Epílogo de la Redada… o ¿Prólogo de lo que se avecina?

Casi un año después.

Londres.

El escritor Jackson Elías, al que muchos conoceréis por alguna de sus novelas como Calaveras Junto al Río, o El Corazón Humeante, sospechaba que le estaban siguiendo.

Un chino, de apenas quince años, vestido completamente de negro pero sin abrigo, con el frío que hacía, y apoyado junto a una bicicleta, que lo quitaba la mirada de encima. Y el muchacho, edad similar, con pinta de escolar, al que ya había visto mientras desayunaba. Quizá alguno más entre el gentío que caminaba por las neblinosas calles londinenses.

Jackson lanzó un rápido vistazo a su reloj de bolsillo. Aún quedaban dos horas para embarcar en el transatlántico Mauritania, que le devolvería a los Estados Unidos después de todos sus periplos. ¿Cómo despistarles?

Comenzó a caminar.

Se metería en un pub, seguro que cerca del puerto habría alguno. Allí se sentaría en la barra. No, en la barra no. No podía exponerse así, alguien podría sorprenderlo por la espalda, un navajazo en las costillas y todos sus descubrimientos se habrían ido al traste. Posicionarse en un reservado era algo peligroso porque también le podían atacar allí. Si dos o tres hombres se sentaban junto a él, a ver como se escapaba de esa. Además, morir durante una pelea de bar no resultaría extraño, ningún bobby lo investigaría a fondo, ni siquiera los detectives de Scotland Yard.

9.Jackson Elias
Jackson Elias salió con vida de Innsmouth y ha seguido investigando

El escolar le seguía. A unos diez metros a su espalda. Del chino de la bicicleta no había ni rastro. Entre los grises rostros que se topaba no encontraba ningún rostro conocido. ¿Se habría quedado sólo con un perseguidor? Eso le daba cierto margen de actuación.

Se paró frente a una librería de segunda mano, fingiendo mirar el escaparate. El escolar se paró frente a una charcutería. Jackson usó el reflejo del cristal para mirar a su espalda. Nadie. No. Nada. Parecía que sólo el escolar le estaba siguiendo. Metió las manos en el bolsillo y entró en la librería.

***

La campanilla de la puerta tintineó. Altas estanterías atestadas de libros viejos. Olor a papel. Un viejo, tan amarillento como sus tomos, lanzó una llameante mirada al perseguidor de Elias cuando entró en el establecimiento. Jackson llevaba como media hora dentro de la tienda y el muchacho que le seguía pensaba que el escritor había salido por alguna puerta trasera, o algo similar, porque le parecía extraño que estuviera tanto tiempo en ese vertedero de papel.

El escolar alzó la barbilla y sonrió al viejo. El viejo no le devolvió el saludo, su cabeza cayó ante el manuscrito que estaba leyendo. Estupendo. Ante el perseguidor se alzaban cinco largos pasillos mal iluminados. Bombillas amarillas. Olor papel. El polvo, convertido en una mágica niebla que volaba entre los estantes. Que asco de sitio. El escolar miró en cada pasillo, pero Jackson no estaba a la vista, y al fondo sólo había otra pared, con otra estantería cargada de libros… O el escritor se escondía tras un estante o le había dado esquinazo y no sabía cómo.

El escolar metió las manos en los bolsillos. Aferró con fuerza la navaja. Caminó por el pasillo central, pasos cortos, silenciosos, atento a ver si oía algún movimiento, los pasos de Elias corriendo por un pasillo aledaño para intentar huir de él… Bien era cierto que su misión era seguir al escritor, pero no creía que al Sacerdote le molestase saber que lo había apuñalado. Sabían que ese tipo les investigaba, podía descubrirles y mejor quitarse la molestia cuanto antes. También mataría al viejo. Parecería un robo. Nadie sospecharía.

Al fondo de la librería no había nadie.

Una avalancha de libros cayó encima del escolar. Lanzó manotazos al aire, apuñaló varios tomos viejos, papeles crujientes volaron a su alrededor.

La campanilla sonó. ¿Alguien entraba o salía?

El escolar corrió por el pasillo y se encontró cara a cara con el viejo librero.

―¿Se puede saber que majadería estas hac…?

Cuando quiso darse cuenta le había hundido la navaja en el pecho, tres veces, el filo se había quedado atrapado entre las costillas. Ni siquiera lo sacó, apartó de un empellón al lívido anciano, salió de la librería a tiempo de ver como Jackson Elias hablaba con un bobby, un serio policía británico que lucía un enorme y trabajado mostacho… y le señalaba.

***

El bobby sacó su silbato y su porra, corrió pitando y enarbolando el arma hacia el sorprendido escolar salpicado en sangre.

Jackson ni les miró, se alejó de la escena tranquilamente hasta llegar a una oficina de telégrafos. Dejó un par de chelines sobre la mesa del telegrafista.

―Prioridad inmediata ―ordenó al tiempo que le tendía los mensajes a transcribir.

―Americanos ―siseó el viejo telegrafista.

Jackson no esperó, se subió las solapas de su abrigo tres cuartos, le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y aprovechó para mirar a su alrededor. Nadie le seguía.

Se perdió entre la niebla de Londres, camino del Mauritania que le devolvería a casa.

Telegrama Annie
El Telegrama de Annie
Telegrama Greg
El telegrama de Greg

 

*Los Finns volverán en “Las Máscaras de Nyarlathotep”

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