MdN: New York (10) El Club 300

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

En la esquina entre la 151 y la calle 54, de Nueva York estaba ubicado el famoso Club 300. Famoso por el grupo de cuarenta bailarines que bailaban con muy poca ropa. Y Famoso porque sufría una redada policial cada dos semanas, ya que se decía que, aún a pesar del Ley Volstead, en el Club 300 se servía alcohol.

Lo regentaba la excéntrica, Texas Guinan, una mujerona pelirroja que había sido la primera vaquera del cine en la película “La Reina del Oeste” y que había acuñado la famosa expresión:  “hombres de mantequilla y huevo”, con la que se refería a sus acomodados clientes a los que siempre recibía con un: ¡Hola, cabroncetes!

El Club 300 era un club muy exclusivo.

Mucho.

—Así que, Colin —comenzó Annie O’Carolan mirando la entrada del local, protegida por media docena de potentes matones y de la que emergía una larga cola de visitantes esperando a tener permiso para entrar en el club. Había muchos diletantes de cabello engominado, flappers divinas, grupitos de estudiantes, algunos actores y actrices menores de Hollywood y muchos hombres de mantequilla y huevo—,  explícanos cómo vamos a entrar.

—Por la puerta… ¿Por dónde entras tú a los locales?…

—Acabamos de ver como echaban a patadas a un tipo que vestía un traje más caro que mi taller —se quejó Liam McMurdo—. A mí no me dejan entrar a sitios pijos. Acabo peleándome en la puerta o en el callejón de al lado.

—Normal, vistiendo como vestís.

—¿Perdona? —se quejó Annie, ofendida.

—Tú pareces una bibliotecaria… De hecho, hueles a biblioteca —Colin O’Bannon que había pasado de vestir el mismo traje, semana tras semana, jugando al póker en oscuros tugurios, lucía en ese momento un perfecto traje negro con camisa blanca que también olía, pero a agente federal—. Que es mejor que oler a destilería como Jacob, o a cenicero como Liam.

Aún a pesar de los insultos Colin continuó.

—Greg parece un oficinista. Un oficinista desesperado. Thomas aún parecía algo de uniforme, pero de calle eres bastante… insulso. Y Patry/Nelly… —Colin miró de arriba abajo a Nelly que le fulminaba con la mirada—, reconozco que Nelly podría entrar donde quisiera.

Patry O’Connel le guiñó el ojo. Colin no esperó a que nadie contestase, simplemente aprovechó a que no pasaba ningún coche para cruzar la calle y continuar su camino hacia la entrada del local.

—Sigues sin explicarnos cómo vamos a entrar —se quejó Annie corriendo tras Colin.

—Tan sólo dejadme hablar a mí —contestó Colin al tiempo que se plantaba delante de un gorila con pinta de no tener muchas luces—. ¿Qué hay? Aquí, mis dadoine están de visita en la Gran Manzana y había pensado que se divirtieran en el famoso Club 300.

—El local está lleno —contestó el guarda con voz cavernosa—. Tiene que ponerse a la cola.

—Lástima —contestó Colin luciendo una gran sonrisa de tiburón—. El señor Hoover me había recomendado este lugar. ¿No puede hacer una pequeña excepción conmigo y mis amigos?

—El señor Hoover. ¿Qué Hoover?

—J. Edgar.

El matón en frac frunció el ceño. Colin apreció como los engranajes de su cabeza simiesca giraban lentamente intentando saber de quien hablaba aquel pelirrojo bajito. Colin suspiró y con el dedo pidió que se acercara hacia él. El matón bajó mucho la cabeza al tiempo que Colin abría su chaqueta y le mostraba su placa de agente Federal.

—J. Edgar Hoover. Mi jefe.

El guarda se irguió, su frente estaba perlada con pequeñas gotas de sudor, pero Colin extendió una mano, apaciguador.

—Venimos a disfrutar de la fiesta. No a estropearla. No a dar problemas. No a…

—¡Cómo no, caballero! —estalló otro gorila que había estado prestando atención a la conversación. Era menos intimidante que su colega, pero podía plantar cara en una pelea y parecía ser mucho más listo—. Por supuesto que usted y sus allegados pueden pasar.

—Pero… —comenzó el tipo con el que Colin había estado hablando, aún bloqueado por la situación.

—¡Adelante, adelante! —invitó a los Finns—, acompáñenme.

Y les abrió las puertas del Club 300.

—No se si es buena idea ir enseñando tan alegremente la placa, Colin —comentó Jacob O’Neil.

—Es irónico que me lo advierta el tipo al que le faltó darle su dirección a todos los buenos vecinos de Innsmouth.

La música que tocaba una excelente orquesta de músicos de color tronaba por todo el amplio local. En el escenario, una rolliza mujer envuelta en un traje de lentejueleas, cantaba a pleno pulmón. En la pista de baile, los clientes del local bailan apretados. Se oían muchas risas y voces que charlaban animadamente. Habría como doce o quince mesas atestadas de comensales que bebían alcohol abiertamente y fumaban gruesos habanos.

No había camareras en falda corta, si no camareros. Muchos. Grandes, fuertes, guapos, con sus músculos bien definidos y a la vista, bajo unas ridículas pajaritas granates.

Los flappers y otros chicos a la moda del Charleston miraban con desprecio a los Finns, preguntándose como esos zarrapastrosos habían entrado al local. Liam intentó pasar desapercibido pero su rostro quemado era un faro para las miradas y los dedos acusadores.

—¿Qué te pasa Liam? —preguntó Nelly.

—No me gusta llamar la atención —Nelly sonrió. Le cogió de la mano y se la pasó por los hombros.

—Pero en estos sitios todo el mundo quiere ser el centro de atención. Démosles lo que piden, muñeco.

Colin chasqueó los dedos y señaló la barra, adonde dirigió a los Finns.

Whisky on the rocks —pidió al camarero que rápidamente le puso dos vasos con hielos delante—. Jacob, toma uno. Creo que lo necesitas.

Cuando le sirvieron dos dedos de licor, Jacob tomó el vaso ansioso, pero con el rostro cetrino, avergonzado.

—Un Manhattan —exigió Annie—. Pero sólo con tres partes de Bourbon… y sin guinda.

Nelly se inclinó sobre la barra y pidió el vodka más caro a voz en grito, tras lo cual, se agarró del brazo al hombre que tenía más cerca y le señaló a Annie que estudiaba su cóctel.

—¿Conoce a mi amiga Annie? Es cazadora de libros raros. Libros prohibidos por la iglesia. Libros paganos y malditos. ¿Alguna vez había oído hablar de algo tan exótico? Y bebe cócteles.

Cuando Annie quiso darse cuenta, la rodeaba una docena de muy engalanados diletantes, entre los que destacaban tres aparentes estudiantes de literatura, uno de los cuales se jactaba de ser amigo de Ernest Hemingway. Annie, que nunca había estado acostumbrada a generar tanta expectación, y que en los últimos meses apenas tenía contacto con el resto de la civilización, se quedó paralizada, visiblemente incómoda. Nelly se reía a sus espaldas. Jacob, antes de solicitar una tercera copa, recomendó a los diletantes que le cantaran algún poema en gaélico para seducir a Annie. Greg, incómodo, miraba a su alrededor, sin tener muy claro aún que hacían allí.

—¿Te están molestando, Annie? —espetó Liam, introduciéndose en el corro que se había formado ante O’Carolan. Annie no terminó de asentir, cuando los moscones ya habían salido volando, salvo el amigo de Hemingway y otro de los universitarios.

—No, no, no, colega. Sólo hablábamos con la señorita —se quejó el supuesto amigo del escritor, con la vista fija en las quemaduras de Liam.

—¿Tengo monos en la cara, o qué? —le escupió Liam.

—¡Los Finns han vuelto! —brindó Jacob.

En el escenario se sucedía un alocado espectáculo de can-can, la gente aplaudía, las bailarinas levantaban las piernas y los músicos tocaban.

Y entonces, como si de un conjuro se tratase, todo el mundo alrededor de los Finns se evaporó. Sin mirar a atrás, la gente se alejó de ellos y se confundieron en el paisaje del local, al tiempo que la imparable presencia de la cantante en el traje de lentejuelas les envolvió. Venía fumando un cigarrillo y la acompañaba una cohorte de media docena de camareros, sin camisa, pero con pajarita.

—Bueno, bueno, bueno, ¿a qué cabroncetes tenemos aquí? —la mujer, pelirroja y potente, les lanzó una valorativa mirada, al tiempo que exhalaba humo y sonreía—. Qué grupito tan pintoresco… tan… poco habitual en el Club 300—. Sus ojos se posaron en Colin—. Me pregunto cómo habréis entrado aquí.

—Me temo que tengo parte de la culpa.

­­—¿Y cómo es eso, señor…?

—Agente —contestó Colin inclinándose y besando la mano que la mujer le había ofrecido—, agente Colin O’Bannon.

—¿Agente, eeeeh? Me encantan los agentes. ¡Y además, pelirrojo! ¡Qué picantón!

—Encantado de encantarle, señorita…

—Como si no lo supieras, pillo cabroncete…  Soy Texas Guinan. La dueña de este local—contestó la mujerona—. ¿Y sus amigos se llaman?

44
¡Hola, Cabroncete!

Texas Guinan escuchó atenta, como un buitre al acecho, los nombres de todos los Finns. Sus ojos estudiaban los rostros de cada uno de ellos. Preguntó directamente a Liam por las quemaduras y, antes de que contestase, se inventó una trágica historia sobre la Gran Guerra Mundial y el respeto y amor que profesaba por los veteranos. Cuando supo el nombre de Greg casi le ignoró. Le reconoció a Annie que apenas leía, pues prefería la música y el cine. Se mantuvo un rato interrogando sutilmente a Nelly, hasta que la vidente le prometió que le leería las manos en un futuro.

Sus camareros trajeron bebidas. Mejores bebidas que las que habían estado tomando hasta ahora, y brindaron juntos.

—¡Disfruten de su estancia en el Club 300! —aulló Texas Guinan, antes de beberse de un trago un vaso con dos dedos de bourbon.

Y todos bebieron.

Liam, por el rabillo del ojo, vio sonreír a Nelly, la vio sonreír con malicia, como cuando Patry le sonreía al retarle para hacer alguna locura en su juventud. Jacob por su parte vio a Patry deslizar su mano cerca de la cintura de Texas Guinan.

Y luego un fugaz destello. Verde.

El vaso del que bebía Texas Guinan cayó al suelo, se deshizo en migas de vidrio y la mujerona les miró con la vista desenfocada.

—Uffff —consiguió decir mientras perdía color en las mejillas y trastabillaba.

Dos de sus camareros la agarraron de la espalda, mientras Texas Guinan cogía a Colin 0`Bannon del brazo y, mirándole a los ojos, decía:

—Creo que me voy a desmayar.

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