MdN: New York (11) La Reina de Ébano

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Texas Guinan no se desmayó.

Entre azoradas risotadas, la mujerona tomó asiento en una butaca que trajo alguno de su séquito de camareros, mientras Colin O’Bannon y Greg Pendergast la atendían y Annie O’Carolan la refrescaba con un abanico.

—¿Necesita algo?—preguntó Colin.

—Algo suave, para refrescarme. Un gin-tonic, si es tan amable.

Colin  fusiló con una entrenada mirada a los camareros. No tuvo que hablar, los echó en estampida mientras corrían a por el gin-tonic que la dueña del local había pedido. El ex tahúr miró a sus amigos y se inclinó sobre Texas Guinan.

—¿Conoce a Jackson Elias? —le preguntó en un susurro.

Texas Guinan parpadeó, aturdida. Negó con la cabeza.

—Es un reconocido escritor de temas truculentos…

—Por aquí no abundan los escritores, agente pelirrojo —se mofó Texas. Su brazo abarcó el local—. Pregúntame por actores gays, actrices desesperadas, playboys alcohólicos, políticos mujeriegos… ¡De repente tengo unas ganas locas de hablar!

—¡Playboys! —espetó Annie—. ¿Vino alguna vez Roger Carlyle a su local, señora Guinan?

—Señorita Guinan, encanto —le reprochó Texas—. ¡Oh, Roger! ¡El pobre, Roger! ¡El inefable Roger y su expedición maldita!

—Una lástima el final de esa expedición —concordó Greg asintiendo con la cabeza.

—¡Una tragedia! —aulló Texas.

—De ahí nuestra investigación… trabajamos conjuntamente con el gobierno para elaborar protocolos que eviten situaciones como aquella —mintió Greg. Annie y Colin le contemplaron sorprendidos—. Sería de gran ayuda conocer los detalles que nos pueda proporcionar para evitar pérdidas como la de Roger Carlyle.

—¡Y no sólo por Roger! —un camarero apareció exhibiendo una bandeja coronada por el gin-tonic. Texas lo tomó y en un sutil gesto mandó al camarero alejarse—. El Doctor Huston era otro gran aficionado al Club 300, le echamos mucho de menos.

—¿De qué conocían Roger y el Doctor Huston?

—La hermana de Roger, Erica, había asistido a algunas sesiones de terapia con el buen doctor —Guinan paladeó otro trago del gin-tonic—. Fue ella quien los puso en contacto.

—Así que mantenía una relación, médico-paciente —acotó Annie.

—No. Era algo más. Eran confidentes. Roger y el doctor venían muchas veces al local. Juntos, por separado. Pero Roger nunca venía solo, siempre le acompañaba alguien.

—¿Le acompañaba la señorita Masters?

—¿Quién? ¿Hypatia? Nooooo, no, no, no. Bueno, sí, a veces venían juntos, claro. Que escándalos provocó eso al principio. La pequeña flor de los Masters con el alocado huérfano de los Carlyle, pero eso fue una moda pasajera, nada más. Es lo mismo que la Expedición y toda su fascinación por lo egipcio de Roger, pensábamos que eran otra más de sus excentricidades. No, no. La comparsa de Roger Carlyle era un tipo grande y fuerte, su guardaespaldas, su amigo, Jack Brady. Siempre estaban juntos.

—Como fue con Roger a la expedición, pensaba que la señorita Masters…

—Roger Carlyle era amigo de todo el mundo, pero se aburría muy rápido y siempre estaba conociendo a gente más… interesante.

—¿Qué tipo de… gente? —preguntó Colin.

—Mujeres… foráneas —Texas le dio un sorbo a su gin-tonic y se rió como una colegiala—. A Carlyle le gustaban muy morenas… y a su amigo Brady le gustaban más… amarillas.

Greg lanzó un rápido vistazo a su alrededor donde, a excepción de la banda de música, no había ningún negro, mulato u oriental entre los comensales.

—¡Menudo escándalo se organizó el día que Carlyle trajo a su Reina de Ébano!

roger-carlyle
¿Tenía Roger Carlyle una amante de piel oscura?

—¿Reina de Ébano?—preguntó Greg.

—Sí, Carlyle decía que era una reina sacerdotisa de lo más profundo de África. Una mujer bella, pero fría y distante, a mi parecer. Y la estirada hermana de Carlyle, Erica, la detestaba profundamente.

—¿Deduzco que los hermanos Carlyle no se apreciaban en demasía? —aventuró Annie.

—La relación entre los hermanos Carlyle era… tirante.

—Según la prensa, Erica se desvivió por encontrar a su hermano —continuó la cazadora de libros—. ¿Para qué tanto esfuerzo si de verdad no le apreciaba?

—Hubiera sido otro escándalo más para los Carlyle si Erica no hubiera buscado a su hermano… y a ella le vino muy bien tener un certificado de defunción para así tomar el control de industrias Carlyle, y convertirse en la gran mujer de negocios que es actualmente.

—Sin embargo… en todos nuestros estudios sobre la Expedición Carlyle, no leímos nada sobre esa… reina bruja en los recortes de prensa sobre la expedición —afirmó Greg.

—¡Claro que no! Las noticias sobre la Expedición en sí ocultaron los rumores sobre el romance con la Reina de Ébano.  Y no sólo taparon esos rumores…

—¿Qué otros rumores… salpicaban a la expedición Carlyle, señorita Guinan? —inquirió Greg Pendergast.

—Buenooo… —Texas se hizo la interesante, cruzó las piernas con elegancia mientras le daba otro sorbo a su gin-tonic y miraba a su alrededor—. El Doctor Huston, por ejemplo, no sólo tenía fama de ser un buen doctor… Muchas de sus pacientes le dieron fama de ser un buen… amante. Entre ellas, una tal Imelda Bosch, la cual se suicidó semanas antes de que el Doctor partiera a la funesta expedición.

—¡Vaya, con el Doctor Huston! —se mofó Colin.

—Y la señorita Hypatia Masters también aprovechó la expedición para perder de vista a Raúl Pineda, un artista venido a menos… y su amante latino ¡Qué escándalo!

—Señorita Guinan es usted toda una… fuente de información —comenzó Greg y Guinan estalló en sonoras carcajadas—. Pero, ¿cómo se ha enterado usted de tantas cosas?

—Un poquito de aquí. Un poquito de allá… Por ejemplo, el bueno de Raúl Pineda ha llorado muchas veces en la barra de este local, maldiciendo a Hypatia por huir a la Expedición Carlyle embarazada de su hijo… Pero, para qué negarlo, Bradley Grey, el abogado y… confidente de Erica Carlyle es una cotorra, sobre todo cuando lleva dos copas de champagne de más, las noches de los jueves.

—¿Qué pasa las noches de los jueves? —inquirió Colin.

—Son noches de ambiente más… masculino —informó Guinan—, ¿le interesan, señor O’Bannon?

—Muchas gracias por la oferta, señorita Guinan. No me interesan, pero tengo un amigo que quizá disfrute de esta información —Colin le tendió la mano a Guinan y la besó en el dorso—. Si se encuentra mejor, creo que yo y mis daoine, la dejaremos en paz.

—Agente O’Bannon —se despidió Guinan—. No voy a olvidar su nombre.

—Ni yo olvidaré de esta amable velada, señorita.

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