La Redada (22) El Cantar de Madre Hidra

Comandante Robert Harrow (HERIDO)

Teniente Comandante Baird                      –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos) (MUERTO)                    –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)                    –              Garrido2

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50) (MUERTO)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán) (MUERTO)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)        –              Soler2

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East (ABATIDO)

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

Todo el mundo en ese submarino se había vuelto loco, menos Annie O’Carolan.

O eso pensaba Annie al tiempo que se arrimaba todo lo que podía a la tubería a la que el suboficial médico Devore le había “esposado”.

El horrible canto de Hidra lo llenaba todo mientras los enajenados marineros se dejaban llevar por monstruosos instintos animales.

En la sala de máquinas, el Suboficial de 2ª Burnes aulló de frustración cuando los cuatro hombres a su cargo se armaron de llaves inglesas y palancas, y comenzaron a golpear con saña los motores y turbinas del submarino.

El Inconsciente comandante Harrow estaba encerrado en su camarote pero un grupo de dementes marineros había comenzado a embestir la portezuela de su habitáculo.

En las zonas comunes, los marinos babeaban y aullaban mientras rodeaban al cuerdo suboficial de 3ª Thommy Malone quien desenfundó su automática del 45 intentando proteger el armarito que había a su espalda, donde se guardaban los rifles y las pistolas del submarino.

En la sala de control, los hipnotizados se arrojaron sobre el teniente comandante Baird. Uno le agarró del brazo, otro de la pierna, y otro le saltó a la espalda e intentó arrancarle una oreja de un mordisco. Danny Boy, el timonel, observó aterrado como su compañero, el marinero encargado del control de profundidad, empujaba las palancas para descender aún más allá de los 60metros a los que el S19 había llegado.

En la sala de torpedos, los marinos que habían acudido en apoyo del suboficial Dela Poer, se armaron con lo que pudieron para golpear inmediatamente a los torpedos, ante la atónita mirada del contramaestre.

La primera reacción de Annie fue buscar la pistola que Devore había guardado en su gabardina… pero recordó el efecto de la bala disparada por el enajenado marinero East. El plomo ardiente desplazándose a lo loco por todo el interior del submarino, destrozando paneles de control e impactando a vete a saber quién… por no mencionar que estaba esa letanía, ese cantar aberrante que llenaba todo el submarino y que Annie sabía que era producto de alguna de las entidades de los mitos.

Era el cantar de Madre Hidra lo que estaba volviendo locos a los hombres. Era magia y la pistola no resolvería esa situación.

Una figura atravesó la sala de control y se cernió sobre ella.

Annie contuvo el grito, dejo de fingir que estaba esposada y se llevó las manos a la pistola, al tiempo que el desconocido se le echaba encima.

―¡El gramófono! ―le gritó el suboficial médico Devore al tiempo que llegaba junto a ella.

Annie soltó aire, dejó la pistola en el bolsillo y al instante abrió mucho los ojos…

El gramófono que Devore había conectado al inicio de la misión por orden de Harrow, aquel con esa canción militar, cuyo sonido había animado a los marineros del S-boat.

―Me ha leído usted la mente, señor Devore ―reconoció Annie, al tiempo que agarraba al suboficial médico del brazo y corrían hacia la sala común donde estaba el gramófono.

El suboficial Acker dejó el puesto del sónar, lanzándose sobre uno de los marineros que forcejeaban con el iracundo teniente Baird que no paraba de aullar órdenes.

Danny Boy soltó el timón y comenzó a golpear infructuosamente a su compañero para que dejase de hundir el submarino.

63 metros.

La carrera de Annie y Devore se frenó cuando se encontraron con dos marineros que bloqueaban el estrecho pasillo, y cuya mirada muerta no vaticinaba nada bueno. Tras ellos, el marinero Fulci había llegado a la sala común, a tiempo de ver el disparo que efectuó el suboficial Thommy Malone contra uno de los dementes que le atacaban. El hombre cayó de rodillas, pero el resto de enajenados pasó sobre él y se cernieron, todo uñas y dientes, sobre el oficial. Aterrado, Fulci agarró una llave inglesa y corrió hasta los marineros, barbotando insultos en italiano y, de un acertado golpe, le abrió la cabeza al más cercano.

Uno de los marineros hundió sus pulgares en los ojos del suboficial Malone. Otro comenzó a  tironear de su brazo hasta arrancarlo de cuajo.

Un tercero se hizo con la pistola.

Y el ulular de Hidra continuaba sonando.

66 metros.

Chorros de agua y gas emergían de las turbinas. Los engranajes chillaron cuando un marinero metió su brazo entre la maquinaria, interrumpiendo su funcionamiento y perdiendo su extremidad. Burnes no podía detenerlos a todos mientras destrozaban su submarino, sus motores, su niño. Comenzó a lanzar golpes a lo loco con una gigantesca llave inglesa.

Los marineros que estaban ante Devore y Annie se arrojaron sobre ellos. El suboficial médico apartó a la cazadora de libros y se enzarzó en una sucia pelea con ambos marinos, permitiendo que Annie pasase, a trancas y a barrancas, por el estrecho pasillo para llegar hasta donde el gramófono la esperaba, ajeno al despedazamiento del oficial Malone.

El marinero loco armado con la pistola se volteó hacia Annie. Sostenía el arma con dos manos temblorosas y  sonrió mientras le apuntaba, pero la centelleante llave inglesa de Fulci cayó sobre sus muñecas y le desarmó.

―¿¡Ma que cosa facere usted acuí, signorita!? ―espetó Fulci, décimas antes de aporrearle la cara al marinero, saltándole los dientes.

Acker le descargó un fiero puñetazo a uno de los hombres que atacaban al teniente comandante Baird y lo derribó. Danny Boy continuó intentando apartar a su compañero del control de la profundidad.

Desde la cabina de torpedos comenzaron a llegar los disparos que efectuaba el hierático oficial Dela Poer sobre sus hombres. Dela Poer puso la pistola en la nuca de uno de los marineros y le voló la cabeza. Se giró a otro y lo ejecutó. Sin parpadear, sin mediar palabra.

69metros.

El canto de Hidra continuaba sonando.

La maquinaria chillaba de dolor.

La puerta del comandante Harrow crujió ante las embestidas de los enajenados.

Uno de los marineros agarró a Devore del cuello y comenzó a estrangularle.

Annie intentó poner el disco del gramófono pero el submarino se sacudió violentamente cuando los motores se detuvieron, y el vinilo se escurrió entre sus manos. Fulci se posicionó ante Annie y comenzó a trazar arcos con su llave inglesa, tratando de contener a los marineros que les rodeaban.

Dos marineros abrieron el armario de los fusiles.

Con la ayuda de Acker el teniente comandante Baird se zafó de uno de los hombres que le apresaba, sacó su automática del 45 y le apuntó.

Dela Poer le voló la cabeza al último miembro de la tripulación que estaba golpeando los torpedos.

72 metros

Annie agarró el vinilo. Dejó salir el aire que retenía en sus pulmones. Cerró los ojos.

No estaba en ese chirriante submarino, a punto de morir aplastada por la presión del mar, asesinada por una horda de marineros enajenados. Fulci no estaba lanzando golpes con esa herramienta salpicada de sangre y sesos para protegerla. Devore no estaba siendo estrangulado. Baird no iba a matar a uno de sus hombres. Acker y Danny Boy no estaban agrediendo a sus compañeros. Dela Poer no había ejecutado hasta el último de sus hombres. Barnes no estaba llorando de dolor porque los marineros a su cargo golpeaban su preciada nave.

No.

Annie estaba en su departamento de Nueva Orleans, ante su gramófono, dispuesta a poner un vinilo de música clásica, que escuchar mientras continuaba trabajando la traducción del Chaat Aquadingen. El Chaat, el libro le estaba esperando en casa, deseando ser estudiado, deseando ser traducido, deseando mostrar sus secretos. Y Annie iba a hacerlo.

Annie puso el disco en el plato giratorio, deslizó con tranquilidad el brazo por encima y apoyó con mimo la aguja en el vinilo.

“Its a Long Way to Tipperary”

En cuanto los primeros acordes de “Its a Long Way to Tipperary” sonaron el mundo se detuvo. El cántico de Hidra enmudeció. Los hipnotizados se quedaron durante unos segundos rígidos, inmóviles… Comenzaron a parpadear, a despertar, descubriendo que habían estado combatiendo, que tenían las manos ensangrentadas, algunos tenía la boca llena de sangre o carne, estaban heridos, muriéndose quizá.

75 metros.

El casco crujía y en algunas partes comenzó a combarse. Chorros de agua, goteras y pequeñas cataratas emergían por doquier. Algún remache salió volando, rebotando por el interior. Comenzaron pequeños incendios y estallidos de chispazos.

El teniente Comandante Franklin Baird se giró al hombre que casi le había arrancado una oreja de un mordisco.

―¿Esta bien? ―le preguntó con voz grave.

El marinero parpadeó, aletargado, y asintió levemente con la cabeza.

Y Baird le descargó un salvaje puñetazo en la cara con la culata de la pistola y le dejó inconsciente. Hizo crujir su cuello antes de agarrar la bocina con la que podía comunicarse con todo el submarino.

―¡Todo el mundo a sus puestos! ―ladró por el altavoz.

Y entonces se fue la luz.

Hubo un segundo de silencio, en la más absoluta oscuridad, en la que todos los tripulantes del S-boat escucharon su respiración y el rechinar de metal, hundiéndose cada vez más en las aguas de la costa de Innsmouth.

―¡Informe de daños! ―rugió Baird, desde todas partes. Parecía la voz de un dios malvado y vengativo.

Mientras las linternas comenzaban a encender, el ingeniero jefe Burnes contestó.

― Sistemas eléctricos dañados. No hay renovación de aire y la nave no tiene energía. Los motores no funcionan y ¡vamos a descender aún más!

78 metros.

―Necesito que alguien accione los alternadores del cuarto de baterías ―continuó Burnes―. Yo me encargaré del desastre que hay en la sala de máquinas… el resto es cosa suya, señor.

―Acker informe del sónar. Danny Boy  suelte lastre y timón a cuarenta y cinco grados ascendentes.

Acker arrojó los cascos antes de ponérselos.

―El sónar está como loco… es como si algo golpease incesantemente al submarino.

―Son esos monstruos ―murmuró un marinero.

Devore se volvió hacia el marinero.

―Tranquilícese, esas cosas no…

― ¡Los Monstruos! ―chilló otro marinero que cayó de rodillas―. ¡Los Monstruos intentan entrar! ¡Intentan entrar!

―Devore, controle la histeria.

―¡Eso trato de hacer, teniente Baird!

Pero antes de que  el suboficial médico pudiera tratar a alguno de los marineros, Annie le agarró del antebrazo. Ambos observaban la pared a la que señalaba el marinero histérico y, para su espanto, comprobaron como la superficie metálica comenzó a desdibujarse, a transparentarse… hasta que una zarpa anfibia golpeó la pared.

Poco a poco, todas las paredes del submarino comenzaron a perder consistencia. Todos pudieron observar el fondo marino a través de una veintena de profundos que rodeaban el submarino, golpeándolo con sus garras…

Pero no sólo eso.

En el suelo del fondo marino se apreciaba un fulgor verdoso y nocivo que emergía de cientos de columnas de piedra negra que daban forma a la ciudad submarina de Y’ha-Nthlei.

Enormes construcciones hechas de piedra y coral, con ventanas que despedían una fría luz que atravesaba a los profundos que se agarran al submarino, como si fueran rayos X, mostrando sus esqueletos, espinas y vísceras bajo la piel escamosa. Era un espectáculo asombroso y terrible.

Contemplaron cómo decenas, cientos, miles de profundos nadaban por sus oscuras aguas, al parecer huyendo de la blasfema Atlántida. Había profundos enormes, mucho más grandes que los horrores que Annie había visto en Innsmouth o que se aferraban al sumergible. Había criaturas cefalópodas inimaginables, Horrores de las Profundidades… y hasta un gigantesco profundo, que ululaba un canturreo que había enloquecido a los hombres del S-boat y que ahora servía para favorecer el desalojo de su progenie… se trataba de Madre Hydra, reina de los profundos.

dagon2
Madre Hidra (aunque en la ilustración es “Dagon y el Monolito”, de Mark Foster) 

Muchos marineros entraron shock o enloquecieron. El hombre que estaba ante Annie y Devore intentó huir del submarino a través de la pared invisible del sumergible, y comenzó a  golpearse, una y otra vez, la cabeza contra el metal. Otro se destrozó los puños al golpear el acero, pensando que peleaba contra los monstruos del otro lado. El marinero que había matado al oficial Malone tomó la pistola de este, se la metió en la boca y se pegó un tiro.

Mientras la locura seguía adueñándose de las almas de los marineros del S-boat, algunos de sus valientes hombres se enfrentaban a la maquinaria para devolverle la vida al sumergible e intentar escapar de esa pesadilla submarina. El suboficial Burnes puso firmes a su escuadra y consiguió reparar los dañados motores y todos escucharon como las turbinas volvían a rugir.

El teniente comandante Baird ordenó a Fulci y al suboficial Acker correr hacia la sala de baterías donde, a la luz del farol que llevaba el italoamericano, hicieron funcionar los alternadores, devolviendo la electricidad al submarino.

―Timonel ―ordenó Baird, mientras señalaba hacia la ciudad ―. Vire hacia… Eso…

―¿Estará de broma, no señor?

―¡En absoluto! Nuestra misión es torpedear ese emplazamiento y es prescisam…  ¿Timonel? ¿¡Timonel a dónde demonios va!?

―¡Me largo de aquí! ―chilló Danny Boy histérico―. No pretendo quedarme a…

Annie zancadilleó al joven timonel que dio con sus huesos contra el duro suelo de metal del submarino. Baird le dedicó una torcida sonrisa antes de colocarse ante el timón.

―¡Sala de torpedos!

―Sí, señor ―contesto presto Dela Poer.

―¡Prepare los torpedos uno y dos!

―Están listos, señor.

―¡Pues abra fuego, maldición! ¡Que no quede nada!

Todos pudieron ver cómo los torpedos atravesaban el agua hacia la ciudad sumergida e impactaban de lleno en una gran cúpula de coral, que explotó en un aluvión de burbujas.

―¡Dela Poer, quiero seis o siete como esos! ―ordenó Baird, consiguiendo que el destrozado submarino ascendiera levemente.

―Estoy solo, señor ―contestó Dela Poer.

―Muy bien. Acker y Fulci, cuando terminen en la sala de baterías apoyen a Dela Poer ―el teniente comandante se volvió hacia Annie―. ¿Asesor Civil, podría ayudarnos a destruir esa ciudad submarina llena de monstruos?

―A sus órdenes ―respondió Annie, al tiempo que corría por el submarino hasta la sala de torpedos.

Junto a la ayuda de Roy Acker, Fulci y el suboficial Dela Poer, cargaron cuatro torpedos que detonaron cada uno 2254kg de dinamita sobre las torres submarinas de piedra negra, las pasarelas de coral y las estatuas a deidades obscenas de la ciudad hundida de Y’ha Nthlei, destruyéndola por completo y asesinando a gran cantidad de profundos y demás progenie escamosa de Dagon e Hidra.

―Señores ―dijo la voz del teniente Baird por el sistema de comunicación de la nave―, misión cumplida. No íbamos a fallar.

Annie puso los ojos en blanco y decidió morderse la lengua.

El submarino volvió a duras penas hasta la superficie.  Estaba lleno de brechas, medio inundado y no paraban de surgir nuevos incendios, por lo que el teniente comandante ordenó la evacuación del submarino, tras solicitar ayuda por radio.

La patrullera Spectre, capitaneada por Jhon “El Jefe” Wallis, apareció a los pocos segundos e hizo un barrido de ametralladoras a la desastrada cubierta para poner en fuga a los vengativos profundos que aún se agarraban al S19. El barco se acercó y, tras unos largos y tensos minutos, toda la tripulación que había sobrevivido a la experiencia submarina, subió a la patrullera.

Annie O’Carolan, tiritando y envuelta en una manta, observó como el S-boat se hundía, mientras se prometía a si misma, no volverse a meter en un sumergible en su vida.

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