Epílogo de la Redada… o ¿Prólogo de lo que se avecina?

Casi un año después.

Londres.

El escritor Jackson Elías, al que muchos conoceréis por alguna de sus novelas como Calaveras Junto al Río, o El Corazón Humeante, sospechaba que le estaban siguiendo.

Un chino, de apenas quince años, vestido completamente de negro pero sin abrigo, con el frío que hacía, y apoyado junto a una bicicleta, que lo quitaba la mirada de encima. Y el muchacho, edad similar, con pinta de escolar, al que ya había visto mientras desayunaba. Quizá alguno más entre el gentío que caminaba por las neblinosas calles londinenses.

Jackson lanzó un rápido vistazo a su reloj de bolsillo. Aún quedaban dos horas para embarcar en el transatlántico Mauritania, que le devolvería a los Estados Unidos después de todos sus periplos. ¿Cómo despistarles?

Comenzó a caminar.

Se metería en un pub, seguro que cerca del puerto habría alguno. Allí se sentaría en la barra. No, en la barra no. No podía exponerse así, alguien podría sorprenderlo por la espalda, un navajazo en las costillas y todos sus descubrimientos se habrían ido al traste. Posicionarse en un reservado era algo peligroso porque también le podían atacar allí. Si dos o tres hombres se sentaban junto a él, a ver como se escapaba de esa. Además, morir durante una pelea de bar no resultaría extraño, ningún bobby lo investigaría a fondo, ni siquiera los detectives de Scotland Yard.

9.Jackson Elias
Jackson Elias salió con vida de Innsmouth y ha seguido investigando

El escolar le seguía. A unos diez metros a su espalda. Del chino de la bicicleta no había ni rastro. Entre los grises rostros que se topaba no encontraba ningún rostro conocido. ¿Se habría quedado sólo con un perseguidor? Eso le daba cierto margen de actuación.

Se paró frente a una librería de segunda mano, fingiendo mirar el escaparate. El escolar se paró frente a una charcutería. Jackson usó el reflejo del cristal para mirar a su espalda. Nadie. No. Nada. Parecía que sólo el escolar le estaba siguiendo. Metió las manos en el bolsillo y entró en la librería.

***

La campanilla de la puerta tintineó. Altas estanterías atestadas de libros viejos. Olor a papel. Un viejo, tan amarillento como sus tomos, lanzó una llameante mirada al perseguidor de Elias cuando entró en el establecimiento. Jackson llevaba como media hora dentro de la tienda y el muchacho que le seguía pensaba que el escritor había salido por alguna puerta trasera, o algo similar, porque le parecía extraño que estuviera tanto tiempo en ese vertedero de papel.

El escolar alzó la barbilla y sonrió al viejo. El viejo no le devolvió el saludo, su cabeza cayó ante el manuscrito que estaba leyendo. Estupendo. Ante el perseguidor se alzaban cinco largos pasillos mal iluminados. Bombillas amarillas. Olor papel. El polvo, convertido en una mágica niebla que volaba entre los estantes. Que asco de sitio. El escolar miró en cada pasillo, pero Jackson no estaba a la vista, y al fondo sólo había otra pared, con otra estantería cargada de libros… O el escritor se escondía tras un estante o le había dado esquinazo y no sabía cómo.

El escolar metió las manos en los bolsillos. Aferró con fuerza la navaja. Caminó por el pasillo central, pasos cortos, silenciosos, atento a ver si oía algún movimiento, los pasos de Elias corriendo por un pasillo aledaño para intentar huir de él… Bien era cierto que su misión era seguir al escritor, pero no creía que al Sacerdote le molestase saber que lo había apuñalado. Sabían que ese tipo les investigaba, podía descubrirles y mejor quitarse la molestia cuanto antes. También mataría al viejo. Parecería un robo. Nadie sospecharía.

Al fondo de la librería no había nadie.

Una avalancha de libros cayó encima del escolar. Lanzó manotazos al aire, apuñaló varios tomos viejos, papeles crujientes volaron a su alrededor.

La campanilla sonó. ¿Alguien entraba o salía?

El escolar corrió por el pasillo y se encontró cara a cara con el viejo librero.

―¿Se puede saber que majadería estas hac…?

Cuando quiso darse cuenta le había hundido la navaja en el pecho, tres veces, el filo se había quedado atrapado entre las costillas. Ni siquiera lo sacó, apartó de un empellón al lívido anciano, salió de la librería a tiempo de ver como Jackson Elias hablaba con un bobby, un serio policía británico que lucía un enorme y trabajado mostacho… y le señalaba.

***

El bobby sacó su silbato y su porra, corrió pitando y enarbolando el arma hacia el sorprendido escolar salpicado en sangre.

Jackson ni les miró, se alejó de la escena tranquilamente hasta llegar a una oficina de telégrafos. Dejó un par de chelines sobre la mesa del telegrafista.

―Prioridad inmediata ―ordenó al tiempo que le tendía los mensajes a transcribir.

―Americanos ―siseó el viejo telegrafista.

Jackson no esperó, se subió las solapas de su abrigo tres cuartos, le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y aprovechó para mirar a su alrededor. Nadie le seguía.

Se perdió entre la niebla de Londres, camino del Mauritania que le devolvería a casa.

Telegrama Annie
El Telegrama de Annie
Telegrama Greg
El telegrama de Greg

 

*Los Finns volverán en “Las Máscaras de Nyarlathotep”

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La Redada (25) ¿Y en cuanto… a los Finns?

Aún se escuchaban disparos perdidos por las calles de Innsmouth, mientras las operaciones de búsqueda, casa por casa, continuaban sucediéndose. Los militares reunías prisioneros en grupos que iban subiendo a camiones de capota verde con escoltas armadas. Los Finns se reunieron con el enigmático agente Drew al oeste de la ciudad, en una bifurcación donde no pararon de ver el movimiento de escuadras de marines y vehículos militares. El agente Drew arrojó al suelo el fino cigarrillo que estaba fumando antes de solicitarles el equipo que habían usado durante la redada y requisar cualquier evidencia física que hubieran podido conseguir.

Tras lo cual, el grupo se metió en un camión que les estaba esperando con destino a unos barracones militares en Boston, donde dieron parte de la operación. Tras ofrecerles una manta, un tazón de sopa caliente y un té, se les interrogó pacientemente sobre las experiencias de la redada, sin reprocharles nada sobre las historias de monstruos y dioses. Resultó de especial interés la información acerca de traidores infiltrados o episodios de locura.

Una vez hubieron terminados, se les gratificó con un cheque de dos mil dólares, un corto apretón de manos y se les ofreció transporte hasta sus hogares.

La prensa no tardó en hacer eco de la Redada. Hubo algo más de doscientos prisioneros, transportados en camiones y trenes hasta campamentos clandestinos por todo el país. Algunos periódicos informaban de un gran campo de concentración en medio del desierto de Nevada. El gobierno respondió con historias inventadas acerca de una enorme operación de contrabando y trata de blancas que se centraba en la ciudad. Las fotos de la banda de “El Bastardo de los Waite” y algunos de los miembros más corruptos de la comisaría de Innsmouth como Nathan Birch o Elliot Ropes, aparecieron, como por arte de magia, junto a las de criminales como Al Capone o Clyde Barrow. Algunos tenaces diarios amarillistas continuaron escribiendo al respecto, pero la mayoría de los periódicos no tardaron en olvidar el asunto.

Innsmouth no sobrevivió mucho tiempo. La ciudad, con muchos de sus barrios dañados por incendios y saqueos, su población reducida y careciendo completamente de industria, comenzó a marchitarse. Los vecinos de las localidades cercanas continuaron rehuyéndola porque estaba maldita, estaba infectada, y muchos de sus habitantes, como el ayudante de la gasolinera Bernard Slocum o el barman de “The Garden” Viktor Obtrech, se marcharon, reduciendo todavía más la población.

Un incendio que tuvo lugar a principios de los años cuarenta provocó el éxodo del resto de la población y, tras la Segunda Guerra Mundial, sólo quedaron en ella unos cuantos ocupantes ilegales.

A finales de siglo, Innsmouth estaba abandonada y en ruinas.

***

El agente Drew acarició la cubierta de las “Ponape Scriptures”, el manuscrito que J.Edgar Hoover había sacado de su misión en la Mansión Marsh. El Director de la Oficina de Investigación se estaba sirviendo un vaso de whiskey con manos temblorosas.

―Tú nunca bebes ―afirmó Drew―. Nunca incumples las normas, J.E.

―Ya… ―siseó el director―. Y tampoco me creía esos cuentos de hombres rana y… dioses oscuros.

―Pero has visto….

―Sí… he visto ―le cortó el director que dio un lingotazo, rápido y agresivo al vaso. Trago con asco el licor―. Y ahora creo.

―Entonces… ¿Es cierto eso de que vas a crear un departamento que se encargue de estos… Casos Clasificados?

―Ya lo he puesto en marcha. Tengo muy claro que Ashbrook dirigirá ese departamento.

―¿El agente Ashbrook? ¿No es un poco temperamental?

―No necesito a los típicos agentes federales para estos casos, Drew. Necesitamos gente experimentada con lo… clasificado ―Hoover golpeó el manuscrito con el índice―. Lo que hay ahí fuera se escapa de las leyes… Naturales, humanas, divinas… Así que necesito gente que sea capaz de escapar de leyes. Que sea buena haciéndolo.

El agente Drew asintió mientras le daba una larga calada a su cigarrillo.

―¿Y en cuánto… a los Finns?

―¿Qué pasa con esos irlandeses?

―Eso te pregunto, ¿qué ha pasado con ellos?

Hoover apretó los dientes. Drew se había leído los informes, claro que sí, ambos lo sabían, pero el agente especial quería sonsacarle más información. Clasificada, como él decía. Cada vez que Hoover hablaba con el siniestro agente sentía que le iba regalando pedacitos de su alma al diablo.

―Patrice O’Connell está ingresada en un enclave de reposo terapéutico.

―Un manicomio…

―Uno de alto standing ―repuso Hoover―. Es al mismo al que he enviado a varios de mis hombres tras… el encuentro con esa… Cosa.

―¿Ninguno de los Finns quiso pasar por enclaves similares?

―No. Por ejemplo, el agente Jacob O’Neil quería volver con su familia.

―Pero ese hombre no estaba bien. Por lo visto fue incapaz de beber un vaso de agua durante toda la entrevista. Los informes apuntan que miraba al agua como si fuera veneno.

―El agente de policía y ciudadano de los estados unidos Jacob O’Neil solicitó volver con su familia… y tras los servicios prestados se le concedió su deseo―remarcó Hoover―. Al marine Thomas Connery se le ha ascendido a sargento, y se le ha destinado a una base militar donde es jefe de instrucción. Ann O’Carolan ha vuelto a Nueva Orleans donde sigue con su negocio de compra-venta de libros…

―Aunque su actividad ha bajado bastante, por lo que tengo oído ―informó Drew―, dicen que sale poco de casa, que se ha vuelto más… descuidada en su oficio.

―Yo también ―informó Hoover―. Después de lo que hemos vivido, creo que es normal asumir que no estemos al cien por cien durante una temporada, ¿no cree agente Drew?

―Greg Pendergast está muy bien.

Hoover resopló.

―Ya estamos trabajando en ello.

―He leído su novelita: ‹‹La Verdad sobre la Redada en Innsmouth»

―Ya estamos trabajando en ello.

― Es bastante buena. Muy entretenida.

―Ya estamos trabajando en ello.

―Está bien redactada pero, en mi opinión, sus descripciones sobre las tácticas militares son bastante ofensivas.

Hoover descargó su puño sobre la mesa. El silencio llenó la sala mientras Drew continuaba fumando tranquilamente su cigarrillo. El superintendente, sin mirarle, relajó su puño y tamborileó sus dedos sobre la cubierta de las Ponape Scriptures.

―Gregory Pendergast firmó, junto a sus compañeros, un “Juramento de Secreto” que ha incumplido, por lo que sufrirá las consecuencias. Y como ya he dicho: Ya estamos trabajando en ello.

―¿Cómo también están trabajando sobre la caja de madera negra que desapareció en la Mansión Marsh? ¿O sobre lo que robó Angus Lancaster?

―Agente Drew, ya hemos discutido eso: Angus Lancaster salió de Innsmouth sin ningún objeto de valor para la investigación.

―Pero hay varios informes en los que se afirma que llevaba una espada ceremonial que pertenecía a un cultista abatido durante la Redada.

―Pero cuando les recogió a él y a Liam McMurdo, y se les trajo a prestar declaración, no tenía esa espada. La debió de perder cuando salieron del edificio de la Orden Esotérica.

―O la escondió. Ese hombre es arquitecto, tiene tratos con los masones y el edificio de la Orden fue un templo masónico. Lancaster podría saber de…

―Esa es SU teoría. Teoría que le recuerdo que no ha sabido probar, por lo que, y a las pruebas me remito, Angus Lancaster no extrajo ningún objeto de Innsmouth ―el director Hoover y Drew se mantuvieron la mirada durante unos largos segundos―. ¿También va a criticar algo sobre Liam McMurdo, que ahora mismo es el propietario de su propio taller mecánico, pagado con la recompensa ofrecida por el gobierno? ¿O de Colin O’Bannon, que ha colaborado con nuestros agentes para la captura de todo el clan mafioso de los O’Bannon?

Drew expelió una bocanada de humo gris antes de levantarse.

―No ―contestó. Alargó su mano hacia el manuscrito, hacia las Ponape Scriptures, pero Hoover dejó caer su mano sobre el libro. Drew rió, divertido

―Aún le guardo el detalle de traer al Dr. Najar, Drew.

―Alguien… o algo, mató al respetable doctor Ravana Najar en el hotel en el que se alojaba, pocas horas antes de llegar a estas oficinas, director Hoover.

―Se la sigo guardando ―siseó Hoover, sin apartar la mano del manuscrito.

― ¿Se lo va a leer? ―inquirió Drew.

―Ya lo hice ―contestó Hoover impertérrito―. He hice una copia para que los hombres de Casos Clasificados, pudieran leerla. Material de estudio, ya me entiende. Sólo quería que lo supiera.

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El Enigmático Agente Drew y su perenne cigarrillo

El director apartó la mano. Drew le dedicó una indescifrable mirada, antes de hacerse con el manuscrito y salir de la habitación, dejando tras de sí una estela de humo gris.

La Redada (24) Los Juramentos de Dagon

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso (MUERTO)

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                     ―               Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                              ―              Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                             ―               Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (MUERTO)

Liam McMurdo (Conductor)                                                                 ―             Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                               ―            Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)                      ―            Hernan (2)

 

Cuando el soldado de primera Hammer atravesó las puertas dobles de la Orden Esotérica de Dagon se encontró a media escuadra Apod apuntándole. El cabo The Kid Ditullio parecía estar perfectamente, al igual que Billy Rowan, que tras pegarle un tiro en el pie a Bullseye Dalton, se había ganado el apodo de “Friendly Fire” Rowan. Dalton además del pie herido, llevaba el pecho vendado por el zarpazo de un profundo. Leprechaun O’Brien estaba doblando el estandarte de la Orden Esotérica de Dagon, otro “souvenir” que se llevaría a casa. Uno de los ACEs, el amanerado, tenía el brazo vendado, pero el otro estaba perfecto a excepción de cortes y magulladuras. Y estatua Drake tenía el cuello oculto bajo unos prietos vendajes y el rostro ceroso.

El suelo estaba repleto de cadáveres. Algunos no eran cadáveres humanos.

― Sansón ―soltó Hammer, recordando la contraseña del Proyecto Alianza.

―¿Tú eres gilipollas, no? ―le espetó Ditullio―. ¿Y el resto de refuerzos de la escuadra Sky que hemos solicitado?

―Sólo he podido venir yo ―contestó Hammer―. Llevo una mochila de carga explosiva para derribar este antro… y granadas. Sarge Kowalsky no podía permitirse prescindir de más hombres. Nos estamos enfrentando contra medio pueblo y más… cosas… Han empezado a salir hombres rana de las alcantarillas, monstruos acuáticos del río y unas serpientes voladoras.

Los miembros de la escuadra Apod se volvieron hacia los ACEs, Angus Lancaster y Liam McMurdo. De hecho, Angus que se había colgado a la espalda la extraña espada con la que el sectario decapitó a El Muro Rondale, miraba a Liam que boqueaba, intentando recordar algo sobre serpientes voladoras.

―Eso es nuevo ―contestó el Finn.

―Bueno, cabo ―siseó Estatua Drake con sorna ―, tú mandas.

―El piso superior está vacío ―recordó Leprechaun O’Brien.

―Así que sólo quedan esas tétricas escaleras que van… a abajo ―remarcó Friendly Fire Rowan.

―¿Y el capitán Corso? ¿Y el Muro?―preguntó Hammer al percatarse de que faltaban miembros de la Apod.

―¿Qué pedazo quieres que te muestre Bullseye? ―contestó agriamente Dalton.

―Muy bien. Leprechaun y Hammer iréis en cabeza. Bullseye y Rowan le siguen. Luego los ACE ―Ditullio se encaró con Angus―, que van a dejar de hacerse los héroes e irse a pegar tiros en solitario. ¿Capicce?

―Cristalino ―contestó Angus.

―Pues que se note. Yo cierro la formación.

―¿Y yo qué? ―inquirió Estatua con un hilo de voz.

―Tú estás muy débil. Te quedas a esperar a los refuerzos.

―Vale, pero primero me la vas a chupar.

―No es una broma, soldado.

―Me paso por el forro de los cojones tu graduación, Ditullio ―siseó Drake con los dientes apretados―. Y ahora dime en que parte de la formación quieres que vaya.

The Kid le mantuvo la mirada a su compañero durante unos tensos segundos. Una mirada desafiante, llena de determinación.

―En cabeza, con Leprechaun. Hammer, a la retaguardia conmigo ―mientras los invasores quitaban seguros, hacían saltar cerrojos y correderas, el cabo se agarró al soldado herido por el antebrazo―. Ten la Thompson a punto.

―Descuida, meapilas, lo tengo todo controlado.

Liam se apostó junto a Angus ante la estrecha escalera que se internaba en las profundidades. El conductor miró al arquitecto.

―¿Qué? ¿Cómo se te rompió el estoque te has hecho con una espadita nueva?

―Es más grande y pesa más… pero los fundamentos son parecidos ―informó Angus.

―Ya. La parte que pincha se clava en el rival y esas cosas.

―Esas cosas.

―Angus.

―¿Qué?

―Te quiero.

Angus se volteó hacia su compañero, con las mejillas sonrojadas y el corazón en un puño.

Liam se estaba descojonando en su cara.

―¡Aún sigues cayendo en esa broma! ―se mofó el conductor de rostro quemado―. ¡Tendrías que verte el careto, macho!

Liam le palmeó la espalda, antes de que Ditullio ordenara silencio.

Mientras descendían por las estrechas escaleras, en las que sólo podían bajar por parejas, comenzaron a mancharse con un sucio limo que ensuciaba las paredes.

 

Había tres tramos de escaleras, cada uno decorado por una banderola iluminada por una solitaria antorcha, similar a la que Leprechaun había afanado sólo que en estas, además del despreciable signo de la orden, había algo escrito:

Primer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por mi sangre, que guardaré el secreto de tu presencia y la de tus hijos, contra oídos ajenos, sucios extranjeros y otros villanos

¡Ia, Dagon, Ia!

―Alentador ―murmuró Drake.

―¿Qué es eso? ―preguntó Billy Rowan a sus espaldas.

―¿El qué?

―Yo también lo oigo ―afirmó Leprechaun.

Se escuchaba un rumor. Una cantinela que llegaba desde el subsuelo y se repetía una y otra vez.

En el siguiente tramo de escaleras encontraron otra banderola:

Segundo Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

Juro, por mis manos, que volcaré mi esfuerzo en prestar ayuda a la Orden Esotérica y sus sacerdotes, a tus hijos, los que moran en Y’ha-nthlei, y a ti, oh, gran Dagon

 ¡Ia Dagon, Ia!

El rumor ya era distinguible.

―Dagon.  Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon.

En el tercer tramo de escalera había otro estandarte:

Tercer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por la sangre de mi progenie, tomar a uno de tus hijos como mi pareja, llevarlo a mi hogar, y engendrar toda la progenie que pueda, para que tu especie crezca bajo de las aguas y en la faz de la tierra.

¡Ia, Dagon, Ia!

―¿Qué es engendrar? ―preguntó Drake.

―Tener descendencia ―contestó Rowan.

―Habla en cristiano, coño.

―Follar ―contestó Angus Lancaster.

Drake se volvió hacia sus compañeros y les miró con unos ojos febriles.

―Estas diciendo… que esta gente y los hombre rana…

―¿A qué ahora entiendes porque esta gente es tan fea? ―continuó Angus.

―A Bullseye no le importa donde la mete o deja de meter el enemigo ―contestó Bullseye―. Bullseye quiere bajar y terminar con todo esto.

―Amén a eso ―susurró Leprechaun.

Bajaron más.

Otro largo tramo de escaleras que desembocó en una árida habitación del tamaño de toda la planta del edificio masónico. Esa habitación, iluminada pobremente por una docena de antorchas, estaba gobernada por la presencia de tres gigantescas estatuas. La de la derecha representaba a Padre Dagón, un profundo enorme con un gran falo. La de la izquierda era Madre Hidra, una profundo con unos enormes atributos femeninos. Y en el medio, el Gran Cthulhu, una monstruosidad tentacular con pequeñas alas de murciélago. Las estatuas estaban hechas de una piedra negra con vetas plateadas y parecía que sus ojos de esmeralda miraban a los invasores que se prepararon para desplegarse ante el enemigo.

El enemigo eran filas y filas de fieles arrodillados, invocando el nombre de su deidad, Dagon, junto a una sarta de palabras incomprensibles. Muchos vestían túnicas, otros sólo eran simples marcados de Innsmouth, hombres, mujeres y niños. Todos entonaban la misma algarabía, a la vez.

Ante la horda de fieles había dos sacerdotes, a los cuales la marca de Innsmouth les había deformado de tal manera que parecían profundos con ropa. Se trataba de los sumos sacerdotes de la Orden, Jemeriah Brewster, cuya enorme boca lucía una hilera de finos y desiguales colmillos, y Robert Marsh, que poseía una leonada melena atrapada tras una tiara de oro argentífero.

―Escuadra ―llamó Ditullio―. Nos desplegaremos en hilera. Drake, dispara al dentón de la izquierda. Leprechaun, al melenudo de la izquierda.  Bullseye, al segundo por la izquierda. Friendly Fire, al segundo por la derecha. El Esgrimista Mariposón, al tercero de la izquierda. Filete Muy Hecho, al tercero de la derecha.

―¿Ya tienen apodos? ―preguntó Rowan con voz lastimera, pero The Kid le chistó.

―Hammer tu y yo tiramos granadas… al bulto.

―Pero…

―Al bulto. ¡Vamos!

Liam supo que tras esa orden todos, incluidos él y Angus, empezaron a gritar. La adrenalina corría por sus venas, envenenaba su organismo, les empujaba a pelear. Sin embargo, el tiempo comenzó a avanzar a cámara lenta. Todo. Cada paso, cada gesto, cada respiración, cada latido.

Liam lo vio todo.

La escuadra Apod se desplegó en hilera tal y como The Kid Ditullio había ordenado. Entre los adoradores surgieron diez profundos ataviados con túnicas aguamarinas y armados con lanzas de coral. El sumo sacerdote, Robert Marsh, les dirigió una agresiva mirada cargada de odio, sin dejar de continuar con la gorgoteante letanía, pero Jeremiah  Brewster les señaló con un dedo acusador mientras croaba unas áridas órdenes.

No pudieron hacer más.

La ráfaga de disparos de Estatua Drake le reventó la cabeza a Brewster. La andanada de disparos de Leprechaun O’Brien lanzó a Robert Marsh contra la estatua de Dagon, dejando su laxo cuerpo acribillado. Bullseye Dalton abatió con un certero disparo a un profundo. Friendly Fire Rowan frenó el lanzamiento de otra de esas criaturas con su tiro. La escopeta de Angus tronó, lanzando a dos profundos hacia la multitud que había a sus espaldas. Las granadas que Ditullio y Hammer arrojaron, pusieron en pie a los habitantes de Innsmouth que se levantaron, olvidaron el ritual y comenzaron a huir, por donde podían.

Y Liam observó como la corredera de su pistola se deslizaba hacia atrás. Como la bala generaba un estallido en la boca de su cañón y volaba hacia la cabeza del profundo que corría hacia él, enarbolando su venablo, antes de que el proyectil astillase su frente y le reventase la tapa de los sesos.

Los fieles salieron corriendo en tropel, la mayoría no huyó hacia los militares, que continuaron disparando sin compasión sobre monstruos, híbridos, mujeres, ancianos y niños. Huyeron hacia las estatuas, entrando por unos estrechos pasadizos que serpenteaban tras ellas, desapareciendo en los túneles de los contrabandistas.

Las granadas explotaron. Varios cuerpos volaron por el aire. Una tromba de personas asustadas se cernieron sobre los invasores que continuaron disparando. O’Brien y Rowan fueron derribados la marea de gente. Hammer lanzó una descarga con su metralleta Thompson que fulminó a cinco niños de no más de seis años. Ditullio la emprendió a golpes de culata con un profundo. Drake se escondió tras una columna para recargar su arma. Cada vez que Bullseye apretaba el gatillo, una figura caía pesadamente al suelo. Angus y Liam continuaron luchando, espalda contra espalda.

Mientras ocurría este frenesí de gente corriendo aterrada, el techo crujió.

Un golpe.

Dos golpes.

Las antorchas titilaban.

El polvo caía del techo.

Tres golpes.

Muchos, adoradores de Dagon y soldados de la escuadra Apod, volvieron la vista hacia el techo… Que se agrietó…

―No me jodas ―gruñó Ditullio segundos antes de que  una enorme zarpa de batracio atravesara cientos de toneladas de tierra y piedra, arrojando escombros por doquier y enterrando bajo su peso al cabo que apodaron The Kid durante su participación en los Golden Gloves.

Dagon había llegado hasta la Orden Esotérica, había arrancado el techo y atravesado todo el edificio a zarpazos, y había abierto el suelo para llegar hasta la sala de oración. Su zarpa comenzó a tantear la sala, buscando algo.

―¡¡¡¡Ditulliooooooooo!!!!! ―aulló Drake que atravesó la sala, corriendo hacia la zarpa y disparándole con rabia con todas las balas de su metralleta. Balas que fueron como la picadura de docenas de molestos mosquitos sobre las duras escamas del titán.

La garra se agitó con la violencia de un ciclón. Golpeó y mató a una docena de sus fieles…

Y a Estatua Drake. Su cuerpo se quebró como una frágil ramita y salió despedido por el impacto, golpeando duramente contra la pared de piedra.

La zarpa se hundió en el suelo arenoso del sótano y extrajo un cono de piedra plagado de retorcidos glifos grabados en un extraño mineral ultraterreno. Se trataba de la piedra rosseta de los Glifos de R’lyeh, el libro de Dagon original.

Una mano agarró a Leprechaun del hombro. El irlandés se había quedado sin munición para la metralleta y alzó su Colt 45 contra el intruso, que era el soldado de primera Bullseye Dalton.

―Saca a todo el mundo de aquí ―ordenó el francotirador.

Leprechaun asintió con la cabeza. Ayudó a Billy Rowan a ponerse en pie y contempló a Dalton caminar con paso firme entre los últimos aterrados adoradores de Dagon, hacia el gran agujero del techo.

―¿Qué vas a hacer? ¡Bullseye!

―Bullseye va a matar a esa cosa ―dijo Bullseye antes de alzar su fusil 30.06. Disparó hacia la oscura figura del padre de todos los profundos que se alzaba a docenas de metros de ellos.

Leprechaun empujó al aturdido Rowan y se unieron a los Finns mientras los instaba a salir por las escaleras que llevaban al exterior. Hammer dejó caer su mochila explosiva ante uno de los horribles ídolos de la sala, aquel que tenía una cabeza cefalópoda. Activó los explosivos para explotaran en cinco minutos y pasó corriendo junto a Bullseye que continuaba disparando a Dagon.

El experto en explosivos de la escuadra Sky salió sin ver como la zarpa del  primigenio descendía de nuevo y agarraba a ese molesto hombrecillo que continuaba atacándole en solitario. Nadie vio como el gigantesco profundo lo alzaba y le miraba furibundo. Aunque había perdido el fusil, Dalton continuaba disparándole con su pistola.

―Bullseye espera darte ardor de estómago, maldito hijo de…

Nadie vio a Dagon devorar de un bocado la mitad del cuerpo del cazador de ciervos de Iowa, Bullseye Dalton.

Y en ese momento, la mochila explosiva de Hammer detonó. Los supervivientes de la escuadra Apod salieron de la Orden Esotérica de Dagon a tiempo de ver como la estructura del edificio se venía abajo y se derrumbaba, escupiendo una nube de polvo que inundó dos manzanas.

La colosal figura de Dagon se internó a zancadas por las calles de Innsmouth, hasta llegar al puerto, donde se zambulló en el mar y desapareció.

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Dagon ya tiene su Libro

Ver a su dios huir calmó el ánimo de los furiosos habitantes del pueblo maldito, los cuales depusieron las armas y permitieron que las tropas norteamericanas les redujeran y detuvieran.

Sentados en los escalones del derruido edificio, Angus y Liam fumaban, con aire ausente, dos horribles puros que Sarge Kowalsky les había regalado con motivo de la victoria.

Angus se volvió hacia Liam.

―Liam.

―¿Qué? ―contestó este, contemplando como unos militares conducían a un grupo de híbridos de Innsmouth que caminaban con las manos en la cabeza en fila de a dos.

―Yo también te quiero.

Liam se volvió de improviso hacia su compañero, el cual sonreía con malicia.

―¡Tendrías que verte el careto, Filete Muy Hecho!

―Me has cazado, pero bien, Esgrimista Mariposón.

Y, entre tanto horror y caos, Liam y Angus estallaron en carcajadas, como hacía diez años

La Redada (23) El Nido del Shoggoth

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud (MUERTO)

Soldado Raso Cooley

Soldados Rasos Anzack y Witzneki (DESAPARECIDOS)

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(MUERTO)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (MUERTO)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Supervivientes de la Escuadra Charlie

Soldados de Primera Chumeski (Thompson)        –         Garrido2

Soldados Rasos Muzzarella (Fusil)               –            Hernán2

Escuadra Dog (Muertos en Combate)

 

 

El humo y el polvo se asentaron en el interior del túnel.

La refinería Marsh había sido destruida tras el bombardeo del USS Urania. Un enorme peñasco se había precipitado sobre uno de los botes, destrozándolo por completo.

En las profundidades, alguien encendió una linterna sobre el otro bote y una decena de figuras se acercaron tímidamente hasta la luz. Calados, tiritando, magullados.

La peor parte se la había llevado Colin O’Bannon. Un cascote le había abierto la cabeza y tenía la cara cubierta de sangre. Greg Pendergast le estaba vendando la cabeza mientras negaba con la cabeza.

― Un baño con un profundo. Un tiro.  ¿Y ahora te das de cabezazos contra las piedras? ¿Estás buscando qué te maten o qué?

―Puede… ―gruñó Colin. Greg paró de hacerle primeros auxilios y miró a su amigo de la infancia.

―¿Qué pasa?

―No pasa nada.

―Colin, quizá no salgamos con vida de estos túneles ―comenzó Greg―, así que… que cojones más dará. ¿Dime qué te pasa?

Colin le miró fijamente antes de apartar la mirada y contestar con voz monocorde.

―Tú tienes a toda tu familia, Greg. Eres el niño bonito de los Pendergast, el que fue a la universidad… Yo soy la decepción de mi padre. Si muero, nadie me llorará.

―Venga ya. He visto como tu familia montaba un funeral que parecía una fiesta cuando uno de sus “allegados” tenía un “accidente”. Tú eres de su sangre.

―Les da igual, Greg. Le doy igual. Siempre le he dado igual. He sido un cero a la izquierda. Salvo con los Finns. Salvo ahora. Ahora somos héroes.

Los soldados Cooley, Chumeski y Muzzarella lanzaban paladas al agua, haciendo avanzar el bote por el desastrado túnel. El joven soldado raso Pelkie se abrazaba a su rifle mientras gimoteaba. “Cenicero” Pollard y “Dispara Primero” Smeltz oteaban en la negrura, apretando el lanzallamas y la Thompson, atentos a la aparición de nuevos enemigos. El Cabo Wold se abrazaba a sus rodillas llamando con un hilo de voz al fallecido teniente Doud.

―Que triste es tu concepto de heroicidad ―comentó Greg con sorna.

―Es la primera vez, desde que fui un Finn, que hago algo por el bien del resto y no para satisfacer mis vicios. Para llenar mi vacío. Yo…

El sargento Smeltz ordenó silencio.

Al fondo del túnel comenzó a apreciarse un verdososo fulgor. Apagaron las linternas y todos se aprestaron para enfrentarse a lo que fuera. El pasadizo desembocaba en una gran cámara subterránea, llena de estalactitas y estalagmitas y que estaba inundada, por lo menos un metro de profundidad de agua cristalina en cuyo fondo abundaban las algas fosforescentes que desprendían esa mortecina luz verdosa… y que rodeaban una infinidad de tesoros. Cientos de piezas de oro argentífero poblaban el fondo: coronas, tiaras, colgantes, amuletos, collares, estatuillas, lingotes…

Y, anclada en medio de la caverna, estaba la embarcación de los mafiosos de Innsmouth que habían robado los soldados Anzack y Witzneki.

De hecho, Anzack les estaba encañonando con su rifle, mientas que Witzneki estaba metido hasta el pecho en el agua, aparentemente pescando piezas de oro.

―Un solo movimiento y le pego un tiro al lanzallamas de Cenicero ―amenazó el soldado Anzack―. Y ya sabéis todos que tengo buena puntería.

―Sobre todo para disparar por la espalda ―escupió Smeltz―. No vas a salir de esta impune, muchacho.

Antes de que Anzack escupiera un insulto, Witzneki alzó las manos en las que sostenía un puñado de piezas de oro plateado.

―¡Mire esto sargento! ¡¡Este sitio está lleno de tesoros!! ¡¡¡Tesoros!!! ¡Podemos salir de aquí siendo ricos, señor! En vez de seguir amenazándonos, podríais ayudarme a llenar de los botes con todo este tesoro.

―¿Y los monstruos? ―preguntó Chumeski.

―No había ninguno ―siseó Anzack sin apartar la vista del depósito de combustible del lanzallamas de Pollard.

―Me estáis diciendo ―comenzó Greg con el sarcasmo impregnando cada una de sus palabras―que los profundos tienen una cámara llena de todos sus tesoros… ¿y la han dejado desprotegida?

―Aquí estamos ¿O no lo ves, listillo?

Colin apuntó, con un índice acusador, al soldado Witzneki. Alrededor del marine el agua se había oscurecido, cómo si una nube de tinta hubiera llenado el agua que le rodeaba. El soldado metió el brazo en la sustancia, percibiendo como el agua adquiría una consistencia más… pegajosa.

―Lo que estáis es jodidos ―declaró Colin, antes de que Witzneki comenzase a chillar.

Witzneki estaba metido hasta la cintura en el cuerpo amorfo y medio líquido de un shoggoth. No una pequeña semilla como la que había devorado la cara del teniente Doud, sino de un ejemplar maduro, una pesadilla acuosa llena de ojos, dientes y zarcillos viscosos. Docenas de metros cuadrados de limo viviente. La criatura fluyó veloz por los brazos y el pecho de Witzneki, quemando, digiriendo y devorándole en cada centímetro de ascenso.

Anzack miró de reojo a su gemebundo colega, volvió a apuntar al depósito del lanzallamas.

―¡Anzack! ¡Baja el arma, maldita sea! ―aulló Smeltz.

El soldado obedeció y se volteó para encarar al shoggoth que continuaba deglutiendo al quejumbroso Witzneki. El resto de la criatura se alzó por encima de la superficie del agua como una ola de protoplasma transparente donde se apreciaban los restos medio digeridos de sus víctimas previas: cadáveres mutilados, podridos, rostros boquiabiertos, cabezas roídas, torsos hinchados y miembros cercenados parcialmente disueltos. El shoggoth envolvió por completo a Witzneki y lo elevó por encima del bote. Witzneki gorgoteaba, tragando shoggoth que le fundía por dentro y por fuera.  Anzack disparó, a ciegas.

La pesadilla protoplasmática había adquirido la forma de una columna de carne negra, bamboleante y muerta, que casi tocaba el techo.

Smeltz ordenó abrir fuego a discreción. Su Tommy descargó todo el tambor de munición que le había afanado al cadáver del Bastardo de los Waite y la Thompson de Chumeski escupió plomo junto a la ametralladora Browning que llevaba Greg. Colin disparó con una pareja de revólveres que había afanado de la armería de los mafiosos. Cooley disparó con su fusil y Muzzarella hizo lo propio, pero apuntando a Witzneki “Para paliar su sufrimiento” pensaba mientras sonreía, como había pensado cuando abatió al teniente Doud.

Pero no todos sus hombres pudieron soportar la visión del shoggoth. Pelkie arrojó su fusil, se tiró al agua y comenzó a nadar hacia el túnel, en dirección contraria al monstruo, sin dejar de gimotear. Pollard se acuclilló sobre la cajonera hermética en la que guardaban la dinamita y comenzó a sacar cartuchos cuando vio al cabo Wold comenzar a reír histérico.

―¡Cabo!  ―le llamó Cenicero por encima del estruendo del tiroteo. Wold le miró fijamente y sacó su Colt de la cartuchera.

―Tranquilo, Pollard, tranquilo ―dijo el cabo Wold―, me voy con el teniente Doud.

Y se puso el cañón de la pistola bajo el mentón antes de volarse la tapa de los sesos.

El fusilamiento al shoggoth había sido bastante efectivo. La estructura del monstruo se encontraba apolillada y ya no parecía gomosa si no más fluida. Los pedazos a medio digerir de sus víctimas se escapaban del interior de su superficie legamosa y empezaron a caer al agua. El cuerpo inerte de Witzneki cayó en el bote de Anzack, junto a fragmentos acuosos del monstruo. El soldado huyó hacia la cabina e intentó encender los motores. El shoggoth penduleó, como borracho, herido, hasta que dejó caer toda su masa sobre el bote que capitaneaba Anzack. El pesado protoplasma cayó como el puño de un gigante sobre la embarcación, partiéndola por la mitad. Los soldados escucharon a Anzack gritar desde la cabina. El shoggoth estaría herido de muerte pero aún era mortal y comenzó a digerir al desertor.

“Cenicero” Pollard encendió varios cartuchos de dinamita y los arrojó hacia los restos de la embarcación bañada por el shogghot mientras “Dispara Primero” Smetlz, Chumeski y Pendergast se afanaban en recargar sus armas.

―¡Nos rodean! ―aulló Colin disparando contra un hilo de limo iridiscente que rezumaba por una grieta del techo.

No era el único. Diversas semillas del shogghoth, como la que les atacaron en la refinería volvían al nido. Se arrastraban por el agua, se descolgaban desde grietas del techo, emergían de las hendiduras de las paredes. Una de las semillas se dejó caer en medio del bote, adhiriéndose al soldado  Muzzarella que aulló de dolor intento arrancarse esa cosa del cuerpo.

El soldado Pelkie frenó su nado cuando uno de esos seres se deslizó por el agua hacia él. El soldado comenzó a bracear histérico, huyendo de la masa negra que se deslizaba por el agua mucho más rápido que él. El soldado la notó burbujear a sus pies. Notó como el agua se volvía más densa, más pesada, como sus manos desnudas y su rostro se irritaba ante la presencia de ese ser nocivo, esos humores gástricos vivientes le rodeaban, pasaban bajo el, a través de él…

Y le ignoraban avanzando hacia el centro de la caverna. Donde casi todas las semillas parecían estar reuniéndose.

La dinamita explotó acabando con el shoggoth. O no. Lo cierto es que el monstruo y la embarcación donde estaba pegado explotaron. Sus pedazos licuados volaron por todas partes, se pegaron a la pared, se esparcieron por la caverna… pero alguno de esos fragmentos se arrastraron hasta pequeñas grietas o se dejaron caer al agua del túnel, para desaparecer en la oscuridad.

Tocar la semilla de shoggoth que le devoraba, quemaba las manos de Muzzarella y las dejaba cubiertas de ampollas. Sentía como unos largos dientes se formaban y hurgando en su cuello, tragando, chupando, succionando. Mareado de dolor, agarró su granada.

―¡Semper fidelis, hijo de puta! ―aulló, antes de tirarse por la borda y explotar junto al bote.

La violencia del estallido zarandeó el bote. La metralla impactó al soldado Cooley y lo lanzó al agua. Nunca más volvieron a verle.

El horror no había terminado.

Las semillas del shoggoth salieron de debajo del agua, unidas unas a otras en una danza macabra, retorcida, adquiriendo la forma de otra columna de carne negra y gomosa, otro shoggoth, un tornado de seis metros, pegajoso y protoplasmático, formado por retales de semillas, que se alzaba sobre el bote con un inimaginable apetito alienígena.

―Borremos a esa cosa de la faz del planeta ―ordenó el sargento Smeltz, antes de que todos los supervivientes del bote (salvo el atemorizado Pelkie) abrieran fuego a la vez con sus armas.

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Rudy”Dispara Primero”Semltz Vs Shoggoth de Innsmouth (Ilustración de dimmartin)

La potencia de fuego fue espectacular. Los subfusiles Thompson escupiendo munición, las pistolas de Colin tronando con cada disparo, la ametralladora Browning disparando hasta  la última bala… y para finalizar, la lengua flamígera que escupió el lanzallamas de Cenicero Pollard cuyo fuego  comenzó a devorar al monstruo informe.

La masa se encogió  y saltó como un resorte hacia el techo, golpeándolo como un puño enorme. Greg y Colin pensaron que el monstruo pretendía derribar el techo sobre ellos, así que se encogieron en el bote, prevenidos ante otro posible derrumbe. Pero el ente se encaramó al techo y comenzó a deslizarse por las grietas, huyendo de los invasores. Las semillas de shoggoth emergieron en una casa de la maldita ciudad de Innsmouth, destrozando todo a su paso, y borboteando en su huida hacia el océano.

―¿Hemos… ganado? ―preguntó el soldado raso Pelkie desde el agua, temblando, con la cara y las manos cubiertas de ampollas.

―Aún no hemos salido de aquí ―murmuró Colin con tono siniestro.

A base de su instinto y su experiencia, Smeltz les orientó para salir del complejo de los túneles de los contrabandistas. La munición escaseaba. La ametralladora Browning y la Thompson de Chumeski no tenían balas, Smeltz solo disponía de un cargador para Tommy y solo había dos rifles funcionales. Aún disponían de las pistolas del calibre 45, un revólver del calibre 32 que Colin había afanado del antro de los contrabanditas, del lanzallamas de Pollard y unos pocos cartuchos de dinamita. El bote estaba dañado por la granada de Muzzarella y, poco a poco, la embarcación se anegaba de agua y debían ir achicando con sus cascos. Pelkie lloriqueaba débilmente en un extremo del bote, hecho un ovillo.

Y entonces, avanzando por un estrecho túnel, comenzaron a escuchar el rumor. Gorgoteos. Chasquidos. Voces.

Luces.

Haces de linternas. Antorchas.

Figuras oscuras que recorrían los túneles tras ellos, que se les acercaban.

Muchas figuras.

Muchísimas.

Smeltz alentó a sus hombres. Greg y Chumeski apretaron los fusiles contra sus hombros. Colin apuntó con el revólver. Pollard prendió el lanzallamas. Pelkie se encogió aún más.

Por los túneles comenzaron a aparecer infinidad de profundos e híbridos, humanos deformes de ojos sin párpados, caminares zancudos y zarpas palmeadas que llevaban de la mano a sus hijos, completamente humanos. Una Profundo de enormes pechos, cargaba en brazos con un decrépito anciano. Dos batracios pesadillescos precedían a tres niños que lloraban asustados ante la presencia… de los militares. Una mujer entrada en carnes corría de la mano junto a un profundo de dientes de criatura abisal.

Los profundos y los híbridos pasaban por los lados del bote. Les dirigían venenosas miradas mientras los supervivientes de la operación les apuntaban con sus armas, con los dedos temblando sobre los gatillos, asustados.

Greg fue el primero en bajar su arma.

― No son una amenaza ―informó Greg y apoyó su mano en el cañón de Chumeski.

Los profundos y su parentela, que no habían muerto en sus encontronazos con los soldados que continuaban la redada en el pueblo, habían decidido huir de Innsmouth por los pasadizos.

Cansado de combatir, de matar y ver morir a sus soldados, Smetlz ordenó a sus hombres esperar a que los habitantes de la ciudad les flanqueasen… tras lo cual les siguieron.

Hasta el exterior.

Hasta el mar donde la tibia luz del sol  que comenzaba a salir en una fría mañana invernal les acarició.

Greg y Colin se abrazaron y rieron junto a los escasos supervivientes del asalto a los túneles.  El sargento Smeltz predijo que Greg y Colin habían hecho allí amigos de por vida.