La Redada (23) El Nido del Shoggoth

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud (MUERTO)

Soldado Raso Cooley

Soldados Rasos Anzack y Witzneki (DESAPARECIDOS)

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(MUERTO)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (MUERTO)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Supervivientes de la Escuadra Charlie

Soldados de Primera Chumeski (Thompson)        –         Garrido2

Soldados Rasos Muzzarella (Fusil)               –            Hernán2

Escuadra Dog (Muertos en Combate)

 

 

El humo y el polvo se asentaron en el interior del túnel.

La refinería Marsh había sido destruida tras el bombardeo del USS Urania. Un enorme peñasco se había precipitado sobre uno de los botes, destrozándolo por completo.

En las profundidades, alguien encendió una linterna sobre el otro bote y una decena de figuras se acercaron tímidamente hasta la luz. Calados, tiritando, magullados.

La peor parte se la había llevado Colin O’Bannon. Un cascote le había abierto la cabeza y tenía la cara cubierta de sangre. Greg Pendergast le estaba vendando la cabeza mientras negaba con la cabeza.

― Un baño con un profundo. Un tiro.  ¿Y ahora te das de cabezazos contra las piedras? ¿Estás buscando qué te maten o qué?

―Puede… ―gruñó Colin. Greg paró de hacerle primeros auxilios y miró a su amigo de la infancia.

―¿Qué pasa?

―No pasa nada.

―Colin, quizá no salgamos con vida de estos túneles ―comenzó Greg―, así que… que cojones más dará. ¿Dime qué te pasa?

Colin le miró fijamente antes de apartar la mirada y contestar con voz monocorde.

―Tú tienes a toda tu familia, Greg. Eres el niño bonito de los Pendergast, el que fue a la universidad… Yo soy la decepción de mi padre. Si muero, nadie me llorará.

―Venga ya. He visto como tu familia montaba un funeral que parecía una fiesta cuando uno de sus “allegados” tenía un “accidente”. Tú eres de su sangre.

―Les da igual, Greg. Le doy igual. Siempre le he dado igual. He sido un cero a la izquierda. Salvo con los Finns. Salvo ahora. Ahora somos héroes.

Los soldados Cooley, Chumeski y Muzzarella lanzaban paladas al agua, haciendo avanzar el bote por el desastrado túnel. El joven soldado raso Pelkie se abrazaba a su rifle mientras gimoteaba. “Cenicero” Pollard y “Dispara Primero” Smeltz oteaban en la negrura, apretando el lanzallamas y la Thompson, atentos a la aparición de nuevos enemigos. El Cabo Wold se abrazaba a sus rodillas llamando con un hilo de voz al fallecido teniente Doud.

―Que triste es tu concepto de heroicidad ―comentó Greg con sorna.

―Es la primera vez, desde que fui un Finn, que hago algo por el bien del resto y no para satisfacer mis vicios. Para llenar mi vacío. Yo…

El sargento Smeltz ordenó silencio.

Al fondo del túnel comenzó a apreciarse un verdososo fulgor. Apagaron las linternas y todos se aprestaron para enfrentarse a lo que fuera. El pasadizo desembocaba en una gran cámara subterránea, llena de estalactitas y estalagmitas y que estaba inundada, por lo menos un metro de profundidad de agua cristalina en cuyo fondo abundaban las algas fosforescentes que desprendían esa mortecina luz verdosa… y que rodeaban una infinidad de tesoros. Cientos de piezas de oro argentífero poblaban el fondo: coronas, tiaras, colgantes, amuletos, collares, estatuillas, lingotes…

Y, anclada en medio de la caverna, estaba la embarcación de los mafiosos de Innsmouth que habían robado los soldados Anzack y Witzneki.

De hecho, Anzack les estaba encañonando con su rifle, mientas que Witzneki estaba metido hasta el pecho en el agua, aparentemente pescando piezas de oro.

―Un solo movimiento y le pego un tiro al lanzallamas de Cenicero ―amenazó el soldado Anzack―. Y ya sabéis todos que tengo buena puntería.

―Sobre todo para disparar por la espalda ―escupió Smeltz―. No vas a salir de esta impune, muchacho.

Antes de que Anzack escupiera un insulto, Witzneki alzó las manos en las que sostenía un puñado de piezas de oro plateado.

―¡Mire esto sargento! ¡¡Este sitio está lleno de tesoros!! ¡¡¡Tesoros!!! ¡Podemos salir de aquí siendo ricos, señor! En vez de seguir amenazándonos, podríais ayudarme a llenar de los botes con todo este tesoro.

―¿Y los monstruos? ―preguntó Chumeski.

―No había ninguno ―siseó Anzack sin apartar la vista del depósito de combustible del lanzallamas de Pollard.

―Me estáis diciendo ―comenzó Greg con el sarcasmo impregnando cada una de sus palabras―que los profundos tienen una cámara llena de todos sus tesoros… ¿y la han dejado desprotegida?

―Aquí estamos ¿O no lo ves, listillo?

Colin apuntó, con un índice acusador, al soldado Witzneki. Alrededor del marine el agua se había oscurecido, cómo si una nube de tinta hubiera llenado el agua que le rodeaba. El soldado metió el brazo en la sustancia, percibiendo como el agua adquiría una consistencia más… pegajosa.

―Lo que estáis es jodidos ―declaró Colin, antes de que Witzneki comenzase a chillar.

Witzneki estaba metido hasta la cintura en el cuerpo amorfo y medio líquido de un shoggoth. No una pequeña semilla como la que había devorado la cara del teniente Doud, sino de un ejemplar maduro, una pesadilla acuosa llena de ojos, dientes y zarcillos viscosos. Docenas de metros cuadrados de limo viviente. La criatura fluyó veloz por los brazos y el pecho de Witzneki, quemando, digiriendo y devorándole en cada centímetro de ascenso.

Anzack miró de reojo a su gemebundo colega, volvió a apuntar al depósito del lanzallamas.

―¡Anzack! ¡Baja el arma, maldita sea! ―aulló Smeltz.

El soldado obedeció y se volteó para encarar al shoggoth que continuaba deglutiendo al quejumbroso Witzneki. El resto de la criatura se alzó por encima de la superficie del agua como una ola de protoplasma transparente donde se apreciaban los restos medio digeridos de sus víctimas previas: cadáveres mutilados, podridos, rostros boquiabiertos, cabezas roídas, torsos hinchados y miembros cercenados parcialmente disueltos. El shoggoth envolvió por completo a Witzneki y lo elevó por encima del bote. Witzneki gorgoteaba, tragando shoggoth que le fundía por dentro y por fuera.  Anzack disparó, a ciegas.

La pesadilla protoplasmática había adquirido la forma de una columna de carne negra, bamboleante y muerta, que casi tocaba el techo.

Smeltz ordenó abrir fuego a discreción. Su Tommy descargó todo el tambor de munición que le había afanado al cadáver del Bastardo de los Waite y la Thompson de Chumeski escupió plomo junto a la ametralladora Browning que llevaba Greg. Colin disparó con una pareja de revólveres que había afanado de la armería de los mafiosos. Cooley disparó con su fusil y Muzzarella hizo lo propio, pero apuntando a Witzneki “Para paliar su sufrimiento” pensaba mientras sonreía, como había pensado cuando abatió al teniente Doud.

Pero no todos sus hombres pudieron soportar la visión del shoggoth. Pelkie arrojó su fusil, se tiró al agua y comenzó a nadar hacia el túnel, en dirección contraria al monstruo, sin dejar de gimotear. Pollard se acuclilló sobre la cajonera hermética en la que guardaban la dinamita y comenzó a sacar cartuchos cuando vio al cabo Wold comenzar a reír histérico.

―¡Cabo!  ―le llamó Cenicero por encima del estruendo del tiroteo. Wold le miró fijamente y sacó su Colt de la cartuchera.

―Tranquilo, Pollard, tranquilo ―dijo el cabo Wold―, me voy con el teniente Doud.

Y se puso el cañón de la pistola bajo el mentón antes de volarse la tapa de los sesos.

El fusilamiento al shoggoth había sido bastante efectivo. La estructura del monstruo se encontraba apolillada y ya no parecía gomosa si no más fluida. Los pedazos a medio digerir de sus víctimas se escapaban del interior de su superficie legamosa y empezaron a caer al agua. El cuerpo inerte de Witzneki cayó en el bote de Anzack, junto a fragmentos acuosos del monstruo. El soldado huyó hacia la cabina e intentó encender los motores. El shoggoth penduleó, como borracho, herido, hasta que dejó caer toda su masa sobre el bote que capitaneaba Anzack. El pesado protoplasma cayó como el puño de un gigante sobre la embarcación, partiéndola por la mitad. Los soldados escucharon a Anzack gritar desde la cabina. El shoggoth estaría herido de muerte pero aún era mortal y comenzó a digerir al desertor.

“Cenicero” Pollard encendió varios cartuchos de dinamita y los arrojó hacia los restos de la embarcación bañada por el shogghot mientras “Dispara Primero” Smetlz, Chumeski y Pendergast se afanaban en recargar sus armas.

―¡Nos rodean! ―aulló Colin disparando contra un hilo de limo iridiscente que rezumaba por una grieta del techo.

No era el único. Diversas semillas del shogghoth, como la que les atacaron en la refinería volvían al nido. Se arrastraban por el agua, se descolgaban desde grietas del techo, emergían de las hendiduras de las paredes. Una de las semillas se dejó caer en medio del bote, adhiriéndose al soldado  Muzzarella que aulló de dolor intento arrancarse esa cosa del cuerpo.

El soldado Pelkie frenó su nado cuando uno de esos seres se deslizó por el agua hacia él. El soldado comenzó a bracear histérico, huyendo de la masa negra que se deslizaba por el agua mucho más rápido que él. El soldado la notó burbujear a sus pies. Notó como el agua se volvía más densa, más pesada, como sus manos desnudas y su rostro se irritaba ante la presencia de ese ser nocivo, esos humores gástricos vivientes le rodeaban, pasaban bajo el, a través de él…

Y le ignoraban avanzando hacia el centro de la caverna. Donde casi todas las semillas parecían estar reuniéndose.

La dinamita explotó acabando con el shoggoth. O no. Lo cierto es que el monstruo y la embarcación donde estaba pegado explotaron. Sus pedazos licuados volaron por todas partes, se pegaron a la pared, se esparcieron por la caverna… pero alguno de esos fragmentos se arrastraron hasta pequeñas grietas o se dejaron caer al agua del túnel, para desaparecer en la oscuridad.

Tocar la semilla de shoggoth que le devoraba, quemaba las manos de Muzzarella y las dejaba cubiertas de ampollas. Sentía como unos largos dientes se formaban y hurgando en su cuello, tragando, chupando, succionando. Mareado de dolor, agarró su granada.

―¡Semper fidelis, hijo de puta! ―aulló, antes de tirarse por la borda y explotar junto al bote.

La violencia del estallido zarandeó el bote. La metralla impactó al soldado Cooley y lo lanzó al agua. Nunca más volvieron a verle.

El horror no había terminado.

Las semillas del shoggoth salieron de debajo del agua, unidas unas a otras en una danza macabra, retorcida, adquiriendo la forma de otra columna de carne negra y gomosa, otro shoggoth, un tornado de seis metros, pegajoso y protoplasmático, formado por retales de semillas, que se alzaba sobre el bote con un inimaginable apetito alienígena.

―Borremos a esa cosa de la faz del planeta ―ordenó el sargento Smeltz, antes de que todos los supervivientes del bote (salvo el atemorizado Pelkie) abrieran fuego a la vez con sus armas.

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Rudy”Dispara Primero”Semltz Vs Shoggoth de Innsmouth (Ilustración de dimmartin)

La potencia de fuego fue espectacular. Los subfusiles Thompson escupiendo munición, las pistolas de Colin tronando con cada disparo, la ametralladora Browning disparando hasta  la última bala… y para finalizar, la lengua flamígera que escupió el lanzallamas de Cenicero Pollard cuyo fuego  comenzó a devorar al monstruo informe.

La masa se encogió  y saltó como un resorte hacia el techo, golpeándolo como un puño enorme. Greg y Colin pensaron que el monstruo pretendía derribar el techo sobre ellos, así que se encogieron en el bote, prevenidos ante otro posible derrumbe. Pero el ente se encaramó al techo y comenzó a deslizarse por las grietas, huyendo de los invasores. Las semillas de shoggoth emergieron en una casa de la maldita ciudad de Innsmouth, destrozando todo a su paso, y borboteando en su huida hacia el océano.

―¿Hemos… ganado? ―preguntó el soldado raso Pelkie desde el agua, temblando, con la cara y las manos cubiertas de ampollas.

―Aún no hemos salido de aquí ―murmuró Colin con tono siniestro.

A base de su instinto y su experiencia, Smeltz les orientó para salir del complejo de los túneles de los contrabandistas. La munición escaseaba. La ametralladora Browning y la Thompson de Chumeski no tenían balas, Smeltz solo disponía de un cargador para Tommy y solo había dos rifles funcionales. Aún disponían de las pistolas del calibre 45, un revólver del calibre 32 que Colin había afanado del antro de los contrabanditas, del lanzallamas de Pollard y unos pocos cartuchos de dinamita. El bote estaba dañado por la granada de Muzzarella y, poco a poco, la embarcación se anegaba de agua y debían ir achicando con sus cascos. Pelkie lloriqueaba débilmente en un extremo del bote, hecho un ovillo.

Y entonces, avanzando por un estrecho túnel, comenzaron a escuchar el rumor. Gorgoteos. Chasquidos. Voces.

Luces.

Haces de linternas. Antorchas.

Figuras oscuras que recorrían los túneles tras ellos, que se les acercaban.

Muchas figuras.

Muchísimas.

Smeltz alentó a sus hombres. Greg y Chumeski apretaron los fusiles contra sus hombros. Colin apuntó con el revólver. Pollard prendió el lanzallamas. Pelkie se encogió aún más.

Por los túneles comenzaron a aparecer infinidad de profundos e híbridos, humanos deformes de ojos sin párpados, caminares zancudos y zarpas palmeadas que llevaban de la mano a sus hijos, completamente humanos. Una Profundo de enormes pechos, cargaba en brazos con un decrépito anciano. Dos batracios pesadillescos precedían a tres niños que lloraban asustados ante la presencia… de los militares. Una mujer entrada en carnes corría de la mano junto a un profundo de dientes de criatura abisal.

Los profundos y los híbridos pasaban por los lados del bote. Les dirigían venenosas miradas mientras los supervivientes de la operación les apuntaban con sus armas, con los dedos temblando sobre los gatillos, asustados.

Greg fue el primero en bajar su arma.

― No son una amenaza ―informó Greg y apoyó su mano en el cañón de Chumeski.

Los profundos y su parentela, que no habían muerto en sus encontronazos con los soldados que continuaban la redada en el pueblo, habían decidido huir de Innsmouth por los pasadizos.

Cansado de combatir, de matar y ver morir a sus soldados, Smetlz ordenó a sus hombres esperar a que los habitantes de la ciudad les flanqueasen… tras lo cual les siguieron.

Hasta el exterior.

Hasta el mar donde la tibia luz del sol  que comenzaba a salir en una fría mañana invernal les acarició.

Greg y Colin se abrazaron y rieron junto a los escasos supervivientes del asalto a los túneles.  El sargento Smeltz predijo que Greg y Colin habían hecho allí amigos de por vida.

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