La Redada (18) El Bastardo de los Waite

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud

Soldados Rasos Anzack, Witzneki y Cooley

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(Lanzallamas)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (Granjero)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Escuadra Charlie y Escuadra Dog

(Muertos o Desaparecidos en Combate)

 

 

―Según los informes de los agentes federales, el siguiente emplazamiento contacta con un lugar llamado “La Casa del Trebol” ―comenzó el Teniente Doud en susurros―. Una empresa de transportes que sirve de tapadera para unos contrabandistas de licor.

―¿Esos informes son tan fiables cómo los de la casa que servía como trata de blancas de ahí atrás? ―preguntó con sorna el soldado raso Anzak. Doud le fulminó con la mirada.

―Ten por seguro que sí ―se quejó Colin O’Bannon, que continuaba temblando de frío por su pelea submarina con un profundo― ¿Aún se creen toda esta mierda de los contrabandistas?

―Aquí seguimos órdenes, asesor civil ―espetó el teniente―. Y aún tenemos órdenes que cumplir.

―Yo lo que tengo son cicatrices de pelearme con un monstruo de dos metros. Y no tenía mucha cara de contrabandista.

―Ni usted de militar ―siseó el cabo Wold―, y sin embargo aquí le tenemos, discutiendo las órdenes de un superior.

―Me han traído para asesorar.

―Pues de momento tampoco es que lo estés haciendo muy bien ―gruñó Anzak―, ¿no crees, come patatas?

―¡Silencio, tropa! ―exigió el sargento Smeltz. Apenas levantó la voz, pero el tono de su orden acalló a los presentes―. Termine, teniente.

―Sargento, cómo usted y su escuadra tuvieron un éxito rotundo en el anterior objetivo, repetirán la misma maniobra mientras yo y el resto de la escuadra Abel protegemos la retaguardia ante posibles ataques del enemigo. ¿Entendido?

―Señor, sí, señor.

Palearon el agua podrida, adentrando las barcas aún más en los estrechos túneles infectados por la mortecina luz que irradiaban las algas fosforescentes. Colin y Greg Pendergast habían convencido al teniente de que guardase la linterna y avanzaban atentos a cualquier sonido, pero el silencio bajo tierra era abrumador y cada palada en el agua parecía el aplauso de un público entregado al final de un concierto.

Hasta que al fondo del túnel apareció una luz diferente. Una luz amarilla, dentro del verde espectral. Conforme se acercaron apreciaron los detalles: La fuente de luz provenía de una lámpara de queroseno ubicada en la proa de una cochambrosa barcaza atada a un pequeño muelle. Había una cabina para el timón y la parte de atrás estaba llena de barriles de madera. Dentro de la cabina, mirando a la negrura había un tipejo, larguirucho y feo que abría y cerraba una navaja de resorte con aire aburrido.

―¿Ha eso cómo lo llamas? ―susurró el cabo Wold a Colin―. ¿Ya podemos hablar de contrabando o vas a seguir hablando de monstruos?

―¡Cabo Wold! ―siseó Smetlz ofuscado― ¡Silencio, maldita sea!

―¡Señor! ―dijo el soldado Mayhew―¡Me ofrezco cómo voluntario para atacar al enemigo, señor!

―No puedes disparar, cenutrio ―avisó “Cenicero” Pollard―, no sabemos si hay más objetivos.

Mayhew contestó sacando una bayoneta de su bota.

―Me gusta como piensas, chico ―contestó Smeltz―, al agua. Pelkie, señor Pendergast, apunten con sus rifles a ese tipo y si intenta dar la voz de alarma, abátanlo.

El soldado Mayhew se zambulló en silencio en el agua y nadó a braza durante cincuenta metros de agua sucia con el cuchillo sujeto entre los dientes. Cuando Mayhew llegó hasta la barcaza escuchó unos gruñidos desde el muelle.

La tambaleante estructura de madera terminaba en una entrada subterránea que parecía el inicio de un almacén. Había repartidos media docena de toneles de madera mohosa por todas partes. De la obertura emergieron dos hombres que cargaban un barril. Dos hombres enormes. Demasiadas sombras y contraluces para ver sus rostros pero, de haberlos visto, Mayhew hubiera detectado la famosa Marca de Innsmouth en cada uno de ellos. Uno era fuerte, musculoso, con una gorra de golf, vestido con unos pantalones sujetos por tirantes y una camisa de picapedrero. El otro era un gordo mórbido que vestía un sucio traje y refunfuñaba a cada paso  que daba.

Mayhew hizo señas de que no había un hombre. Había tres. Y que esperasen. El sargento Smeltz maldijo en voz baja e informó.

Todos los soldados de la escuadra Baker esperaron… sin ver lo que le estaba ocurriendo a uno de ellos.

Mientras, Mayhew escuchaba a los tipos hablar entre ellos:

―¡Me estoy cansando del Bastardo de los Waite! ―se quejó el Gordo―. Nos tiene cargando toneles, mientras él y Grano de Pus, se encargan de mearse en los documentos.

―¿Y qué más te da, Seboso? ―espetó el tipo grande que sudaba copiosamente.

―Me la están dando. Él, Grano de Pus y hasta Encharcado ―el tipejo de la navaja se volteó, alzando el labio, mostrando sus colmillos, disgustado―. Sí, hablo de ti, pedazo de mierda. Nosotros aquí cargando como mulas, mientras tú jugueteas con tu cuchillito.

―Ssi tieness problemass habla con el Basstardo ―siseó Encharcado, haciendo saltar la hoja de la navaja―. O ssi tieness cojoness.

―¡Vamos, Sebo de Foca!―animó el tipo grande tras depositar el barril en la barcaza y limpiarse los chorretones de sudor que le corrían por la cara con el faldón de su sucia camiseta― Cuanto antes terminemos, antes dejarás de quejarte.

Mayhew esperó pacientemente con la bayoneta entre los dientes. La escuadra Baker también. Observaron como la pareja de tipos grandes dejaban el barril y volvía hacia el almacén.

Estaban tan atentos a los gánsters que no prestaban atención al cabo Kaye que hacía rechinar los dientes. El cabo miraba al tipo de la navaja, al tal Encharcado, porque sentía que el tipejo le estaba mirando. Sentía sus ojos clavados en él.

La navaja saltaba y Encharcado la volvía a guardar. El cabo Kaye apretaba los dientes, y los deslizaba de izquierda a derecha. Encharcado abría la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la izquierda. Encharcado guardaba la navaja. Kaye los rechinaba a la derecha.

Cuando los gánsters se fueron, Mayhew trepó con mucho cuidado a la barca.

Encharcado abría la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la izquierda.

Mayhew caminó muy despacio por la cubierta. Lentamente. Paso a paso. Acercándose con cuidado de no alertar al vigía.

Encharcado guardaba la navaja. Kaye rechinaba los dientes a la derecha.

Mayhew tomó la bayoneta que llevaba entre los dientes y la alzó ante Encharcado Willingham, un tipo tan indeseable que la Orden Esotérica de Dagon le había puesto bajo el mando del Bastardo de los Waite para no verle mucho por el templo masónico.

Encharcado abrió la navaja. Kaye rechinó los dientes a la izquierda. Encharcado cambió la postura, mientras intentaba distinguir algo que creía estar viendo al fondo.

―¡Ese cabrón me está mirando! ―ladró el sargento Kaye y se lanzó al agua del túnel con el lanzallamas colgando a su espalda.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, incluido Encharcado Willingham que comenzaba a procesar la información de lo que estaba viendo, el soldado Mayhew le cortó el cuello. Un chorro de sangre negra salpicó el timón de la barcaza pero Encharcado no cayó muerto, lanzó un tajo a ciegas hacia el atacante, gimoteando, ahogándose, muriendo.

Mayhew y Encharcado comenzaron a forcejear dentro de la minúscula cabina del timón mientras Kaye andaba por el túnel, con el agua cubriéndole hasta la cintura, murmurando palabras incomprensibles.

Smeltz susurró unas atropelladas órdenes. El cabo Kaye las ignoró, pero Colin y el cabo Wold comenzaron a dar paladas en el agua, acercando el bote hacia el muelle.

Mayhew bloqueó con el codo un ataque de Encharcado, antes de clavarle la bayoneta en el pecho. Cuando el puñal salió del individuo, su cuerpo cayó desmadejado al suelo, ante el timón. El soldado Mayhew sintió náuseas pero no por matar al enemigo, sino porque este apestaba a meados.

Mayhew salió de la cabina para tomar aire, viendo como la escuadra Baker se acercaba hasta él y en el momento en el que el sargento Kaye pasaba por encima de la borda.

―¿Les has matado? ―preguntó cortante.

―Sí, claro… ―gimoteó Mayhew sorprendido de encontrarse la cara llena de quemadura del sargento ante él.

―Bien hecho, soldado ―contestó Kaye. Pasó ante Mayhew, caminó entre los barriles y saltó al puerto.

―¡Kaye! ―gritó Smeltz, pero el sargento caminó a buen paso por el muelle y enarboló el lanzallamas―. Kaye deténgase, malditas sea.

Mayhew observó los barriles. Whisky, Ron, Whisky, Ron… Era licor. Mayhew vió los cinco o seis barriles que había por el muelle. Whisky, Ron, Whisky, Ron… y luego vio a Kaye, plantado ante el almacén con su lanzallamas.

―¡Oh, joder!

Smeltz ordenó a sus hombres que desembarcaran, que flanquearan el almacén, que…

Sebo de Foca Martin, un primo segundo del Comisario Martin, mucho más gordo y mucho más vago, al que el comisario utilizaba como topo en la organización del Bastardo de los Waite, y su compañero, el tipo grande al que llamaban Aceitoso Menphis porque su sudor era de una desagradable textura aceitosa, aparecieron ante Kaye transportando otro barril. Miraron sorprendidos al cabo que prendió fuego a la punta de su arma y sonrió como un maníaco.

―¡Pero qué demon…! ―consiguió barbotar Sebo de Foca.

―Saluda a mi amiguita ―espetó el enajenado cabo Kaye y disparó un hálito de fuego desde su arma.

Aceitoso Menphis soltó el barril y saltó tras otro montón de barriles, Sebo de Foca se encogió de hombros y la lengua de fuego pasó a su lado e incendió los barriles que había en almacén.

Kaye había fallado de pleno.

―¡Nos atacan! ―ladró Aceitoso ―¡Nos atacan!

Los hombres de la escuadra Baker adoptaron posiciones por el muelle y la barcaza. El sargento Smeltz le lanzó su rifle a Mayhew, mientras Kaye continuaba avanzando y disparando su lanzallamas. Dirigió la lengua de fuego y las llamas envolvieron a Sebo de Foca Martin, a los barriles tras los que se protegía y al barril que rodaba hacia el Kaye.

―¡Arded, malditos monstruos, arded! ―aullaba el cabo Kaye mientras reía como un loco incendiando al obeso contrabandista que se retorcía entre chillidos, apestando a sebo ardiente… y también incendió los barriles.

Barriles llenos de buen licor irlandés.

―¡CUERPO A TIERRA! ―gritó el sargento Smeltz, al tiempo que empujaba a Mayhew por la borda y derribaba a “Cenicero” Pollard sobre la cubierta del barco para protegerlo de la explosión que se avecinaba.

Con el almacén en llamas, Aceitoso Menphis se alzó, enarbolando una escopeta recortada y disparó sobre Kaye. Los perdigones de ambos cañones destrozaron al cabo, le atravesaron, e impactaron en el depósito del lanzallamas, que explotó décimas de segundo antes de que explotasen varios de los barriles.

Aceitoso Menphis salió despedido por la explosión.

El cabo Wold intentó encogerse en la barca de la Baker, pero la onda expansiva y la metralla arrojaron su enjuto cuerpecillo al anegado túnel.

El resto de la escuadra parecía haberse puesto a cubierto a tiempo.

La explosión había consumido casi todo el fuego, salvo la entrada al almacén que parecía un infierno. Del cabo Kaye solo quedaba una bota humeante, en medio del destrozado muelle.

La escuadra Baker se reagrupó. El sargento Smeltz se adelantó disparando con la Thompson hacia el fuego. Seguido de Mayhew, Pollard, Pealkie y unos aturdidos, Pendergast y O’Bannon.

―¡Hi-Ho, Silver! ―aulló una potente voz tras ellos.

La escuadra Baker se volteó para ver el bote de la escuadra Abel acercarse hacia ellos, con el teniente Doud sacando pecho en la proa.

―Lo que nos faltaba ―murmuró Greg―. Ahora viene el Llanero Solitario en nuestra ayuda.

Tras el muro de fuego de la entrada al almacén les llegaron gritos y una salva de nerviosos disparos que se perdieron en la nada. El sargento “Dispara Primero” Smeltz les devolvió el fuego con la metralleta.

―Formación en cuña ―ordenó―. Pendergast, O’Bannon, quédense tras nosotros. ¡Vamos allá!

―Espere, sargento ―pidió O’Bannon― ¿Qué tal si “Cenincero” les tira un par de cartuchos de dinamita a esos cabrones? Lo están pidiendo a gritos.

―¿Le parece una buena idea? He tenido suficientes explosiones con el numerito del cabo Kaye.

―Podría arrojarla hacia allí ―señaló Pollard imaginando la secuencia de hechos―, si nos parapetamos apenas sufriríamos daño por la onda expansiva, y esta apagaría el muro de fuego, señor.

Hubo otra salva de nerviosos disparos del otro lado y Pealkie y Mayhew contestaron con sus fusiles. Smeltz asintió, dudaba, pero depositó su confianza en “Cenicero” Pollard. Ordenó a los hombres cubrirse, mientras el cabo, encendía uno de los cartuchos de dinamita.

Al tiempo que la escuadra Abel llegaba hasta el bote de la Baker, donde el cabo Wold se estaba aplicando primeros auxilios, Pollard arrojó el cartucho de dinamita.

Con demasiada fuerza.

El cartucho entró en el almacén y explotó. El túnel tembló. El muelle se deshizo en varias partes. Pealkie perdió pie y cayó al agua. El edificio crujió.

Doud ladró una orden y se arrojó al agua… él solo. La escuadra Baker recibió una lluvia de metralla y astillas, que les produjo cortes y magulladuras… pero el muro de fuego había desaparecido.

El sargento Smeltz ladró otra orden y se adelantó a sus soldados, que entraron en el destrozado almacén en formación en cuña. Allí encontraron el cuerpo calcinado de Sebo de Foca Martin y otro cadáver, el de un tipo pequeño y enjuto que no habían visto hasta ahora y estaba destrozado por la explosión de la dinamita. Se trataba de Grano de Pus Babson, cuya madre era la meretriz de Innsmouth.

Del tipo grande de la recortada, Aceitoso Menphis, no había ni rastro, y del pequeño almacén sólo había una salida, una destrozada puerta de madera.

Mayhew se encaminó hacia ella, pero Smeltz le detuvo. La mirada del sargento estaba posada en el techo, al igual que la del cabo Pollard. Varias grietas se dibujaban en la piedra que había encima de sus cabezas.

―Me temo que la dinamita ha sido demasiado efectiva ―se quejó Pollard.

―¿Qué hacemos, señor? ―preguntó Mayhew.

―¿Salir de aquí antes de que se nos venga medio edificio encima no es una buena opción? ―preguntó Greg.

―¡NO! ―exclamó el Teniente Doud a sus espaldas. Calado hasta los huesos, el teniente apareció, respaldado de un herido cabo Wold y de un duditativo soldado Cooley.

―Podría poner unos cartuchos en esta sala y detonarlos ―informó Cenicero―. En el estado en el que están los cimientos…

―Sabemos que hay contrabando de alcohol, pero puede que también haya una trata de blancas ―intervino el teniente. Colin puso los ojos en blanco―. Registraremos el edificio y una vez veamos que no hay peligro para los civiles, lo volaremos.

―Pero la estructura del edifico está dañada, señor.

―¿Y eso de culpa de quién es, sargento Smeltz? ―ninguno de los soldados de la Baker supo responder a esto. Wold gimoteaba por sus heridas―. Soldado Cooley atienda al cabo Wold. El resto… ¿A qué estamos esperando, soldados? ¡Avancen!

Mientras el teniente y el sargento discutían, Colin empujó levemente la puerta y ojeó lo que había al otro lado. Encontró otro pequeño almacén con más toneles, un par de estrechas puertas de madera hinchada… y, parapetado tras varios barriles, un híbrido feo, con la barbilla de un color más amarillento que el resto de la piel y cuya camisa estaba cubierta de lamparones y mugre. El tipejo abrió fuego con su pistola, arrancando astillas al marco de la puerta, y un grito de dolor de Colin O’Bannon cuando la bala de impactó en el antebrazo.

Greg Pendergast agarró a Colin y lo sacó de la línea de fuego mientras el teniente Doud ordenaba a sus hombres posicionarse a los lados de la puerta.

El soldado Mayhew entró en la sala a ciegas, aullando, alzó su fusil, apuntó al contrabandista y apretó el gatillo.

Vómito Brewster, comenzó a delinquir a los doce años, pero nunca en Innsmouth, no. El gamberro siempre se las apañaba para cometer sus fechorías en los pueblos vecinos. Cansados de tener que sacarlo de diversos apuros, la Orden Esotérica lo había puesto al servicio del Bastardo de los Waite. Desde entonces, las maldades de Vómito Brewster estaban dirigidas y controladas. Y bien que lo disfrutaba el muy desgraciado. Por ello, cuando ese tipo grande y fuerte, se le echó encima, empuñando su fusil, aullando con rabia, una parte de Vómito estaba convencida de que su vida acabaría así, a manos de un soldado desconocido del ejército de los Estados Unidos.

Pero el fusil se encasquilló y el revólver de Vómito Brewster no.

El soldado raso Mayhew, que decía haber visto una vez a un humanoide peludo en las montañas de su pueblo, al que llamaban Harry, el Peludo, recibió dos tiros en el pecho. Escupió un borbotón de sangre, cayó de rodillas y luego terminó boca abajo, en el suelo, abatido.

El teniente Doud disparó a Vómito Brewster y le hirió. El contrabandista intentó huir, pero Smeltz entró en la habitación y la roció con una lluvia de disparos de la Thompson. Las balas impactaron al tipejo en la espalda. La muerte de Vómito Brewster no fue un soldado norteamericano con un fusil… fue una ráfaga de disparos por la espalda que hizo la Tommy del sargento Smeltz.

Greg comenzó vendar la herida de su amigo.

―No te acuerdas de lo de: “somos asesores” ―le recriminó a Colin.

―Ya.

―Entonces que haces, entrando el primero, haciéndote el héroe, disparando, peleándote con profundos cuerpo a cuerpo.

―Que ya…

―No quiero ser el que le diga a tu padre que te mataron unos monstruos…

―Que ya…

Wold continuaba haciéndose la víctima en el almacén mientras Cooley le atendía. “Cenicero” estaba colocando algunas cargas de dinamita para derribar el edificio. Smeltz se paró a recargar su metralleta, mientras el teniente Doud se adelantaba con su automática del 45 preparada.

―¡Soldados! ―les llamó el teniente―. Necesito apoyo aq…

Una de las maltrechas puertas se abrió. Aún humeante, Aceitoso Menphis irrumpió en la sala cargando sobre sus musculosos brazos una ametralladora Browning M1917 y su cinta de munición. Al tiempo que reía histérico, Aceitoso apretó el gatillo.

Doud se arrojó tras unos barriles mientras la balacera destrozaba la habitación. La Browning era un arma muy potente, pero Aceitoso Menphys no tenía mucha idea de usarla, e hizo más ruido que otra cosa.

Smeltz se cubrió junto al marco de la puerta. Varias balas entraron en el almacén, ocasionando que los soldados se arrojasen al suelo, buscando cierta cobertura. Cuatro balas perdidas impactaron en el inerte cuerpo del soldado Mayhew.

Wold se arrastró por el suelo y se posicionó junto al marco de la puerta, al otro lado del sargento Smeltz que descargó una ráfaga a ciegas. “Cenicero” clavó rodilla en tierra apuntó con su automática del 45, pero su disparo falló.

Doud no.

Sin inmutarse, el teniente alzó su pistola y disparó desde el suelo, descerrajándole un tiro en la cabeza a Aceitoso Menphis. El grandullón cayó de espaldas, disparando otra ráfaga de munición del calibre 30.06 al techo.

El teniente Doud se levantó.

―¡En nombre de Dios! ¡Algún soldado piensa brindarme apoyo!

Smeltz dejó paso al cabo Wold que correteó hasta el teniente.

―Sí, señor. ¡Yo, señor! Voy, señor.

Smeltz y Cenicero Pollard se miraron. Ambos veían en el cabo a un perrito faldero, saltando alrededor de su amo. El soldado Cooley se acercó, tembloroso, acompañado del soldado Pealkie. Greg y Colin fueron los últimos en entrar.

―Estupendo, cabo Wold. Usted primero.

Wold caminó lentamente, abrió la puerta y se asomó. Se encontró con unas escaleras que subían hacia el piso superior.

En cuanto Wold entró en la entrada superior se recortó la figura de Jonah “El Bastardo” Waite. El tercero de los hermanos Waite era un hijo bastardo de una hembra de los profundos. Muy alto, de casi dos metros pero delgado, con brazos y piernas muy largos. Masticaba un puro, vestía de negro con un sombrero de copa y ala ancha que tapaba unas greñas largas, canosas y sucias. Su piel estaba apergaminada y sus ojos eran de un negro denso.

―¿Buscáis al bastardo? ―preguntó.

Call of Cthulhu_Young Deep One
El Bastardo de los Waite os saluda (Imagen de Tyler Walpole)

El cabo Wold, agarró la puerta y se escondió tras ella mientras chillaba.

―¡Aquí está! ―ladró el gangster de Innsmouth, antes de alzar una metralleta Thompson con tambor circular.

El bastardo descargó una lluvia de balas sobre la puerta tras la que se escondía Wold, que aullaba aterrorizado llamando al teniente Doud.

Este, emergió tras la puerta y disparó al gangster, pero su disparo impactó a los pies del Bastardo, que sonrió con malevolencia mientras apuntaba con su metralleta al nuevo objetivo.

Pero Rudy “Dispara Primero” Smeltz entró en el hueco de la escalera e hizo fuego con Tommy que escupió todo el cargador, veinte balas que destrozaron al Bastardo de los Waite, le arrancaron el puro de la boca, la ametralladora de las manos y la vida del cuerpo.

―Hola, Bastardo ―contestó Smeltz―, Tommy te saluda.

El cadáver rodó escaleras abajo y cayó a los pies de Smeltz, que soltó el cargador del arma en silencio, mientras el teniente Doud y un aterrado cabo Wold, que se había manchado los pantalones, se acercaban hasta él. Smeltz cogió la ametralladora del Bastardo y liberó el tambor de munición, para acoplárselo a Tommy, ya que se había quedado sin munición.

―Tommy, el Bastardo ―se presentó Smeltz―. El Bastardo, Tommy.

―Gran trabajo, sargento ―le felicitó un lívido teniente Doud.

―Lo sé ―afirmó el sargento―. ¿Le parece bien que yo y los soldados Pealkie y Cooley investiguemos el piso superior, mientras usted atiende a Wold y al señor O’Bannon, que están heridos?

―Ssssí.

―Y que Cenicero “Pollard” termine de colocar los explosivos.

―Genial.

―A sus órdenes teniente.

Mientras Cooley, Pealkie y Smeltz chequeaban la planta superior, Doud atendía a Wold y Pollard terminaba de armar sus explosivos. Colin y Greg entraron por la puerta de la que había salido Aceitoso Menphis… allí encontraron un gran armero bien surtido: Escopetas correderas,  Fusiles de palanca del calibre 30.06, revólveres del calibre 38 y del 32, Automáticas del 45, varias cintas de munición para la ametralladora Browning, dos bidones de Queroseno y una caja con una docena de mohosos cartuchos de dinamita.

Colin hizo acopio de varios revólveres que escondió en su ropa, además de tres cartuchos de dinamita. Greg agarró la ametralladora Browning antes de avisar al teniente y los restos de hombres de la Abel y la Baker, de su descubrimiento.

―¿Se puede saber a dónde va con eso? ―espetó el Teniente Doud.

―No me joda, teniente ―dijo Greg cambiando la cinta de munición por un cartucho de cincuenta proyectiles―. El fusil lo uso más como un palo que cómo un arma de fuego, al menos con esto tengo más posibilidades de acertar a alg…

Greg se quedó petrificado, al igual que Doud.

Pollard y Wold también lo escucharon

Un motor arrancando.

―Señor ―preguntó el cabo Pollard―, ¿ha dado algún orden a Anzak y Witzneki para que se lleven la barcaza a algún lado?

―¡Que va! Les ordené explícitamente que protegieran el perímetro.

―Pues se están yendo con la barcaza de los contrabandistas.

Todos los soldados corrieron hasta el destrozado muelle, para ver cómo la barcaza se perdía en la macilenta oscuridad.

El cabo Wold se volvió hacia el soldado Cooley, que brillaba de vergüenza.

―¿A dónde van sus compañeros?

―Bueno… yo… No creí que…

―Soldado ―le cortó Smeltz con la mandíbula apretada ―¿adónde van sus compañeros?

―Anzak dijo que había oro en los túneles de los contrabandistas. Que el capitán Marsh volvió de sus viajes a la polinesia con oro pálido y que los de Innsmouth lo escondía aquí y que…

―No me lo puedo creer ―murmuró Smeltz, contemplando cómo la barcaza desaparecía al fondo de los túneles―. No me lo puedo creer.

El teniente Doud estalló de rabia, abofeteó a Cooley, lanzó insultos y amenazas hacia Anzak, antes de que Pollard le cortase.

―Explosivos colocados para detonar en cinco minutos, señor ―avisó el cabo.

―Todo el mundo, a los botes ―ordenó Doud, violeta de la rabia.

Los restos de las escuadras Abel y Baker se montaron en los destartalados botes y remaron para alejarse del cuartel de los gánsteres de Innsmouth, antes de que los explosivos de Pollard derruyesen el edificio.

Y cuatro más en los aledaños.

Mientras los túneles temblaban, Doud se volvió hacia Cenicero.

―Se ha parado a pensar en que quizá es DEMASIADO eficiente demoliendo edificios, cabo Pollard ―preguntó Doud.

―Lo siento, señor.

El silencio volvió a invadir los túneles. Doud ordenó a sus maltrechos hombres encaminarse hacia el siguiente objetivo.

―¿Va a haber alguna queja por parte de los Aces? ―preguntó el teniente con sorna.

―Ni la más mínima ―sonrió Greg Pendergast, abrazado a la ametralladora.

―¿Le vas a poner nombre? ―preguntó Smeltz. Casi parecía que sonreía pero antes de que Greg contestase todos se callaron.

Plotch.

―Ahí están ―gimoteó el cabo Wold―. Ya vuelven esas cosas.

Plotch.

―Que no cunda el pánico ―ordenó Smeltz quitándole el seguro a Tommy, el resto de los soldados le imitaron.

Plotch.

―Permiso para encender una linterna, señor ―pidió Cenicero.

Plotch.

―Espere, cabo ―ordenó el teniente.

Plotch.

―¡Sansón! ―gritó de improviso el teniente Doud.

Silencio.

―Alianza ―dijo una débil voz al fondo del túnel.

El haz de luz de la linterna de Pollard les enfocó. Se trataba de un desastrado bote en el que estaban los únicos supervivientes de la escuadra Charlie, los soldados Chumeski y Muzzarella.

Durante unos breves instantes la camaradería calentó los corazones de los soldados perdidos en los túneles de los contrabandistas. Se abrazaron, se felicitaron, hablaron de las muertes de sus compañeros, heroicas, cobardes, tristes todas. Hasta que el teniente Doud llamó al orden.

―Soldados, hemos sufrido mucho. Una traición. Deserción. Locura. Hemos perdido hombres en combate. Pero aún nos queda un objetivo y tenemos que cumplirlo. Tenemos que volar la Refinería Marsh.

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