La Redada (15) La Vieja Mansión Marsh

Mansión Marsh

MANSIÓN MARSH

Planta Baja

Director de la Agencia de Investigación,  J. Edgar Hoover

Superintendente Albert Ryan                                                     –             Bea

Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido

Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler

Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin

Patry O’Connel (Buscavidas)                                                      –             Hernán

Dr. Ravana Najar (DESAPARECIDO)

Primera Planta

Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita

Agente Ashbrook                                                                          –             Toño

Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl

Refuerzos

Agente Fox Mülder

Agente Dana Excaly

―¡Mackey! Usted y su equipo atrapen a ese hombre. Utilicen la fuerza que sea necesaria, esta gente no se anda con bromas. Agentes Hart y Cohle, revisen el ala sur de la casa y suban por las escaleras de ese sector para poder atrapar al fugitivo ―Hoover se volvió hacia Patry―. Señorita O’Connel, usted y el doctor Najar… ¿Dónde demonios está Najar?

El doctor Ravana Najar había desaparecido.

Hoover chasqueó la lengua molesto.

―Señorita O’Connel, acompañe al superintendente Ryan en el registro de las habitaciones del ala oeste. Agente Hill…

―¿Sí, señor?

―Usted conmigo.

Planta Baja, Ala Oeste

Patry siguió al superintendente Ryan hasta la puerta más cercana del ala oeste. El superintendente entró enarbolando su revólver del 32 mientras chequeaban la habitación: un regio comedor, cuyo centro estaba ocupado por una antigua y pesada mesa rodeada por doce sillas. El suelo estaba cubierto con una hermosa alfombra oriental. La mesa, que estaba puesta, tenía curiosos platos, cubiertos y copas, hechos todos de oro blanco y grabados con intrincados motivo acuáticos.

En los platos se enfriaba un apestoso caldo que hedía poderosamente a pescado. Era como si alguien hubiera interrumpido la cena de repente.

Patry tomó una cuchara de oro argentífero y Ryan se aclaró la garganta.

―No va a probar la sopa, ¿verdad?

―Ni loca.

―Pues deje eso donde estaba y sígame.

 

Planta Baja, Ala Este

  1. Edgar Hoover y el agente Hill entraron en un pequeño estudio situado a la izquierda del gran salón donde habían dejado maniatadas a Ruth Marsh Gilman y Abigail Winthrop Marsh.

Hill pasó el primero y cuando abrió la puerta se produjeron dos detonaciones desde el escritorio de madera de roble que gobernaba la habitación. Una de las balas destrozó el marco, soltando una lluvia de astillas sobre el agente Hill. La otra le impactó en el brazo.

Tras el escritorio estaba un miembro de la familia Marsh, uno joven y bien vestido, que al ver a los dos agentes lanzó la automática de 9mm sobre la mesa y se llevó las manos a la cabeza.

―¡Lo siento! ¡Lo siento! ―gritaba, histérico―. ¡Me he asustado y el arma se me ha disparado! ¡Lo siento!

―¿Se te ha disparado dos veces, hijo de puta? ―aulló Hill alzando su escopeta corredera.

―Tranquiloooo, agente Hill ―ordenó Hoover, sin variar un ápice su expresión― Manos arriba e identifíquese.

―Soy Jacob Marsh.

―El dueño de la refinería ―recordó Hoover―. ¡Rápido Hill! ¡Espósele!

―Utilicé mis esposas con los sospechosos del salón, señor.

―Tome las mías ―dijo Hoover sin dejar de apuntar a Jacob Marsh, que no opuso ninguna resistencia.

―Lo siento mucho, yo… estaba asustado…

―Guárdese sus excusas para el juez ―replicó Hill mientras le esposaba―. ¿Cuántos son en la casa?

Jacob le miró con una atemorizada expresión de terror congelada en sus enormes ojos. Se lamió los labios, nervioso.

―Sólo hablaré en presencia de mi abogado ―espetó de repente, con la boca pequeña.

Hill alzó la culata de la escopeta por encima de su cabeza, al tiempo que el Marsh se encogía. Hoover, que revisaba unos documentos sobre el escritorio alzó la voz, sin dejar de mirar entre las hojas.

―¿Hill, qué hace?

―Interrogar al sospechoso, señor.

―El sospechoso tiene derecho a guardar silencio hasta que tenga un abogado. Déjelo y ayúdeme a registrar este escritorio.

El agente Hill se acercó hasta el escritorio plagado de documentos de las propiedades de los Marsh. El agente forzó un cajón y dentro, encontró seis figuritas de diferentes piedras que iban desde la roca volcánica al jade. Representaban retorcidas figuras monstruosas. El agente Hill agarró una de las estatuillas, al tiempo que Hoover apartaba la vista con el rostro constreñido.

―¿Cogemos esto? Son pruebas.

―Todo suyo, agente ―contestó el director, sin ser capaz de mirar a las horrendas estatuillas. Hill también las encontraba despreciables. Además parecía que algunas eran diferentes con cada parpadeo.

Arrojó cada estatuilla a una bolsa de lona, teniendo la imperiosa necesidad de limpiarse la mano con la pernera del pantalón entre figura y figura, pero al coger la penúltima un calambrazo le recorrió el brazo y sintió como si algo le chupase… su esencia. De repente Hill sintió una pérdida. No recordaba la primera vez que había montado en bicicleta o su primera vez nadando en el mar. No recordaba la sonrisa de su padre o el olor de la cocina donde su madre hacía la cena.

El agente Hill dejó caer la estatuilla en la lona, sintiéndose más viejo, enfermo, triste.

―Señor… señor, aquí… Señor aquí pasan cosas muy raras, yo…

―Dese prisa, agente Hill ―siseó Hoover―, coja eso y lleve al señor Marsh junto al resto de detenidos.

Y el director Hoover desapareció por el pasillo, dejando a Hill solo con Jacob Marsh, que le miraba sonriente. Hill le agarró de las esposas, clavando el metal en las morcillosas muñecas del Marsh y tironeó de él hacia el salón.

Escaleras y Primer Piso

Mackey señaló a Ashbrook. El agente sonrió y cebó su escopeta corredera de galga 12 antes de comenzar a subir, despacio, por los escalones engalanados por una cara alfombra carmesí.

Diferentes cuadros de la familia Marsh decoraban la escalera, pero Ashbrook estaba pendiente del piso superior, atento al sospechoso al que debían detener. El agente Drotos le seguía, muy de cerca y Mackey cerraba la marcha.

―Mantén la distancia, Drotos ―se quejó Ashbrook ―no quiero que me dejes sordo de un escopetazo o que un perdigón me joda la gabardina.

En el primer piso estaba muerto. Un largo pasillo que se extendía por toda la mansión, un silencio de biblioteca y la sensación de que algo les estaba esperando.

―Creo que ha ido por…

Drotos iba a decir algo, pero Ashbrook le cayó con un gesto… había una puerta de doble hoja justo en frente de ellos y el agente tenía la sensación de que…

―¿No deberíamos seguir…? ―continuó Drotos. Mackey le chistó desde su espalda.

Ashbrook asomó la cabeza a la habitación, un pequeño salón dominado  por una gran mesa rebosante de papeles y…

Detrás de la puerta emergió un tipo grande que enarbolaba un bate de baseball. Cuando Ashbrook le vio venir, ya era tarde, el bate trazó una parábola y le impactó en el pecho. El agente escuchó como sus costillas se fisuraban, antes de salir despedido y aterrizar en el suelo, con el acre sabor de la sangre en la boca.

Drotos se quedó congelado. Mackey apartó al agente intentando conseguir una línea de tiro y disparó con la automática del 45, pero la bala sólo rozó al atacante. Drotos apretó el gatillo y la lluvia de perdigones destrozó el suelo a escasos centímetros de la cabeza de Ashbrook sobre el que se abalanzaba el individuo, grande y fuerte, que ninguno supo reconocer.

Se trataba de un Marsh, uno muy feo. La marca de Innsmouth había deformado su boca de batracio, donde lucía una amalgama de colmillos retorcidos

―¡Ríndase idiota! ―le ordenó Mackey―. ¡No vale la pena!

―¡Fuera de mi casa! ―barbotó el individuo alzando el bate de baseball sobre su cabeza.

Ashbrook alzó la escopeta y la perdigonada arrojó a su agresor tres metros hacia atrás con el pecho humeando. El grandullón cayó sobre la mesa y la partió en dos.

Ashbrook se levantó, al tiempo que Mackey corría hacia el sospechoso y comprobaba que estaba abatido. Los papeles que había derribado en su caída era una colección de mapas de Masachusset y poco más. Drotos miraba a sus compañeros y volvía la vista hacia una puerta por la que juraría haber visto huir al primer sospechoso.

―¿No deberíamos seguirle?

―¿Te importa que tome aire antes, chaval? ―gruñó Ashbrook antes de escupir un poco de sangre.

Planta Baja, Ala Sur.

Cohle y Hart entraron en una gran cocina, apuntando con sus escopetas en todas direcciones. Al fondo de la habitación que despedía un desagradable olor a pescado podrido había una puerta que desembocaba en una pequeña lavandería.

Los agentes vieron como alguien cerraba tras de sí una puerta en la lavandería que daba a la calle.

―Cobertura ―solicitó Hart, mientras se adelantaba escopeta en ristre.

Ambos agentes se desplazaron con destreza por las habitaciones, salieron al exterior a tiempo de ver a una figura torcer por la esquina de la casa, en dirección a la parte trasera, donde estaban aparcados los coches.

Hart y Cohle persiguieron al sospechoso y le dieron alcance junto a los vehículos. El individuo, alto, ataviado con un buen traje, bufanda de seda y bombín, que sostenía un arma automática en su palmeada mano izquierda, se había quedado petrificado ante una escena que también sobrecogió a los agentes.

El coche en el que Hart, Cohle y Hill habían encerrado al monstruoso agente de la policía de Innsmouth, Elliot Ropes, ardía en un espectacular incendio de poderosas llamas rojas y naranjas.

No había humo. El depósito de gasolina no había explotado aún a pesar de la intensidad del fuego… de hecho, el fuego no crepitaba, pero el calor era palpable.

En una mirada, Hart y Cohle se comunicaron. El primero se acercó por la izquierda, mientras el segundo apuntaba con el arma al sospechoso, que se giró alzando la pistola hacia Hart, este le descargó un culatazo en el brazo armado, arrancándole la automática de un golpe. El segundo impacto en el abdomen, lo puso de rodillas y en una practicada maniobra, Hart le puso de cara a la nieve y le esposó las manos a la espalda.

―¡Soy abogado! ¡No pueden hacerme nada! ―comenzó a chillar Ralsa Marsh, el sospechoso―. ¡Están incumpliendo mis derechos civiles! ¡Les denunciaré!

―Tiene derecho a permanecer en silencio ―contestó Cohle apuntándole con la escopeta―. Aprovéchate de ese derecho y cierra la boca.

―¿Y si no quiero permanecer en silencio, qué vas a…?

Hart le cogió la bufanda que llevaba al cuello y le amordazó con ella, mientras Ralsa continuaba despotricando.

Hart se había acercado hasta el coche en llamas atento a si el maletero estaba abierto. Cabía la posibilidad de que Ropes se hubiese liberado antes de que ese extraño incendio tuviera lugar. Incendio que parecía haberse originado en el maletero.

 

Planta Baja, Ala Oeste

El superintendente Ryan se adelantó saliendo del comedor, situación que aprovechó Patry para afanar una copa de oro argentífero que ocultó entre los pliegues de la gabardina.

En el pasillo se cruzaron con Hart y Cohle, este último traía a rastras a Ralsa Marsh que, aún a pesar de la situación, trasladó a Patry con una obscena mirada.

Colhe le arreó una colleja.

―Cuidadito donde miras ―siseó.

―Mil gracias, caballero ―le sonrió Patry al agente.

Un leve carraspeo de J.E. Hoover les llamó la atención. Tras el director venía Hill, con el rostro macilento, tironeando de Jacob Marsh.

Mientras Cohle y Hill llevaban a los prisioneros al salón, Hart les informó del hallazgo del coche en llamas. Ryan se mostró escéptico mientras Patry cotilleaba entre las puertas cerradas del pasillo.

Y pasaron al salón. Jacob Marsh lanzó un alarido gutural, mientras Ralsa volvía quedarse paralizado ante la escena.

La anciana Abigail Winthrop estaba sentada en su silla, con los ojos en blanco, la boca abierta y la lengua fuera. Había sido estrangulada con el cordón de su bata. A Ruth Marsh Gilman la habían sacado los ojos con una precisión quirúrgica, y se los habían puesto dentro de la boca, mirando fijamente a los invasores.

―¿Qué diantres ha pasado aquí? ―murmuró Hoover.

―¿Y cuándo? ―siseó Hill.

―Para… sacar los ojos con tanta precisión se necesita mucho tiempo y llevamos escasos minutos lejos de estas mujeres ―argumentó Cohle sorprendido.

―No nos dejen solos, por favor ―gimotéo Jacob Marsh.

Ralsa Marsh, golpeó con el hombro a su primo que miró al suelo avergonzado.

―Señor… ¿qué hacemos? ―preguntó el agente Hill, lívido.

Hoover miraba de reojo a los Marsh y luego a los cadáveres.

―Encierren a estos hombres en el despacho donde encontramos a Jacob Marsh ―ordenó Hoover.

―¿Registramos los cadáveres? ―preguntó Hill.

―Si tiene estómago para ello ―permitió Hoover, mientras Cohle llevaba a los prisioneros a la habitación aledaña.

―¿Hemos detenido a tres sospechosos ―comenzó Hart―, y los tres han muerto en… extrañas circunstancias?

―Eso parece ―murmuró Hoover sin dejar de mirar en todas direcciones. Los disparos en el piso superior hicieron levantar la cabeza a los invasores― Agentes Hart y Hill, se quedan junto a los prisioneros. El resto vienen conmigo a la biblioteca.

Segunda Planta

Ashbrook encabezó el ascenso a la segunda planta. Se asomó al corto pasillo que la dividía. Vio a dos individuos, ambos forcejando con diferentes puertas.

Al fondo del pasillo, un joven vestido con un impecable uniforme policial intentaba abrir una enmohecida puerta mientras apuntaba con su revólver reglamentario hacia la escalera donde estaba el agente. Ashbrook supo por los informes de Mackey que se trataba del agente Zedebiah Marsh.

A medio camino, una joven delgada, horriblemente fea por la Marca de Innsmouth y de grandes ojos bizcos, forcejeaba con un candado para abrir otra puerta.

Ashbrook le gritó desde su parapeto:

―¡Agentes Federales! ¡Depongan las armas!

Drotos se asomó, encañonando a Zebediah Marsh con su escopeta:

―¡Usted! ¡El del fondo, le estoy viendo!

La joven, Barbara Marsh, la hermana pequeña de Jacob Marsh, se asustó, dejo caer el candado que acababa de quitar de la puerta y alzó las manos asustada… interponiéndose en la línea de fuego entre los agentes y Zebediah.

―¡Agentes del tesoro, bajen las arm…! ―comenzó Mackey antes de que la puerta que acababa de desbloquear Barbara Marsh se abriese.

Cuatro gigantescos profundos emergieron de la habitación. Eran estas bestias más grandes que cualquier espécimen que el resto de unidades de el Proyecto Alianza se hubiera encontrado. Los ambarinos ojos de estas poderosas bestias ardían de frenesí, sus fauces abisales babeaban espumarajos amarillentos y sus cuerpos escamosos estaba lubricados, aceitosos y se apreciaba una dantesca erección entre sus miembros inferiores palmeados.

Ashbrook, Mackey y Drotos no supieron reaccionar a tiempo ante la aparición de semejantes engendros, cuando uno de los profundos descargó un violento zarpazo a la altura de la cintura de Barbara Marsh y la partió en dos.

Innsmouth_01

Dos de las bestias cargaron sobre los agentes, rugiendo espumarajos, aullando y gruñendo, bloqueados, los agentes alzaron sus escopetas, pero se incomodaron y descargaron sus salvas contra el suelo y las paredes.

El cuarto profundo corría hacia Zebediah Marsh que le disparó con su revólver, hiriéndole, pero no frenando su avance.

Uno de los profundos salvajes atacó a Mackey que se arrojó al suelo, evitando el zarpazo. Ashbrook recibió un zarpazo que lo empotró contra una pared, pero el agente alzó su escopeta y disparó a la bestia en las entrañas, pero no lo mató. Drotos apuntaló su escopeta en la espalda de la bestia y le descargó una perdigonada entre los omóplatos que destrozó al profundo, sus pedazos bañaron a Ashbrook, que contuvo una arcada al verse salpicado de esa apestosa carroña anfibia.

Zebediah Marsh forcejeó con la bestia, apretó el gatillo dos veces, pero las balas se incrustaron en el suelo, mientras el profundo de un zarpazo le hizo atravesar la puerta por la que quería escapar.

El profundo que atacaba a Mackey le lanzó otro zarpazo, pero el agente rodó por el suelo, evitando su acometida. La criatura que había devorado a Barbara Marsh se lanzó sobre el agente Drotos que se arrojó junto a Ashbrook para evitar la embestida. El experimentado agente, apartó a Drotos y le descargó una perdigonada a la criatura, destrozándole su abotargado vientre, que se abrió, dejando caer una docena de culebreantes entrañas negras. El hedor era inimaginable, la visión espantosa… pero la criatura aún no había muerto.

Zebediah Marsh vació el cargador sobre la criatura, pero las balas no frenaron el avance de la bestia, que cayó sobre él y comenzó a destrozarle a zarpazos y a arrancarle gritos.

El monstruo herido intentó atacar a Drotos, pero sus heridas eran demasiado graves y sus golpes solo arañaron el suelo. La bestia que atacaba a Mackey continuó lanzando zarpazos hasta que uno desgarró el torso de tonel del agente y le empujó al pie de la escalera.

Ashbrook vació el cargador de la escopeta para abatir a la primera bestia. Drotos desde el suelo, apuntó a la espalda del monstruo que cercaba a Mackey y le hirió en la espalda. Mackey forcejeó con la bestia, lo apartó y le disparó. La perdigonada dejó a la bestia herida, incapaz de respirar perdió pie y cayó por el hueco de la escalera.

Sin mediar palabra, Ashbrook avanzó por el pasillo, cargando cartuchos en su escopeta. Drotos apuntó hacia el fondo del pasillo, donde las batracias ancas de la bestia, aún se veían… pero no podía dispararle con Ashbrook en medio.

―¡Mackey! –chilló Drotos asustado―. ¿¡Qué hago!? ¿¡Qué hago!?

―¡Ashbrook! ―gritó Mackey apuntando a la bestia con su escopeta ―¡Aparte de la línea de fuego! ¡Ashbrook!

Pero el agente no dio señales de escucharles, continuó caminando, cargando cartuchos en su escopeta. Mackey dejó caer la escopeta, sacó su colt 45 y apuntó. Su disparó se clavó en el gemelo de la bestia, cuyos bramidos llenaban todo el pasillo.

Cuando Ashbrook llegó hasta la entrada, descubrió que no era el monstruo quien aullaba, era Zebediah Marsh. El policía le había reventado la cabeza al profundo a base de golpes con la culata del revólver y, presa de un frenesí homicida, había continuado golpeando al monstruo hasta después de matarlo. La sangre negra y aceitosa le chorreaba hasta el codo y su mirada desquiciada se cruzó con la mirada muerta de Ashbrook… que sin mediar palabra le descargó una perdigonada en el pecho. La fuerza del impactó arrojó a Zebediah Marsh a través del pequeño trastero donde había intentado refugiarse. Atravesó la cristalera de la habitación y cayó dos pisos más abajo.

Cuando Drotos y Mackey llegaron hasta el trastero, Ashbrook miraba al exterior con aire ausente y se encendió un cigarrillo.

―Lo… lo ha matado ―dijo Drotos.

Mackey se encaró a Ashbrook.

―¿Usted qué entiende por tomar prisioneros, Ashbrook? ―el agente expelió una bocanada de humo y se encogió de hombros.

―La amenaza ha sido neutralizada ―argumentó y pasó entre Mackey y Drotos.

―¡Debemos detener a los sospechosos!

―Creo que no llevo esposas ―murmuró Ashbrook palpándose la gabardina―. Ah, pues sí.

Ashbrook, arrojó las esposas por la destrozada cristalera y salió del desván.

―Amenaza neutralizada.

―¡Maldita sea! ¡Ashbrook! ―rugió Mackey―. Esta actuación suya tendrá repercusiones, ¿me oye?

 

Planta Baja, Ala Oeste

El superintendente Ryan abrió la puerta de la biblioteca.

Dentro de la gran habitación llena de altas estanterías plagadas de gruesos volúmenes, había un gran busto de mujer, tallado en madera, que parecía ser el mascarón de proa de un barco, el Sumatra Queen, que gobernase el nefario capitán Obed Marsh.

Cerca de una gran chimenea encendida y, ajenos a los agentes federales, había una pareja de ancianos afectados por la marca de Innsmouth, forcejeando por hacerse con un pesado libro.

―¡Hay que quemarlo! ―croaba el mayor de los dos individuos, un hombre bajo y achaparrado, cargado de espaldas. Su mandíbula sobresaliente estaba tensa por el esfuerzo y sobre sus enormes cejas se formaban chorros de sudor.

―¡No!―se quejaba débilmente el otro anciano, más raquítico y que lucía un ridículo bigotito gris sobre su piel cuarteada y escamosa ―¡Debemos salvaguardarlo! ¡Es el legado familiar…!

Patry disparó sin compasión contra el primero de los viejos, el Doctor Rowley Marsh. La bala derribó al anciano sobre una butaca, pero no lo había matado. El viejo doctor se llevó la mano al pecho, tratando de contener la hemorragia mientras respiraba a duras penas. El sonido del disparo espantó al segundo anciano, Sebastian Marsh, padre de Jacob y dueño jubilado de la refinería Marsh, que alzó sus manos palmeadas, dejando caer el libro entre ambos dos.

―¡No me dispare! ¡Por favor, no me dispare! ―lloriqueó Sebastian Marsh.

El superintendente Ryan apartó de malos modos a Patry de su camino y apuntó con su revólver a Sebastian, ordenándole ponerse de rodillas con las manos en la nuca.

Jadeante, el Doctor Rowley Marsh se inclinó sobre el libro e intentó agarrarlo.

Y Patry le disparó de nuevo. Esta vez en la cabeza.

―¡Basta! ―gritó J. Edgar Hoover―. Le dimos un arma para protegerse, señorita O’Connell, no para tomarse la justicia por su mano.

―No… No podía dejar que quemasen el libro ―se excusó Patry. No sabía porqué, pero no paraba de pensar en Annie O’Carolan en ese momento.

El agente Hart se acercó a Ryan y entre ambos esposaron a Sebastian Marsh que no paraba de quejarse.

―Han matado a mi tío a sangre fría. Ha sido un asesinato. No hay derecho. Les denunciaré. Esto es brutalidad policial.

―Usted siga hablando y le enseñaré que es la brutalidad policial ―amenazó Hart, ganándose una reprobatoria mirada del superintendente Ryan.

Hoover había dejado de amonestar a Patry y se inclinó ante el libro, salpicado por la sangre del doctor Rowley Marsh. Los sostuvo ante sus fríos ojos… antes de guardarlo en una bandolera de lona bajo su gabardina.

―Agente Hart lleve al prisionero con los otros, al despacho ―ordenó Hoover― Superintendente Ryan, chequee esta habitación por si encontramos algo más de interés. Quédese con la señorita O’Connel.

Cuando Hart abrió la puerta del despacho, encontró al agente Hill hundiendo la hoja de su navaja bajo la uña de un meñique del lloroso Jacob Marsh.

―Hay ciudad submarina… Y’ha Nthlei… ―gimoteaba Jacob―. Allí es adonde ha ido Barbanas.

―¿Cómo? ―escupió Hill haciendo palanca para arrancarle la uña― ¿Hay un pasadizo hasta ese refugio?

―Nooo. Se llega por un portal mágico.

―¿Mágico? ―Hill aumentó la palanca― ¿Me está vacilando?

―¡Noooooo! Le digo la verdad… hay cosas que se escapan a lo racional en estas paredes. Hay cosas…

Hill se apartó de Jacob Marsh y se encontró con la sorprendida de mirada del agente Hart. El agente Cohle se limpiaba las uñas con su navaja, ajeno a la tortura.

―¿Hoover? ―preguntó Hill.

―En la biblioteca.

El agente Hill llegó corriendo hasta la entrada de la biblioteca, donde estaba Hoover ojeando el libro. Patry y el superintendente Ryan revolvían la biblioteca, intentando encontrar… algo. Patry estuvo unos segundos sobando los pechos del cascarón de proa del Sumatra Queen, intentando encontrar una puerta secreta… que no existía.

―Señor, Jacob Marsh se ha prestado a cooperar.

―No me diga.

―Ha informado que en la mansión hay nueve miembros de la familia Marsh, tres personas del servicio y tres agentes de policía. Barbanas Marsh no está, señor. Ha huido hasta un refugio submarino, de nombre impronunciable, al que se accede por un pasaje en la habitación principal.

En ese momento bajaban por las escaleras los agentes Ashbrook, Mackey y Drotos.

―Creo que deberíamos subir al dormitorio principal, señor. Allí es donde estarán las respuestas.

―Se equivoca, Hill ―murmuró Hoover levantando la vista del manuscrito ―las respuestas están tras esa puerta.

Todos los agentes miraron la puerta que conducía al sótano. Era de hierro forjado, antigua, llena de manchas de óxido pero resistente.

―Informen ―ordenó Hoover, tanteando la puerta de hierro.

―Arriba había tres miembros de los Marsh… todos neutralizados ―espetó Mackey con sorna fulminando a Ashbrook con la mirada―. También encontramos… otro tipo de presencia hostil, señor.

―¿De la que informaron los ACEs?

―Esa misma ―contestó Mackey.

Hoover asintió.

―Tres detenidos y ocho sospechosos abatidos. Y ni rastro del Doctor Najar ―murmuró―. Según los datos obtenidos por el agente Hill, falta un miembro de la familia Marsh…

―Esther Marsh ―aventuró Lucas Mackey―. La enajenada hija de Barbanas Marsh.

―Y creo que está tras esa puerta.

―Yo puedo abrir esa puerta ―aseguró Patry desde la entrada de la biblioteca.

Hoover extendió la mano y dejaron que la Finn se acercase hasta el cerrojo. Patry sacó una horquilla de su peinado y comenzó a trastear con ella en la oquedad, hasta que un chasquido metálico informó que la puerta estaba abierta.

―Estaos preparados para cualquier cosa ―informó Ashbrook cebando su escopeta corredera―. Los habitantes de la azotea eran capaces de partir en dos a una persona.

―¿Qué demonios dicen? ―exclamó Ryan.

―Superintendente ―llamó Hoover asomándose por la puerta que descendía al sótano de la mansión Marsh―. Traiga a todos los agentes. Necesito a todos los efectivos disponibles. Quiero las armas a punto. Aplíquense primeros auxilios. Aquí abajo puede que nos encontremos con… cosas temibles.

―¿Y los prisioneros? ―preguntó el Superintendente Ryan.

―Cierren el despacho, volveremos a por ellos tras inspeccionar el sótano.

Hoover bajó el primero por las escaleras.

************

Minutos después, en el despacho, Jacob, Sebastian y Ralsa Marsh estaban sentados ante el escritorio, esposados y amordazados, y levantaron la vista cuando la puerta se abrió. Una figura se recortaba a contra luz en el marco… un pequeño hindú con la ropa salpicada de sangre.

―Ssaludoss, ¿ssí? ―dijo el Doctor Ravana Najar mientras una gota de sangre se deslizaba lentamente por uno de los cristales de sus estrechas gafas.

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