy pesado cuyas zancadas se dirigían hacia él.

―¡Baja alguien! ―chilló Mayhew alzando su fusil hacia la escalera. Entonces su imaginación dibujó la greñuda figura de “Harry el Peludo” en lo alto de la escalera, mirándole con unos rabiosos ojos amarillos― ¡Algo! ¡¡¡Baja algo!!!

El cabo Kaye apartó a Greg del monstruo e intentó apuñalarle con su cuchillo, pero la bestia casi le arrancó la mano de un zarpazo. El Sargento Rudy Smeltz entró en la habitación descargó un culatazo con su Thompson en el abdomen del híbrido haciéndolo caer de rodillas. Greg, Kaye y Smeltz descargaron golpes, patadas, culatazos y puñaladas sobre la criatura, hasta que la oleosa sangre les bañó el rostro.

―¿¡Ahora nos dedicamos a matar civiles sin previo aviso, sargento!? ―chilló “Cenicero” Pollard aterrado ante la muestra de violencia gratuita ejercida por los soldados y los investigadores.

―¿A ti esto te parecen civiles? ―argumentó Colin señalando al monstruo con agallas que se escondía bajo una sucia bufanda.

El soldado Mayhew disparó desde el otro lado de la casa, sin dejar de chillar a la aparición que se cernía sobre él, una especie de profundo albino, un híbrido mal formado, pero mortal y rabioso. Su disparo destrozó un escalón de la escalera, mientras la criatura se abalanzaba sobre él.

Putrid-DeepOne
El Profundo Albino, de

Mientras tanto, en el muelle, el cabo Wold se metía el dedo en el oído, intentando sacarse el pitido que le taladraba la cabeza.

―Cabo Wold

Wold se volvió, de un lado a otro, buscando el origen de ese susurro que apenas discernía por encima del pitido. Los fogonazos de la linterna del teniente Doud le orientaron. La voz era la del teniente.

―¿Cabo Wold, qué está pasando?

Wold miró sorprendido al teniente. ¿Qué quería que le dijera si estaba afuera de la casa? Se encogió de hombros.

―Necesito algo de información, Wold. ¡Vaya adentro e infórmeme de cómo está la situación!

Wold boqueó. Apretó los dientes y se internó con desgana en la casa y en cuanto vio al soldado raso Pelkie, le chistó:

―¿Soldado raso Pelkie, qué está pasando?

―No lo tengo muy claro, señor.

― Necesito algo de información, Pelkie. ¡Vaya adentro e infórmeme de cómo está la situación!

Pelkie entró vacilante en la casa y Wold se arrellanó contra la pared más cercana, esperando la vuelta del soldado.

El cabo Kaye pasó como un relámpago entre los soldados y corrió en apoyo de Mayhew que había caminado de espaldas, hasta darse contra una pared mientras intentaba recargar su fusil 30.06, de cerrojo. Kaye alumbró a la criatura, sin inmutarse, ni pestañear, el cabo esperó la llegada del monstruo y le pegó una puñalada a la criatura en el costado derecho cuando se le echó encima.

―Cabo Pollard ―ordenó Smeltz― ponga la dinamita para la demolición

El sargento Smeltz salió en apoyo de Mayhew y Kaye, pero dudó al ver al monstruo. Alzó a Tommy, su metralleta Thompson, con intención de descargar una lluvia de metal incandescente sobre esa criatura, pero Kaye y su lanzallamas estaban en medio de la línea de tiro y no era un disparo fácil. Greg apareció corriendo al lado de Smeltz, corrió hacia el monstruo, enarbolando el fusil por encima de su cabeza como si fuera un bate de baseball y le lanzó un fiero golpe en la quijada al monstruo… que ni se inmutó.

El monstruo descargó su zarpa sobre Kaye, que se apartó con pericia, enarbolando el cuchillo.

Mientras Pollard dudaba si colocar seis o doce cartuchos de dinamita con la capsula fulminante, el temeroso soldado Pelkie apareció por la puerta que comunicaba al sótano… el muchacho contempló a sus compañeros combatiendo con un ese monstruo blancuzco y algo en su cabeza se fracturó. El fusil de Pelkie cayó al suelo, al tiempo que el soldado se daba la vuelta y salía corriendo, gritando enajenado, tan nervioso y angustiado que perdió pie en los escalones y terminó la bajada, aterrizando en el agua podrida del sótano, donde continuó gritando.

―¡Soldado! ¿¡Qué pasa!? ¿¡Qué hace!? ―chilló el cabo Wold, apuntando con su pistola a todas partes, sin ver nada, pero Pelkie no se calló, si no que continuó chillando, mientras intentaba salir del sótano, huir de allí, como fuese ―Alto… ¡ALTO!

Pelkie pasó junto a Wold, le derribó y lo arrojó al agua estancada del sótano, mientras continuaba huyendo fuera de la casa.

Mayhew consiguió apuntar con el rifle al monstruo y disparar entre los cuerpos de Kaye y Greg Pendergast. La bala atravesó al profundo albino que barbotó de dolor mientras su sangre negra salpicaba la pared que había a su espalda. Greg iba a golpear de nuevo a la criatura, pero esta fue más rápida y le desgarró el pecho de un zarpazo.

El sargento Smeltz apuntó a la bestia, pero no podía disparar con el cabo Kaye en medio. Si una bala impactase en el lanzallamas se desataría un infierno. Perdió la paciencia y aulló:

―¡Cuerpo a tierra, soldados! ¡Kaye, apártese de la línea de tiro, maldición!

El cabo Kaye ignoró la orden e intentó apuñalar a la criatura, pero esta atrapó el cuchillo entre sus zarpas y el monstruo y el soldado comenzaron a forcejear de pie. Mayhew dejó caer su fusil, sacó su automática del 45 y disparó al monstruo en la espalda, arrancándole otro rugido de dolor. Greg, ignorando sus heridas alzó la culata y descargó un violento golpe en la quijada de la criatura, arrojándola contra la pared. Luego levantó el fusil y volvió a golpearle en la cabeza, que crujió, abriendo una brecha negra sobre las escamas blancuzcas. Descargó otro golpe reventándole el hueso frontal, y otro golpe destrozó el parietal.

Kaye y Mayhew se apartarón de Greg que continuó machacando la cabeza de la criatura hasta que esta era una masa grisácea. Colin se abalanzó sobre él y le apartó del cadáver.

―¡Ya basta, Greg! ¡Está muerto!

Greg le miró sin verle. Parpadeó. Todo estaba rojo en su cabeza. Perdió el equilibrio durante un segundo, en el que su compañero le abrazó con fuerza.

―Me duele el pecho ―se quejó Greg.

―Ya lo sé, amigo ―dijo Colin, mientras le ayudaba a volver al sótano―. Ya lo sé.

No parecía que hubiera más inquilinos en la casa, y de haberlos Smeltz no quería encontrarlos. Abroncó a Kaye por arriesgarse en los combates cuerpo a cuerpo y le ordenó volver al bote, junto a Mayhew. Se volvió hacia “Cenicero” Pollard, que acababa de conectar un cable a doce cartuchos de dinamita, aunque los miraba dubitativos

―¿Ocurre algo, Cenicero?

―No… no es nada ―espetó Pollard que encendió la mecha con la brasa de su puro y acompañó al sargento camino del sótano.

Cuando la escuadra se reunió en el bote, el cabo Wold, calado hasta los huesos, estaba ladrándole una bronca monumental al soldado Pelkie, encogido en un rincón de la barca. El sargento Smeltz les puso al orden y comenzaron a remar en dirección al teniente Doud que era fácil de localizar en los túneles porque continuaba con la linterna encendida.

―Sargento Smeltz informe ―dijo Doud cuando las barcas se juntaron.

―Resistencia, señor. Tres… ―Smeltz intentó pensar en cómo describir la situación sin parecer un loco― Enfermos, señor.

―Dígalo, sargento ―gruñó Colin mientras le aplicaba un vendaje a Greg Pendergast con ayuda de Cenicero Pollard―¡Eran tres híbridos entre un hombre y una rana!

―¿Cómo…?  ¡Explíquense! ―ordenó Doud.

―No había indicios de trata de blancas o contrabando, señor ―contestó Smeltz―los federales se han equivocado, pero sí había tres individuos… deformados, monstruosos… violentos. Su sola visión nos ha trastocado a todos, señor y…

La dinamita de Pollard explotó.

Sin embargo, el cabo no había calculado correctamente los cartuchos necesarios para derribar la casa… había puesto de más. La onda expansiva  emergió por la puerta que conducía al muelle,  creando un torbellino de madera podrida y una marejada  que zarandeó las embarcaciones, arrancándoles un grito de terror y arrojándoles al suelo de las barcas, mientras en el exterior, el edificio que habían asaltado se hundía hasta los cimientos…

…Junto a cuatro casas aledañas.

Un incendio comenzó a devorar la manzana entre Fish y Southwick st, mientras que la fuerza de la explosión hacía temblar todos los túneles de los contrabandistas, arrojando pedazos de techo, creando grietas por las paredes y abriendo cascadas de agua y desperdicios.

Cuando los efectos de la detonación parecían haberse extinguido Doud se levantó en su bote ladrando amenazas, pero el cabo Wold pidió silencio…

Todos escucharon como la radio de Wold comenzaba a despedir chorros de estática, hasta que una voz se hizo audible entre las interferencias. Era el operario de radio de la escuadra Dog, Ray Pearlman.

¡Escuadras Charlie y Dog bajo ataque! ¡Repito Escuadra Charlie y Dog Bajo Ataque! ―Un chorro de estática rompió la conversación― ¡No podemos retroceder! ¡Repito, No podemos retroceder! Necesitamos refuerzos en las coordenad ―más interferencias― ¡Hemos perdido al Teniente Carver! Tenemos cuatro desaparecidos en acción y… ¡Oh, dios mío! ¡Sargento! ¡Sargento! ―El tableteo de una ametralladora retumbó desde la radio― ¡Están debajo de nosotros, joder! ¡Justo debajo! ―De nuevo las ráfagas de ametralladora junto a los estampidos de unos fusiles― ¡Chumeskiiiii! ―Dos secos disparos de una pistola― ¡Dios Mío! ¡Salen de las paredes! ¡Salen de las putas paredes! ―La pistola continuó disparando hasta que no quedó munición, todos escucharon el chasquido del percutor incapaz de disparar― Oh, Dios Mío… No, no, no…

Antes de que la estática devorase la transmisión, todos escucharon el aullido del operario de radio Pearlman.

Y luego silencio.

― Creo que… ―comenzó a decir un lívido Teniente Doud―. Estamos solos…

Pero no lo estaban.

Algo volcó la barca del Teniente Doud, arrojándole a él y a los soldados Mason, Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley al agua. La barca de la escuadra Baker recibió un empujón, pero no volcó… sin embargo una zarpa palmeada emergió de la cenagosa agua y agarró a Colin O’Bannon de la espalda, tiró de él y lo arrastró hacia las profundidades.

Colin vio a Greg alzar las manos hacia él, gritar su nombre, antes de que todo se volviera negro.