MdN: New York (8) La Expedición Carlyle

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¿Quién es la mujer al fondo de la foto?

En 1919, el excéntrico playboy Roger Carlyle organizó una expedición arqueológica con el fin de llevar a cabo una serie de excavaciones en Egipto.

Además del carismático Roger Carlyle, los miembros más célebres de la expedición fueron el prestigioso egiptólogo británico Sir Aubrey Penhew, el famoso psiquiatra neoyorkino Doctor Robert Huston y la joven fotógrafa de sociedad Hypatia Masters.

Partieron desde Nueva York con dirección a Southampton, Inglaterra, el 5 de abril de 1919. Si bien, su intención oficial era ir a Egipto, las investigaciones durante el primer mes se desarrollaron en Londres, bajo los auspicios de la Fundación Penhew.

Se sabe que llegaron a Egipto y emprendieron excavaciones por el valle del Nilo. Los rumores sugerían que encontraron pistas acerca de legendarias riquezas, tesoros ocultos, quizá hasta de la localización de las míticas Minas del Rey Salomón.

Durante las excavaciones, Roger Carlyle sufrió una insolación y Sir Aubrey Penhew tomó el mando de la expedición. La mayoría de las declaraciones obtenidas llegaron de su boca y de la del factótum de la expedición Carlyle, guardaespaldas y hombre de confianza de Roger, Jack Brady.

A inicios de julio de 1919 la Expedición decidió abandonar Egipto para dirigirse en barco hasta Kenia. Por entonces, el portavoz temporal de la Expedición, Sir Aubrey Penhew, alegó que el motivo oficial del viaje era descansar y permitir a Hypatia Masters fotografiar la fauna local, desmintiendo vehementemente los rumores que apuntaban hacia las Minas del Rey Salomón.

El 24 de julio de 1919 la Expedición Carlyle llegó a Mombasa, donde el subsecretario Royston Whittingdon les ofreció una cena de bienvenida en la Mansión Collingswood. Su pretensión era adentrarse en dirección a Nairobi para una cacería o safari fotográfico, a la que parten el 3 de agosto de 1919, aunque se continuaba rumoreando que en realidad seguían la pista de legendarios tesoros bíblicos en el valle de la Gran Catarata, al noroeste de Nairobi.

Es la última vez que se ve a los miembros de la Expedición Carlyle.

El 11 de marzo de 1920, Erica Carlyle, hermana menor de Roger, una mujer independiente, con carácter y que se puso eficientemente al mando de los intereses Carlyle desde su mayoría de edad, llegó a Mombasa en el buque egipcio Fuente de la Vida, para gestionar la búsqueda de su hermano.

La principal pista, era el testimonio de varios nativos Kikuyu que referían una matanza de hombres blancos en los aledaños del bosque de Aberdare.

El 24 de mayo de 1920 se confirmó la hipótesis de la matanza, atribuida a otra tribu de nativos, los Nandi, tras el hallazgo de al menos 24 personas en diversas fosas ocultas.

El 19 de junio de 1920 se ejecutó a cinco nativos nandi tras un juicio sumarísimo, a pesar de que no indicaron dónde se encontraban los cuerpos de los líderes blancos de la Expedición. El representante de la Colonia Harvis achaca el ataque a motivaciones de odio racial.

Nunca se encontraron los cuerpos de los expedicionarios blancos.

Nunca.

MdN: New York (7) Los Finns se reunen en Central Perk

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

Cuando Liam entró en la cafetería Central Perk un orondo camarero, de ascendencia polaca y más feo que muchos habitantes de Innsmouth, le dirigió una mirada asesina.

“Sí, tengo la cara quemada y no te gusto. Me importa un cuerno” Liam McMurdo le dedicó una sonrisa, le lanzó un guiño y le señaló con el índice.

—¿Qué tal, colega? He quedado aquí con un grupo de amigos…

—Aquí no hay ningún grupo de irlandeses —siseó el camarero.

Antes de que Liam le descerrajara un puñetazo en los dientes al feo camarero, un silbido le llamó la atención.

En un rápido vistazo descubrió que no era el primer Finn en llegar a la cafetería porque, acomodado en un reservado al fondo del local, estaba Colin O’Bannon, fingiendo que leía un periódico, dejando que el café se enfriara ante él y vestido con un impecable traje

¡Cara*! —exclamó Liam, al tiempo que abría los brazos. Colin aceptó el abrazo visiblemente incómodo —. ¿Qué tal te va todo?

—Bien, bien, bien. Mejor que nunca.

—Ya te veo. Estás hecho todo un figurín. ¿Los negocios con tu padre van bien o qué?

—Por lo que veo —comenzó Colin, desviando la pregunta y señalando al coche en el que había venido Liam—, tu coche está mejor que la última vez que lo vi… estrellado contra una farola en Innsmouth.

—Este mastodonte es nuevo. La recompensa que nos dio el gobierno me ha permitido abrir un tallercito mecánico en Queens y, aun a pesar de las quemaduras y la crisis, el negocio funciona.

—Siempre has tenido tu encanto —bromeó Colin—, y si no, que se  lo pregunten a Patry.

Un coche dio un volantazo en la calle y recibió varios bocinazos, zigzagueó peligrosamente y, en un giro de ciento ochenta grados, aparcó justo detrás del coche de Liam. Muy cerca. Tanto, que Liam se levantó y apoyó el puño contra el cristal…

…y de ese coche se apearon Jacob O’Neil y Thomas Connery.

—¿Dónde coño has aprendido a conducir, Thomas? —le gritó Liam.

—En el ejército —se rió este último, antes de correr adentro del local para abrazarse a los Finns allí reunidos.

Colin y Liam se volvieron hacia Jacob y le miraron de arriba abajo.

—Tienes mala cara Jacob —comenzó Colin.

—¿Peor que la de Liam? Lo dudo.

Rieron la chanza y Colin continuó tanteando a sus camaradas.

—¿Y tú, Thomas? ¿Cómo es que vas vestido de civil?

—Tengo los uniformes en la lavandería, Colin. Los instructores no tenemos que ir vestidos de faena todo el santo día.

—Instructor, ¿eh?

—Sí. Mi experiencia en Innsmouth es valiosa para la formación de las nuevas remesas de soldados —contestó Thomas con orgullo.

La realidad era que el único recluta que había tenido Thomas Connery era el hijo de su proveedor de opio, Pon, un chinito que apenas levantaba un metro del suelo, que chapurreaba el inglés y gritaba mucho cuando se emocionaba. Thomas solo necesitó de dos horas para hacerle entender que debía regarle las plantas cada dos día y llamarle si veía a algún extraño merodeando por la casa… Que Pon fuera gritando por la calle: ¡Legal Plantas! ¡Vel Extlaños! ¡Llamal Secleto! no lo convertía en un aliado muy discreto, pero el pequeño limón le hacía gracia.

La puerta de la cafetería se abrió y una mujer caminó hasta ellos con un andar contoneante y seductor. Cuando la conocieron era rubia, pero ahora, lucía una melena pelirroja, en parte oculta por un turbante turquesa, lucía un estrafalario pero ajustado sari, y estaba envuelta en chales de seda con campanillas.

—¿Pa… Patry…? —comenzó Liam, a medio camino entre la sorpresa y la excitación—. ¿Est… Esta-tas… Pelirroja?

—¿En serio? —comenzó Jacob—, ¿Patry viste como una gitana lectora de cartas de feria y lo que te alucina es que esté pelirroja?

—Ya no soy Patry, mis Finns, Soy Madame Loconnelle —ronroneó y les guiñó un ojo—, pero podéis llamarme Nelly  si os resulta más sencillo.

—Creo que seguiré llamándote Patry, si no te importa —gruñó Jacob, deseando un whisky.

—¿Sabes lo mejor de todo este… disfraz, Thomas? —le preguntó Colin al infante de marina—, no parece llevar ningún abrigo que tengas que sujetar esta vez.

Las carcajadas llenaron el establecimiento mientras Thomas aceptaba la chanza con deportividad.

—Sí, mucha mofa, mucha broma —comenzó Patry—, pero a Colin O’Bannon parece que le viste el mismo sastre que a J.Edgar Hoover. ¿Sabe tu padre que te vistes como los federales?

—Pues ahora que lo dices —Colin hurgó en su bolsillo y sacó algo que dejó encima de la mesa.

Era una placa. Una placa de agente de la ley. Una placa de agente del bureu federal de investigación.

—Estarás de coña —casi pidió Liam.

—Joder, ahora sí que necesito una copa —se quejó Jacob con voz quebrada.

—No os preocupéis, coño —comenzó Colin luciendo una sonrisita sardónica—, que estoy de vacaciones.

Fuera, en la calle, al torcer la esquina izquierda, apareció Greg Pendergast. Al otro lado, al torcer la esquina derecha, Annie O’Carolan. Ambos caminaron, luciendo tristes sonrisas en sus cansados rostros. Annie abrazada a una pesada carpeta. Greg con un maletín bajo el brazo.

Ambos se encontraron a la vez en la entrada de la cafetería.

—¿Esto no te recuerda a algo? —preguntó Greg.

Deja vu, que dicen los franceses —informó Annie.

Annie le expuso la mejilla y Greg la besó escuetamente.

—Tienes mala cara Greg —le dijo Annie. Greg no dijo nada de las ojeras de Annie, sólo sonrió, una sonrisa pesarosa.

—¿No te has enterado de lo que me hizo el FBI cuando publiqué mi libro?

—No —contestó rápidamente Annie, y al instante se sintió mal por ser tan directa y por no haber prestado atención a sus amigos desde que salieron de Innsmouth por segunda vez—, he estado muy centrada en libros, sí… pero en tomos con cientos de años de antigüedad.

Un incómodo silencio les engulló.

—¿Sabes… sabes algo nuevo sobre Jackson? —preguntó Annie.

—¿Le tuteas…? Yo siempre le llamo Elias —. Annie se encogió de hombros ante la sinceridad de Greg—. Hablé con su… nuestro editor, Jonah Kensington, un hombre de confianza. Elias también se puso en contacto con él, desde Londres.

—Sabremos más en un par de días.

—Sí, sabremos más en un par de días —Greg empujó la puerta y le permitió el paso a Annie.

Mo chairde**!! —saludó con efusividad Liam antes de correr a abrazarlos —. ¡Siempre tan seria, Annie! ¡Y tú Greg, vaya cara! ¡Pero, sentaos, sentaos!

Greg y Annie completaron el círculo de los Finns (al que faltaba  Angus, como siempre, porque Angus siempre llegaba tarde) y antes de que nadie dijera nada, Colin le tendió un paquete envuelto en papel marrón a Greg.

—Un regalo… de mi jefe —dijo Colin.

Greg desenvolvió el paquete.

Era su novela: “La Verdad sobre la Redada en Innsmouth”.

—Dice mi jefe que era muy buena… pero que ahora es mejor.

Alguien había cogido la novela y había censurado el noventa y cinco por ciento. Estaba dedicada.

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No vuelvas a hacerlo. Nunca. Fdo: Agente Ashbrook.

—Muy majo, tu jefe —contestó Greg con sorna.

—¿Patry?

—Madame Loconnelle, querida Annie —se presentó la nueva Patry, tras besarla en cada mejilla.

Jacob O’Neil se aclaró la garganta.

—Se que es muy entrañable reunirnos de nuevo, lanzarnos pullas y hablar de lo bien o mal que nos va la vida…

“Pero tengo una resaca de tres pares de cojones y ahora mismo preferiría golpearme los dedos con un martillo antes que seguir aquí” pensó el detective privado.

—… pero Greg y Annie nos han llamado por algo.

—Sí —atajó Greg Pendergast—. Jackson Elias y la Expedición Carlyle.

 

 

 

*¡Amigo! (en irlandés)

** ¡Amigos míos! (en irlandés)

MdN: New York (6) Café Irlandés

Jacob O’Neil (Detective Privado)              –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina)        –              Bea

 

Thomas Connery aparcó su coche frente al destartalado edificio donde estaba ubicado el despacho de Jacob O’Neil. Thomas se preguntó extrañado, como alguien se metería en esa casucha para contratar los servicios de un detective privado. De hecho, Thomas se preguntó como nadie se metería en ese barrio para contratar los servicios de un detective privado.

Porque en eso se había convertido el orgulloso sargento Jacob O’Neil: en un descastado detective privado empapado en whiskey de segunda. Thomas había olido el alcohol por teléfono. Le había mareado. Había escuchado el resacoso discurso de su amigo, repudiado por su mujer y sus suegros, por sus compañeros del cuerpo de policía.

Alejado de su hija recién nacida…

“¿Por todos los dioses, Jacob qué te ha pasado?” Se preguntaba Thomas.

A los veinte minutos de esperar a que Jacob apareciese, Thomas decidió subir e ir en busca de su amigo.

—¿Jacob? —llamó antes de golpear el cristal de la puerta donde se leía Det. Priv. O’Neal.

—¿¡Quién cojones es!? —escupió una voz pastosa desde el interior.

Thomas olvidó las formalidades, probó suerte y entró.

—¡Qué bien tratas a los amigos, Jacob! —contestó el infante de marina retirado, al entrar—. Soy Thomas

El olor a alcohol, a borracho, le golpeó como una bofetada. El despacho se componía de una mesa atestada de papeles y fotografías, un par archivadores que no archivaban mucho, una papelera con demasiadas botellas vacías, y un desastrado sofá sobre el que remoloneaba Jacob, que había dormido con la ropa del día anterior, seguro.

—¿¡Por qué coño gritas!? —se quejó, sin mirarle—. Si es para contratar mis servicios como detective privado, ahora no puedo atenderle, tengo muchos casos y…

—Jacob, soy yo, Thomas. Thomas Connery —continuó —. Te llamé ayer, ¿te acuerdas? ¿Jackson Elias? ¿Los Finns? ¿La Expedición Carlyle?

—Ah… sí… Es verdad. ¿Fue ayer?… ¿Ya ha pasado un día?

—Sí… Bueno… ¿qué te parece si te hago un café y….?

—No hay café. No hay cocina, ni nada que comer… si quiero comida la compro en el Molly Malone, la cafetería de enfrente… hacen buenas hamburguesas.

—Valeeeee… Pues que te parece si compro un par de cafés y unas hamburguesas para el viaje hasta Nueva York, mientras tú te pegas una buena ducha…

Jacob se irguió. Los ojos desencajados. El sudor frío perló su piel.

—¡No! ¡Ducha no! ¡El café me vendrá muy bien! Muy negro. Sin azúcar. Y la hamburguesa. ¡Sí! Baja al bar y pide eso. En media hora estaré listo.

—Pero la resaca…

—¡Tú no te preocupes de la resaca! La resaca y yo somos amigos desde que mi mujer me abandonó. Puedo hacer malabares con resaca. Puedo trabajar con resaca. La resaca cederá con un buen café. Y con una de esas hamburguesas grasientas del Molly Malone… ¡La ducha no será necesaria…!

Thomas asintió y, muy despacio, salió del despacho mientras Jacob continuaba mirándole fijamente.  Mientras le preparaban las hamburguesas, tranquilo al comprobar que los ojos del camarero eran pequeños, aún a pesar de que bizqueaba, Thomas recordó los temblores de Jacob, sus balbuceos incongruentes, cuando Dagon, el titánico padre de los profundos, emergió ante el USS Urania y atacó Innsmouth.

Cuando volvió hacia su coche, con dos grasientas hamburguesas goteando en una bolsa de papel y dos vasos de cartón rellenos de un petróleo que le habían asegurado que era como le gustaba el café al detective O’Neal, se encontró a Jacob apoyado frente a su coche, embutido en una gabardina, más o menos limpia, y con el cabello apelmazado en una especie de peinado. No olía a alcohol, pero tampoco a jabón… olía a aceite…

—¿Quieres aderezarlo? —le invitó echándose un chorro de ambarino licor a su café.

Thomas le miró a los ojos.

Y le tendió el vaso para que convertir ese mejunje en algo parecido a un café irlandés. Que no se dijera que no eran los Finns.

 

Jacob O'Neil
Jacob O’Neil tras sus experiencias en Innsmouth