La Redada (14) Traición en las Profundidades

SUBMARINO

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

Un denso silencio se adueñó de la cabina de mando, sólo roto por el siseo de las tuberías dañadas, chorros de agua y gotas cayendo. Los ojos enloquecidos del marinero, Herbert East, corrían frenéticos de un extremo a otro. Parecía como si fueran a salírsele de las órbitas. El sudor le caía a chorros por la cara. Apretó el cañón del arma contra la nuca del Comandante Harrow

―¡Marinero! ―gritó el contramaestre DelaPoer, señalando al soldado―. Baje esa maldita pistola.

―Con el debido respeto, pero que le follen, señor ―gruñó East, hincando más la pistola en la nuca del comandante―. O subimos a la superficie o le pego un tiro…

―Iba a ordenar que subiéramos a superficie…―comenzó Harrow.

―¡No mienta! ―chilló East, frenético―. ¡Nos van a matar! Monstruos marinos capaces de abrir este submarino como si fuera una lata de sardinas… ¡y le disparan torpedos a bocajarro!… ¡Los van a enfadar!

Herbert East balbuceaba, histérico con la boca llena de espuma. Annie O’Carolan asistía paralizada a la escena, sabiendo que ese hombre estaba tan fuera de sí que pretendía matar al comandante de todas formas. El oficial medico Devore percibió lo mismo y se adelantó a la investigadora, protegiéndola con su cuerpo mientras intentaba llamar la atención del marinero desquiciado.

―Herbert… Herb, mírame. Soy yo, Devore.

―No se acerque, señor, no se acerque o mataré al capitán.

―Ni tú, ni yo queremos que pase eso, Herbert. Quiero hablar. Negociar. El capitán ha dicho que vamos a subir a superficie.

―Pero luego querrá bajar otra vez. Yo no quiero bajar. Estas aguas están llenas de monstruos―El contramaestre De LaPoer miraba a Annie, cuando la investigadora le miró a los ojos pudo leer sus labios: “Qui-te-le la pis-tola”

Annie se quedó lívida. No se veía capaz de asaltar a ese individuo y lanzarse sobre su arma. Pero cerca de la investigadora estaba el técnico de sonar Roy Acker. También miraba al contramaestre y creyó que la orden estaba dirigida a él. Asintió con marcialidad, mientras pequeñas gotas de sudor se formaban sobre sus patillas. Dejó los cascos sobre la mesa y en un rápido gesto se lanzó sobre el marinero East y empujó la mano armada hacia el techo.

La pistola se disparó.

Mientras East y Acker forcejeaba hubo un grito, un cuerpo cayó inerte y varios hombres se arrojaron al suelo mientras la bala chocaba contra el techo, salía despedida contra una tubería, golpeaba en una pared y acababa impactando al contramaestre DelaPoer en el costado izquierdo.

El teniente comandante Baird se adelantó al resto de la tripulación y descargó un directo a la mandíbula de East, mientras Acker conseguía que el arma continuara apuntando al techo. Devore le asaltó desde atrás. Placó con eficiencia al marinero East, estampando su cara contra el duro suelo de metal inundado al menos por un dedo en agua marina. El desquiciado marinero tardó apenas unos segundos en estar inmovilizado, apresado por el oficial médico.

―¡Il nostro comandante está incoeccente, señor! ―informó el marinero Fulci.

―Si alguien esposa a este tarugo, trataré de atenderlo ―dijo Devore mientras Acker y el suboficial de 1ª Murphy se abalanzaban sobre el marinero East.

―Las esposas las tiene el contramaestre DelaPoer, señor. ¡Y está herido!

―Tomen las malditas esposas ―escupió DelaPoer junto a una lluvia de sangre.

―¡Orden! ―irrumpió el teniente comandante Baird―¡Soy el segundo al mando y tomo el mando de la misión! ¡Murphy! espose al marinero East y métalo en el calabozo  ¡Devore! atienda al comandante Harrow ¡Fulci! lleve al contramaestre hasta la enfermería y taponen esa herida, hasta que la atienda el señor Devore.

―¿Qué coño está pasando en el puente de mando? ―ladró el teniente Hyde desde la sala de torpedos― ¿Y dónde está Devore? ¡Tenemos un maldito herido!

―Órdenes, señor ―pidió la mecánica voz del suboficial Burnes en la sala de máquina.

―Il contramaestre también está incoeccente, señor.

Murphy esposó con brusquedad a East, que estaba catatónico, mirando al vacío mientras murmuraba incoherencias. Devore tanteaba con cuidado la cabeza del comandante Harrow.

―Está vivo, pero inconsciente ―informó― Puede que la bala le rozase o el cañón del arma al disparar le golpease. Hasta puede que se hiriera la cabeza al caer al suelo… Puede estar así horas.

Baird se lanzó sobre el interfono.

―Tripulación, soy el teniente comandante Baird. Debido a una indisposición del comandante Harrow, tomo el mando de esta nave. Señor Hyde, aquí tenemos dos heridos, Devore acudirá a la sala de torpedos cuando pueda. Señor Burnes, a toda máquina ―el teniente comandante se volvió hacia el timonel― ponemos rumbo a la superficie… cómo quería ese deshecho.

―Enhorabuena, teniente Baird ―le felicitó Murphy con sorna, mientras recogía la pistola de las manos de Acker―. Ahora es comandante.

―Menos chanzas, Murphy ―espetó Baird―. A superficie, quiero un informe de daños de todos los compartimentos de la nave.

Con la ayuda de Annie, Devore consiguió frenar la hemorragia de DelaPoer, y después de atender al marinero herido en la sala de torpedos, el teniente comandante Baird la cogió del antebrazo.

―Venga, conmigo.

Devore les siguió.

―¿Adónde va, señor Devore?

―El comandante me ordenó que no me separase de la ACE, señor.

― Suba con nosotros entonces ―asintió Baird.

El suboficial de 1ª Murphy les precedió, subiendo a la torreta, donde le esperaba su ametralladora del calibre 50. Una vez afuera, Annie, Devore, Baird y Murphy asistieron al espectáculo que les deparaba el amanecer de Innsmouth: se apreciaban varios incendios en la ciudad y los estampidos de las ametralladoras del guardacostas Urania y las patrulleras les hicieron volver la vista hacia una masa de tentáculos, garras y alas, que flotaba en medio de una mancha de fluido grasiento.

―Pero ¿qué cojones es eso? ―rugió Murphy al tiempo que le apuntaba con la ametralladora.

―Es parte de la progenie de Cthulhu ―susurró Annie. Había visto imágenes de esos engendros pero eran ambiguas. En el Chaat Aquadingen tenían un nombre y un conjuro para invocarlas… un conjuro escrito con esos glifos que le asaltaban en pesadillas durante la madrugada.

―¿En cristiano? ―se mofó Murphy.

―¿Esta historia de sirenas y krakens no la conocía, verdad? ―preguntó la cazadora de libros― Es un monstruo submarino, caballeros. Uno de esos monstruos de los que intentaba preve… nirles.

Sin previo aviso, el agua comenzó a hervir y, antes de que pudieran hacer nada, docenas de formas oscuras y empapadas, enormes profundos de largos dientes blancos, ojos amarillos y garras negras, emergieron alrededor del submarino, trepando por el casco.

―Los has invocado tú, ¿no zorra? ―mugió Murphy, que clavó en Annie una mirada desquiciada y rabiosa, al tiempo que alzaba su brazo, grande como un martillo pilón sobre la investigadora.

El violento puñetazo se encontró con el oficial médico Devore en medio, que se interpuso entre Annie y Murphy recibiendo el impacto del golpe. Su nariz estalló, sangrando profusamente, los labios abiertos, dos dientes rotos. Devore se vino encima de Annie que sacó la Colt del 45 por debajo de la axila de Devore, encañonó al suboficial Murphy, y le pegó un tiro.

La bala impactó en el muslo de Murphy, atravesó su pierna y comenzó a sangrar a chorros.

―¡Esta perra traidora los atrae! ―aulló Murphy, señalándola con un dedo acusar. En ese instante a la espalda de Murphy, un profundo se encaramó a la torreta.

Alertado por el disparo, el marinero Fulci subió por la escalerilla y asomó la cabeza, a tiempo de ver como las zarpas del profundo se hincaban bajo la mandíbula del oficial de primera Murphy, tironeando con saña hacia arriba, hasta que le arrancó la cabeza. La sangre les salpicó a todos.

―¡Todos dentro de la nave! ―ordenó el teniente comandante Baird disparando con su pistola sobre la criatura. Devore arrastró a Annie adentro del submarino, al tiempo que Fulci, empapado en la sangre de Muprhy se deslizaba por la escalerilla.

Baird bajó el último, disparando a ciegas contra el enjambre de criaturas que se cernía sobre él. Consiguió cerrar el submarino antes de volver a la cabina de mando, donde se encaró con el oficial médico.

―¡Devore! Cómo bien me recordó, ¡la ACE es su responsabilidad! ―El teniente comandante Baird le dedicó a Annie una fría mirada―. Y ya hemos perdido un hombre por su culpa.

―¿¡Disculpa!? ―estalló Annie―. ¡Ese bastardo me atacó!

―Desármela ―continuó Baird ignorando a Annie―. Y espósela a una tubería. No quiero que cause más problemas.

―¡Pero…!

―Ha matado a uno de mis hombres ―siseó Baird, sin mirarla― Será juzgada cuando volvamos a puerto.

―A sus órdenes, señor ―contestó Devore de forma marcial y empujó a Annie contra un rincón de la sala de mando.

―¿Va a permitir que…?

Devore la chistó y exigió la pistola que Annie le dio.

―Pase las manos alrededor de la tubería ―ordenó, Annie obedeció de mala gana… y para su sorpresa, el oficial médico le puso las esposas, pero no las cerró. Mientras fingía esposarla, colocó la pistola en el bolsillo del gabán que vestía Annie y la miró a los ojos, tras la máscara sanguinolenta que era su cara herida.

―¿Alguna duda? ―Annie negó con la cabeza― Voy a curarme la cara y ahora vengo. No me voy a separar de usted, ¿entendido?

Annie asintió.

―Tonta, tonta, tonta ―murmuró Annie―. Tendría que haberme ido a la  mansión de los Marsh… seguro que lo Marsh tienen libros.

En ese instante, un petardeo metálico llenó el submarino de reverberaciones. Algo les golpeaba repetidas veces.

―¡Nos disparan! ―gritó Baird.

―No del todo, señor ―informó Acker ―creo que disparan alrededor del submarino, alguna bala rebota en el casco, pero si nos apuntan son malos de pelotas.

―¡Están disparando a los monstruos, Dio mio! ―vaticinó Fulci.

El rumor de la existencia de monstruos marinos corrió como el aceite de engrasar por el submarino.

El teniente comandante Baird tomó el interfono.

― ¿Estado de la sala de máquinas? ―nadie prestó atención, pero el teniente tenía una pequeña navaja en la mano.

―Operativa ―murmuró Barnes.

―¿Sala de torpedos? ―el teniente abrió la navaja y apretó el filo con la mano desnuda.

―Operativa, sólo hemos usado un torpedo ―contestó Hyde.

―Devore, no pienso consentir ni un error más ―dijo Baird, al tiempo que deslizaba el filo de la navaja por la palma de su mano.

―¿Perdón, señor?

―He dicho que descendamos, señores. A toda máquina, 35 grados de inclinación.

Aún a pesar de los disparos que barrieron la cubierta de profundos, muchas de las rabiosas bestias continuaban aferradas al casco del submarino, clavando, inútiles, sus garras y arañando la superficie metálica, ocasionando un concierto de sonidos escalofriantes en el interior.

Al tercer corte con la navaja, Baird se sintió mejor, aún a pesar de que el acoso de los profundos produjo cierto temor entre los tripulantes. El submarino descendía muy rápido… muy, muy rápido.

25 metros.

Acker, ajeno a lo que ocurría, se apretaba los cascos contra la cabeza, cuando algo llamó su atención.

― ¡Señor! ―gritó Acker―. Detecto dos criaturas gigantes ascendiendo. Una desaparece tras el arrecife, señor, pero la otra está ―Acker les miró― Está a tiro, señor. Pero es un disparo muy difícil…

―¿Está seguro de que no son los barcos que…?

―Señor, esto no suena a ningún barco que haya escuchado, señor.

Baird se acercó hasta el periscopio de combate, pero este estaba destrozado por el ataque de los profundos.

―Acker dicte las coordenadas ―pidió el teniente comandante.

El operario del sonar contestó.

30 metros.

En el marco de la puerta de la sala de torpedos apareció la figura alta y delgada del capellán Peters.

Uno de los hombres bajo el mandato del teniente Hyde miró al capellán.

―Disculpe, padre ―dijo el marinero acercándose al capellán― ¿Qué hace aquí?

―Salvar a mi pueblo, joven ―contestó el capellán Peters, luciendo unos ojos completamente negros, los mismo ojos muertos que un tiburón al tiempo que mostraba una sonrisa infestada de pequeños colmillos.

Y en un rápido gesto le partió el cuello al marinero.

El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite
El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite

35 metros.

El capellán Peters estaba muerto y había sido suplantado por un híbrido de profundo llamado Zachary Waite, al que, en unos proféticos sueños, unas horrendas pesadillas submarinas en las que una voz le llamaba desde las profundidades donde había una ciudad de arquitectura no euclidiana, le habían ordenado infiltrarse en el submarino para proteger a su pueblo, a su Padre y su Madre.

Todos los miembros de la sala de torpedos, ocupados en cargar los explosivos en sus cañones para el ataque, se volvieron ante el asalto.

Zachary Waite se arrancó el alzacuellos, luciendo dos pares de branquias, y con la otra mano sacó un revólver con el que apuntó al teniente Hyde y sus hombres.

Hyde se arrojó sobre el interfono:

―¡Problemas en la sala de torpedos! ¡Tenemos un traidor a bordo! ¡Tenemos…!

Zachary Waite disparó. Tres tiros. Al primer marinero le descerrajó un tiro en la cabeza y sus sesos salpicaron los tubos de torpedos. El segundo disparo se clavó en el pecho del teniente Hyde, en su corazón. El tercero cercenó el cuello del marinero, que rodó por el suelo, sangrando y gimiendo.

―¡Oficiales, marineros! ―gritó Baird por el interfono― ¡Cualquier que no esté en un puesto vital, que vaya en socorro de la sala de torpedos!

Zachary Waite accionó el sistema de sellado de la sala de Torpedos y caminó lentamente hacia los tubos de torpedos. El teniente Hyde había caído al suelo, escupiendo borbotones de sangre.

―Iba a casarme ―gorgoteó con la mirada hundida en el híbrido―. ¿Me oyes, bastardo? Iba a casarme este fin de semana.

Zachary Waite se encogió de hombros. El teniente Hyde sacó su automática del 45 y le descerrajó un tiro en las entrañas al monstruo y lo arrojó contra la pared.

―Te quiero, Daisy ―murmuró el Hyde, antes de morir.

40 metros.

Zachary Waite se alzó, rabioso, y disparó el resto de balas sobre el teniente, gritando de rabia y luego le arrojó la pistola. El híbrido se acercó al primer tubo, cuando se fijó en que el último marinero no estaba muerto. El disparo le había arañado el cuello pero no había sido mortal. Zachary Waite vomitó una sarta de sonidos guturales, animales y enfermizos, ajenos a este mundo, y el marinero se retorció por el suelo vomitando agua marina.

El híbrido sonrió con sus dientes de tiburón y se encaramó a los tubos de torpedos, abrió uno de los superiores, permitiendo que un cañón de gélida agua marina entrase en el submarino.

Y alguien le disparó en la espalda. La bala atravesó el cuello del falso capellán, arrancándole un húmedo grito de agonía y lo arrojó al suelo cada vez más inundado.

45 metros.

―¡Dejad de disparar a mi submarino! ―gritó el suboficial Barnes desde la sala de máquinas.

―¿¡Quién ha disparado!? ―inquirió Baird por el interfono― ¿¡Quién ha disparado!?

―Soy el contramaestre DelaPoer ―contestó el contramaestre envuelto en vendas que bloqueó la puerta hermética de la sala de torpedos.

El tercer marinero de Hyde se agitaba entre estertores. DelaPoer se acercó al falso capellán y le disparó en la nuca.

Por si acaso

―El teniente Hyde y sus hombres han caído. Tomo el puesto de la sala de torpedos. Necesito hombres conmigo.

―¡Ya llegamos, contramaestre! ―contestó Devore, que junto a Fulci y otros tres soldados llegaban en ese momento a la sala.

―Buen vendaje ―le felicitó DelaPoer.

―Debería descansar.

―Deberíamos cerrar ese cañón ―contestó DelaPoer. Fulci dirigió a los marineros y entre todos consiguieron cerrar el torpedo.

50 metros.

―Señor ―llamó el operario de sonar Acker ―Detecto movimiento…

―Estamos rodeados de traidores ―gruñó el teniente comandante Baird fulminado con su mirada a Annie,

―¡Yo no soy ninguna traidora! ―espetó Annie―. ¡Me han traído aquí para ayudar!

―Señor, hay movimiento tras el arrecife… hay algo qué…

―¡Ha matado a uno de mis hombres a sangre fría, señorita!

―¡Me atacó!

―Será sometida a un consejo de guerra, si tiene suerte la fusilarán… si no, a la horca y…

―¡SEÑOR! ―llamó Acker―. ¡La cosa que se movió hacia el arrecife se…!

De repente Acker chilló, arrojó los auriculares al suelo mientras aullaba de dolor. Sus oídos sangraban.

Un sonido irrumpió por encima del zumbido de los motores, de los arañazos de los monstruos al casco. Una letanía oscilante, llena de gloria y esplendor que se fitró a través del acero, llenó el submarino con su ulular, como una suave caricia que lo volvía todo placentero…

Y oscuro.

55 metros.

La melodía arrancó aullidos de dolor en varios miembros de la tripulación, entre ellos a Annie, que cayó de rodillas sintiendo cómo la cabeza le pulsaba dolorosamente con cada nota que llenaba el submarino. Con la respiración convertida en un jadeo desacompasado al palpitar de su corazón, Annie consiguió ver a través de las lágrimas que cubrían sus ojos a varios marineros y tripulantes que se quedaban rígidos, quietos, con la mirada velada en blanco. Casi todos los tripulantes dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a entonar el cántico.

A la vez.

En la sala de máquinas los marineros hipnotizados comenzaron a golpear la maquinaria para dañarla y obstruirla, mientras Barnes aullaba de dolor.

En los camarotes los marineros se armaron con cuchillos en las cocinas, caminaron con pasos lentos hacia el armarito que contenía los rifles y pistolas del submarino y ante el cual estaba el aturdido oficial Malone.

En la sala de control el marinero a cargo de la profundidad imprimió velocidad al submarino para que descendiera más rápido ante la horrorizada vista del timonel, Danny Boy.

En la sala de torpedos los marineros que acompañaban a DelaPoer comenzaron a golpear los torpedos, salvo uno que cogió una llave inglesa, con intención de atacarlo.

60 metros.

La profundidad máxima a la que podía descender un Sboat.

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