La Redada (20) Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones

MANSIÓN MARSH

Director de la Agencia de Investigación  J. Edgar Hoover

Superintendente Albert Ryan                                                  –             Bea

Patry O’Connell (Buscavidas)                                                     –          Hernán
Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita
Agente Ashbrook                                                                          –             Toño
Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl
Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido
Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler
Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin
Dr. Ravana Najar

Refuerzos
Agente Dana Excaly
Agente Fox Mülder

 

Hoover encabezó a los agentes del tesoro mientras descendían al sótano de Marsh Manor. Descendieron por lo menos dos pisos antes de descubrir que en las húmedas paredes de ladrillo, infestadas de moho, había grabados, escritos y dibujos efectuados con tinta, pintura, a cuchillo y con sangre. Había escrituras imposibles en varios idiomas, a veces, algún garabato en inglés y retorcidos glifos que parecían palpitar cuando se les miraba:

―Mezcla Sanguínea ―leyó el agente Peter Hill― La Progenie de Dagon e Hidra gobernará el Mundo.

―Humanos y Profundos. Tierra y Mar ―leyó Lucas Mackey.

―Soy yo, o están dando a entender que las ranas gigantes y los humanos tenemos algo en común ―dijo Ashbrook.

―¿Qué es eso? ―preguntó el agente Woody Hart, alertando del sonido que se acercaba hacia ellos rápidamente.

Era como un chapoteo, un escarbar, un concierto de chasquidos. Era… extraño.

Alzaron las escopetas y las pistolas. Sólo un par de agentes y una pálida Patry O’Connell llevaban linternas con las que alumbraron la docena de formas que se arrastraban por escalones y paredes hacia ellos: Una docena de crustáceos del tamaño de una rata grande retrepaban por las escaleras.

―¿Qué coño son estas cosas? ―chilló el agente Drotos cebando la escopeta corredera.

―Quieto, Drotos ―ordenó Hoover, al tiempo que los grandes crustáceos llegaban a su lado… y pasaban de lago― Parecen Trilobites.

―Perdón, señor ―se excusó Woody Hart―, ¿triloqué?

―Trilobites ―continuó Hoover, impertérrito―, unos artrópodos de la era Pleozoica. Extinguidos hace millones de años.

―Eso no ayuda a que esté más tranquila, pero gracias por intentarlo ―se quejó Patry alumbrando a uno de esas grandes langostas planas y marrones que reptaba cerca de su hombro.

―Parece que lo trilobites huyen de algo ―comentó Ashbrook.

―En efecto ―afirmó Hoover―, vayan preparados….

Continuaron descendiendo… tres vueltas a esa estrecha y empinada escalera. Tres pisos más hacia abajo, a una oscuridad que les engullía con cada paso. Cuando la escalera murió, desembocaba a un largo pasaje inundado por una putrefacta agua verdosa que les llegaba a todos por las rodillas. La única y mortecina luz surgía de una habitación situada al fondo del pasillo. Un pasillo en el que había cuatro puertas abiertas de par en par.

Entrecortada por la luz se apreciaba la abotargada silueta de Esther Marsh, que lanzó una demoníaca y enloquecida risotada antes de cerrar la puerta de golpe, dejando a los agentes sumidos en la oscuridad… y escuchando el sonido de cadenas y chapoteos que emergían de las cuatro puertas abiertas.

Alumbrados por los débiles haces de las linternas, cuatro deformes criaturas surgieron de las habitaciones. Fueron profundos antaño, pero Esther Marsh había practicado con ellos dementes experimentos de eugenesia consiguiendo unas raras mutaciones.

De estar Colin O’Bannon, Greg Pendergast o Jacob O’Neil, habrían identificado a uno de los monstruos como familiar de Fregg, el niño rana que buscaba a su mami en la mansión Babson. Era un batracio de dos metros de alto, con una boca enorme y un vientre abotargado que se hinchaba con cada croar.

Otro de los monstruos era un profundo mutado con un cangrejo, lucía tenazas y una armadura de placas óseas. Otro había sido mezclado con un pulpo y arrastraba una colección de tentáculos violáceos.

Y el último de los monstruos era una profundo pútrido, salpicado de pústulas, ampollas y heridas infectas, que se arrastraba a saltos hacia ellos.

La colección de monstruos de feria les bloqueó, les asqueó y les aterró a partes iguales. Hoover se quedó paralizado como una estatua. Los nervios se adueñaron del agente Eddie Drotos que hizo fuego con su escopeta pero falló de plano, además de que se quedó en medio del pasillo, obstaculizando la actuación de los agentes Ashbrook y Cohle, que apartaron a Drotos de en medio.

Al ver a los mutantes, Patry se colapsó. Era suficiente, no podía más. No tendría que haber venido a esa misión. Tendría que haber ido al barco, rodeada de marineros, como cuando era bailarina en Atlantic City. Así tendría quien la protegería.

Y sobre todo, no quería estar allí, enfrentándose a monstruos sin sus amigos, sin los Finns. Con ellos tendría alguna posibilidad, con ellos podía enfrentarse a cualquier mal. No con esta panda de estirados agentes federales, guiados por sus estúpidas órdenes y sus misiones suicidas. Patry tenía que salir de allí. Tenía que huir. Se giró violentamente y empujó al superintendente Ryan, arrojándole al suelo inundado, donde Ryan perdió su pistola. También impidió a Lucas Mackey disparar mientras le empujaba en su evasión. Patry corría y corría, comenzó a subir los escalones de tres en tres, abandonando a los hombres de Hoover a su suerte, huyendo.

Patry llegó hasta el piso de arriba, en su frenética carrera no vio al Doctor Ravana Najar, escondido tras la puerta del sótano. No, Patry pasó por su lado y siguió corriendo. Se desorientó en el pasillo, izquierda, derecha, por esa puerta, ¿Cuál puerta? Abrió la puerta donde estaban los prisioneros, podía utilizarlos como rehenes, podía exponerlos ante esas bestias para que la dejasen en paz, podría…

Todos los Marsh prisioneros habían sido brutalmente asesinados.

Patry cayó de rodillas y comenzó a chillar.

Cinco pisos por debajo de ella el profundo purulento se abalanzó sobre el agente Cohle y le vomitó encima. Se trataba de un pringue que comenzó a humear al contacto con la gabardina de Cohle, devorando el tejido y abrasándole a cada décima de segundo. Era una especie de ácido.

Mientras Cohle se intentaba arrancar la ropa. El monstruoso anfibio disparó su lengua como un arpón. Ashbrook empujó a Hoover y ambos se arrojaron al agua pútrida. La lengua pasó cerca de Drotos, golpeó al agente Hill en la sien, dejándolo inconsciente y se enroscó alrededor de los brazos de un sorprendido agente Hart.

El agente Ashbrook alzó su escopeta y descargó una perdigonada sobre todas las criaturas, pero hizo mayor efecto en el profundo pútrido, al que le arrancó un brazo y parte del torso con el disparo… Las heridas de la criatura se abrieron.

Todas a la vez.

Durante un instante el monstruo supuró pus por cada glándula de sus ser, por cada escara infectada, por cada pústula. Sus ojos se derritieron llorando pus, su boca se abrió babeando pus. Y explotó, arrojando a Cohle contra la pared, salpicando a casi todos los investigadores con esa solución ácida y pegajosa.

El superintendente Ryan encontró su pistola bajo el agua.

El monstruo cefalópodo cargó por el pasillo y descargó un empellón a Eddie Drotos, arrojándole contra la pared de la izquierda. Drotos intentó reponerse pero, antes de que pudiera levantar su escopeta, una lluvia de tentáculos cayó sobre él. Se encogió ante los golpes, pero era incapaz de moverse, chilló, gimió y los tentáculos le apresaron contra suelo, bajo el agua podrida. La bestia rugió furibunda sin dejar de machacar al agente Drotos, al tiempo que un haz de luz la cegaba temporalmente, antes de escucharse una detonación. Lucas Mackey alumbraba con su linterna y había disparado al engendro en la cabeza, consiguiendo hacerle una herida profunda de la que manaba un icor aceitoso a borbotones…

Pero el monstruo no estaba muerto y el agente Eddie Drotos sí. Su cuerpo roto y desmadejado se quedó flotando cerca de la criatura. El monstruo cefalópodo aullaba y encaminó sus pasos hacia Mackey y su molesta linterna, pero el estampido de una escopeta, frenó su avance. El monstruo cayó de rodillas al tiempo que Hoover recargaba su escopeta y disparaba de nuevo sobre la criatura para rematarla.

Cohle que, aún a pesar del baño en las aguas fecales que había dado tras su caída, humeaba por el ácido del profundo purulento, se encontró cara a cara con el mutante cangrejo. La bestia lanzó sus tenazas sobre el agente, pero este interpuso su escopeta entre él y la criatura, dándole tiempo al agente Ashbrook de disparar a la bestia una certera perdigonada que le arrancó la cabeza.

El agente Hart dejó caer su escopeta y sacó su Colt 45, con la que disparó la lengua violácea que se retorcía sobre sus ante brazos. Cuando la criatura le liberó, Hart caminó tras la lengua, disparando al monstruo, seguido de los disparos de Lucas Mackey y el superintendente Ryan. Abatieron a la criatura que cayó como una piedra al agua que inundaba el pasillo.

Las armas de los agentes federales humeaban. Algunos habían vaciado sus cargadores sobre los monstruos. Sus jadeos resonaban en el denso silencio que llenaba ese pasillo a oscuras, salpicado por los haces de luces de las linternas.

―Ha ssido un duelo intenso, ¿sssí? ―dijo la meliflua voz del Doctor Ravana Najar desde las escaleras.

Y antes de que ninguno de los agentes pudiera hacer nada, un chirrido agudo, continuo e infinito les estalló en las sienes, haciéndoles caer a todos de rodillas. El Doctor Najar caminó entre los agentes que se revolcaban por el suelo inundado, chillando, gritando, maldiciéndole, mientras el pequeño hindú paseaba tranquilamente hacia el laboratorio de Esther Marsh.

Los chillidos de Patry llegaron hasta el coche donde estaban los dos agentes de refuerzo del equipo que Hoover había traído. La agente Dana Excaly miró a su compañero, el agente Fox Mülder.

―Parece tratarse de la ACE ―comentó la agente―. Creo que es momento de que entremos.

―La verdad está ahí dentro ―dijo Mülder y Excaly puso los ojos en blanco.

Ambos atravesaron la finca de los Marsh a la carrera, armados con sendas pistolas automáticas del calibre 45.

Mülder fue hacia la entrada lateral que daba al salón de baile, mientras Excaly entraba por la puerta principal. Ya no se oía nada, ni los gritos de Patry O’Connel, ni… ¡Alto! Sí escuchaba algo. Excaly avanzó lentamente por el pasillo hasta la habitación donde habían quedado retenidos los prisioneros, uno de los cuales, Jacob Marsh, que había sido jefe de la refinería Marsh durante los últimos años,  estaba congelado, con la mano extendida hacia la agente Excaly y la cara agarrotada en una mueca de terror. A su lado estaba el cuerpo podrido de Ralsa Marsh, su macilento cadáver parecía llevar meses a la intemperie. Y por útimo estaba  Sebastian Marsh que había envejecido a una velocidad absurda. Estaba caído junto a su hijo congelado, con la piel apergamina, sus huesos crujiendo con cada respiración, sus ojos ciegos por las cataratas, su boca carente de dientes. En lo que dura una respiración el cuerpo del anciano era una momia fosilizada, en cuyo último estertor, agitó la mano hacia la estatua de hielo que era su hijo.

La liviana caricia que hicieron sus decrépitas falanges destrozó el hielo, el talón se hizo añicos, la estatua congelada de Jacob Marsh cayó al suelo y se hizo migas.

―¿Qué demonios está pasando aquí? ―murmuró Excaly.

Y algo golpeó la puerta de un armario. Excaly abrió con cuidado el armario y se encontró dentro a una aterrorizada Patry O’Connell.

―¿Se encuentra bien?

―Está de coña, ¿no? ―gimoteó Patry―. ¡¡En el sótano hay una horda de monstruos!! ¡¡¡Y por la casa hay un brujo asesinando a la gente!!!!

―¿Y cree qué en el armario no la van a encontrar, ni los monstruos, ni el brujo? ―preguntó Excaly con sorna―. Venga mujer, levante y acompáñeme.

―¿Adónde?

―Adonde esté el director Hoover.

Mülder se quedó en la casa, atento a ver si encontraba al Doctor Najar, sospechoso de los asesinatos y por lo visto de brujería. Mientras Excaly y Patry descendieron por las escaleras hasta el sótano, donde el director Hoover, el superintendente y resto de agentes se habían repuesto del extraño episodio psicosomático que acababan de experimentar.

―”Extraño espisodio piscos…” ¡Les ha hechizado ese hindú loco que no sé de donde han sacado! ―chilló Patry indignada.

―Basta ―cortó en seco Hoover y se giró hacia uno de los agentes―, Ashbrook, vamos al fondo.

―A mandar ―murmuró el ojeroso agente, tras encenderse un cigarrillo.

Hoover y Ashbrook se adelantaron al resto de agentes. Patry se quedó en la retaguardia, insegura y atemorizada por lo que pudieran encontrar al otro lado de la puerta. Hoover y Ashbrook se parapetaron en los flancos del marco y abrieron la puerta de una patada.

El Falso Doctor Najar estaba dentro del laboratorio… y todo vibraba y retumbaba a su alrededor. Descargas violetas y luminosa emergían del cuerpo del pequeño hindú, mientras cientos de fuego fatuos bailaban a su alrededor. Najar sostenía con ambas manos a Esther Marsh, una híbrida obesa y muy afectada por la marca de Innsmouth, pero sus deformidades quedaban eclipsadas ante el poder esotérico desatado por el doctor. La tenía elevada en el aire, con sus dedos hundidos hasta la segunda falange en el gordezuelo rostro de la muchacha que aún se agitaba espasmódicamente mientras se fundía y goteaba, poco a poco, formando bajo sus pies un charco de verdosa carne líquida.

Aún estaba viva.

El Doctor miró a los invasores, con un rostro inexpresivo. Abrió su boca. La abrió desmesuradamente. La abrió más allá de lo humano mientras sus ojos brillaban con la misma luminosidad que las estrellas malditas del oscuro vacío sideral. De su boca emergió un terrible chillido que hizo encogerse de terror a los investigadores, mientras sus cabezas palpitaban de dolor. Era el mismo agudo crepitar que les había imposibilitado antes… pero ahora no era tan potente, quizá porque el ser estaba entretenido… haciéndole lo que fuera que le estuviera haciendo a Esther Marsh.

De sus ojos emergió un chorro de energía violeta y brillante que invadió el pasillo. La descarga bañó a Woody Hart y a Mathew Cohle, produciéndoles unas dolorosas quemaduras llenas de ampollas.

Y el chillido.

El chillido no paraba, continuaba, infinito, interminable. Un aullido que tenía cierta musicalidad, cómo si cientos de flautas, alienígenas y enloquecidas, recorriesen el vacío espacial y emergieran desde esa boca hasta los agentes.

Ashbrook disparó con su escopeta, pero los perdigones hicieron saltar en pedazos una mesa de laboratorio situada al fondo de la sala. El Superintendente Ryan también erró con sus disparos.

―¡Esa cosa ―gritó Dana Excaly―, se está alimentando de la mujer!

Pero su voz no podía superar la potencia del chillido que emergía de la garganta del Doctor Ravana Najar. Excaly corrió hasta la criatura, posó el cañón en la nuca del hindú y le pegó un tiro. La cabeza del doctor se quebró, su cráneo se abrió dejando ver lo que había dentro… una forma negra, viscosa y pulsante.

Nyarlathotep_with_tentacled_face
¿Qué esconde el Doctor Ravana Najar?

Hart aplaudió la técnica de Excaly y la imitó… solo que apoyando en la cabeza del doctor su escopeta corredera de calibre 12. Los perdigones reventaron la cabeza del Doctor Najar, destruyendo el disfraz del verdadero ente, destruyendo una de las muchas máscaras del Caos Reptante.

Del cuerpo marchito de Najar emergió otra forma, una columna de tentáculos oscuros que se agitaban y culebreaban, con miles de fauces con colmillos, bocas de dientes podridos,  de labios leporinos que chillaban, castañeteaban y aullaban sin dejar de absorber a Esther Marsh. No dejaba de gritar. No dejaba de chillar. Nunca lo dejaría.

Se hallaban ante uno de los miles de avatares de Nyarlathotep. Estaban ante Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones.

Y Patry lo sabía. Ese nocivo conocimiento se arrastró hasta lo más profundo de su psique, mordiendo y arañando, y le llenó la cabeza de imágenes, sonidos, olores, sabores, colores imposibles, palabras en Aklo…

Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Nyarlathotep, el mensajero de Azathoth. El de las mil Máscaras. El Caos Reptante. Algo dentro de Patry se quebró, todo se volvió violeta y el desagradable chillido que retumbaba en el sótano adquirió sentido, adquirió lógica, adquirió poder. Y Patry sólo quiso una cosa.

Salir corriendo de allí lo más lejos posible.

Los agentes federales habían traído al Doctor Najar, ese tipo que en realidad era una máscara de Nyarlathotep. Seguro que algún otro de esos agentes también era una de las máscaras del mensajero de Azathot. El director Hoover que se había apropiado de ese extraño libro. Lucas Mackey que había vivido en Innsmouth durante meses. El superintendente Ryan, que iba a todas partes con una ridícula pistola mientras sus compañeros ostentaban escopetas y pistolas enormes. El tal agente Ashbrook estaba loco de remate. El agente Hill había torturado a un prisionero. Y esa bruja pelirroja, la agente especial Excaly, que le había traído a rastras hasta ese maldito sótano, con lo bien que estaba escondida en el armario.

Patry se dio la vuelta y huyó por el pasillo anegado, mientras Hoover y los suyos hacían frente al dios exterior.

Pero había otro problema. Patry O’Connel no fue la única que quedó trastocada por la visión del avatar de Nyarlathotep.

Ashbrook comenzó a disparar su escopeta contra la columna de tentáculos. Caminó hacia la criatura sin miedo, sin temor, sin sensatez. Se colocó junto a la monstruosidad, disparando una y otra vez su escopeta, aunque fallase y diese al suelo, aunque los perdigones rebotasen sobre la superficie pringosa del ente, aunque las salvas pudiera herir a sus compañeros, Ashbrook continuaría disparando a ese monstruo hasta que cayera. O hasta que le matasen, lo que ocurriera antes, tanto le daba.

El superintendente Ryan, cayó de rodillas, con su cabello ralo, encanecido; su rostro de bulldog, desinflado; sus ojos hundidos, perdidos en el vacío del dios que se retorcía ante su presencia. La magía existía. Los monstruos también. Y los dioses. Los otros dioses. Al igual que a Patry, un ciclón de información alienígena penetró en su cabeza, destrozando con todo a su paso.

El superintendente cayó de rodillas. Rezando.

Pero, ¿a quién? ¿Al invisible dios de los católicos? ¿O a la terrible presencia que se había manifestado ante él?

La agente Dana Excaly rodeó a la criatura que chillaba y la ignoró.  Parecía que salvo gritar no les iba a hacer nada más. Era demasiado grande, demasiado poderosa… pero Excaly tenía una teoría y quería comprobarla antes de dejarse llevar por el miedo y la desesperación. Esther Marsh continuaba siendo absorbida por el ser. A cada segundo, la mujer estaba más consumida, famélica, cadavérica… ¿por qué? ¿Qué necesitaba esa criatura de ella? ¿Qué pasaría si la interrumpía? Dana se posicionó tras Esther Marsh y alzó su pistola para dispararle un tiro de gracia en la nuca… pero un tentáculo la golpeó, haciéndola fallar el disparo.

Al igual que Ashbrook, el agente Hart disparó su escopeta sobre el dios, pero él, más seguro de sus actos, atendió al efecto de su perdigonada. Las balas apenas herían a esa cosa y el daño que le causaban se curaba en instantes. Destrozó varios tentáculos pero se regeneraron al siguiente parpadeo…  ¿Cómo abatir a un dios?

El agente Cohle escuchaba. Su mirada se había perdido entre el caos de tentáculos que retorcían ante él, pero su oído estaba atento a los lamentos, a los chillidos. Porque los entendía. Entendían lo que Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones aullaba.

Se estaba comunicando con él, le estaba pidiendo auxilio.

Le estaba pidiendo ayuda.

Le estaba pidiendo que asesinase a la agente especial Dana Excaly.

Cohle observó a Excaly dispara sobre Esther Marsh y sin miramientos, alzó su escopeta y descargó un cartucho sobre su compañera. El impacto de la munición alcanzó a la agente en el pecho y arrojó su maltrecho cadáver contra una estantería llena de frascos de cristal y botes.

Antes de que Cohle pudiera cebar la escopeta, J.Edgar Hoover se cernió sobre él y le descargó un fiero culatazo en el abdomen, derribando al agente.

Patry llegó hasta el piso superior, lejos de los desquiciantes aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Corrió aterrada hasta la habitación donde el cadáver de Ralsa Marsh cada vez olía peor y se encerró de nuevo dentro del armario, llorando histérica.

―Ojalá estuviera en el barco ―murmuraba histérica, mientras se abrazaba a si misma―. Ojalá estuviera en el submarino. Ojalá estuviera muy lejos de aquí. Muy lejos, muy lejos, muy lejos.

En el sótano la locura se adueñaba de los agentes.

Ashbrook seguía disparando al monstruo. El superintendente Ryan alzó su pistola y disparó sobre Hoover, que se encogió mientras a su alrededor impactaban las balas del calibre 32.

―¡Es culpa tuya, Hoover! ―chillaba Ryan, fuera de sí, rabioso, aunque su voz se veía solapada por los aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones ― ¡Es culpa tuya, maldito fascista! ¡Tú maldita culpa!

Lucas Mackey se lanzó sobre el superintendente Ryan, le agarró de la muñeca y alzó su pistola al techo. Ambos agentes forcejearon, Ryan intentando matar a Hoover, Mackey intentando desarmarlo.

El agente Hart apuntó a Esther Marsh con la escopeta corredera, pero el cartucho estaba mojado y no se disparó.

El agente Cohle alzó su escopeta y apuntó a Hoover, sonriendo.

Apretó el gatillo.

Pero se había quedado sin munición. Hoover le descargó un nuevo culatazo en la cara, saltándole los dientes y noqueando al agente Cohle. Al tiempo que Esther Marsh se deshacía casi por completo entre los tentáculos del dios exterior.

De la obesa hija de Barbanas Marsh tan sólo quedaba un esqueleto cubierto de piel escamosa.

Lucas Mackey desarmó a Ryan y le descargó un perfecto crochet a la mandíbula del superintendente, cuyo cuerpo cayó pesadamente al suelo del laboratorio al tiempo que otro tipo de estrellas llenaba sus fantasías de galaxias prohibidas y lunas yermas.

El agente Hart dejó caer la escopeta, sacó a relucir su Col 45 1911 y caminó con pasos resueltos hasta la espalda de Esther Marsh donde apoyó el cañón del arma en su marchita cabeza… y le pegó un tiro de gracia.

Los resecos sesos de la mujer salpicaron los tentáculos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones y el continuo aullido del dios, cesó.

Pero sólo una milésima de segundo antes de explotar en un clamor imposible que retumbó por toda la mansión, consiguiendo que Patry se encogiera en su armario hasta dejarse llevar por la inconsciencia y que el agente Mülder se arrojase al suelo de la primera planta, suplicando que parase…

Pero en el sótano, el aullido culminó con una cegadora descarga de energía que golpeó a todos los invasores, dejándoles una bonita colección de quemaduras y ampollas.

El silencio y la oscuridad se adueñaron del sótano. Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones había desaparecido. El cadáver de Esther Marsh era un deshecho de huesos y piel. El laboratorio un destrozo.

―¿Alguien me puede oír? ―preguntó la profunda voz del Director Hoover.

―Afirmativo ―contestó Ashbrook, segundos antes de encenderse un cigarrillo.

―Mackey aquí ―llamó el orondo agente―, el superintendente Ryan está a mis pies. Inconsciente, pero vivo.

―Cómo Cohle ―informó Hoover―. ¿Agente Hart?

―Aún vivo, pero muy malherido, señor.

―¿Alguna orden, señor? ―preguntó Ashbrook.

―Sólo una ―contestó Hoover―. Misión cumplida, muchachos. Volvamos a casa.

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