La Redada (25) ¿Y en cuanto… a los Finns?

Aún se escuchaban disparos perdidos por las calles de Innsmouth, mientras las operaciones de búsqueda, casa por casa, continuaban sucediéndose. Los militares reunías prisioneros en grupos que iban subiendo a camiones de capota verde con escoltas armadas. Los Finns se reunieron con el enigmático agente Drew al oeste de la ciudad, en una bifurcación donde no pararon de ver el movimiento de escuadras de marines y vehículos militares. El agente Drew arrojó al suelo el fino cigarrillo que estaba fumando antes de solicitarles el equipo que habían usado durante la redada y requisar cualquier evidencia física que hubieran podido conseguir.

Tras lo cual, el grupo se metió en un camión que les estaba esperando con destino a unos barracones militares en Boston, donde dieron parte de la operación. Tras ofrecerles una manta, un tazón de sopa caliente y un té, se les interrogó pacientemente sobre las experiencias de la redada, sin reprocharles nada sobre las historias de monstruos y dioses. Resultó de especial interés la información acerca de traidores infiltrados o episodios de locura.

Una vez hubieron terminados, se les gratificó con un cheque de dos mil dólares, un corto apretón de manos y se les ofreció transporte hasta sus hogares.

La prensa no tardó en hacer eco de la Redada. Hubo algo más de doscientos prisioneros, transportados en camiones y trenes hasta campamentos clandestinos por todo el país. Algunos periódicos informaban de un gran campo de concentración en medio del desierto de Nevada. El gobierno respondió con historias inventadas acerca de una enorme operación de contrabando y trata de blancas que se centraba en la ciudad. Las fotos de la banda de “El Bastardo de los Waite” y algunos de los miembros más corruptos de la comisaría de Innsmouth como Nathan Birch o Elliot Ropes, aparecieron, como por arte de magia, junto a las de criminales como Al Capone o Clyde Barrow. Algunos tenaces diarios amarillistas continuaron escribiendo al respecto, pero la mayoría de los periódicos no tardaron en olvidar el asunto.

Innsmouth no sobrevivió mucho tiempo. La ciudad, con muchos de sus barrios dañados por incendios y saqueos, su población reducida y careciendo completamente de industria, comenzó a marchitarse. Los vecinos de las localidades cercanas continuaron rehuyéndola porque estaba maldita, estaba infectada, y muchos de sus habitantes, como el ayudante de la gasolinera Bernard Slocum o el barman de “The Garden” Viktor Obtrech, se marcharon, reduciendo todavía más la población.

Un incendio que tuvo lugar a principios de los años cuarenta provocó el éxodo del resto de la población y, tras la Segunda Guerra Mundial, sólo quedaron en ella unos cuantos ocupantes ilegales.

A finales de siglo, Innsmouth estaba abandonada y en ruinas.

***

El agente Drew acarició la cubierta de las “Ponape Scriptures”, el manuscrito que J.Edgar Hoover había sacado de su misión en la Mansión Marsh. El Director de la Oficina de Investigación se estaba sirviendo un vaso de whiskey con manos temblorosas.

―Tú nunca bebes ―afirmó Drew―. Nunca incumples las normas, J.E.

―Ya… ―siseó el director―. Y tampoco me creía esos cuentos de hombres rana y… dioses oscuros.

―Pero has visto….

―Sí… he visto ―le cortó el director que dio un lingotazo, rápido y agresivo al vaso. Trago con asco el licor―. Y ahora creo.

―Entonces… ¿Es cierto eso de que vas a crear un departamento que se encargue de estos… Casos Clasificados?

―Ya lo he puesto en marcha. Tengo muy claro que Ashbrook dirigirá ese departamento.

―¿El agente Ashbrook? ¿No es un poco temperamental?

―No necesito a los típicos agentes federales para estos casos, Drew. Necesitamos gente experimentada con lo… clasificado ―Hoover golpeó el manuscrito con el índice―. Lo que hay ahí fuera se escapa de las leyes… Naturales, humanas, divinas… Así que necesito gente que sea capaz de escapar de leyes. Que sea buena haciéndolo.

El agente Drew asintió mientras le daba una larga calada a su cigarrillo.

―¿Y en cuánto… a los Finns?

―¿Qué pasa con esos irlandeses?

―Eso te pregunto, ¿qué ha pasado con ellos?

Hoover apretó los dientes. Drew se había leído los informes, claro que sí, ambos lo sabían, pero el agente especial quería sonsacarle más información. Clasificada, como él decía. Cada vez que Hoover hablaba con el siniestro agente sentía que le iba regalando pedacitos de su alma al diablo.

―Patrice O’Connell está ingresada en un enclave de reposo terapéutico.

―Un manicomio…

―Uno de alto standing ―repuso Hoover―. Es al mismo al que he enviado a varios de mis hombres tras… el encuentro con esa… Cosa.

―¿Ninguno de los Finns quiso pasar por enclaves similares?

―No. Por ejemplo, el agente Jacob O’Neil quería volver con su familia.

―Pero ese hombre no estaba bien. Por lo visto fue incapaz de beber un vaso de agua durante toda la entrevista. Los informes apuntan que miraba al agua como si fuera veneno.

―El agente de policía y ciudadano de los estados unidos Jacob O’Neil solicitó volver con su familia… y tras los servicios prestados se le concedió su deseo―remarcó Hoover―. Al marine Thomas Connery se le ha ascendido a sargento, y se le ha destinado a una base militar donde es jefe de instrucción. Ann O’Carolan ha vuelto a Nueva Orleans donde sigue con su negocio de compra-venta de libros…

―Aunque su actividad ha bajado bastante, por lo que tengo oído ―informó Drew―, dicen que sale poco de casa, que se ha vuelto más… descuidada en su oficio.

―Yo también ―informó Hoover―. Después de lo que hemos vivido, creo que es normal asumir que no estemos al cien por cien durante una temporada, ¿no cree agente Drew?

―Greg Pendergast está muy bien.

Hoover resopló.

―Ya estamos trabajando en ello.

―He leído su novelita: ‹‹La Verdad sobre la Redada en Innsmouth»

―Ya estamos trabajando en ello.

― Es bastante buena. Muy entretenida.

―Ya estamos trabajando en ello.

―Está bien redactada pero, en mi opinión, sus descripciones sobre las tácticas militares son bastante ofensivas.

Hoover descargó su puño sobre la mesa. El silencio llenó la sala mientras Drew continuaba fumando tranquilamente su cigarrillo. El superintendente, sin mirarle, relajó su puño y tamborileó sus dedos sobre la cubierta de las Ponape Scriptures.

―Gregory Pendergast firmó, junto a sus compañeros, un “Juramento de Secreto” que ha incumplido, por lo que sufrirá las consecuencias. Y como ya he dicho: Ya estamos trabajando en ello.

―¿Cómo también están trabajando sobre la caja de madera negra que desapareció en la Mansión Marsh? ¿O sobre lo que robó Angus Lancaster?

―Agente Drew, ya hemos discutido eso: Angus Lancaster salió de Innsmouth sin ningún objeto de valor para la investigación.

―Pero hay varios informes en los que se afirma que llevaba una espada ceremonial que pertenecía a un cultista abatido durante la Redada.

―Pero cuando les recogió a él y a Liam McMurdo, y se les trajo a prestar declaración, no tenía esa espada. La debió de perder cuando salieron del edificio de la Orden Esotérica.

―O la escondió. Ese hombre es arquitecto, tiene tratos con los masones y el edificio de la Orden fue un templo masónico. Lancaster podría saber de…

―Esa es SU teoría. Teoría que le recuerdo que no ha sabido probar, por lo que, y a las pruebas me remito, Angus Lancaster no extrajo ningún objeto de Innsmouth ―el director Hoover y Drew se mantuvieron la mirada durante unos largos segundos―. ¿También va a criticar algo sobre Liam McMurdo, que ahora mismo es el propietario de su propio taller mecánico, pagado con la recompensa ofrecida por el gobierno? ¿O de Colin O’Bannon, que ha colaborado con nuestros agentes para la captura de todo el clan mafioso de los O’Bannon?

Drew expelió una bocanada de humo gris antes de levantarse.

―No ―contestó. Alargó su mano hacia el manuscrito, hacia las Ponape Scriptures, pero Hoover dejó caer su mano sobre el libro. Drew rió, divertido

―Aún le guardo el detalle de traer al Dr. Najar, Drew.

―Alguien… o algo, mató al respetable doctor Ravana Najar en el hotel en el que se alojaba, pocas horas antes de llegar a estas oficinas, director Hoover.

―Se la sigo guardando ―siseó Hoover, sin apartar la mano del manuscrito.

― ¿Se lo va a leer? ―inquirió Drew.

―Ya lo hice ―contestó Hoover impertérrito―. He hice una copia para que los hombres de Casos Clasificados, pudieran leerla. Material de estudio, ya me entiende. Sólo quería que lo supiera.

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El Enigmático Agente Drew y su perenne cigarrillo

El director apartó la mano. Drew le dedicó una indescifrable mirada, antes de hacerse con el manuscrito y salir de la habitación, dejando tras de sí una estela de humo gris.

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