La Redada (20) Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones

MANSIÓN MARSH

Director de la Agencia de Investigación  J. Edgar Hoover

Superintendente Albert Ryan                                                  –             Bea

Patry O’Connell (Buscavidas)                                                     –          Hernán
Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita
Agente Ashbrook                                                                          –             Toño
Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl
Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido
Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler
Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin
Dr. Ravana Najar

Refuerzos
Agente Dana Excaly
Agente Fox Mülder

 

Hoover encabezó a los agentes del tesoro mientras descendían al sótano de Marsh Manor. Descendieron por lo menos dos pisos antes de descubrir que en las húmedas paredes de ladrillo, infestadas de moho, había grabados, escritos y dibujos efectuados con tinta, pintura, a cuchillo y con sangre. Había escrituras imposibles en varios idiomas, a veces, algún garabato en inglés y retorcidos glifos que parecían palpitar cuando se les miraba:

―Mezcla Sanguínea ―leyó el agente Peter Hill― La Progenie de Dagon e Hidra gobernará el Mundo.

―Humanos y Profundos. Tierra y Mar ―leyó Lucas Mackey.

―Soy yo, o están dando a entender que las ranas gigantes y los humanos tenemos algo en común ―dijo Ashbrook.

―¿Qué es eso? ―preguntó el agente Woody Hart, alertando del sonido que se acercaba hacia ellos rápidamente.

Era como un chapoteo, un escarbar, un concierto de chasquidos. Era… extraño.

Alzaron las escopetas y las pistolas. Sólo un par de agentes y una pálida Patry O’Connell llevaban linternas con las que alumbraron la docena de formas que se arrastraban por escalones y paredes hacia ellos: Una docena de crustáceos del tamaño de una rata grande retrepaban por las escaleras.

―¿Qué coño son estas cosas? ―chilló el agente Drotos cebando la escopeta corredera.

―Quieto, Drotos ―ordenó Hoover, al tiempo que los grandes crustáceos llegaban a su lado… y pasaban de lago― Parecen Trilobites.

―Perdón, señor ―se excusó Woody Hart―, ¿triloqué?

―Trilobites ―continuó Hoover, impertérrito―, unos artrópodos de la era Pleozoica. Extinguidos hace millones de años.

―Eso no ayuda a que esté más tranquila, pero gracias por intentarlo ―se quejó Patry alumbrando a uno de esas grandes langostas planas y marrones que reptaba cerca de su hombro.

―Parece que lo trilobites huyen de algo ―comentó Ashbrook.

―En efecto ―afirmó Hoover―, vayan preparados….

Continuaron descendiendo… tres vueltas a esa estrecha y empinada escalera. Tres pisos más hacia abajo, a una oscuridad que les engullía con cada paso. Cuando la escalera murió, desembocaba a un largo pasaje inundado por una putrefacta agua verdosa que les llegaba a todos por las rodillas. La única y mortecina luz surgía de una habitación situada al fondo del pasillo. Un pasillo en el que había cuatro puertas abiertas de par en par.

Entrecortada por la luz se apreciaba la abotargada silueta de Esther Marsh, que lanzó una demoníaca y enloquecida risotada antes de cerrar la puerta de golpe, dejando a los agentes sumidos en la oscuridad… y escuchando el sonido de cadenas y chapoteos que emergían de las cuatro puertas abiertas.

Alumbrados por los débiles haces de las linternas, cuatro deformes criaturas surgieron de las habitaciones. Fueron profundos antaño, pero Esther Marsh había practicado con ellos dementes experimentos de eugenesia consiguiendo unas raras mutaciones.

De estar Colin O’Bannon, Greg Pendergast o Jacob O’Neil, habrían identificado a uno de los monstruos como familiar de Fregg, el niño rana que buscaba a su mami en la mansión Babson. Era un batracio de dos metros de alto, con una boca enorme y un vientre abotargado que se hinchaba con cada croar.

Otro de los monstruos era un profundo mutado con un cangrejo, lucía tenazas y una armadura de placas óseas. Otro había sido mezclado con un pulpo y arrastraba una colección de tentáculos violáceos.

Y el último de los monstruos era una profundo pútrido, salpicado de pústulas, ampollas y heridas infectas, que se arrastraba a saltos hacia ellos.

La colección de monstruos de feria les bloqueó, les asqueó y les aterró a partes iguales. Hoover se quedó paralizado como una estatua. Los nervios se adueñaron del agente Eddie Drotos que hizo fuego con su escopeta pero falló de plano, además de que se quedó en medio del pasillo, obstaculizando la actuación de los agentes Ashbrook y Cohle, que apartaron a Drotos de en medio.

Al ver a los mutantes, Patry se colapsó. Era suficiente, no podía más. No tendría que haber venido a esa misión. Tendría que haber ido al barco, rodeada de marineros, como cuando era bailarina en Atlantic City. Así tendría quien la protegería.

Y sobre todo, no quería estar allí, enfrentándose a monstruos sin sus amigos, sin los Finns. Con ellos tendría alguna posibilidad, con ellos podía enfrentarse a cualquier mal. No con esta panda de estirados agentes federales, guiados por sus estúpidas órdenes y sus misiones suicidas. Patry tenía que salir de allí. Tenía que huir. Se giró violentamente y empujó al superintendente Ryan, arrojándole al suelo inundado, donde Ryan perdió su pistola. También impidió a Lucas Mackey disparar mientras le empujaba en su evasión. Patry corría y corría, comenzó a subir los escalones de tres en tres, abandonando a los hombres de Hoover a su suerte, huyendo.

Patry llegó hasta el piso de arriba, en su frenética carrera no vio al Doctor Ravana Najar, escondido tras la puerta del sótano. No, Patry pasó por su lado y siguió corriendo. Se desorientó en el pasillo, izquierda, derecha, por esa puerta, ¿Cuál puerta? Abrió la puerta donde estaban los prisioneros, podía utilizarlos como rehenes, podía exponerlos ante esas bestias para que la dejasen en paz, podría…

Todos los Marsh prisioneros habían sido brutalmente asesinados.

Patry cayó de rodillas y comenzó a chillar.

Cinco pisos por debajo de ella el profundo purulento se abalanzó sobre el agente Cohle y le vomitó encima. Se trataba de un pringue que comenzó a humear al contacto con la gabardina de Cohle, devorando el tejido y abrasándole a cada décima de segundo. Era una especie de ácido.

Mientras Cohle se intentaba arrancar la ropa. El monstruoso anfibio disparó su lengua como un arpón. Ashbrook empujó a Hoover y ambos se arrojaron al agua pútrida. La lengua pasó cerca de Drotos, golpeó al agente Hill en la sien, dejándolo inconsciente y se enroscó alrededor de los brazos de un sorprendido agente Hart.

El agente Ashbrook alzó su escopeta y descargó una perdigonada sobre todas las criaturas, pero hizo mayor efecto en el profundo pútrido, al que le arrancó un brazo y parte del torso con el disparo… Las heridas de la criatura se abrieron.

Todas a la vez.

Durante un instante el monstruo supuró pus por cada glándula de sus ser, por cada escara infectada, por cada pústula. Sus ojos se derritieron llorando pus, su boca se abrió babeando pus. Y explotó, arrojando a Cohle contra la pared, salpicando a casi todos los investigadores con esa solución ácida y pegajosa.

El superintendente Ryan encontró su pistola bajo el agua.

El monstruo cefalópodo cargó por el pasillo y descargó un empellón a Eddie Drotos, arrojándole contra la pared de la izquierda. Drotos intentó reponerse pero, antes de que pudiera levantar su escopeta, una lluvia de tentáculos cayó sobre él. Se encogió ante los golpes, pero era incapaz de moverse, chilló, gimió y los tentáculos le apresaron contra suelo, bajo el agua podrida. La bestia rugió furibunda sin dejar de machacar al agente Drotos, al tiempo que un haz de luz la cegaba temporalmente, antes de escucharse una detonación. Lucas Mackey alumbraba con su linterna y había disparado al engendro en la cabeza, consiguiendo hacerle una herida profunda de la que manaba un icor aceitoso a borbotones…

Pero el monstruo no estaba muerto y el agente Eddie Drotos sí. Su cuerpo roto y desmadejado se quedó flotando cerca de la criatura. El monstruo cefalópodo aullaba y encaminó sus pasos hacia Mackey y su molesta linterna, pero el estampido de una escopeta, frenó su avance. El monstruo cayó de rodillas al tiempo que Hoover recargaba su escopeta y disparaba de nuevo sobre la criatura para rematarla.

Cohle que, aún a pesar del baño en las aguas fecales que había dado tras su caída, humeaba por el ácido del profundo purulento, se encontró cara a cara con el mutante cangrejo. La bestia lanzó sus tenazas sobre el agente, pero este interpuso su escopeta entre él y la criatura, dándole tiempo al agente Ashbrook de disparar a la bestia una certera perdigonada que le arrancó la cabeza.

El agente Hart dejó caer su escopeta y sacó su Colt 45, con la que disparó la lengua violácea que se retorcía sobre sus ante brazos. Cuando la criatura le liberó, Hart caminó tras la lengua, disparando al monstruo, seguido de los disparos de Lucas Mackey y el superintendente Ryan. Abatieron a la criatura que cayó como una piedra al agua que inundaba el pasillo.

Las armas de los agentes federales humeaban. Algunos habían vaciado sus cargadores sobre los monstruos. Sus jadeos resonaban en el denso silencio que llenaba ese pasillo a oscuras, salpicado por los haces de luces de las linternas.

―Ha ssido un duelo intenso, ¿sssí? ―dijo la meliflua voz del Doctor Ravana Najar desde las escaleras.

Y antes de que ninguno de los agentes pudiera hacer nada, un chirrido agudo, continuo e infinito les estalló en las sienes, haciéndoles caer a todos de rodillas. El Doctor Najar caminó entre los agentes que se revolcaban por el suelo inundado, chillando, gritando, maldiciéndole, mientras el pequeño hindú paseaba tranquilamente hacia el laboratorio de Esther Marsh.

Los chillidos de Patry llegaron hasta el coche donde estaban los dos agentes de refuerzo del equipo que Hoover había traído. La agente Dana Excaly miró a su compañero, el agente Fox Mülder.

―Parece tratarse de la ACE ―comentó la agente―. Creo que es momento de que entremos.

―La verdad está ahí dentro ―dijo Mülder y Excaly puso los ojos en blanco.

Ambos atravesaron la finca de los Marsh a la carrera, armados con sendas pistolas automáticas del calibre 45.

Mülder fue hacia la entrada lateral que daba al salón de baile, mientras Excaly entraba por la puerta principal. Ya no se oía nada, ni los gritos de Patry O’Connel, ni… ¡Alto! Sí escuchaba algo. Excaly avanzó lentamente por el pasillo hasta la habitación donde habían quedado retenidos los prisioneros, uno de los cuales, Jacob Marsh, que había sido jefe de la refinería Marsh durante los últimos años,  estaba congelado, con la mano extendida hacia la agente Excaly y la cara agarrotada en una mueca de terror. A su lado estaba el cuerpo podrido de Ralsa Marsh, su macilento cadáver parecía llevar meses a la intemperie. Y por útimo estaba  Sebastian Marsh que había envejecido a una velocidad absurda. Estaba caído junto a su hijo congelado, con la piel apergamina, sus huesos crujiendo con cada respiración, sus ojos ciegos por las cataratas, su boca carente de dientes. En lo que dura una respiración el cuerpo del anciano era una momia fosilizada, en cuyo último estertor, agitó la mano hacia la estatua de hielo que era su hijo.

La liviana caricia que hicieron sus decrépitas falanges destrozó el hielo, el talón se hizo añicos, la estatua congelada de Jacob Marsh cayó al suelo y se hizo migas.

―¿Qué demonios está pasando aquí? ―murmuró Excaly.

Y algo golpeó la puerta de un armario. Excaly abrió con cuidado el armario y se encontró dentro a una aterrorizada Patry O’Connell.

―¿Se encuentra bien?

―Está de coña, ¿no? ―gimoteó Patry―. ¡¡En el sótano hay una horda de monstruos!! ¡¡¡Y por la casa hay un brujo asesinando a la gente!!!!

―¿Y cree qué en el armario no la van a encontrar, ni los monstruos, ni el brujo? ―preguntó Excaly con sorna―. Venga mujer, levante y acompáñeme.

―¿Adónde?

―Adonde esté el director Hoover.

Mülder se quedó en la casa, atento a ver si encontraba al Doctor Najar, sospechoso de los asesinatos y por lo visto de brujería. Mientras Excaly y Patry descendieron por las escaleras hasta el sótano, donde el director Hoover, el superintendente y resto de agentes se habían repuesto del extraño episodio psicosomático que acababan de experimentar.

―”Extraño espisodio piscos…” ¡Les ha hechizado ese hindú loco que no sé de donde han sacado! ―chilló Patry indignada.

―Basta ―cortó en seco Hoover y se giró hacia uno de los agentes―, Ashbrook, vamos al fondo.

―A mandar ―murmuró el ojeroso agente, tras encenderse un cigarrillo.

Hoover y Ashbrook se adelantaron al resto de agentes. Patry se quedó en la retaguardia, insegura y atemorizada por lo que pudieran encontrar al otro lado de la puerta. Hoover y Ashbrook se parapetaron en los flancos del marco y abrieron la puerta de una patada.

El Falso Doctor Najar estaba dentro del laboratorio… y todo vibraba y retumbaba a su alrededor. Descargas violetas y luminosa emergían del cuerpo del pequeño hindú, mientras cientos de fuego fatuos bailaban a su alrededor. Najar sostenía con ambas manos a Esther Marsh, una híbrida obesa y muy afectada por la marca de Innsmouth, pero sus deformidades quedaban eclipsadas ante el poder esotérico desatado por el doctor. La tenía elevada en el aire, con sus dedos hundidos hasta la segunda falange en el gordezuelo rostro de la muchacha que aún se agitaba espasmódicamente mientras se fundía y goteaba, poco a poco, formando bajo sus pies un charco de verdosa carne líquida.

Aún estaba viva.

El Doctor miró a los invasores, con un rostro inexpresivo. Abrió su boca. La abrió desmesuradamente. La abrió más allá de lo humano mientras sus ojos brillaban con la misma luminosidad que las estrellas malditas del oscuro vacío sideral. De su boca emergió un terrible chillido que hizo encogerse de terror a los investigadores, mientras sus cabezas palpitaban de dolor. Era el mismo agudo crepitar que les había imposibilitado antes… pero ahora no era tan potente, quizá porque el ser estaba entretenido… haciéndole lo que fuera que le estuviera haciendo a Esther Marsh.

De sus ojos emergió un chorro de energía violeta y brillante que invadió el pasillo. La descarga bañó a Woody Hart y a Mathew Cohle, produciéndoles unas dolorosas quemaduras llenas de ampollas.

Y el chillido.

El chillido no paraba, continuaba, infinito, interminable. Un aullido que tenía cierta musicalidad, cómo si cientos de flautas, alienígenas y enloquecidas, recorriesen el vacío espacial y emergieran desde esa boca hasta los agentes.

Ashbrook disparó con su escopeta, pero los perdigones hicieron saltar en pedazos una mesa de laboratorio situada al fondo de la sala. El Superintendente Ryan también erró con sus disparos.

―¡Esa cosa ―gritó Dana Excaly―, se está alimentando de la mujer!

Pero su voz no podía superar la potencia del chillido que emergía de la garganta del Doctor Ravana Najar. Excaly corrió hasta la criatura, posó el cañón en la nuca del hindú y le pegó un tiro. La cabeza del doctor se quebró, su cráneo se abrió dejando ver lo que había dentro… una forma negra, viscosa y pulsante.

Nyarlathotep_with_tentacled_face
¿Qué esconde el Doctor Ravana Najar?

Hart aplaudió la técnica de Excaly y la imitó… solo que apoyando en la cabeza del doctor su escopeta corredera de calibre 12. Los perdigones reventaron la cabeza del Doctor Najar, destruyendo el disfraz del verdadero ente, destruyendo una de las muchas máscaras del Caos Reptante.

Del cuerpo marchito de Najar emergió otra forma, una columna de tentáculos oscuros que se agitaban y culebreaban, con miles de fauces con colmillos, bocas de dientes podridos,  de labios leporinos que chillaban, castañeteaban y aullaban sin dejar de absorber a Esther Marsh. No dejaba de gritar. No dejaba de chillar. Nunca lo dejaría.

Se hallaban ante uno de los miles de avatares de Nyarlathotep. Estaban ante Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones.

Y Patry lo sabía. Ese nocivo conocimiento se arrastró hasta lo más profundo de su psique, mordiendo y arañando, y le llenó la cabeza de imágenes, sonidos, olores, sabores, colores imposibles, palabras en Aklo…

Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Nyarlathotep, el mensajero de Azathoth. El de las mil Máscaras. El Caos Reptante. Algo dentro de Patry se quebró, todo se volvió violeta y el desagradable chillido que retumbaba en el sótano adquirió sentido, adquirió lógica, adquirió poder. Y Patry sólo quiso una cosa.

Salir corriendo de allí lo más lejos posible.

Los agentes federales habían traído al Doctor Najar, ese tipo que en realidad era una máscara de Nyarlathotep. Seguro que algún otro de esos agentes también era una de las máscaras del mensajero de Azathot. El director Hoover que se había apropiado de ese extraño libro. Lucas Mackey que había vivido en Innsmouth durante meses. El superintendente Ryan, que iba a todas partes con una ridícula pistola mientras sus compañeros ostentaban escopetas y pistolas enormes. El tal agente Ashbrook estaba loco de remate. El agente Hill había torturado a un prisionero. Y esa bruja pelirroja, la agente especial Excaly, que le había traído a rastras hasta ese maldito sótano, con lo bien que estaba escondida en el armario.

Patry se dio la vuelta y huyó por el pasillo anegado, mientras Hoover y los suyos hacían frente al dios exterior.

Pero había otro problema. Patry O’Connel no fue la única que quedó trastocada por la visión del avatar de Nyarlathotep.

Ashbrook comenzó a disparar su escopeta contra la columna de tentáculos. Caminó hacia la criatura sin miedo, sin temor, sin sensatez. Se colocó junto a la monstruosidad, disparando una y otra vez su escopeta, aunque fallase y diese al suelo, aunque los perdigones rebotasen sobre la superficie pringosa del ente, aunque las salvas pudiera herir a sus compañeros, Ashbrook continuaría disparando a ese monstruo hasta que cayera. O hasta que le matasen, lo que ocurriera antes, tanto le daba.

El superintendente Ryan, cayó de rodillas, con su cabello ralo, encanecido; su rostro de bulldog, desinflado; sus ojos hundidos, perdidos en el vacío del dios que se retorcía ante su presencia. La magía existía. Los monstruos también. Y los dioses. Los otros dioses. Al igual que a Patry, un ciclón de información alienígena penetró en su cabeza, destrozando con todo a su paso.

El superintendente cayó de rodillas. Rezando.

Pero, ¿a quién? ¿Al invisible dios de los católicos? ¿O a la terrible presencia que se había manifestado ante él?

La agente Dana Excaly rodeó a la criatura que chillaba y la ignoró.  Parecía que salvo gritar no les iba a hacer nada más. Era demasiado grande, demasiado poderosa… pero Excaly tenía una teoría y quería comprobarla antes de dejarse llevar por el miedo y la desesperación. Esther Marsh continuaba siendo absorbida por el ser. A cada segundo, la mujer estaba más consumida, famélica, cadavérica… ¿por qué? ¿Qué necesitaba esa criatura de ella? ¿Qué pasaría si la interrumpía? Dana se posicionó tras Esther Marsh y alzó su pistola para dispararle un tiro de gracia en la nuca… pero un tentáculo la golpeó, haciéndola fallar el disparo.

Al igual que Ashbrook, el agente Hart disparó su escopeta sobre el dios, pero él, más seguro de sus actos, atendió al efecto de su perdigonada. Las balas apenas herían a esa cosa y el daño que le causaban se curaba en instantes. Destrozó varios tentáculos pero se regeneraron al siguiente parpadeo…  ¿Cómo abatir a un dios?

El agente Cohle escuchaba. Su mirada se había perdido entre el caos de tentáculos que retorcían ante él, pero su oído estaba atento a los lamentos, a los chillidos. Porque los entendía. Entendían lo que Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones aullaba.

Se estaba comunicando con él, le estaba pidiendo auxilio.

Le estaba pidiendo ayuda.

Le estaba pidiendo que asesinase a la agente especial Dana Excaly.

Cohle observó a Excaly dispara sobre Esther Marsh y sin miramientos, alzó su escopeta y descargó un cartucho sobre su compañera. El impacto de la munición alcanzó a la agente en el pecho y arrojó su maltrecho cadáver contra una estantería llena de frascos de cristal y botes.

Antes de que Cohle pudiera cebar la escopeta, J.Edgar Hoover se cernió sobre él y le descargó un fiero culatazo en el abdomen, derribando al agente.

Patry llegó hasta el piso superior, lejos de los desquiciantes aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Corrió aterrada hasta la habitación donde el cadáver de Ralsa Marsh cada vez olía peor y se encerró de nuevo dentro del armario, llorando histérica.

―Ojalá estuviera en el barco ―murmuraba histérica, mientras se abrazaba a si misma―. Ojalá estuviera en el submarino. Ojalá estuviera muy lejos de aquí. Muy lejos, muy lejos, muy lejos.

En el sótano la locura se adueñaba de los agentes.

Ashbrook seguía disparando al monstruo. El superintendente Ryan alzó su pistola y disparó sobre Hoover, que se encogió mientras a su alrededor impactaban las balas del calibre 32.

―¡Es culpa tuya, Hoover! ―chillaba Ryan, fuera de sí, rabioso, aunque su voz se veía solapada por los aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones ― ¡Es culpa tuya, maldito fascista! ¡Tú maldita culpa!

Lucas Mackey se lanzó sobre el superintendente Ryan, le agarró de la muñeca y alzó su pistola al techo. Ambos agentes forcejearon, Ryan intentando matar a Hoover, Mackey intentando desarmarlo.

El agente Hart apuntó a Esther Marsh con la escopeta corredera, pero el cartucho estaba mojado y no se disparó.

El agente Cohle alzó su escopeta y apuntó a Hoover, sonriendo.

Apretó el gatillo.

Pero se había quedado sin munición. Hoover le descargó un nuevo culatazo en la cara, saltándole los dientes y noqueando al agente Cohle. Al tiempo que Esther Marsh se deshacía casi por completo entre los tentáculos del dios exterior.

De la obesa hija de Barbanas Marsh tan sólo quedaba un esqueleto cubierto de piel escamosa.

Lucas Mackey desarmó a Ryan y le descargó un perfecto crochet a la mandíbula del superintendente, cuyo cuerpo cayó pesadamente al suelo del laboratorio al tiempo que otro tipo de estrellas llenaba sus fantasías de galaxias prohibidas y lunas yermas.

El agente Hart dejó caer la escopeta, sacó a relucir su Col 45 1911 y caminó con pasos resueltos hasta la espalda de Esther Marsh donde apoyó el cañón del arma en su marchita cabeza… y le pegó un tiro de gracia.

Los resecos sesos de la mujer salpicaron los tentáculos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones y el continuo aullido del dios, cesó.

Pero sólo una milésima de segundo antes de explotar en un clamor imposible que retumbó por toda la mansión, consiguiendo que Patry se encogiera en su armario hasta dejarse llevar por la inconsciencia y que el agente Mülder se arrojase al suelo de la primera planta, suplicando que parase…

Pero en el sótano, el aullido culminó con una cegadora descarga de energía que golpeó a todos los invasores, dejándoles una bonita colección de quemaduras y ampollas.

El silencio y la oscuridad se adueñaron del sótano. Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones había desaparecido. El cadáver de Esther Marsh era un deshecho de huesos y piel. El laboratorio un destrozo.

―¿Alguien me puede oír? ―preguntó la profunda voz del Director Hoover.

―Afirmativo ―contestó Ashbrook, segundos antes de encenderse un cigarrillo.

―Mackey aquí ―llamó el orondo agente―, el superintendente Ryan está a mis pies. Inconsciente, pero vivo.

―Cómo Cohle ―informó Hoover―. ¿Agente Hart?

―Aún vivo, pero muy malherido, señor.

―¿Alguna orden, señor? ―preguntó Ashbrook.

―Sólo una ―contestó Hoover―. Misión cumplida, muchachos. Volvamos a casa.

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La Redada (19) Semilla de Shoggoth

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Soldado Raso Cooley

Soldados Rasos Anzack y Witzneki (DESAPARECIDOS)

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(MUERTO)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (MUERTO)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Supervivientes de la Escuadra Charlie

Soldados de Primera Chumeski (Thompson)        –         Garrido

Soldados Rasos Muzzarella (Fusil)               –            Hernán

Escuadra Dog (Muertos en Combate)

 

 

 

 

 

Aún a pesar de estar bajo tierra, el teniente Doud dirigió a los tres botes de supervivientes hacia la ubicación de la refinería Marsh. Palada tras palada, los soldados apreciaron que la estructura de los túeneles cambiaba conforme se internaban en las entrañas de Innsmouth. Se apreciaban rastros de construcción humana: El techo era de cemento liso aunque descuidado, había bastantes grietas por las que caían chorros o estelas de agua y El Cabo Wold informó de un viejo cableado que recorría la unión entre el techo y las paredes invadidas por los algas luminiscentes.

 

Y algo más… Varios de los miembros de la misión alertaron de una tira de limo verde fosforita que colgaba en medio del túnel. Tanto aviso, tanta precaución, tanto miedo superaron la paciencia del teniente Doud, cada vez más irritable y rabioso.

―¡Basta de historias absurdas! ―estalló―. Tenemos que centrarnos en la misión y dejar de pensar en fantasías. ¡No podemos estar deteniéndonos y avisando de cada chorrada que veamos!

―Pero, teniente… ―comenzó Greg Pendergast.

―¡Basta ya! ¡Están llenando la cabeza a mis soldados con sus cuentos de sirenas y piratas! ¡Tanto es así que han conseguido que Anzak y Witzneki desertaran para buscar tesoros!

Las barcas continuaron avanzando hasta quedar bajo la tira de limo.

―Tiene razón, teniente ―le animó el cabo Wold.

― ¡Veís! ―continuó el teniente envalentonado―. Esto de aquí no es más que un cable o una telaraña cubierta de estas malditas algas… o… o algo… o… algo con ojos…

La tira de limo tenía un ojo de tamaño humano mirando fijamente al teniente. En un parpadeo, varias decenas de ojos se formaron en la superficie grumosa que penduleaba sobre los soldados que, aterrados, sintieron la pegajosa mirada de esa cosa.

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Semilla de Shoggoht, ilustración de Henning Ludvigsen

El joven soldado Pealkie se dejó llevar por el terror, aulló histérico y se arrojó a las fangosas aguas del túnel huyendo del limo que se abrió ante los soldados, como una película de gelatina verde iridiscente, llena de ojillos, algunos humanos, otros negros, muertos, similares a los de un tiburón, otros trilobulados, rojos, azules, verdes… y en un chasquido la masa envolvió la cabeza del teniente Doud y lo alzó un metro del bote.

El teniente chillaba con voz ahogada, pataleaba, pero por encima de todos esos ruidos, escucharon el sonido de su carne fundiéndose. Se llevó las manos a la cara, a esa masa gelatinosa que se le estaba digiriendo el rostro y sus manos se abrasaron al hundirse en su viscosa textura.

―¡TENIENTEEEEEEEEEEE! ―aulló el cabo Wold mientras apuntaba con su Colt 45… no sabía a donde.

―¡No tengo tiro limpio! ―gritó el sargento Smeltz mientras le apuntaba con la metralleta Thommy.

Colin O’Bannon alzó un revólver del 38. Cerró un ojo mientras se mordía el labio inferior. Siguió el recorrido de la criatura hasta la grieta en el cemento de la que emergía. Y disparó.

La bala atravesó limpiamente a la monstruosa gelatina pero la cosa no soltó al teniente. El cabo Wold soltó su pistola, se lanzó sobre las piernas del teniente y tironeó de él para liberarlo, pero la criatura tenía a su víctima bien aferrada.

Los soldados Chumeski y Muzzarella imitaron a Colin. El primero alzó su metralleta Thompson y descargó una ráfaga de disparos sobre la grieta, consiguiendo que una docena de disparos atravesaran la gelatina… El segundo disparó con su fúsil.

Greg se unió al tiroteo con la ametralladora Browning M1917. La grieta de la que descendía el limo asesino, se cubrió de disparos que destrozaron el cemento… pero no al monstruo. La criatura, apolillada por los tiros, había perdido consistencia y fuerza, sí, y soltó al teniente que cayó sobre el bote, junto con Wold, pero aún culebreaba sobre ellos.

El cabo intentó reanimar al teniente Doud, pero estaba muerto. No sólo el ser gelatinoso le había devorado casi toda la cabeza, si no que un disparo perdido había impactado en la cabeza al superior, acabando con su sufrimiento y con su vida.

Smeltz saltó sobre el cabo Wold y el teniente Doud, les cubrió con su cuerpo al tiempo que gritaba:

―¡Cenicero!

―¿Quieres un poco de fuego, encanto? ―dijo “Cenicero” Pollard alzando su lanzallamas.

Una flamígera descarga iluminó el túnel y bañó en gasoil ardiente a la criatura, que se consumió pegada al techo, ante la vista de todos los aturdidos soldados.

Fiuuuuuuuuuuuuu

―¿¡Qué coño era eso!? ―gritaba Smeltz, refiriéndose a la criatura, buscando a sus asesores, Colin y a Greg―. ¿¡Qué coño era eso!?

―No tengo ni la menor idea, sargento ―reconoció un aturdido Greg.

―Teniente ―lloriqueaba el cabo Wold, abrazado al tumefacto cuerpo de Doud―. Oh, teniente, teniente, teniente, teniente…

Fiuuuuuuuuuuuuu

―¿Qué es eso? ―preguntó Chumeski.

―¿Wold, cómo está el teniente? ―inquirió el sargento Smeltz.

―Teniente, teniente, teniente…

―¡Cabo Wold!

―Ahora ya no sufre ―contestó Muzzarella, con cierta malicia.

Fiuuuuuuuuuuuuu

―Es que nadie más oye… ―comenzó Chumeski hasta que entendió lo que estaba oyendo―. ¡Joder! ¡BOMBAAAAAAAAAAAA!

El soldado Chumesky se arrojó a las aguas del túnel, buscando cubrirse del bombardeo que la refinería Marsh estaba sufriendo. Bombardeo efectuado por el enajenado capitán de fragata Hearst desde el guardacostas Urania.

¡¡PUUUUM!!

Una explosión enorme estalló sobre los investigadores. La fuerza de la onda expansiva sacudió los túneles que temblaron, retumbaron, el techo se quebró y comenzó a caer polvo y esquirlas de piedra antes de que varias toneladas de cemento se derrumbasen sobre sus cabezas.

No todos fueron tan rápidos cómo el soldado Chumesky.

La Redada (18) El Bastardo de los Waite

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Soldados Rasos Anzack, Witzneki y Cooley

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie y Escuadra Dog

(Muertos o Desaparecidos en Combate)

 

 

―Según los informes de los agentes federales, el siguiente emplazamiento contacta con un lugar llamado “La Casa del Trebol” ―comenzó el Teniente Doud en susurros―. Una empresa de transportes que sirve de tapadera para unos contrabandistas de licor.

―¿Esos informes son tan fiables cómo los de la casa que servía como trata de blancas de ahí atrás? ―preguntó con sorna el soldado raso Anzak. Doud le fulminó con la mirada.

―Ten por seguro que sí ―se quejó Colin O’Bannon, que continuaba temblando de frío por su pelea submarina con un profundo― ¿Aún se creen toda esta mierda de los contrabandistas?

―Aquí seguimos órdenes, asesor civil ―espetó el teniente―. Y aún tenemos órdenes que cumplir.

―Yo lo que tengo son cicatrices de pelearme con un monstruo de dos metros. Y no tenía mucha cara de contrabandista.

―Ni usted de militar ―siseó el cabo Wold―, y sin embargo aquí le tenemos, discutiendo las órdenes de un superior.

―Me han traído para asesorar.

―Pues de momento tampoco es que lo estés haciendo muy bien ―gruñó Anzak―, ¿no crees, come patatas?

―¡Silencio, tropa! ―exigió el sargento Smeltz. Apenas levantó la voz, pero el tono de su orden acalló a los presentes―. Termine, teniente.

―Sargento, cómo usted y su escuadra tuvieron un éxito rotundo en el anterior objetivo, repetirán la misma maniobra mientras yo y el resto de la escuadra Abel protegemos la retaguardia ante posibles ataques del enemigo. ¿Entendido?

―Señor, sí, señor.

Palearon el agua podrida, adentrando las barcas aún más en los estrechos túneles infectados por la mortecina luz que irradiaban las algas fosforescentes. Colin y Greg Pendergast habían convencido al teniente de que guardase la linterna y avanzaban atentos a cualquier sonido, pero el silencio bajo tierra era abrumador y cada palada en el agua parecía el aplauso de un público entregado al final de un concierto.

Hasta que al fondo del túnel apareció una luz diferente. Una luz amarilla, dentro del verde espectral. Conforme se acercaron apreciaron los detalles: La fuente de luz provenía de una lámpara de queroseno ubicada en la proa de una cochambrosa barcaza atada a un pequeño muelle. Había una cabina para el timón y la parte de atrás estaba llena de barriles de madera. Dentro de la cabina, mirando a la negrura había un tipejo, larguirucho y feo que abría y cerraba una navaja de resorte con aire aburrido.

―¿Ha eso cómo lo llamas? ―susurró el cabo Wold a Colin―. ¿Ya podemos hablar de contrabando o vas a seguir hablando de monstruos?

―¡Cabo Wold! ―siseó Smetlz ofuscado― ¡Silencio, maldita sea!

―¡Señor! ―dijo el soldado Mayhew―¡Me ofrezco cómo voluntario para atacar al enemigo, señor!

―No puedes disparar, cenutrio ―avisó “Cenicero” Pollard―, no sabemos si hay más objetivos.

Mayhew contestó sacando una bayoneta de su bota.

―Me gusta como piensas, chico ―contestó Smeltz―, al agua. Pelkie, señor Pendergast, apunten con sus rifles a ese tipo y si intenta dar la voz de alarma, abátanlo.

El soldado Mayhew se zambulló en silencio en el agua y nadó a braza durante cincuenta metros de agua sucia con el cuchillo sujeto entre los dientes. Cuando Mayhew llegó hasta la barcaza escuchó unos gruñidos desde el muelle.

La tambaleante estructura de madera terminaba en una entrada subterránea que parecía el inicio de un almacén. Había repartidos media docena de toneles de madera mohosa por todas partes. De la obertura emergieron dos hombres que cargaban un barril. Dos hombres enormes. Demasiadas sombras y contraluces para ver sus rostros pero, de haberlos visto, Mayhew hubiera detectado la famosa Marca de Innsmouth en cada uno de ellos. Uno era fuerte, musculoso, con una gorra de golf, vestido con unos pantalones sujetos por tirantes y una camisa de picapedrero. El otro era un gordo mórbido que vestía un sucio traje y refunfuñaba a cada paso  que daba.

Mayhew hizo señas de que no había un hombre. Había tres. Y que esperasen. El sargento Smeltz maldijo en voz baja e informó.

Todos los soldados de la escuadra Baker esperaron… sin ver lo que le estaba ocurriendo a uno de ellos.

Mientras, Mayhew escuchaba a los tipos hablar entre ellos:

―¡Me estoy cansando del Bastardo de los Waite! ―se quejó el Gordo―. Nos tiene cargando toneles, mientras él y Grano de Pus, se encargan de mearse en los documentos.

―¿Y qué más te da, Seboso? ―espetó el tipo grande que sudaba copiosamente.

―Me la están dando. Él, Grano de Pus y hasta Encharcado ―el tipejo de la navaja se volteó, alzando el labio, mostrando sus colmillos, disgustado―. Sí, hablo de ti, pedazo de mierda. Nosotros aquí cargando como mulas, mientras tú jugueteas con tu cuchillito.

―Ssi tieness problemass habla con el Basstardo ―siseó Encharcado, haciendo saltar la hoja de la navaja―. O ssi tieness cojoness.

―¡Vamos, Sebo de Foca!―animó el tipo grande tras depositar el barril en la barcaza y limpiarse los chorretones de sudor que le corrían por la cara con el faldón de su sucia camiseta― Cuanto antes terminemos, antes dejarás de quejarte.

Mayhew esperó pacientemente con la bayoneta entre los dientes. La escuadra Baker también. Observaron como la pareja de tipos grandes dejaban el barril y volvía hacia el almacén.

Estaban tan atentos a los gánsters que no prestaban atención al cabo Kaye que hacía rechinar los dientes. El cabo miraba al tipo de la navaja, al tal Encharcado, porque sentía que el tipejo le estaba mirando. Sentía sus ojos clavados en él.

La navaja saltaba y Encharcado la volvía a guardar. El cabo Kaye apretaba los dientes, y los deslizaba de izquierda a derecha. Encharcado abría la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la izquierda. Encharcado guardaba la navaja. Kaye los rechinaba a la derecha.

Cuando los gánsters se fueron, Mayhew trepó con mucho cuidado a la barca.

Encharcado abría la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la izquierda.

Mayhew caminó muy despacio por la cubierta. Lentamente. Paso a paso. Acercándose con cuidado de no alertar al vigía.

Encharcado guardaba la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la derecha.

Mayhew tomó la bayoneta que llevaba entre los dientes y la alzó ante Encharcado Willingham, un tipo tan indeseable que la Orden Esotérica de Dagon le había puesto bajo el mando del Bastardo de los Waite para no verle mucho por el templo masónico.

Encharcado abrió la navaja. Kaye rechinó los dientes a la izquierda. Encharcado cambió la postura, mientras intentaba distinguir algo que creía estar viendo al fondo.

―¡Ese cabrón me está mirando! ―ladró el sargento Kaye y se lanzó al agua del túnel con el lanzallamas colgando a su espalda.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, incluido Encharcado Willingham que comenzaba a procesar la información de lo que estaba viendo, el soldado Mayhew le cortó el cuello. Un chorro de sangre negra salpicó el timón de la barcaza pero Encharcado no cayó muerto, lanzó un tajo a ciegas hacia el atacante, gimoteando, ahogándose, muriendo.

Mayhew y Encharcado comenzaron a forcejear dentro de la minúscula cabina del timón mientras Kaye andaba por el túnel, con el agua cubriéndole hasta la cintura, murmurando palabras incomprensibles.

Smeltz susurró unas atropelladas órdenes. El cabo Kaye las ignoró, pero Colin y el cabo Wold comenzaron a dar paladas en el agua, acercando el bote hacia el muelle.

Mayhew bloqueó con el codo un ataque de Encharcado, antes de clavarle la bayoneta en el pecho. Cuando el puñal salió del individuo, su cuerpo cayó desmadejado al suelo, ante el timón. El soldado Mayhew sintió náuseas pero no por matar al enemigo, sino porque este apestaba a meados.

Mayhew salió de la cabina para tomar aire, viendo como la escuadra Baker se acercaba hasta él y en el momento en el que el sargento Kaye pasaba por encima de la borda.

―¿Les has matado? ―preguntó cortante.

―Sí, claro… ―gimoteó Mayhew sorprendido de encontrarse la cara llena de quemadura del sargento ante él.

―Bien hecho, soldado ―contestó Kaye. Pasó ante Mayhew, caminó entre los barriles y saltó al puerto.

―¡Kaye! ―gritó Smeltz, pero el sargento caminó a buen paso por el muelle y enarboló el lanzallamas―. Kaye deténgase, malditas sea.

Mayhew observó los barriles. Whisky, Ron, Whisky, Ron… Era licor. Mayhew vió los cinco o seis barriles que había por el muelle. Whisky, Ron, Whisky, Ron… y luego vio a Kaye, plantado ante el almacén con su lanzallamas.

―¡Oh, joder!

Smeltz ordenó a sus hombres que desembarcaran, que flanquearan el almacén, que…

Sebo de Foca Martin, un primo segundo del Comisario Martin, mucho más gordo y mucho más vago, al que el comisario utilizaba como topo en la organización del Bastardo de los Waite, y su compañero, el tipo grande al que llamaban Aceitoso Menphis porque su sudor era de una desagradable textura aceitosa, aparecieron ante Kaye transportando otro barril. Miraron sorprendidos al cabo que prendió fuego a la punta de su arma y sonrió como un maníaco.

―¡Pero qué demon…! ―consiguió barbotar Sebo de Foca.

―Saluda a mi amiguita ―espetó el enajenado cabo Kaye y disparó un hálito de fuego desde su arma.

Aceitoso Menphis soltó el barril y saltó tras otro montón de barriles, Sebo de Foca se encogió de hombros y la lengua de fuego pasó a su lado e incendió los barriles que había en almacén.

Kaye había fallado de pleno.

―¡Nos atacan! ―ladró Aceitoso ―¡Nos atacan!

Los hombres de la escuadra Baker adoptaron posiciones por el muelle y la barcaza. El sargento Smeltz le lanzó su rifle a Mayhew, mientras Kaye continuaba avanzando y disparando su lanzallamas. Dirigió la lengua de fuego y las llamas envolvieron a Sebo de Foca Martin, a los barriles tras los que se protegía y al barril que rodaba hacia el Kaye.

―¡Arded, malditos monstruos, arded! ―aullaba el cabo Kaye mientras reía como un loco incendiando al obeso contrabandista que se retorcía entre chillidos, apestando a sebo ardiente… y también incendió los barriles.

Barriles llenos de buen licor irlandés.

―¡CUERPO A TIERRA! ―gritó el sargento Smeltz, al tiempo que empujaba a Mayhew por la borda y derribaba a “Cenicero” Pollard sobre la cubierta del barco para protegerlo de la explosión que se avecinaba.

Con el almacén en llamas, Aceitoso Menphis se alzó, enarbolando una escopeta recortada y disparó sobre Kaye. Los perdigones de ambos cañones destrozaron al cabo, le atravesaron, e impactaron en el depósito del lanzallamas, que explotó décimas de segundo antes de que explotasen varios de los barriles.

Aceitoso Menphis salió despedido por la explosión.

El cabo Wold intentó encogerse en la barca de la Baker, pero la onda expansiva y la metralla arrojaron su enjuto cuerpecillo al anegado túnel.

El resto de la escuadra parecía haberse puesto a cubierto a tiempo.

La explosión había consumido casi todo el fuego, salvo la entrada al almacén que parecía un infierno. Del cabo Kaye solo quedaba una bota humeante, en medio del destrozado muelle.

La escuadra Baker se reagrupó. El sargento Smeltz se adelantó disparando con la Thompson hacia el fuego. Seguido de Mayhew, Pollard, Pealkie y unos aturdidos, Pendergast y O’Bannon.

―¡Hi-Ho, Silver! ―aulló una potente voz tras ellos.

La escuadra Baker se volteó para ver el bote de la escuadra Abel acercarse hacia ellos, con el teniente Doud sacando pecho en la proa.

―Lo que nos faltaba ―murmuró Greg―. Ahora viene el Llanero Solitario en nuestra ayuda.

Tras el muro de fuego de la entrada al almacén les llegaron gritos y una salva de nerviosos disparos que se perdieron en la nada. El sargento “Dispara Primero” Smeltz les devolvió el fuego con la metralleta.

―Formación en cuña ―ordenó―. Pendergast, O’Bannon, quédense tras nosotros. ¡Vamos allá!

―Espere, sargento ―pidió O’Bannon― ¿Qué tal si “Cenincero” les tira un par de cartuchos de dinamita a esos cabrones? Lo están pidiendo a gritos.

―¿Le parece una buena idea? He tenido suficientes explosiones con el numerito del cabo Kaye.

―Podría arrojarla hacia allí ―señaló Pollard imaginando la secuencia de hechos―, si nos parapetamos apenas sufriríamos daño por la onda expansiva, y esta apagaría el muro de fuego, señor.

Hubo otra salva de nerviosos disparos del otro lado y Pealkie y Mayhew contestaron con sus fusiles. Smeltz asintió, dudaba, pero depositó su confianza en “Cenicero” Pollard. Ordenó a los hombres cubrirse, mientras el cabo, encendía uno de los cartuchos de dinamita.

Al tiempo que la escuadra Abel llegaba hasta el bote de la Baker, donde el cabo Wold se estaba aplicando primeros auxilios, Pollard arrojó el cartucho de dinamita.

Con demasiada fuerza.

El cartucho entró en el almacén y explotó. El túnel tembló. El muelle se deshizo en varias partes. Pealkie perdió pie y cayó al agua. El edificio crujió.

Doud ladró una orden y se arrojó al agua… él solo. La escuadra Baker recibió una lluvia de metralla y astillas, que les produjo cortes y magulladuras… pero el muro de fuego había desaparecido.

El sargento Smeltz ladró otra orden y se adelantó a sus soldados, que entraron en el destrozado almacén en formación en cuña. Allí encontraron el cuerpo calcinado de Sebo de Foca Martin y otro cadáver, el de un tipo pequeño y enjuto que no habían visto hasta ahora y estaba destrozado por la explosión de la dinamita. Se trataba de Grano de Pus Babson, cuya madre era la meretriz de Innsmouth.

Del tipo grande de la recortada, Aceitoso Menphis, no había ni rastro, y del pequeño almacén sólo había una salida, una destrozada puerta de madera.

Mayhew se encaminó hacia ella, pero Smeltz le detuvo. La mirada del sargento estaba posada en el techo, al igual que la del cabo Pollard. Varias grietas se dibujaban en la piedra que había encima de sus cabezas.

―Me temo que la dinamita ha sido demasiado efectiva ―se quejó Pollard.

―¿Qué hacemos, señor? ―preguntó Mayhew.

―¿Salir de aquí antes de que se nos venga medio edificio encima no es una buena opción? ―preguntó Greg.

―¡NO! ―exclamó el Teniente Doud a sus espaldas. Calado hasta los huesos, el teniente apareció, respaldado de un herido cabo Wold y de un duditativo soldado Cooley.

―Podría poner unos cartuchos en esta sala y detonarlos ―informó Cenicero―. En el estado en el que están los cimientos…

―Sabemos que hay contrabando de alcohol, pero puede que también haya una trata de blancas ―intervino el teniente. Colin puso los ojos en blanco―. Registraremos el edificio y una vez veamos que no hay peligro para los civiles, lo volaremos.

―Pero la estructura del edifico está dañada, señor.

―¿Y eso de culpa de quién es, sargento Smeltz? ―ninguno de los soldados de la Baker supo responder a esto. Wold gimoteaba por sus heridas―. Soldado Cooley atienda al cabo Wold. El resto… ¿A qué estamos esperando, soldados? ¡Avancen!

Mientras el teniente y el sargento discutían, Colin empujó levemente la puerta y ojeó lo que había al otro lado. Encontró otro pequeño almacén con más toneles, un par de estrechas puertas de madera hinchada… y, parapetado tras varios barriles, un híbrido feo, con la barbilla de un color más amarillento que el resto de la piel y cuya camisa estaba cubierta de lamparones y mugre. El tipejo abrió fuego con su pistola, arrancando astillas al marco de la puerta, y un grito de dolor de Colin O’Bannon cuando la bala de impactó en el antebrazo.

Greg Pendergast agarró a Colin y lo sacó de la línea de fuego mientras el teniente Doud ordenaba a sus hombres posicionarse a los lados de la puerta.

El soldado Mayhew entró en la sala a ciegas, aullando, alzó su fusil, apuntó al contrabandista y apretó el gatillo.

Vómito Brewster, comenzó a delinquir a los doce años, pero nunca en Innsmouth, no. El gamberro siempre se las apañaba para cometer sus fechorías en los pueblos vecinos. Cansados de tener que sacarlo de diversos apuros, la Orden Esotérica lo había puesto al servicio del Bastardo de los Waite. Desde entonces, las maldades de Vómito Brewster estaban dirigidas y controladas. Y bien que lo disfrutaba el muy desgraciado. Por ello, cuando ese tipo grande y fuerte, se le echó encima, empuñando su fusil, aullando con rabia, una parte de Vómito estaba convencida de que su vida acabaría así, a manos de un soldado desconocido del ejército de los Estados Unidos.

Pero el fusil se encasquilló y el revólver de Vómito Brewster no.

El soldado raso Mayhew, que decía haber visto una vez a un humanoide peludo en las montañas de su pueblo, al que llamaban Harry, el Peludo, recibió dos tiros en el pecho. Escupió un borbotón de sangre, cayó de rodillas y luego terminó boca abajo, en el suelo, abatido.

El teniente Doud disparó a Vómito Brewster y le hirió. El contrabandista intentó huir, pero Smeltz entró en la habitación y la roció con una lluvia de disparos de la Thompson. Las balas impactaron al tipejo en la espalda. La muerte de Vómito Brewster no fue un soldado norteamericano con un fusil… fue una ráfaga de disparos por la espalda que hizo la Tommy del sargento Smeltz.

Greg comenzó vendar la herida de su amigo.

―No te acuerdas de lo de: “somos asesores” ―le recriminó a Colin.

―Ya.

―Entonces que haces, entrando el primero, haciéndote el héroe, disparando, peleándote con profundos cuerpo a cuerpo.

―Que ya…

―No quiero ser el que le diga a tu padre que te mataron unos monstruos…

―Que ya…

Wold continuaba haciéndose la víctima en el almacén mientras Cooley le atendía. “Cenicero” estaba colocando algunas cargas de dinamita para derribar el edificio. Smeltz se paró a recargar su metralleta, mientras el teniente Doud se adelantaba con su automática del 45 preparada.

―¡Soldados! ―les llamó el teniente―. Necesito apoyo aq…

Una de las maltrechas puertas se abrió. Aún humeante, Aceitoso Menphis irrumpió en la sala cargando sobre sus musculosos brazos una ametralladora Browning M1917 y su cinta de munición. Al tiempo que reía histérico, Aceitoso apretó el gatillo.

Doud se arrojó tras unos barriles mientras la balacera destrozaba la habitación. La Browning era un arma muy potente, pero Aceitoso Menphys no tenía mucha idea de usarla, e hizo más ruido que otra cosa.

Smeltz se cubrió junto al marco de la puerta. Varias balas entraron en el almacén, ocasionando que los soldados se arrojasen al suelo, buscando cierta cobertura. Cuatro balas perdidas impactaron en el inerte cuerpo del soldado Mayhew.

Wold se arrastró por el suelo y se posicionó junto al marco de la puerta, al otro lado del sargento Smeltz que descargó una ráfaga a ciegas. “Cenicero” clavó rodilla en tierra apuntó con su automática del 45, pero su disparo falló.

Doud no.

Sin inmutarse, el teniente alzó su pistola y disparó desde el suelo, descerrajándole un tiro en la cabeza a Aceitoso Menphis. El grandullón cayó de espaldas, disparando otra ráfaga de munición del calibre 30.06 al techo.

El teniente Doud se levantó.

―¡En nombre de Dios! ¡Algún soldado piensa brindarme apoyo!

Smeltz dejó paso al cabo Wold que correteó hasta el teniente.

―Sí, señor. ¡Yo, señor! Voy, señor.

Smeltz y Cenicero Pollard se miraron. Ambos veían en el cabo a un perrito faldero, saltando alrededor de su amo. El soldado Cooley se acercó, tembloroso, acompañado del soldado Pealkie. Greg y Colin fueron los últimos en entrar.

―Estupendo, cabo Wold. Usted primero.

Wold caminó lentamente, abrió la puerta y se asomó. Se encontró con unas escaleras que subían hacia el piso superior.

En cuanto Wold entró en la entrada superior se recortó la figura de Jonah “El Bastardo” Waite. El tercero de los hermanos Waite era un hijo bastardo de una hembra de los profundos. Muy alto, de casi dos metros pero delgado, con brazos y piernas muy largos. Masticaba un puro, vestía de negro con un sombrero de copa y ala ancha que tapaba unas greñas largas, canosas y sucias. Su piel estaba apergaminada y sus ojos eran de un negro denso.

―¿Buscáis al bastardo? ―preguntó.

Call of Cthulhu_Young Deep One
El Bastardo de los Waite os saluda (Imagen de Tyler Walpole)

El cabo Wold, agarró la puerta y se escondió tras ella mientras chillaba.

―¡Aquí está! ―ladró el gangster de Innsmouth, antes de alzar una metralleta Thompson con tambor circular.

El bastardo descargó una lluvia de balas sobre la puerta tras la que se escondía Wold, que aullaba aterrorizado llamando al teniente Doud.

Este, emergió tras la puerta y disparó al gangster, pero su disparo impactó a los pies del Bastardo, que sonrió con malevolencia mientras apuntaba con su metralleta al nuevo objetivo.

Pero Rudy “Dispara Primero” Smeltz entró en el hueco de la escalera e hizo fuego con Tommy que escupió todo el cargador, veinte balas que destrozaron al Bastardo de los Waite, le arrancaron el puro de la boca, la ametralladora de las manos y la vida del cuerpo.

―Hola, Bastardo ―contestó Smeltz―, Tommy te saluda.

El cadáver rodó escaleras abajo y cayó a los pies de Smeltz, que soltó el cargador del arma en silencio, mientras el teniente Doud y un aterrado cabo Wold, que se había manchado los pantalones, se acercaban hasta él. Smeltz cogió la ametralladora del Bastardo y liberó el tambor de munición, para acoplárselo a Tommy, ya que se había quedado sin munición.

―Tommy, el Bastardo ―se presentó Smeltz―. El Bastardo, Tommy.

―Gran trabajo, sargento ―le felicitó un lívido teniente Doud.

―Lo sé ―afirmó el sargento―. ¿Le parece bien que yo y los soldados Pealkie y Cooley investiguemos el piso superior, mientras usted atiende a Wold y al señor O’Bannon, que están heridos?

―Ssssí.

―Y que Cenicero “Pollard” termine de colocar los explosivos.

―Genial.

―A sus órdenes teniente.

Mientras Cooley, Pealkie y Smeltz chequeaban la planta superior, Doud atendía a Wold y Pollard terminaba de armar sus explosivos. Colin y Greg entraron por la puerta de la que había salido Aceitoso Menphis… allí encontraron un gran armero bien surtido: Escopetas correderas,  Fusiles de palanca del calibre 30.06, revólveres del calibre 38 y del 32, Automáticas del 45, varias cintas de munición para la ametralladora Browning, dos bidones de Queroseno y una caja con una docena de mohosos cartuchos de dinamita.

Colin hizo acopio de varios revólveres que escondió en su ropa, además de tres cartuchos de dinamita. Greg agarró la ametralladora Browning antes de avisar al teniente y los restos de hombres de la Abel y la Baker, de su descubrimiento.

―¿Se puede saber a dónde va con eso? ―espetó el Teniente Doud.

―No me joda, teniente ―dijo Greg cambiando la cinta de munición por un cartucho de cincuenta proyectiles―. El fusil lo uso más como un palo que cómo un arma de fuego, al menos con esto tengo más posibilidades de acertar a alg…

Greg se quedó petrificado, al igual que Doud.

Pollard y Wold también lo escucharon

Un motor arrancando.

―Señor ―preguntó el cabo Pollard―, ¿ha dado algún orden a Anzak y Witzneki para que se lleven la barcaza a algún lado?

―¡Que va! Les ordené explícitamente que protegieran el perímetro.

―Pues se están yendo con la barcaza de los contrabandistas.

Todos los soldados corrieron hasta el destrozado muelle, para ver cómo la barcaza se perdía en la macilenta oscuridad.

El cabo Wold se volvió hacia el soldado Cooley, que brillaba de vergüenza.

―¿A dónde van sus compañeros?

―Bueno… yo… No creí que…

―Soldado ―le cortó Smeltz con la mandíbula apretada ―¿adónde van sus compañeros?

―Anzak dijo que había oro en los túneles de los contrabandistas. Que el capitán Marsh volvió de sus viajes a la polinesia con oro pálido y que los de Innsmouth lo escondía aquí y que…

―No me lo puedo creer ―murmuró Smeltz, contemplando cómo la barcaza desaparecía al fondo de los túneles―. No me lo puedo creer.

El teniente Doud estalló de rabia, abofeteó a Cooley, lanzó insultos y amenazas hacia Anzak, antes de que Pollard le cortase.

―Explosivos colocados para detonar en cinco minutos, señor ―avisó el cabo.

―Todo el mundo, a los botes ―ordenó Doud, violeta de la rabia.

Los restos de las escuadras Abel y Baker se montaron en los destartalados botes y remaron para alejarse del cuartel de los gánsteres de Innsmouth, antes de que los explosivos de Pollard derruyesen el edificio.

Y cuatro más en los aledaños.

Mientras los túneles temblaban, Doud se volvió hacia Cenicero.

―Se ha parado a pensar en que quizá es DEMASIADO eficiente demoliendo edificios, cabo Pollard ―preguntó Doud.

―Lo siento, señor.

El silencio volvió a invadir los túneles. Doud ordenó a sus maltrechos hombres encaminarse hacia el siguiente objetivo.

―¿Va a haber alguna queja por parte de los Aces? ―preguntó el teniente con sorna.

―Ni la más mínima ―sonrió Greg Pendergast, abrazado a la ametralladora.

―¿Le vas a poner nombre? ―preguntó Smeltz. Casi parecía que sonreía pero antes de que Greg contestase todos se callaron.

Plotch.

―Ahí están ―gimoteó el cabo Wold―. Ya vuelven esas cosas.

Plotch.

―Que no cunda el pánico ―ordenó Smeltz quitándole el seguro a Tommy, el resto de los soldados le imitaron.

Plotch.

―Permiso para encender una linterna, señor ―pidió Cenicero.

Plotch.

―Espere, cabo ―ordenó el teniente.

Plotch.

―¡Sansón! ―gritó de improviso el teniente Doud.

Silencio.

―Alianza ―dijo una débil voz al fondo del túnel.

El haz de luz de la linterna de Pollard les enfocó. Se trataba de un desastrado bote en el que estaban los únicos supervivientes de la escuadra Charlie, los soldados Chumeski y Muzzarella.

Durante unos breves instantes la camaradería calentó los corazones de los soldados perdidos en los túneles de los contrabandistas. Se abrazaron, se felicitaron, hablaron de las muertes de sus compañeros, heroicas, cobardes, tristes todas. Hasta que el teniente Doud llamó al orden.

―Soldados, hemos sufrido mucho. Una traición. Deserción. Locura. Hemos perdido hombres en combate. Pero aún nos queda un objetivo y tenemos que cumplirlo. Tenemos que volar la Refinería Marsh.