MdN: New York (2) Punta de Lanza

 

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

 

 

 

 

—Operadora necesito contactar con una persona: Colin O’Bannon.

—Un momento, por favor.

—Señor, no contestan en el domicilio. ¿Quiere que pruebe en su lugar de trabajo?

—Sí, hágame el favor.

—Delegación del Bureu Federal de Investigación de Boston, Masachussets. ¿Qué desea? —contestó la persona al otro lado de la línea. Greg Pendergast se quedó bloqueado durante un largo segundo.

Delegación del FBI en Boston… ¿Era una broma? ¿O acaso el gobierno le vigilaba las llamadas tras lo de…?

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Estoy… Estoy llamando por  un amigo mío. Colin O’Bannon.

—Espere un segundo, por favor.

—Aquí el agente O’Bannon, ¿quién es?

Greg se quedó de piedra durante otro largo segundo.

—¿Colin? ¿Colin eres tú?

—Sí, soy Colin O’Bannon.

—Soy… soy Greg Penderg…

—¡Hombre! ¡Chupatintas! ¿Cómo lo llevas?

Greg no supo que contestar. Sí, al otro lado estaba su amigo, Colin O’Bannon, ese chico bajito y pelirrojo, hijo del capo local de Arkham, que hacía trampas a la cartas y que no dudaba en sacar la navaja en una pelea. Ahí estaba el hombre con el que bajó a los túneles inundados de Innsmouth, con el que combatió codo con codo, al que hirieron en un tiroteo contra los contrabandistas de alcohol y que casi murió ahogado en una refriega con un profundo.

El agente O’Bannon lanzó una corta risotada antes de continuar hablando.

—¿Cómo llevas las ventas de La Verdad Sobre la Redada de Innsmouth? —. No era una pregunta, era una mofa.

Colin sabía del desastre que le había supuesto para Greg escribir y publicar una novela sobre los sucesos acaecidos durante la Redada de 1929. Perdió su trabajo como periodista en el Baltimore Xtrange, las continuas visitas policiales a su apartamento ocasionaron que tuviera que mudarse, los múltiples juicios en los que se le acusó de traición, de estafa, de desobediencia civil… y las injurias de sus colegas de profesión, que le tacharon de comunista en la prensa escrita. Aunque no había participado de forma activa, Colin sabía que Hoover se había encargado de golpear con fuerza a Greg y a la editorial que publicó la novela, Prospero Press. Había leído muchos de los informes y había estado al tanto del caso. De hecho había visitado la habitación donde se almacenaron más de cincuenta ejemplares de la novela requisados por el gobierno.

Greg firmó un documento al inicio de la Redada en el que juraba que no desvelaría nada de lo que pasó esa fría noche de febrero… y se lo pasó por el culo. Así que Hoover se pasó por el culo a Greg Pendergast.

Sin embargo, el libro era bueno. Muchos críticos literarios lo alabaron y tuvo una gran acogida antes de que las zarpas del director Hoover se cernieran sobre ellos. Al menos ciento cincuenta ejemplares circulaban entre coleccionistas privados y algunas tiendas menores, y Hoover y la maquinaria federal tenían problemas mayores.

—Es lo que tiene sacar a la luz la verdad de lo que pasa en el mundo—se quejó Greg.

—Que hay gente que la esconderá… una vez más.

—Entonces continuaré luchando por sacarla a la luz… otra vez más.

Hubo un corto y tenso silencio, mientras ambos amigos miraban al vacío, sintiendo un regusto amargo en sus paladares.

—Te necesito —se sinceró Greg—. Necesito a los Finns. Un amigo que Annie y yo tenemos en común nos ha pedido ayuda. Estuvo en Innsmouth antes de…

—… la caída en desgracia de la ciudad. Mmmm. Ya veo —Colin tomó papel y lápiz—. ¿Qué amigo en común?

—Jackson Elias.

—Me acuerdo… Un chupatintas metomentodo… como tú. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora?

—Tiene información sobre la Expedición Carlyle. Y nos necesita.

—¿A nosotros?

—Sí, a nosotros. A los Finns. Otra vez más —contestó Greg—. Es lo que tiene ser la punta de lanza de la humanidad contra los horrores que se esconden en las sombras, Colin. Que nos necesitan.

Colin se sonrió. Lanzó un vistazo a su alrededor a la oficina donde trabajaba junto al ecléctico grupo de hombres que había reunido el peculiar agente Ashbrook. Un agujero escondido en un subsótano del edificio federal. Aunque en la placa de la entrada se leía: Unidad de Delitos Morales y Contra la Salud Pública, los agentes del edificio lo llamaban el almacén de Expedientes X.

—Me hago una idea.

—¿Cuento contigo?

—Tengo que consultar mis vacaciones… pero claro que sí, Greg. Siempre seré un Finn.

Colin O'Bannon
Agente O’Bannon… Colin O’Bannon
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