La Redada (12) Abriendo Brecha

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Cabo Leven (Muerto)

Soldados de Primera White (Desaparecido) y Mason

Soldados Rasos Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie

Teniente David Carter

Cabo Internino Deems

Soldados de Primera Bourbon y Chumeski

Soldados Rasos Rist y Muzzarella

Escuadra Dog

Sargento Roster

Cabo Interino Downey

Soldado de Primera Lanier

Soldados Rasos Bloom y Bouchar

Operario de radio Pearlman

Un pitido perforaba el oído de Colin O’Bannon mientras intentaba oír lo que susurraba el teniente Doud.

― ¡Soldados, escúchenme! Al otro lado de este recodo hay un muelle subterráneo que conecta con una casa en ruinas. Según las investigaciones del Bureu de Investigación, hay sospechas de que esa casa sea un puesto para la trata de blancas o el contrabando, ya que para tratarse de una casa abandonada, se ha avistado mucho movimiento, un continuo ir y venir de personas sin identificar ―Doud se giró hacia el sargento Rudy “Dispara Primero” Smeltz―. Sargento, usted y la escuadra Baker, entraran en el edificio acabando con toda resistencia y colocaran cargas explosivas para después demolerlo.

Los cabos “Cenicero” Pollard y Kaye, además de cargar con los lanzallamas, eran los expertos en demoliciones por lo que se aprovisionaron con una docena de cartuchos de dinamita cada uno, mientras los soldados rasos Pelkie y Mayhew daban paladas al agua, acercando la embarcación hasta el pequeño muelle, lleno de escombros.

Todos, los soldados, Colin y Greg Pendergast, estaban con los nervios a flor de piel tras lo sucedido en el islote de escombros, muy atentos a cualquier movimiento en el agua, ruido extraño o forma que se moviera entre las sombras.

El destartalado muelle conducía hasta una puertecita de madera mohosa que estaba abierta. Al otro lado había un tumefacto sótano, oscuro como la boca de un profundo, que apestaba a pescado podrido y estaba anegado por un metro de agua putrefacta. Las linternas que parecían inútiles en los túneles, iluminados por la espectral fosforescencia de las algas, fueron necesarias para encontrar una escalerilla que conectaba con la casa.

Colin se asomó al sotanillo, apuntando con la pistola al agua, pero no vio nada sospechoso.

―Cabo Wold ―espetó el sargento Smeltz, al ver cómo el cabo se quedaba en la barca cuando el resto de la escuadra se internaba en el sótano― ¿Qué hace, cabo?

―Alguien debería quedarse en la barca ―argumentó el soldado, consiguiendo que Smeltz pusiera los ojos en blanco.

El soldado Mayhew atravesó el sótano conteniendo la respiración… esperando que algo surgiera del agua, pero llegó tranquilamente hasta la escalerilla, subió con cuidado, comprobando que la mohosa estructura soportaba su peso y llegó hasta una puerta entreabierta que conducía a un pasillo.

Mayhew iluminó el pasillo y se detuvo en seco por el agarrón del cabo Kaye que se tocó el oído.

Los que no continuaban afectados por el estampido que habían producido las granadas al detonar en el islote de escombros, escucharon unos livianos ronquidos que procedían de una habitación a la derecha.

Los invasores caminaron con sigilo, internándose uno a uno por un angosto pasillo a excepción del soldado Pelkie, al que se le ordenó esperar en la entrada al sótano. Colin se adelantó de nuevo a los soldados y asomó la cabeza hacia la habitación de donde provenían los ronquidos, desde donde emanaba un cegador olor a pescado podrido. Colin respiró por la boca y parpadeó para apartar las lágrimas que cubrían sus ojos, al tiempo que veía dos figuras envueltas en unas sucias mantas y tumbadas en dos viejos sofás.

Colin alzó una mano y señaló hacia la habitación, avisando de dos personas… Greg envidió el valor de su amigo, que iba más adelantado que los militares y se movía con más sigilo que muchos de ellos. En un parpadeo, Colin tenía un cuchillo de combate entre las manos.

El soldado Mayhew se internó por el pasillo hasta una pareja de puertas que había al fondo, descubriendo que una de ellas daba a la calle y la otra conducía a una escalera que subía al piso superior de la casa.

El cabo Kaye acopló el cañón del lanzallamas a los bidones de su espalda, sacó de su bota un gigantesco cuchillo de combate, pasó al lado de Colin y, sin mediar palabra, degolló sin compasión a la primera de las figuras embozadas en las mantas, un híbrido entre humano y profundo, demasiado horrible para ser humano, pero demasiado humano para poder vivir bajo las aguas junto a sus escamosos hermanos. Su sangre no era roja, si no negra, y un chorro del icor llegó hasta el pasillo, mientras la criatura se retorcía entre ahogados gorgoteos.

El otro mutante ni se inmutó y continuó roncando.

Cenicero” Pollard se volvió hacia el sargento Smeltz.

―¡Sargento!, ¿nuestras órdenes no eran expulsar a los individuos antes de qué…?

Ante la voz del cabo Pollard, el híbrido se removió inquieto en la cama… Greg se acercó hasta el monstruo, alzó el fusil y descargó la culata sobre la cabeza del mutante, abriéndole una profunda grieta negra en su cara anfibia. El monstruo rugió y comenzó a soltar zarpazos al aire, nervioso, asustado ante este inesperado ataque.

Según el monstruoso mutante se levantaba, Colin le descerrajó un tiro desde el quicio de la puerta.

―¡Alto el fuego, maldita sea! ―chilló Pollard, empujando a Colin contra una pared.

Mayhew escuchó el tiro y justo cuando correteaba hasta el salón, escuchó los pasos de algo muy pesado cuyas zancadas se dirigían hacia él.

―¡Baja alguien! ―chilló Mayhew alzando su fusil hacia la escalera. Entonces su imaginación dibujó la greñuda figura de “Harry el Peludo” en lo alto de la escalera, mirándole con unos rabiosos ojos amarillos― ¡Algo! ¡¡¡Baja algo!!!

El cabo Kaye apartó a Greg del monstruo e intentó apuñalarle con su cuchillo, pero la bestia casi le arrancó la mano de un zarpazo. El Sargento Rudy Smeltz entró en la habitación descargó un culatazo con su Thompson en el abdomen del híbrido haciéndolo caer de rodillas. Greg, Kaye y Smeltz descargaron golpes, patadas, culatazos y puñaladas sobre la criatura, hasta que la oleosa sangre les bañó el rostro.

―¿¡Ahora nos dedicamos a matar civiles sin previo aviso, sargento!? ―chilló “Cenicero” Pollard aterrado ante la muestra de violencia gratuita ejercida por los soldados y los investigadores.

―¿A ti esto te parecen civiles? ―argumentó Colin señalando al monstruo con agallas que se escondía bajo una sucia bufanda.

El soldado Mayhew disparó desde el otro lado de la casa, sin dejar de chillar a la aparición que se cernía sobre él, una especie de profundo albino, un híbrido mal formado, pero mortal y rabioso. Su disparo destrozó un escalón de la escalera, mientras la criatura se abalanzaba sobre él.

Putrid-DeepOne
El Profundo Albino, de

Mientras tanto, en el muelle, el cabo Wold se metía el dedo en el oído, intentando sacarse el pitido que le taladraba la cabeza.

―Cabo Wold

Wold se volvió, de un lado a otro, buscando el origen de ese susurro que apenas discernía por encima del pitido. Los fogonazos de la linterna del teniente Doud le orientaron. La voz era la del teniente.

―¿Cabo Wold, qué está pasando?

Wold miró sorprendido al teniente. ¿Qué quería que le dijera si estaba afuera de la casa? Se encogió de hombros.

―Necesito algo de información, Wold. ¡Vaya adentro e infórmeme de cómo está la situación!

Wold boqueó. Apretó los dientes y se internó con desgana en la casa y en cuanto vio al soldado raso Pelkie, le chistó:

―¿Soldado raso Pelkie, qué está pasando?

―No lo tengo muy claro, señor.

― Necesito algo de información, Pelkie. ¡Vaya adentro e infórmeme de cómo está la situación!

Pelkie entró vacilante en la casa y Wold se arrellanó contra la pared más cercana, esperando la vuelta del soldado.

El cabo Kaye pasó como un relámpago entre los soldados y corrió en apoyo de Mayhew que había caminado de espaldas, hasta darse contra una pared mientras intentaba recargar su fusil 30.06, de cerrojo. Kaye alumbró a la criatura, sin inmutarse, ni pestañear, el cabo esperó la llegada del monstruo y le pegó una puñalada a la criatura en el costado derecho cuando se le echó encima.

―Cabo Pollard ―ordenó Smeltz― ponga la dinamita para la demolición

El sargento Smeltz salió en apoyo de Mayhew y Kaye, pero dudó al ver al monstruo. Alzó a Tommy, su metralleta Thompson, con intención de descargar una lluvia de metal incandescente sobre esa criatura, pero Kaye y su lanzallamas estaban en medio de la línea de tiro y no era un disparo fácil. Greg apareció corriendo al lado de Smeltz, corrió hacia el monstruo, enarbolando el fusil por encima de su cabeza como si fuera un bate de baseball y le lanzó un fiero golpe en la quijada al monstruo… que ni se inmutó.

El monstruo descargó su zarpa sobre Kaye, que se apartó con pericia, enarbolando el cuchillo.

Mientras Pollard dudaba si colocar seis o doce cartuchos de dinamita con la capsula fulminante, el temeroso soldado Pelkie apareció por la puerta que comunicaba al sótano… el muchacho contempló a sus compañeros combatiendo con un ese monstruo blancuzco y algo en su cabeza se fracturó. El fusil de Pelkie cayó al suelo, al tiempo que el soldado se daba la vuelta y salía corriendo, gritando enajenado, tan nervioso y angustiado que perdió pie en los escalones y terminó la bajada, aterrizando en el agua podrida del sótano, donde continuó gritando.

―¡Soldado! ¿¡Qué pasa!? ¿¡Qué hace!? ―chilló el cabo Wold, apuntando con su pistola a todas partes, sin ver nada, pero Pelkie no se calló, si no que continuó chillando, mientras intentaba salir del sótano, huir de allí, como fuese ―Alto… ¡ALTO!

Pelkie pasó junto a Wold, le derribó y lo arrojó al agua estancada del sótano, mientras continuaba huyendo fuera de la casa.

Mayhew consiguió apuntar con el rifle al monstruo y disparar entre los cuerpos de Kaye y Greg Pendergast. La bala atravesó al profundo albino que barbotó de dolor mientras su sangre negra salpicaba la pared que había a su espalda. Greg iba a golpear de nuevo a la criatura, pero esta fue más rápida y le desgarró el pecho de un zarpazo.

El sargento Smeltz apuntó a la bestia, pero no podía disparar con el cabo Kaye en medio. Si una bala impactase en el lanzallamas se desataría un infierno. Perdió la paciencia y aulló:

―¡Cuerpo a tierra, soldados! ¡Kaye, apártese de la línea de tiro, maldición!

El cabo Kaye ignoró la orden e intentó apuñalar a la criatura, pero esta atrapó el cuchillo entre sus zarpas y el monstruo y el soldado comenzaron a forcejear de pie. Mayhew dejó caer su fusil, sacó su automática del 45 y disparó al monstruo en la espalda, arrancándole otro rugido de dolor. Greg, ignorando sus heridas alzó la culata y descargó un violento golpe en la quijada de la criatura, arrojándola contra la pared. Luego levantó el fusil y volvió a golpearle en la cabeza, que crujió, abriendo una brecha negra sobre las escamas blancuzcas. Descargó otro golpe reventándole el hueso frontal, y otro golpe destrozó el parietal.

Kaye y Mayhew se apartarón de Greg que continuó machacando la cabeza de la criatura hasta que esta era una masa grisácea. Colin se abalanzó sobre él y le apartó del cadáver.

―¡Ya basta, Greg! ¡Está muerto!

Greg le miró sin verle. Parpadeó. Todo estaba rojo en su cabeza. Perdió el equilibrio durante un segundo, en el que su compañero le abrazó con fuerza.

―Me duele el pecho ―se quejó Greg.

―Ya lo sé, amigo ―dijo Colin, mientras le ayudaba a volver al sótano―. Ya lo sé.

No parecía que hubiera más inquilinos en la casa, y de haberlos Smeltz no quería encontrarlos. Abroncó a Kaye por arriesgarse en los combates cuerpo a cuerpo y le ordenó volver al bote, junto a Mayhew. Se volvió hacia “Cenicero” Pollard, que acababa de conectar un cable a doce cartuchos de dinamita, aunque los miraba dubitativos

―¿Ocurre algo, Cenicero?

―No… no es nada ―espetó Pollard que encendió la mecha con la brasa de su puro y acompañó al sargento camino del sótano.

Cuando la escuadra se reunió en el bote, el cabo Wold, calado hasta los huesos, estaba ladrándole una bronca monumental al soldado Pelkie, encogido en un rincón de la barca. El sargento Smeltz les puso al orden y comenzaron a remar en dirección al teniente Doud que era fácil de localizar en los túneles porque continuaba con la linterna encendida.

―Sargento Smeltz informe ―dijo Doud cuando las barcas se juntaron.

―Resistencia, señor. Tres… ―Smeltz intentó pensar en cómo describir la situación sin parecer un loco― Enfermos, señor.

―Dígalo, sargento ―gruñó Colin mientras le aplicaba un vendaje a Greg Pendergast con ayuda de Cenicero Pollard―¡Eran tres híbridos entre un hombre y una rana!

―¿Cómo…?  ¡Explíquense! ―ordenó Doud.

―No había indicios de trata de blancas o contrabando, señor ―contestó Smeltz―los federales se han equivocado, pero sí había tres individuos… deformados, monstruosos… violentos. Su sola visión nos ha trastocado a todos, señor y…

La dinamita de Pollard explotó.

Sin embargo, el cabo no había calculado correctamente los cartuchos necesarios para derribar la casa… había puesto de más. La onda expansiva  emergió por la puerta que conducía al muelle,  creando un torbellino de madera podrida y una marejada  que zarandeó las embarcaciones, arrancándoles un grito de terror y arrojándoles al suelo de las barcas, mientras en el exterior, el edificio que habían asaltado se hundía hasta los cimientos…

…Junto a cuatro casas aledañas.

Un incendio comenzó a devorar la manzana entre Fish y Southwick st, mientras que la fuerza de la explosión hacía temblar todos los túneles de los contrabandistas, arrojando pedazos de techo, creando grietas por las paredes y abriendo cascadas de agua y desperdicios.

Cuando los efectos de la detonación parecían haberse extinguido Doud se levantó en su bote ladrando amenazas, pero el cabo Wold pidió silencio…

Todos escucharon como la radio de Wold comenzaba a despedir chorros de estática, hasta que una voz se hizo audible entre las interferencias. Era el operario de radio de la escuadra Dog, Ray Pearlman.

¡Escuadras Charlie y Dog bajo ataque! ¡Repito Escuadra Charlie y Dog Bajo Ataque! ―Un chorro de estática rompió la conversación― ¡No podemos retroceder! ¡Repito, No podemos retroceder! Necesitamos refuerzos en las coordenad ―más interferencias― ¡Hemos perdido al Teniente Carver! Tenemos cuatro desaparecidos en acción y… ¡Oh, dios mío! ¡Sargento! ¡Sargento! ―El tableteo de una ametralladora retumbó desde la radio― ¡Están debajo de nosotros, joder! ¡Justo debajo! ―De nuevo las ráfagas de ametralladora junto a los estampidos de unos fusiles― ¡Chumeskiiiii! ―Dos secos disparos de una pistola― ¡Dios Mío! ¡Salen de las paredes! ¡Salen de las putas paredes! ―La pistola continuó disparando hasta que no quedó munición, todos escucharon el chasquido del percutor incapaz de disparar― Oh, Dios Mío… No, no, no…

Antes de que la estática devorase la transmisión, todos escucharon el aullido del operario de radio Pearlman.

Y luego silencio.

― Creo que… ―comenzó a decir un lívido Teniente Doud―. Estamos solos…

Pero no lo estaban.

Algo volcó la barca del Teniente Doud, arrojándole a él y a los soldados Mason, Barrow, Anzack, Witzneki y Cooley al agua. La barca de la escuadra Baker recibió un empujón, pero no volcó… sin embargo una zarpa palmeada emergió de la cenagosa agua y agarró a Colin O’Bannon de la espalda, tiró de él y lo arrastró hacia las profundidades.

Colin vio a Greg alzar las manos hacia él, gritar su nombre, antes de que todo se volviera negro.

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