MdN: Nueva York(1) Llaman a Annie

 

Annie O'Carolan

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

Ring-Ring

Ring-Ring

El teléfono sonaba.

Ring-Ring

Ring-Ring

Annie O´Carolan levantó la vista de los documentos que tenía perfectamente colocados sobre su mesa de trabajo. Cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Ring-Ring

Se levantó a disgusto de su butaca, salió de la habitación y paseó por el pasillo en penumbras, sorteando pilas de libros que llenaban el apartamento, hasta alcanzar el ruidoso aparato.

Ring-R…

— ¿Annie?

—¿Sí?

—Soy Greg.

Annie entrecerró los ojos. En su cabeza las retorcidas formas de los glifos de R’lyeh bailaron durante unas décimas de segundo envueltas en una oscuridad insondable.

—Hola —dijo lacónicamente.

—Hola —contestó Greg—. ¿Te ha llegado un telegrama?

Annie meditó. Dirigió su vista hacia la bandeja de plata atestada de cartas. Muchas sin abrir. Pero recordaba el telegrama. El sobre estaba abierto y el mensaje de Jackson Elias emergió entre las mareas de la memoria.

—¿Eras tú ese Greg?

—¿C-Cómo qué… ese Greg?

A kilómetros de distancia, Greg Pendergast abrió mucho los ojos.

—Annie. Soy yo, Greg. Greg Pendergast. De los Finns.

—Sí, claro —espetó Annie—. Es que… no sabía que tenías… trato con Jackson Elias.

—Sí, claro, bueno… Nos llevamos bien… Confraternización laboral, ya me entiendes.

—No, lo cierto es que no.

Greg tomó aire. De la Annie tímida de su infancia, a la depredadora intelectual que se encontró en su aventura en Innsmouth había mucha diferencia… Sin embargo, la persona con la que estaba hablando por teléfono tampoco era esa mujer. Estaba ausente, distante, ajena.

—Él escribe, yo escribo. No le des muchas vueltas, que tampoco hay mucho más.

—No te he pedido explicaciones.

—Ya… yo… Bueno… —Greg optó por otra línea de diálogo—. Perdona estoy un poco nervioso, su mensaje era bastante críptico. Preocupante. ¿Sabes algo de él?

—A Jackson Elias le gusta investigar lo macabro. Lo que no debe ser investigado. Me imagino que algo se le habrá complicado.

—Vale… ¿Hacemos algo? ¿No hacemos nada?

—Claro… —Annie se rascó la cabeza. Su pelo estaba sucio, enmarañado. ¿Cuánto llevaba sin bañarse? ¿Y sin comer? ¿Cuánto tiempo llevaba estudiando los libros? De repente se percató del olor que imperaba en su apartamento. Una pila de platos sin limpiar. Ropa sin lavar. Basura que debía tirar. Debería airear las habitaciones y salir a la calle a que le diera el sol.

—¿… los Finns?

—¿Qué? —Annie volvió a la conversación—. Sí, claro. Reunir un grupo de investigadores. El mensaje de Jackson. Que avisemos a los Finns. ¿Quieres que les avise yo?

—Qué te parece si llamas a uno. Yo llamo al resto.

Annie estaba distraída. Y rara. Quizá no fuera a llamar a nadie, así que Greg decidió ocuparse él mismo de avisar a los Finns.

Si los encontraba.

—Supongo que  podría llamar a Patry —convino Annie—. ¡Y a Angus, que demonios!

—De acuerdo. Vale. Yo llamaré a Liam y a Colin. Y que estos llamen al resto.

—Como quieras —Annie estuvo tentada de colgar.

—Bien… Deberíamos acordar un día, una hora y un lugar para reunirnos.

—Sí. Estaría bien. ¿En Nueva York?

—Estupendo. Quedamos el mismo quince de enero…

—No —cortó Annie—. Debemos quedar antes. Así tendremos tiempo para investigar sobre esa Expedición de la que se informaba Elias. La Expedición Carlyle.

—Sí —Greg percibió que al otro lado del teléfono Annie parecía volver a ser ella. Intentó tirar del hilo—. Recuerdo que fue una expedición que acabó en desastre hace unos diez años.

—Claro que acabó en desastre —dijo Annie—. Una expedición en Egipto cuyos miembros fueron asesinados por nativos africanos durante una especie de safari en Kenia. Eso es un desastre.

Greg tomó aire. Annie tenía razón, como siempre, pero él no se había recordado de tantos detalles.

—¿Quedamos el doce de enero? ¿A las doce horas? —preguntó Greg. Eran fechas fáciles de recordar, incluso una mente tan dispersa como la de Annie…

—Bien, seguro que los borricos de Liam y Jacob no se olvidan de algo así —siseó Annie mirándose en un espejo. Estaba pálida y ojerosa.  Debería pasarse por una peluquería antes de salir de viaje —Me alojaré en el Grand. Díselo a estos. Se lo podrán permitir. Casi todos. ¿Conoces alguna buena cafetería donde reunirnos?

—El Central Perk, cerca de…

—Central Park, imagino —. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la cazadora de libros y su mirada corrió hacia el grueso libro que reposaba sobre su escritorio, iluminado por un quinqué. Los dibujos que había estado copiando del manuscrito le miraban. Le llamaban. —Doce de Enero. Doce horas. Central Perk Café. Avisaré a Angus y a Patry. Nos vemos, Greg Pendergast.

Greg iba a decir algo más. Quizá a despedirse, pero Annie colgó el teléfono. Se levantó y caminó hacia su butacón. Hacia los libros. Sus libros. Se paró en seco en medio del pasillo, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas y respiró hondo. Rechinó los dientes.

—Maldita sea, Annie —dijo antes de volver hasta el teléfono.

Una operadora localizó el teléfono de Angus, pero este no estaba en su mansión. Típico de Angus. El mayordomo británico del señor Lancaster tomó el recado.

Annie colgó y su mirada vagó hasta el escritorio. Hasta los libros. Hasta los dibujos de estrellas de cinco puntas con una llama en el centro. Annie se levantó, caminó con paso decidido hasta la mesa.

—Fthang! —escupió. Como un insulto.

Y de un golpe seco, cerró el Chaat Aquadingen.

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