La Redada (22) El Cantar de Madre Hidra

Comandante Robert Harrow (HERIDO)

Teniente Comandante Baird                      –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos) (MUERTO)                    –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)                    –              Garrido2

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50) (MUERTO)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán) (MUERTO)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)        –              Soler2

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East (ABATIDO)

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

Todo el mundo en ese submarino se había vuelto loco, menos Annie O’Carolan.

O eso pensaba Annie al tiempo que se arrimaba todo lo que podía a la tubería a la que el suboficial médico Devore le había “esposado”.

El horrible canto de Hidra lo llenaba todo mientras los enajenados marineros se dejaban llevar por monstruosos instintos animales.

En la sala de máquinas, el Suboficial de 2ª Burnes aulló de frustración cuando los cuatro hombres a su cargo se armaron de llaves inglesas y palancas, y comenzaron a golpear con saña los motores y turbinas del submarino.

El Inconsciente comandante Harrow estaba encerrado en su camarote pero un grupo de dementes marineros había comenzado a embestir la portezuela de su habitáculo.

En las zonas comunes, los marinos babeaban y aullaban mientras rodeaban al cuerdo suboficial de 3ª Thommy Malone quien desenfundó su automática del 45 intentando proteger el armarito que había a su espalda, donde se guardaban los rifles y las pistolas del submarino.

En la sala de control, los hipnotizados se arrojaron sobre el teniente comandante Baird. Uno le agarró del brazo, otro de la pierna, y otro le saltó a la espalda e intentó arrancarle una oreja de un mordisco. Danny Boy, el timonel, observó aterrado como su compañero, el marinero encargado del control de profundidad, empujaba las palancas para descender aún más allá de los 60metros a los que el S19 había llegado.

En la sala de torpedos, los marinos que habían acudido en apoyo del suboficial Dela Poer, se armaron con lo que pudieron para golpear inmediatamente a los torpedos, ante la atónita mirada del contramaestre.

La primera reacción de Annie fue buscar la pistola que Devore había guardado en su gabardina… pero recordó el efecto de la bala disparada por el enajenado marinero East. El plomo ardiente desplazándose a lo loco por todo el interior del submarino, destrozando paneles de control e impactando a vete a saber quién… por no mencionar que estaba esa letanía, ese cantar aberrante que llenaba todo el submarino y que Annie sabía que era producto de alguna de las entidades de los mitos.

Era el cantar de Madre Hidra lo que estaba volviendo locos a los hombres. Era magia y la pistola no resolvería esa situación.

Una figura atravesó la sala de control y se cernió sobre ella.

Annie contuvo el grito, dejo de fingir que estaba esposada y se llevó las manos a la pistola, al tiempo que el desconocido se le echaba encima.

―¡El gramófono! ―le gritó el suboficial médico Devore al tiempo que llegaba junto a ella.

Annie soltó aire, dejó la pistola en el bolsillo y al instante abrió mucho los ojos…

El gramófono que Devore había conectado al inicio de la misión por orden de Harrow, aquel con esa canción militar, cuyo sonido había animado a los marineros del S-boat.

―Me ha leído usted la mente, señor Devore ―reconoció Annie, al tiempo que agarraba al suboficial médico del brazo y corrían hacia la sala común donde estaba el gramófono.

El suboficial Acker dejó el puesto del sónar, lanzándose sobre uno de los marineros que forcejeaban con el iracundo teniente Baird que no paraba de aullar órdenes.

Danny Boy soltó el timón y comenzó a golpear infructuosamente a su compañero para que dejase de hundir el submarino.

63 metros.

La carrera de Annie y Devore se frenó cuando se encontraron con dos marineros que bloqueaban el estrecho pasillo, y cuya mirada muerta no vaticinaba nada bueno. Tras ellos, el marinero Fulci había llegado a la sala común, a tiempo de ver el disparo que efectuó el suboficial Thommy Malone contra uno de los dementes que le atacaban. El hombre cayó de rodillas, pero el resto de enajenados pasó sobre él y se cernieron, todo uñas y dientes, sobre el oficial. Aterrado, Fulci agarró una llave inglesa y corrió hasta los marineros, barbotando insultos en italiano y, de un acertado golpe, le abrió la cabeza al más cercano.

Uno de los marineros hundió sus pulgares en los ojos del suboficial Malone. Otro comenzó a  tironear de su brazo hasta arrancarlo de cuajo.

Un tercero se hizo con la pistola.

Y el ulular de Hidra continuaba sonando.

66 metros.

Chorros de agua y gas emergían de las turbinas. Los engranajes chillaron cuando un marinero metió su brazo entre la maquinaria, interrumpiendo su funcionamiento y perdiendo su extremidad. Burnes no podía detenerlos a todos mientras destrozaban su submarino, sus motores, su niño. Comenzó a lanzar golpes a lo loco con una gigantesca llave inglesa.

Los marineros que estaban ante Devore y Annie se arrojaron sobre ellos. El suboficial médico apartó a la cazadora de libros y se enzarzó en una sucia pelea con ambos marinos, permitiendo que Annie pasase, a trancas y a barrancas, por el estrecho pasillo para llegar hasta donde el gramófono la esperaba, ajeno al despedazamiento del oficial Malone.

El marinero loco armado con la pistola se volteó hacia Annie. Sostenía el arma con dos manos temblorosas y  sonrió mientras le apuntaba, pero la centelleante llave inglesa de Fulci cayó sobre sus muñecas y le desarmó.

―¿¡Ma que cosa facere usted acuí, signorita!? ―espetó Fulci, décimas antes de aporrearle la cara al marinero, saltándole los dientes.

Acker le descargó un fiero puñetazo a uno de los hombres que atacaban al teniente comandante Baird y lo derribó. Danny Boy continuó intentando apartar a su compañero del control de la profundidad.

Desde la cabina de torpedos comenzaron a llegar los disparos que efectuaba el hierático oficial Dela Poer sobre sus hombres. Dela Poer puso la pistola en la nuca de uno de los marineros y le voló la cabeza. Se giró a otro y lo ejecutó. Sin parpadear, sin mediar palabra.

69metros.

El canto de Hidra continuaba sonando.

La maquinaria chillaba de dolor.

La puerta del comandante Harrow crujió ante las embestidas de los enajenados.

Uno de los marineros agarró a Devore del cuello y comenzó a estrangularle.

Annie intentó poner el disco del gramófono pero el submarino se sacudió violentamente cuando los motores se detuvieron, y el vinilo se escurrió entre sus manos. Fulci se posicionó ante Annie y comenzó a trazar arcos con su llave inglesa, tratando de contener a los marineros que les rodeaban.

Dos marineros abrieron el armario de los fusiles.

Con la ayuda de Acker el teniente comandante Baird se zafó de uno de los hombres que le apresaba, sacó su automática del 45 y le apuntó.

Dela Poer le voló la cabeza al último miembro de la tripulación que estaba golpeando los torpedos.

72 metros

Annie agarró el vinilo. Dejó salir el aire que retenía en sus pulmones. Cerró los ojos.

No estaba en ese chirriante submarino, a punto de morir aplastada por la presión del mar, asesinada por una horda de marineros enajenados. Fulci no estaba lanzando golpes con esa herramienta salpicada de sangre y sesos para protegerla. Devore no estaba siendo estrangulado. Baird no iba a matar a uno de sus hombres. Acker y Danny Boy no estaban agrediendo a sus compañeros. Dela Poer no había ejecutado hasta el último de sus hombres. Barnes no estaba llorando de dolor porque los marineros a su cargo golpeaban su preciada nave.

No.

Annie estaba en su departamento de Nueva Orleans, ante su gramófono, dispuesta a poner un vinilo de música clásica, que escuchar mientras continuaba trabajando la traducción del Chaat Aquadingen. El Chaat, el libro le estaba esperando en casa, deseando ser estudiado, deseando ser traducido, deseando mostrar sus secretos. Y Annie iba a hacerlo.

Annie puso el disco en el plato giratorio, deslizó con tranquilidad el brazo por encima y apoyó con mimo la aguja en el vinilo.

“Its a Long Way to Tipperary”

En cuanto los primeros acordes de “Its a Long Way to Tipperary” sonaron el mundo se detuvo. El cántico de Hidra enmudeció. Los hipnotizados se quedaron durante unos segundos rígidos, inmóviles… Comenzaron a parpadear, a despertar, descubriendo que habían estado combatiendo, que tenían las manos ensangrentadas, algunos tenía la boca llena de sangre o carne, estaban heridos, muriéndose quizá.

75 metros.

El casco crujía y en algunas partes comenzó a combarse. Chorros de agua, goteras y pequeñas cataratas emergían por doquier. Algún remache salió volando, rebotando por el interior. Comenzaron pequeños incendios y estallidos de chispazos.

El teniente Comandante Franklin Baird se giró al hombre que casi le había arrancado una oreja de un mordisco.

―¿Esta bien? ―le preguntó con voz grave.

El marinero parpadeó, aletargado, y asintió levemente con la cabeza.

Y Baird le descargó un salvaje puñetazo en la cara con la culata de la pistola y le dejó inconsciente. Hizo crujir su cuello antes de agarrar la bocina con la que podía comunicarse con todo el submarino.

―¡Todo el mundo a sus puestos! ―ladró por el altavoz.

Y entonces se fue la luz.

Hubo un segundo de silencio, en la más absoluta oscuridad, en la que todos los tripulantes del S-boat escucharon su respiración y el rechinar de metal, hundiéndose cada vez más en las aguas de la costa de Innsmouth.

―¡Informe de daños! ―rugió Baird, desde todas partes. Parecía la voz de un dios malvado y vengativo.

Mientras las linternas comenzaban a encender, el ingeniero jefe Burnes contestó.

― Sistemas eléctricos dañados. No hay renovación de aire y la nave no tiene energía. Los motores no funcionan y ¡vamos a descender aún más!

78 metros.

―Necesito que alguien accione los alternadores del cuarto de baterías ―continuó Burnes―. Yo me encargaré del desastre que hay en la sala de máquinas… el resto es cosa suya, señor.

―Acker informe del sónar. Danny Boy  suelte lastre y timón a cuarenta y cinco grados ascendentes.

Acker arrojó los cascos antes de ponérselos.

―El sónar está como loco… es como si algo golpease incesantemente al submarino.

―Son esos monstruos ―murmuró un marinero.

Devore se volvió hacia el marinero.

―Tranquilícese, esas cosas no…

― ¡Los Monstruos! ―chilló otro marinero que cayó de rodillas―. ¡Los Monstruos intentan entrar! ¡Intentan entrar!

―Devore, controle la histeria.

―¡Eso trato de hacer, teniente Baird!

Pero antes de que  el suboficial médico pudiera tratar a alguno de los marineros, Annie le agarró del antebrazo. Ambos observaban la pared a la que señalaba el marinero histérico y, para su espanto, comprobaron como la superficie metálica comenzó a desdibujarse, a transparentarse… hasta que una zarpa anfibia golpeó la pared.

Poco a poco, todas las paredes del submarino comenzaron a perder consistencia. Todos pudieron observar el fondo marino a través de una veintena de profundos que rodeaban el submarino, golpeándolo con sus garras…

Pero no sólo eso.

En el suelo del fondo marino se apreciaba un fulgor verdoso y nocivo que emergía de cientos de columnas de piedra negra que daban forma a la ciudad submarina de Y’ha-Nthlei.

Enormes construcciones hechas de piedra y coral, con ventanas que despedían una fría luz que atravesaba a los profundos que se agarran al submarino, como si fueran rayos X, mostrando sus esqueletos, espinas y vísceras bajo la piel escamosa. Era un espectáculo asombroso y terrible.

Contemplaron cómo decenas, cientos, miles de profundos nadaban por sus oscuras aguas, al parecer huyendo de la blasfema Atlántida. Había profundos enormes, mucho más grandes que los horrores que Annie había visto en Innsmouth o que se aferraban al sumergible. Había criaturas cefalópodas inimaginables, Horrores de las Profundidades… y hasta un gigantesco profundo, que ululaba un canturreo que había enloquecido a los hombres del S-boat y que ahora servía para favorecer el desalojo de su progenie… se trataba de Madre Hydra, reina de los profundos.

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Madre Hidra (aunque en la ilustración es “Dagon y el Monolito”, de Mark Foster) 

Muchos marineros entraron shock o enloquecieron. El hombre que estaba ante Annie y Devore intentó huir del submarino a través de la pared invisible del sumergible, y comenzó a  golpearse, una y otra vez, la cabeza contra el metal. Otro se destrozó los puños al golpear el acero, pensando que peleaba contra los monstruos del otro lado. El marinero que había matado al oficial Malone tomó la pistola de este, se la metió en la boca y se pegó un tiro.

Mientras la locura seguía adueñándose de las almas de los marineros del S-boat, algunos de sus valientes hombres se enfrentaban a la maquinaria para devolverle la vida al sumergible e intentar escapar de esa pesadilla submarina. El suboficial Burnes puso firmes a su escuadra y consiguió reparar los dañados motores y todos escucharon como las turbinas volvían a rugir.

El teniente comandante Baird ordenó a Fulci y al suboficial Acker correr hacia la sala de baterías donde, a la luz del farol que llevaba el italoamericano, hicieron funcionar los alternadores, devolviendo la electricidad al submarino.

―Timonel ―ordenó Baird, mientras señalaba hacia la ciudad ―. Vire hacia… Eso…

―¿Estará de broma, no señor?

―¡En absoluto! Nuestra misión es torpedear ese emplazamiento y es prescisam…  ¿Timonel? ¿¡Timonel a dónde demonios va!?

―¡Me largo de aquí! ―chilló Danny Boy histérico―. No pretendo quedarme a…

Annie zancadilleó al joven timonel que dio con sus huesos contra el duro suelo de metal del submarino. Baird le dedicó una torcida sonrisa antes de colocarse ante el timón.

―¡Sala de torpedos!

―Sí, señor ―contesto presto Dela Poer.

―¡Prepare los torpedos uno y dos!

―Están listos, señor.

―¡Pues abra fuego, maldición! ¡Que no quede nada!

Todos pudieron ver cómo los torpedos atravesaban el agua hacia la ciudad sumergida e impactaban de lleno en una gran cúpula de coral, que explotó en un aluvión de burbujas.

―¡Dela Poer, quiero seis o siete como esos! ―ordenó Baird, consiguiendo que el destrozado submarino ascendiera levemente.

―Estoy solo, señor ―contestó Dela Poer.

―Muy bien. Acker y Fulci, cuando terminen en la sala de baterías apoyen a Dela Poer ―el teniente comandante se volvió hacia Annie―. ¿Asesor Civil, podría ayudarnos a destruir esa ciudad submarina llena de monstruos?

―A sus órdenes ―respondió Annie, al tiempo que corría por el submarino hasta la sala de torpedos.

Junto a la ayuda de Roy Acker, Fulci y el suboficial Dela Poer, cargaron cuatro torpedos que detonaron cada uno 2254kg de dinamita sobre las torres submarinas de piedra negra, las pasarelas de coral y las estatuas a deidades obscenas de la ciudad hundida de Y’ha Nthlei, destruyéndola por completo y asesinando a gran cantidad de profundos y demás progenie escamosa de Dagon e Hidra.

―Señores ―dijo la voz del teniente Baird por el sistema de comunicación de la nave―, misión cumplida. No íbamos a fallar.

Annie puso los ojos en blanco y decidió morderse la lengua.

El submarino volvió a duras penas hasta la superficie.  Estaba lleno de brechas, medio inundado y no paraban de surgir nuevos incendios, por lo que el teniente comandante ordenó la evacuación del submarino, tras solicitar ayuda por radio.

La patrullera Spectre, capitaneada por Jhon “El Jefe” Wallis, apareció a los pocos segundos e hizo un barrido de ametralladoras a la desastrada cubierta para poner en fuga a los vengativos profundos que aún se agarraban al S19. El barco se acercó y, tras unos largos y tensos minutos, toda la tripulación que había sobrevivido a la experiencia submarina, subió a la patrullera.

Annie O’Carolan, tiritando y envuelta en una manta, observó como el S-boat se hundía, mientras se prometía a si misma, no volverse a meter en un sumergible en su vida.

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La Redada (21) Dagon Emerge

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)                              – Hernán(2)

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                      – Garrido

Marinero Bart (MUERTO)

Marinero Ralph (MUERTO)

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                      – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor) (MUERTO)- Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)             – Toño

Grumete Taft  (16 años) (MUERTO)                                       – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                                  – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                                          – Raúl

El Cocinero

44 MARINEROS –  34 MUERTOS

 

Patrullera Vigilant (HUNDIDA)

 

Patrullera Spectre

Suboficial “Jefe” Jhon Wallis (Fuma como un carretero)               -Jacin (2)

15 Marineros – 6 MUERTOS

 

El capitán Hearst no paraba de ladrar órdenes por la cubierta, ordenando a todo el mundo que corriera a sus puestos de combate y que disparasen hacia Innsmouth. Él mismo disparaba sin mirar con su automática del 45 hacia el mar, hacia la ciudad.

‒ ¡Estamos ante una ciudad invadida por demonios! ―aullaba rabioso―. ¡Estamos ante las puertas del Infierno! ¡Disparad mis cruzados! ¡Disparad mis guerreros divinos! ¡Acabad con las hordas demoníacas! ¡Fuego a discreción! ¡Que no quede ninguno con vida!

El teniente de navío Winters miraba con los ojos entrecerrados al capitán desde la timonera, fantaseaba con que bajaba y se posicionaba tras Hearst para empujarlo por la barandilla. Se imaginaba que la fatigaba y herida tripulación rompía en aplausos y felicitaciones. Que le nombraban capitán. Qué demonios, por eso se merecía ser comodoro, por lo menos.

Pero, el teniente de navío Winters sólo imaginaba y su vista se quedó clavada en el mar… en algo que estaba viendo y no podía creer.

El suboficial de 1ª Tolben se volvió hacia Thomas Connery, Jacob O’Neil y su comparsa, el marinero Fulton.

―¡Ese hombre está loco! ―sentenció Tolben―. Se cree un ángel vengador y pretende hacer llover fuego y azufre sobre Innsmouth.

―A mí lo que me preocupa no es eso ―murmuró Jacob taciturno, contemplando como el capitán Hearst pateaba a un marinero muerto, ordenándole que se levantase y se aprestase para la lucha―. Lo que me preocupa es que todo aquel que se le interponga puede acabar con un tiro en las tripas.

Pedro LaParca y el suboficial de 3ª Chimes habían conseguido escapar de la atención de Hearst mientras se curaban las heridas con un pequeño botiquín de primeros auxilios.

Entonces, Thomas golpeó en el antebrazo a Jacob.

― ¿Qué?

Thomas no dijo nada. Volvió a golpear a Jacob en el brazo.

―¿Qué? ―Otro golpe―. ¿¡Qué!? ¿Qué pasa, Thomas? ¿Qué quieres?

Thomas estaba mudo… Señalaba hacia la negra, brillante e irregular superficie del Arrecife del Diablo, desde donde una horda de profundos, muchos, incontables, nadaban hacia Innsmouth…

Y a algo más…

Algo enorme. Del tamaño de un edificio de cinco planta. Algo gigantesco que emergía del agua, tras el arrecife sobre el cual se está formando una nube de bruma densa y blanca.

Era un profundo, sí, pero un profundo enorme. Una figura abotargada, escamosa, increíble. Una docena de profundos se agarraban a la criatura mientras se ponía en lo alto del arrecife, segundos antes de  lanzar un gorgoteante bramido que heló los corazones de todos aquellos que lo escucharon.

―Dagon ―murmuró Thomas Connery con un hilo de voz.

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Dagón Emerge, de skullbeast (Deviantart)

La triste detonación de una pistola sacó a muchos de los marineros del Urania del terror que les atenazaba. Se trataba del capitán Hearst… que sonreía.

―¡Ese Hijo de Puta es Mío! ―gritó con los labios recubiertos de saliva espumosa―. ¡Timonel! ¡¡¡Vire el barco en dirección a esa cosa!!!

Mientras tanto, a cientos de metros de distancia, en la patrullera Spectre, el suboficial Jhon “El Jefe” Wallis se quemó los dedos con la cerilla que sujetaba ante su cara… Estaba bloqueado, observando con pavor el resurgir de Dagon en el arrecife del Diablo mientras, alrededor de su patrullera, nadaba parte de la horda de profundos que se dirigían a la costa de Innsmouth.

―¡Homb-b-bres! ―gritó con voz tartamudeante, pero los marineros estaban congelados ante la imagen del padre de los profundos y su progenie que nadaba por todo el oscuro mar― ¡Maldición! ¡Tripulación! A sus puestos de combate. Quiero esas ametralladoras disparando a todo lo que se acerque nuestra quilla. ¡Quiero que el timón vire a Sur suroeste! ¡A toda máquina!

Pero el contramaestre de Wallis no repitió sus órdenes porque había desaparecido tras la ola que hundió al Vigilant y su timonel estaba blanco, inmóvil, mientras una oscura mancha se expandía en sus pantalones y un charco amarillo se formaba a sus pies.

Y la patrullera Spectre navegaba a toda velocidad hacia el arrecife del Diablo… Hacia esa cosa enorme.

En el guardacostas Urania el teniente de navío Winters podría haber intervenido, haber cancelado las enajenadas órdenes del enajenado capitán Hearst. Podría haber hecho algo heroico como su mente fantaseaba… pero estaba acuclillado en la timonera, tapándose los ojos, llorando, deseando no estar allí.

―¡Mi hermano! ―gritó el marinero Fulton, con la vista clavada en Dagon―. ¡Mi hermano se ahoga! ¡Tengo que salvarlo!

Fulton pasó corriendo ante Thomas y Jacob y se tiró por la borda.

―¡Fulton! ―gritó Jacob, intentando agarrarlo, pero el marinero se lanzó al agua antes de que pudiera hacer nada por él. Thomas les ignoró. El Finn chillaba. En su cabeza todo era rabia, todo era miedo, todo era odio. Comenzó a disparar con su rifle, desquiciado, asustado, furibundo.

Jacob miró hacia el mar que se había tragado a Fulton… y luego miró a su derecha donde descansaba laxa una ametralladora del calibre treinta. Se aferró al arma. Apuntó hacia la gran figura del Dagon y, gritando, apretó el gatillo, sintiendo el embestir del traqueteo de la potente ametralladora, controlando el retroceso que empujaba el cañón al cielo. Las balas trazadoras volaron brillantes y parte de la ráfaga impactó al padre de los profundos, arrancándole un grito de dolor.

LaParca le imitó. Se posicionó en su ametralladora del calibre cincuenta pero se tomó unos deliciosos segundos más para apuntar al monstruo… A un profundo que trepaba por su vientre abotargado.

Blanco pequeño ―dijo en español―. Error pequeño.

La técnica del marinero era mejor que la de Jacob y cuando apretó el gatillo su ráfaga de disparos fue perfecta, de arriba a abajo. Una lluvia de plomo incandescente impactó al monstruo, destrozó a varios de sus pequeños secuaces mientras causaba un aluvión de heridas negras entre sus escamas.

El suboficial Chimes disparó con su fusil pero el disparo se perdió en la bruma.

―Este arma no funciona ―murmuró hierático, antes de tirar el rifle por la borda.

Tolben disparó el cañón pero el obús se quedó bajo. Impactó en el arrecife, arrancando esquirlas de piedra negra, matando profundos, levantando la misteriosa bruma.

Dagon rugió hacia el Urania, antes de dar un gran salto. Era espectacular y aterrador contemplar a una criatura tan grande saltar con gracilidad y caer al agua, donde se sumergió dejando un rastro de negra sangre oleosa.

―¡Que los monstruos no suban a bordo! ―gritaba “El Jefe” Wallis en el Spectre. El disparo del cañón parecía haber sacado a su tripulación del aterrador efecto hipnótico que el monstruo poseía… no era ningún poder, ni ninguna magia. Era, simplemente, aterrador ver una criatura tan grande en movimiento.

Wallis empujó al timonel a un lado mientras los marineros corrían por cubierta, disparando y chillando. El capitán de la Spectre dio un volantazo al timón y el barco se escoró hacia derecha, hacia Innsmouth, evitando embestir al arrecife pero, todos en su embarcación sintieron la cubierta temblar cuando algo enorme pasó buceando bajo ellos.

―¡Va hacia Innsmouth! ―gritó Chimes en el Urania, al tiempo que disparaba con su pistola hacia el mar. Su disparo se perdió en el aire y Chimes miró la pistola―. Esta rota ―comentó al aire antes de arrojarla por la borda.

Algo similar le ocurría a Thomas que apretaba el gatillo de su fusil 30-06 pero el arma no disparaba…

―Maldita sea ―chillaba Thomas cada vez que accionaba el gatillo, pero no abría fuego―. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Mald…!

Presa de su rabia, Thomas se había olvidado de accionar el mecanismo de cerrojo del fusil. Cuando se percató, gritó enrabietado, antes de accionarlo.

Jacob se apartó de la ametralladora. No como LaParca que continuaba disparando, riendo, aullando en español. El policía sacó su automática del 45 mientras miraba anonadado a su alrededor. El capitán Hearst pasó gritando a su lado, le golpeó en el hombro antes de disparar con su pistola, a ciegas, pero impactó en la espalda de un marinero que cayó al mar. Tolben se afanaba en recargar su cañón en solitario. Un marinero corría gritando en dirección contraria a Jacob arañándose la cara. Otro comenzó a golpear su cabeza contra la barandilla mientras gritaba palabras en griego. Jacob no pudo evitar que una zarpa palmeada, agarrase la pierna del hombrecillo y le arrastrase al mar, al tiempo que varios profundos se afanaban por subir a la cubierta del Urania.

El caos reinaba por el guardacostas que perseguía a Dagon a toda velocidad.

Hacia Innsmouth.

―Esto es el final ―murmuró Jacob.

La tripulación del Spectre se lanzó con rabia sobre sus propios invasores. Dispararon a los profundos con sus ametralladoras, con los fusiles, empujaron a dos por la borda con unos arpones, e incluso Wallis abatió a uno de un certero disparo con su pistola del calibre 45.

―¡Skinneeeeer! ―gritó Wallis ―¡Tome el timón! ¡Reduzca velocidad! ¡Quiero que dos hombres echen a ese engendro de mi barco! Y…

Wallis observó atónito como el Urania pasaba a toda máquina por su popa.

―Pero… ¿A dónde demonios va Hearst?

El capitán Hearst y Tolben discutían al pie del cañón. El capitán le apuntaba con la pistola, pero la corredera estaba desplazada completamente hacia atrás porque el arma estaba vacía. Thomas se giró a su espalda donde había un profundo al que disparó a bocajarro. Jacob le imitó, pero su disparo impactó a los pies de otro profundo que enarbolaba una lanza. LaParca comenzó a forcejear con el mecanismo de agarre que sostenía su ametralladora, con intención de liberarla del trípode, cuando un profundo se le echó encima. El marinero se apartó a tiempo de ver pasar ante sus ojos una cuchilla que se clavó en medio de la cabeza anfibia. Había sido arrojada por el ángel de la guardia del marinero LaParca, el Cocinero del Urania. Un profundo arrojó a un marinero por la borda. Dos criaturas se lanzaron sobre el suboficial Chimes. Este agarró de las garras a uno de los monstruos marinos evitando su ataque pero el otro le lanzó un zarpazo al vientre. Chimes se apartó de los monstruos, mareado, tambaleándose, notando como el aliento se le escapaba y el frío le llenaba. Se palpó la tripa, notó algo pringoso y descubrió sus manos manchadas de sangre.

Cayó al suelo, segundos después de que sus tripas se desparramaran por la cubierta.

Dagon trepó al espigón de la bahía de Innsmouth. Sus grandes zarpas palmeadas caminaron a zancadas por las piedras, camino a la ciudad.

“El Jefe” Wallis y su tripulación abatieron al resto de monstruos de su barco, consiguiendo un segundo de calma en la patrullera. Así pudieron presenciar el espectáculo que ocurriría a continuación en el espigón de Innsmouth.

El teniente de navío Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba tan asustado que no vio a un profundo que había subido hasta la timonera.

El profundo que se hallaba ante Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Quería destrozar de un zarpazo al timonel del Urania.

Thomas estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba a horcajadas del profundo que había matado, golpeándole la cabeza con la culata de su rifle.

Jacon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Forcejeaba sobre la cubierta con un profundo que babeaba sobre su cara mientras intentaba matarle a zarpazos y mordiscos.

LaParca estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Había desanclado la ametralladora del calibre 50 y disparaba sobre la cubierta, abatiendo todo lo que se le ponía en medio… como casi todos los marineros habían muerto, LaParca acertó a varios profundos a los que destrozó a balazos.

El suboficial Chimes estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Se estaba muriendo.

El suboficial Tolben estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El capitán Hearst estaba fuera de sí y, como no tenía munición, no le había matado… pero él tenía una pistola y la sacó de su funda con intención de acabar con el tirano.

El marinero Fulton estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Su hermano se ahogaba. Tenía que salvarlo. Así que tomaba aire y buceaba en las oscuras aguas de la bahía de Innsmouth buscándole, con intención de asistirle, de cogerle de las axilas y sacarlo. Cuando el aire se acababa, Fulton volvía a la superficie a tomar más aire y así de nuevo a bucear.

Sólo él podía salvarle. Era Fulton. Tenía una pistola de bengalas.

El timonel de Urania estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El profundo a su espalda le acababa de partir en dos de un zarpazo.

Dagon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Tenía una misión. Tenía que llegar hasta el edificio de la Orden Esotérica.

LaParca se quedó sin munición… El cañón humeante de su ametralladora apuntaba al gigantesco padre de los profundos que estaba en tierra…

¡En una tierra que se les acercaba muy rápidamente!

―¡Alarma de colisión! ―chilló LaParca, al tiempo que arrojaba la ametralladora y corría para agarrarse al cañón del Urania. Tolben intentó agarrarse, pero el impacto le arrojó contra su arma, se golpeó la cara, cayendo inconsciente al suelo.

El Capitán Hearst no. Miró a LaParca con sus claros ojos azules antes de ser impulsado violentamente por la inercia del barco. Sus pies despegaron del suelo, voló, pasó volando por encima de la borda y desapareció, engullido por las aguas que golpeaban en el espigón.

La fuerza del impacto arrojó a Thomas contra el suelo, se golpeó la cabeza y se retorció por el suelo mientras una brecha le llenaba la cara de sangre.

Jacob rodó por el suelo abrazado al profundo con el que forcejaba. Aprovechó la inercia para arrojarlo del barco de un patadón. Se arrastró por la cubierta, temblando, de frío y miedo, se abrazó a si mismo mientras contemplaba, horrorizado, como la costa de Innsmouth estaba siendo invadida por un enjambre de profundos.

No los habían podido detener. Nunca los podrían detener.

Winters observó como el profundo y los restos destrozados del timonel salían despedidos de la timonera, vete a saber donde. Él, salió de su estado de shock, se alzó lentamente, temblando de miedo, temiendo ver otra vez al horror que había surgido del mar.

Y lo vio.

Andando por el espigón.

Y vio el cañón.

Sus años de estudio en la escuela de oficiales se abrieron paso a zarpazos entre el horror vivido. Encendieron una llama de razón, de fuerza, de cordura en el joven teniente.

―Esta a tiro ―murmuró con los dientes castañeteando― ¡Está a tiro! ¡Está a tiro! ¡Oficial del cañón! ¡Dispare! ¡Dispare, maldita sea! ¡Está a tiro!

Pedro LaParca, el marinero que se había convertido en la diana de muchas burlas en el Urania a causa de su precario nivel de inglés y sus aires de gallito, alzó la cabeza y vio el cañón, vio a Dagon.

Jacob O’Neil, que se había convertido en la diana de muchas de las burlas de los Finns porque se había hecho policía, alzó la cabeza y vio una de las ametralladoras, vio a Dagón. Jacob la tomó apretó el gatillo y disparó a ciegas. Las balas trazadoras volaron cerca del monstruoso padre de los profundos…

… pero no le acertaron.

Pedro LaParca giró las manivelas que movían la pieza de artillería. Apuntó y apretó la palanca.

El cañón disparó.

El obús voló por el aire.

Y explotó… destrozando varias casas de pescadores del puerto, pero sin herir a Dagon, que se internó a grandes zancadas en la ciudad.

Pedro LaParca cayó de rodillas, derrotado. Al teniente de navío Winters le encontraron horas después junto al timón, encogido, en posición fetal, chupándose el dedo. Thomas Connery se sentó junto a un vencido Jacob O’Neil y le pasó el brazo por encima de los hombros.

―El agua… ―murmuraba Jacob―. El agua… El agua…

―Tranquilo ―susurró Thomas―. Tranquilo Jacob. A los otros les habrá ido mejor… Seguro.

El Suboficial  Jhon Wallis se dejó caer, agotado, encima del timón del Spectre. Sabía que tendría que acercarse hasta el Urania para recoger a los supervivientes (si los había) del impacto del barco contra el espigón pero, en ese momento, su tripulación y él mismo se habían ganado un par de minutos de paz, de descanso.

Se sacó un cigarrillo y antes de que le iluminase el candor de la cerilla, una luz blanquecina le iluminó a su espalda. Jhon Wallis “El Jefe” se volteó. Una bengala descendía lentamente iluminando el mar, donde una solitaria figura les saludaba desde las oscuras aguas.

No sabemos cómo pero, aterido de frío, calado hasta los huesos, con visibles síntomas de hipotermia y chapoteando como podía, estaba el marinero Fulton, que agitaba con fuerza, su pistola de bengalas.

¿Adivinad quien sale en una Wiki?

Cotilleando por Internet he descubierto un artículo de la wiki de sectarios.org dedicado a mi relato “Y a dibujar Tentáculos”, publicado en el especial de Calabazas en el Trastero: Mitos de Cthulhu.

 

http://www.sectarios.org/wiki/index.php/Y_a_dibujar_tent%C3%A1culos

 

Estas cosas que te hacen ilusión y te alegran el día