MdN: New York (5) Always a Finn

Madame Loconnelle (Buscavidas)              –             Hernán
Liam McMurdo (Conductor)                        –              Soler

 

 

—Taller “Always a Finn”, dígame.

—¿Hablo con Liam¿ ¿Liam McMurdo?

—Sí, soy yo.

—Liam… has montado un taller mecánico. No sabes lo que me alegro.

—Muchas gracias, señorita, pero ya le aviso que tengo recados para las próximas dos semanas y que…

— Liam, no llamo por un coche —sonrió Patry—. Soy yo, Madame Loconnelle.

—Y yo Liam McMurdo, encantado.

—No, Liam… Soy… —La mujer antes conocida como Patry O’Connel no quería volver a nombrar su antiguo nombre. Era un nombre perseguido, exiliado, desahuciado. Un nombre que había muerto hacía meses— Escucha mi voz Liam. Me conoces. Me conoces muy bien. Me conoc…

—Claro que te conozco, Patry —espetó Liam. La había reconocido desde el principio—. Lo que no entiendo es ese rollo de Madame Loquesea que me has soltado. Suenas rarísima… como cuando te bebías un lingotazo en el islote del Miskatonic y te dejabas hacer lo que fuera en el asiento de atrás.

—Liam, quiero que te centres y que me escuches— Liam y ella habían tenido un vínculo en el pasado, por eso entendía que Annie le hubiera pedido que se pusiera en contacto con él. El problema de ese vínculo es que hacía que a Liam se le bajara la sangre de la cabeza—. No soy Patry. Soy Madame Loconnelle, pero tú y los Finns, me podéis llamar Nelly.

—De acuerdo, rubia —ronroneó Liam desde el otro lado.

—Tampoco soy rubia… soy pelirroja.

—De acuerdo, pelirroja. ¿Qué ocurre?

—Los Finns se van a reunirse de nuevo Liam…

—¡Los Finns! ¿¡Dónde!? ¿¡Todos los Finns!? ¿¡Cúando? ¿¡Cuándo!? ¡Qué más da! Allí estaré, pelirroja. ¡Qué demonios! Dejaré a mi aprendiz a cargo y que se entretenga durante unos días. ¡Qué digo días! ¡Semanas! ¡Los Finns de nuevo reunidos! ¡Cuenta conmigo, maldita sea! ¡Cuenta conmigo!

—Me encanta tu entusiasmo, Liam —comenzó Nelly, algo aturullada—. Greg y Annie nos darán más detalles cuando nos reunamos con ellos pero… ¿y si es algo peligroso?

La mirada de Madame Loconnelle se posó en la cosa que había en medio de su mesa.

—Algo… sobrenatural… como la última vez.

—Mejor aún —carcajeó Liam.

La cosa emitió un leve resplandor verde… quizá fuera su imaginación desbocada, pero Patry O’Connel sintió un escalofrío muy real trepar por la espalda de Madame Loconnelle.

Liam McMurdo
Liam McMurdo, propietario del taller “Always a Finn”

MdN: New York (4) Esperando. Esperándole.

Colin O’Bannon (Agente Federal)                 –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

 

El teléfono que había sobre la mesa donde trabajaba Colin O’Bannon sonó y el agente federal dejó a un lado una de las carpetas llena de documentos para tomar el auricular. La secretaria, Ronda, le dijo que el informe que había solicitado sobre la Expedición Carlyle se demoraría unos pocos días, pero que ya disponía del número de contacto que había solicitado.

—Eres un encanto, Ronda. Un día tengo que invitarte a una copa.

—¡Agente O’Bannon! —se río escandalosamente la secretaria—, ¿le recuerdo que la Ley Volstead prohíbe tomar copas?

—Cómo si fuera la única ley que nos saltamos de vez en cuando, en cumplimento del deber —bromeó Colin, antes de solicitar que llamase a su contacto.

El teléfono apenas dio un tono antes de que al otro lado alguien contestase… muy nervioso:

—¿Diga?

—¿Quién es? —contestó Colin O’Bannon.

—Llamas tú… —contestó la voz—. ¿A quién llamas?

—¿Quién está ahí?

Y la persona a la que había llamado Colin O’Bannon, colgó.

La sardónica sonrisita que se había dibujado en los labios de Colin se borró.

En su casa, Thomas Connery había colgado con fuerza y había corrido unos metros hasta el cajón donde guardaba su pistola reglamentaria del cuerpo de infantería de marina, un Colt 45. La había cebado, había quitado el seguro y miraba entre las ranuras de las persianas, intentando encontrar a sus enemigos en los aledaños de su jardín.

A ellos.

¡Puede que le hubieran encontrado, pero Thomas Connery no iba a caer sin luch…!

Ring-Ring.

El teléfono volvía a sonar. ¿Por qué?

Ring-Ring.

Ya sabían que estaba en casa. ¿Por qué le volvían a llamar? ¿Sabrían donde estaba el teléfono? ¿Quizá le querían allí porque…?

Ring-Ring.

—¿Diga? —preguntó Thomas, con la voz grave.

—Thomas no aguantas ni una broma, ¿eh? —dijo el agente O’Bannon—, soy Colin. De los Finns.

—No vuelvas a hacer esto.

—¿El qué? ¿Esto? Esto es una inocente llamada de teléfono.

—Ya me has entendido.

—Joder, cómo estamos… Me ha llamado Greg Pendergast. ¿Te acuerdas de aquel fulano que estuvo tomando un café “cariñosamente” en Innsmouth con Annie? Jack Elias o Elias Jackson… Resulta que necesita a un grupo de investigadores para descubrir el paradero de una expedición desaparecida en África hace diez años y ha pensado en los Finns y… ¿Tú…? ¿Tú estás bien? ¿Has vuelto de tu… retiro… algo mejor?

—¿Cómo…? ¿Yo…? —Thomas miró atónito al interfono… luego su mirada se posó en la pistola semi-automática que tenía en la mano. Le puso el seguro al arma y la dejó sobre la mesa en la que reposaba el teléfono— Estoy bien, estoy bien. Perfectamente.

—¿Seguro? Me llegaron unos extraños rumores de que te había ingresado en un…

—Perfectamente.

—¿Seguro?

—Nunca he estado mejor.

—Bien… hemos quedado el doce de enero. A las doce. En el café Central Perk de Nueva York.

—Tendré que… Bueno… Pedir uno días de permiso a… Y eso… Bueno… Haré un hueco en mi agenda… Pero por los Finns lo que sea, ya sabes…

Los nerviosos ojos de Thomas Connery vagaron por su casa impecablemente limpia y ordenada. Por la mesa en la que reposaba su rifle, desmontado, con las piezas engrasadas, preparado para el combate. La bayoneta afilada.

Y la pipa de opio esperándole en…

—Estupendo —contestó Colin—, nos vemos entonces.

Colin colgó antes de que Thomas pudiera decir nada. El soldado tomó la pistola y volvió a asomarse por la ventana.

No. No parecía que los híbridos entre humanos y profundos, los marcados de Innsmouth, estuvieran afuera, esperándole.

Esta vez no.

Pero esperaban, claro que esperaban. Estaban en todas partes, esperándole. Pero nunca cogerían a Thomas desprevenido, no señor.

Thomas iba a reunirse con los Finns, y esos carapescaos no tendrían nada que hacer contra ellos.

Thomas Connery
Thomas, ¿qué tomas?

MdN: New York (3) Madame Loconnelle

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

 

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

El teléfono tronaba en aquel lugar, como si fuera algo ajeno, extraño, como unas carcajadas histéricas en una biblioteca. Alguien apartó la cortina de perlas que servía de puerta y unos silenciosos pasos llevaron a la propietaria hasta el molesto aparato.

—Dígame —susurró una boca le labios pintados de violeta, con voz profunda, exótica, misteriosa.

—¿Patry? —preguntó Annie O’ Carolan desde el otro lado.

Un instante de silencio. La persona que tenía el teléfono tragó saliva, pero no perdió la compostura.

—¿Patry? ¿Quién es Patry?

—Disculpe — desde su apartamento en Nueva Orleans, con las ventanas abiertas y las habitaciones aireadas, donde la cazadora de libros había abierto una maleta en la que estaba colocando pulcramente la ropa que llevaría al viaje, Annie puso los ojos en blanco—, me llamo Annie O’ Carolan, estoy buscando a una vieja amiga mía, Patry O’Connel. Este es el décimo segundo número al que llamo. No sabía que podías haber tantas…

—¡Annie! —chilló Patry desde el otro lado de la línea. Annie tuvo que apartarse el teléfono de la oreja—. ¡Cuánto tiempo! Jajajaja… Perdona que haya sido tan… complicado localizarme pero… ¡es que esa es precisamente la idea ,porque Patry O’Connel ya no existe!

—¿Cómo? ¿Te has cambiado de… nombre artístico?

—Ya te explicaré porque no soy Patry. Por teléfono prefiero no hacerlo pero, Patry O’Connel, la hija del borracho O’Connel y a la que todo el mundo metía mano en Arkham, ha muerto. Yo soy otra persona.

—Vaaaaaale…

—Estas hablando con… Madame Loconnelle.

Annie abrió mucho la boca. Mucho. Todo lo que podía de hecho.

—¿Madame?

—Sí.

—¿Madame?

— Sí, Madame Loconnelle… pero tú me puedes llamar Nelly, querida Annie.

—…

—¿Annie?

—Estoy digiriendo todo esto —. Conociendo como conocía a Patry, Annie estaba pensando en prostíbulos. Apretó con el índice y el pulgar el puente de su nariz mientras cerraba los ojos y trataba de ordenar sus ideas—. N-Nelly… Yo… esto, Greg… Greg Pendergast se ha puesto en contacto conmigo porque… ¿te acuerdas de Jackson Elias? ¿El escritor que conocimos en Innsmouth?

—He tratado de olvidar cualquier cosa que vivió Patry, querida —contestó Madame Loconnelle con un gruñido.

Pero se acordaba.

Se acordaba de todo.

Se acordaba de la cosa que chillaba en las entrañas de Marsh Manor.

Su vista voló hacia la habitación que había al otro lado de la cortina de perlas. La habitación del incienso. La habitación de las velas.

Había algo en medio de la mesa de esa habitación que se lo recordaría siempre.

—Pero me acuerdo de ese escritorzuelo afeminado —dijo con desdén.

Annie contuvo una risotada.

—Que te rechazase no implica que fuera afeminado, Patr… Nelly. A ver, el resumen es que Jackson ha estado investigando algo sobre una Expedición fallida hace años: La expedición Carlyle; y nos ha pedido ayuda a nosotros, a los Finns. Lo cual me da a entender que tiene algo que ver con… bueno con… Quizá no quieras venir ya que, Madame Loconnelle no es una Finn.

—Siempre seré una Finn, Annie —contestó Patry.

Allí estaba su amiga.

Annie O’C arolan, siempre calculadora, atemperamental, fría, sonrío. Sintió calor en su pecho. Rubor en sus mejillas. Bród. Orgullo.

—Hemos quedado en Nueva York —continuó Annie.

—Me viene perfecto, vivo en Nueva York —dijo Patry—. Y soy mi propia jefa, así que iré donde sea y cuando sea.

—Ahora te doy los datos, pero antes… ¿podrías hacerme un favor?

 

Patry O'Connell
Patry O’Connel… Antes.              ¿Cómo será Madame Loconnelle?

Patry O’Connel Madame Loconnelle (Buscavidas)                      –             Hernán

MdN: New York (2) Punta de Lanza

 

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

 

 

 

 

—Operadora necesito contactar con una persona: Colin O’Bannon.

—Un momento, por favor.

—Señor, no contestan en el domicilio. ¿Quiere que pruebe en su lugar de trabajo?

—Sí, hágame el favor.

—Delegación del Bureu Federal de Investigación de Boston, Masachussets. ¿Qué desea? —contestó la persona al otro lado de la línea. Greg Pendergast se quedó bloqueado durante un largo segundo.

Delegación del FBI en Boston… ¿Era una broma? ¿O acaso el gobierno le vigilaba las llamadas tras lo de…?

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Estoy… Estoy llamando por  un amigo mío. Colin O’Bannon.

—Espere un segundo, por favor.

—Aquí el agente O’Bannon, ¿quién es?

Greg se quedó de piedra durante otro largo segundo.

—¿Colin? ¿Colin eres tú?

—Sí, soy Colin O’Bannon.

—Soy… soy Greg Penderg…

—¡Hombre! ¡Chupatintas! ¿Cómo lo llevas?

Greg no supo que contestar. Sí, al otro lado estaba su amigo, Colin O’Bannon, ese chico bajito y pelirrojo, hijo del capo local de Arkham, que hacía trampas a la cartas y que no dudaba en sacar la navaja en una pelea. Ahí estaba el hombre con el que bajó a los túneles inundados de Innsmouth, con el que combatió codo con codo, al que hirieron en un tiroteo contra los contrabandistas de alcohol y que casi murió ahogado en una refriega con un profundo.

El agente O’Bannon lanzó una corta risotada antes de continuar hablando.

—¿Cómo llevas las ventas de La Verdad Sobre la Redada de Innsmouth? —. No era una pregunta, era una mofa.

Colin sabía del desastre que le había supuesto para Greg escribir y publicar una novela sobre los sucesos acaecidos durante la Redada de 1929. Perdió su trabajo como periodista en el Baltimore Xtrange, las continuas visitas policiales a su apartamento ocasionaron que tuviera que mudarse, los múltiples juicios en los que se le acusó de traición, de estafa, de desobediencia civil… y las injurias de sus colegas de profesión, que le tacharon de comunista en la prensa escrita. Aunque no había participado de forma activa, Colin sabía que Hoover se había encargado de golpear con fuerza a Greg y a la editorial que publicó la novela, Prospero Press. Había leído muchos de los informes y había estado al tanto del caso. De hecho había visitado la habitación donde se almacenaron más de cincuenta ejemplares de la novela requisados por el gobierno.

Greg firmó un documento al inicio de la Redada en el que juraba que no desvelaría nada de lo que pasó esa fría noche de febrero… y se lo pasó por el culo. Así que Hoover se pasó por el culo a Greg Pendergast.

Sin embargo, el libro era bueno. Muchos críticos literarios lo alabaron y tuvo una gran acogida antes de que las zarpas del director Hoover se cernieran sobre ellos. Al menos ciento cincuenta ejemplares circulaban entre coleccionistas privados y algunas tiendas menores, y Hoover y la maquinaria federal tenían problemas mayores.

—Es lo que tiene sacar a la luz la verdad de lo que pasa en el mundo—se quejó Greg.

—Que hay gente que la esconderá… una vez más.

—Entonces continuaré luchando por sacarla a la luz… otra vez más.

Hubo un corto y tenso silencio, mientras ambos amigos miraban al vacío, sintiendo un regusto amargo en sus paladares.

—Te necesito —se sinceró Greg—. Necesito a los Finns. Un amigo que Annie y yo tenemos en común nos ha pedido ayuda. Estuvo en Innsmouth antes de…

—… la caída en desgracia de la ciudad. Mmmm. Ya veo —Colin tomó papel y lápiz—. ¿Qué amigo en común?

—Jackson Elias.

—Me acuerdo… Un chupatintas metomentodo… como tú. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora?

—Tiene información sobre la Expedición Carlyle. Y nos necesita.

—¿A nosotros?

—Sí, a nosotros. A los Finns. Otra vez más —contestó Greg—. Es lo que tiene ser la punta de lanza de la humanidad contra los horrores que se esconden en las sombras, Colin. Que nos necesitan.

Colin se sonrió. Lanzó un vistazo a su alrededor a la oficina donde trabajaba junto al ecléctico grupo de hombres que había reunido el peculiar agente Ashbrook. Un agujero escondido en un subsótano del edificio federal. Aunque en la placa de la entrada se leía: Unidad de Delitos Morales y Contra la Salud Pública, los agentes del edificio lo llamaban el almacén de Expedientes X.

—Me hago una idea.

—¿Cuento contigo?

—Tengo que consultar mis vacaciones… pero claro que sí, Greg. Siempre seré un Finn.

Colin O'Bannon
Agente O’Bannon… Colin O’Bannon

MdN: Nueva York(1) Llaman a Annie

 

Annie O'Carolan

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

Ring-Ring

Ring-Ring

El teléfono sonaba.

Ring-Ring

Ring-Ring

Annie O´Carolan levantó la vista de los documentos que tenía perfectamente colocados sobre su mesa de trabajo. Cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Ring-Ring

Se levantó a disgusto de su butaca, salió de la habitación y paseó por el pasillo en penumbras, sorteando pilas de libros que llenaban el apartamento, hasta alcanzar el ruidoso aparato.

Ring-R…

— ¿Annie?

—¿Sí?

—Soy Greg.

Annie entrecerró los ojos. En su cabeza las retorcidas formas de los glifos de R’lyeh bailaron durante unas décimas de segundo envueltas en una oscuridad insondable.

—Hola —dijo lacónicamente.

—Hola —contestó Greg—. ¿Te ha llegado un telegrama?

Annie meditó. Dirigió su vista hacia la bandeja de plata atestada de cartas. Muchas sin abrir. Pero recordaba el telegrama. El sobre estaba abierto y el mensaje de Jackson Elias emergió entre las mareas de la memoria.

—¿Eras tú ese Greg?

—¿C-Cómo qué… ese Greg?

A kilómetros de distancia, Greg Pendergast abrió mucho los ojos.

—Annie. Soy yo, Greg. Greg Pendergast. De los Finns.

—Sí, claro —espetó Annie—. Es que… no sabía que tenías… trato con Jackson Elias.

—Sí, claro, bueno… Nos llevamos bien… Confraternización laboral, ya me entiendes.

—No, lo cierto es que no.

Greg tomó aire. De la Annie tímida de su infancia, a la depredadora intelectual que se encontró en su aventura en Innsmouth había mucha diferencia… Sin embargo, la persona con la que estaba hablando por teléfono tampoco era esa mujer. Estaba ausente, distante, ajena.

—Él escribe, yo escribo. No le des muchas vueltas, que tampoco hay mucho más.

—No te he pedido explicaciones.

—Ya… yo… Bueno… —Greg optó por otra línea de diálogo—. Perdona estoy un poco nervioso, su mensaje era bastante críptico. Preocupante. ¿Sabes algo de él?

—A Jackson Elias le gusta investigar lo macabro. Lo que no debe ser investigado. Me imagino que algo se le habrá complicado.

—Vale… ¿Hacemos algo? ¿No hacemos nada?

—Claro… —Annie se rascó la cabeza. Su pelo estaba sucio, enmarañado. ¿Cuánto llevaba sin bañarse? ¿Y sin comer? ¿Cuánto tiempo llevaba estudiando los libros? De repente se percató del olor que imperaba en su apartamento. Una pila de platos sin limpiar. Ropa sin lavar. Basura que debía tirar. Debería airear las habitaciones y salir a la calle a que le diera el sol.

—¿… los Finns?

—¿Qué? —Annie volvió a la conversación—. Sí, claro. Reunir un grupo de investigadores. El mensaje de Jackson. Que avisemos a los Finns. ¿Quieres que les avise yo?

—Qué te parece si llamas a uno. Yo llamo al resto.

Annie estaba distraída. Y rara. Quizá no fuera a llamar a nadie, así que Greg decidió ocuparse él mismo de avisar a los Finns.

Si los encontraba.

—Supongo que  podría llamar a Patry —convino Annie—. ¡Y a Angus, que demonios!

—De acuerdo. Vale. Yo llamaré a Liam y a Colin. Y que estos llamen al resto.

—Como quieras —Annie estuvo tentada de colgar.

—Bien… Deberíamos acordar un día, una hora y un lugar para reunirnos.

—Sí. Estaría bien. ¿En Nueva York?

—Estupendo. Quedamos el mismo quince de enero…

—No —cortó Annie—. Debemos quedar antes. Así tendremos tiempo para investigar sobre esa Expedición de la que se informaba Elias. La Expedición Carlyle.

—Sí —Greg percibió que al otro lado del teléfono Annie parecía volver a ser ella. Intentó tirar del hilo—. Recuerdo que fue una expedición que acabó en desastre hace unos diez años.

—Claro que acabó en desastre —dijo Annie—. Una expedición en Egipto cuyos miembros fueron asesinados por nativos africanos durante una especie de safari en Kenia. Eso es un desastre.

Greg tomó aire. Annie tenía razón, como siempre, pero él no se había recordado de tantos detalles.

—¿Quedamos el doce de enero? ¿A las doce horas? —preguntó Greg. Eran fechas fáciles de recordar, incluso una mente tan dispersa como la de Annie…

—Bien, seguro que los borricos de Liam y Jacob no se olvidan de algo así —siseó Annie mirándose en un espejo. Estaba pálida y ojerosa.  Debería pasarse por una peluquería antes de salir de viaje —Me alojaré en el Grand. Díselo a estos. Se lo podrán permitir. Casi todos. ¿Conoces alguna buena cafetería donde reunirnos?

—El Central Perk, cerca de…

—Central Park, imagino —. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la cazadora de libros y su mirada corrió hacia el grueso libro que reposaba sobre su escritorio, iluminado por un quinqué. Los dibujos que había estado copiando del manuscrito le miraban. Le llamaban. —Doce de Enero. Doce horas. Central Perk Café. Avisaré a Angus y a Patry. Nos vemos, Greg Pendergast.

Greg iba a decir algo más. Quizá a despedirse, pero Annie colgó el teléfono. Se levantó y caminó hacia su butacón. Hacia los libros. Sus libros. Se paró en seco en medio del pasillo, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas y respiró hondo. Rechinó los dientes.

—Maldita sea, Annie —dijo antes de volver hasta el teléfono.

Una operadora localizó el teléfono de Angus, pero este no estaba en su mansión. Típico de Angus. El mayordomo británico del señor Lancaster tomó el recado.

Annie colgó y su mirada vagó hasta el escritorio. Hasta los libros. Hasta los dibujos de estrellas de cinco puntas con una llama en el centro. Annie se levantó, caminó con paso decidido hasta la mesa.

—Fthang! —escupió. Como un insulto.

Y de un golpe seco, cerró el Chaat Aquadingen.

Prólogo: El Sueño

—Vane…

Me llama…

Es una voz distante, oculta entre la densa niebla que me rodea.

Me llama.

Me adentro en esa nube densa, gris, una telaraña de vapores.

Hasta que le encuentro.

—Vane…

Es un hombre alto. Negro. No el marrón chocolate de los músicos de jazz. Ni el color café de las mulatas. Ni siquiera ese negro azulado de algunas tribus africanas.

Es el vacío. El negro más oscuro que he visto en una piel. El color negro que hay tras las estrellas.

Tiene grabada en su frente una cruz ansada, cabeza abajo, un ankh inverso. Arde. El símbolo arde. Alza sus manos ante mí. Sus manos negras, de uñas negras. En sus manos tiene otros grabados. En su palma izquierda está mi rostro. En la derecha una pirámide. Una pirámide asimétrica.

Aquel Que Me Llama junta las manos y comienzo a flotar. Me elevo. Por encima de la niebla que devora mi alrededor, estoy por encima de ella, por encima de todo. Levito. Vuelo. Me interno en las estrellas.

El espacio.

—Vane…

Contemplo planetas y lunas, galaxias y constelaciones…

Y veo adonde voy. Adonde me lleva.

Figuras monstruosas. Hay algo humano en esas criaturas, algo humano aún a pesar de sus garras, sus colmillos y sus miembros de animales. Están en círculo, alrededor de una esfera dorada de energía.

La adoran. Le adoran. Lo adoran.

El hombre negro y la esfera amarilla son la misma cosa. Aspectos diferentes de una misma entidad.

De un mismo dios.

—Vane…

La esfera me atrae a su interior. Entro. Me acepta y formo parte de él. 

Y veo cosas. Cosas a través de ojos que no son los míos.

Veo el vacío. Veo un triángulo que flota en el vacío. Una pirámide. Asimétrica. 

—Vane…

Miles de formas extrañas emergen por doquier. El triángulo me llama.

—Y conviértete en un dios… Conmigo.

Roger Vane Worthington Carlyle se revolvió en el diván. El Doctor Huston, su psiquiatra alzó la vista por encima de sus notas y se aclaró la garganta.

—¿Y cómo… cómo se convertirá en un dios, Roger?

—Ese es el verdadero objetivo de mi gran proyecto, Doctor Huston —contestó Roger Carlyle luciendo una amplia sonrisa—. Ese es el objetivo de la expedición. Mi expedición. La Expedición Carlyle.

 

Nyarlathotep
Comienzan las Máscaras de Nyarlathotep